viernes, 21 de febrero de 2014

neoliberales con banderas antisitema

Detrás de esa imagen romántica se esconde la ambición de una poderosa red estadounidense de ONGs para cambiar por la fuerza a Gobiernos de Estados “inconvenientes”.
Dos versiones de la visita del candidato John McCain: en la derecha, de Pavel Sheremet, la plaza está llena y con una iluminación épica, la de la izquierda da una visión menos idílica.









Ucrania es también un Estado “democrático” de democracia formal representativa. Organismos internacionales, como la OSCE, reconocen que sus elecciones son limpias y la propia Unión Europea o The Economist en su índice de la democracia sitúan a Ucrania como uno de los países más democráticos de su entorno, sin ir más lejos, más democrático que Georgia, país que acaba de firmar el Tratado de libre comercio y asociación que se le ha ofrecido también a Ucrania. Por lo tanto, el pueblo ucraniano ha elegido al presidente Yanukovich y una mayoría parlamentaria de su partido de forma democrática. Sus decisiones pueden gustar o no gustar, pero tiene la misma legitimidad para tomarlas, como cualquiera de los países considerados “democráticos”. Con lo cual, como presidente democrático de un Estado independiente, el Presidente y el gobierno ucraniano han rechazado firmar el acuerdo de Asociación y Libre comercio con la UE.


¿Cuáles han sido las razones? Básicamente han sido razones de pragmatismo económico ante el saqueo que se le avecinaba. La evidencia empírica demuestra que este tipo de acuerdos han perjudicado seriamente la economía de países con una estructura económica similar a la ucraniana. En este sentido, es importante entender que la UE no está ofreciendo una integración a Ucrania, lo que le oferta es una tratado de asociación y libre comercio (como por ejemplo ha hecho con Egipto o Sudáfrica) sin que además, medie ningún tipo de ayuda económica o financiación ventajosa. En cambio, a corto plazo sí que el país debería cumplir medidas destinadas a favorecer intercambios comerciales con los países de la UE lo que abundará en una política económica perjudicial para la mayoría de ucranianos, como por ejemplo, la “reducción del déficit presupuestario” (lo que se traduce como “recortes”), congelaciones salariales, subida de las tasas del gas y limitación del papel del Estado en este sector (privatización) y la apertura de sus mercados interiores a los productos europeos (pero sin ser miembro de la UE, con lo cual se encontraría en una situación vulnerable frente a los productos-dumping europeos). Está claro que un mercado de 45 millones de habitantes es un bocado apetecible para cualquiera y por ellos se entienden las prisas europeas para la firma del acuerdo, sobre todo por parte de Alemania y Polonia, tanto en la persona de los primeros ministros Merkel y Tusk así como de los ministros de Exteriores Westerwelle y Sikorski. 

El grueso del movimiento de “protesta social” consta de pintorescos grupos que protagonizaron las revoluciones de colores principalmente a comienzos del siglo presente. Estos grupos tienen un perfil de militante bien definido: joven, con estudios, de pensamiento cosmopolita (orientado a Occidente) e insatisfecho; lo cual se traduce en un resentimiento muy fuerte contra el “poder” o quien lo detenta. Pero, ¿y la ideología? Nada, no se conoce. Por ello, la mayoría de sus mensajes son muy asimilables, intencionadamente escogidos por el mínimo común: “democracia”, “derechos humanos” (siempre hacen ver que en el país en el que actúan son mucho más violados que en países occidentales), “fuera la corrupción” y frases por el estilo. Sin embargo, el trasfondo ideológico real es muy pequeño. Este tipo de movimientos “de colores” actúan en países en los que se produjo la caída del socialismo en los 90, con la consiguiente pérdida de calidad de vida y derechos sociales, pero apenas vemos críticas hacia el capitalismo como modo de producción, la pobreza o el injusto reparto de la riqueza. Tal vez eso explique la sobrerrepresentación de jóvenes de clase media en este tipo de movimientos. Y es que la finalidad de estos grupos sea explícitamente o implícitamente siempre es impulsar las políticas neoliberales, tal y como demuestra la realidad empírica, todos los cambios de gobiernos que han logrado implementar han tenido como resultado un impulso decidido de las políticas neoliberales.

De hecho, todos estos movimientos de colores se basan en manuales del teórico estadounidense del “conflicto no-violento” llamado Gene Sharp. Este Gene Sharp, quien es la cabeza del Instituto Albert Einstein con sede en los Estados Unidos, es quien ha inventado una nueva técnica de lucha política: las manifestaciones y la llamada “presión popular” serían los sustitutos del golpe de Estado; la “no violencia” la alternativa a la intervención militar. Sin embargo, detrás de esa imagen romántica (romántica de verdad, ya que estos nuevos “disidentes” en muchas ocasiones no tienen empacho de utilizar iconografía tradicionalmente relacionada con la izquierda o el anticapitalismo, como el puño cerrado o palabras como “poder popular” o “desobediencia civil”), se esconde otra cosa: la ambición de una poderosa red estadounidense de ONGs para cambiar por la fuerza a Gobiernos de Estados “inconvenientes” (una realidad no ocultada, tal y como se puede ver en el documental “Estados Unidos a la conquista del Este” en el que los jóvenes del Este y los financiadoras e impulsores de la estrategia desde EEUU se confiesan sin rubor alguno).

Intentan confundirnos, mistificarnos, ocultarnos la realidad. No es una protesta por la democracia, sino lucha geopolítica. Hoy Ucrania está en una encrucijada, pero no en la encrucijada entre Europa y Rusia o entre democracia (a manos de corporaciones occidentales y ultraderechistas) y “autoritarismo” sino entre soberanía nacional y política económica soberana y colonización europea. La izquierda debe posicionarse en coherencia.


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