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viernes, 9 de febrero de 2018

el jardín botánico de málaga



Después de coger dos buses y caminar un buen trecho atravesando la autovía por un túnel y vuelta atrás, recibo la recompensa del apacible Jardín Botánico Histórico La Concepción. Más jardín que botánico, fue creado para su propio disfrute por los Marqueses de Loring en 1855, con canales de agua, estanques, teatrillo, puentes, fuentes, su propia vivienda y otras estancias y hasta un gabinete arqueológico bajo los árboles, hoy tremendos. En 1911 pasó a la familia vasca Echevarría-Echevarrieta, que lo mantuvo y amplió. Pareciera una selva por lo juntos que están los árboles en el núcleo principal. Hay un pequeño invernadero para plantas insectívoras, un descuidado sector de frutales y flores y una olvidada huerta y aromáticas. Se puede subir también a un mirador desde donde ver las copas de los pinos y las araucarias buscando la luz. Desde 1990 es del Ayuntamiento.

No tengo todo el día como quisiera y comer en alguno de sus merenderos. Así que dibujo algo rápido y hago fotos para luego dar color o insistir. El silencio que uno desea en estos lugares de meditación ha sido dilapidado con la construcción de la autovía a sus puertas. Los coches y camiones pasan deprisa y hacen mucho ruido.

A la vuelta hay una pelea de parking en el bus. Las abuelas con los cochecitos de sus nietos apenas si caben, y ahora hay que dejar paso a un abuelo con su andador. La Ciudad Jardín tiene un mercado chulo y un mercadillo en la calle. Su avenida principal es ancha y sus casas de solo una planta o dos,  cortadas con el mismo patrón.

Lo demás son prisas. Cafetería cara de estación. La maleta por el túnel indiscreto y un tren que nos lleva a Ciudad Real.

jueves, 8 de febrero de 2018

pedregalejo con luis y otro museo



Al tercer día de vivir en el centro, uno empieza a odiarlo. Todo tan lleno de terrazas y las terrazas tan llenas de turistas que comen fritos y paellas. Tan lleno de tiendas iguales a las de todas partes. Cuando uno se va alejando, va respirando. Hoy Luis Ruiz nos llevará a Pedregalejo, más allá de La Caleta, aprovechando que quiere hacer su dibujo para el periódico en el astillero.

Atravesamos los palacetes y casas de Reding, Sancha y Sebastián Elcano. Llegamos a una playa de Pedregalejo con casitas de pescadores cuyos patios daban a la playa, según vemos en alguna ruinosa muestra, y que han virado 180 grados con la construcción del paseo marítimo. Aquí es todo proporcional a un hombre sencillo cuyo ego no precisa arquitectos. Desgraciadamente, el astillero está cerrado. Es una nave con un montón de troncos apoyados en la fachada. Nos tomamos un café en un chiringuito lleno de guiris estudiantes y luego vemos las casas, el pequeño mercado, donde solo queda una pescadería y una frutería en un lateral, quedando el resto como centro social. Dibujamos casas en Sebastián Elcano y una calle estrecha que sube al cerro, Vicente Espinel, y que Luis considera que será su tema.

Comemos en El Morata, otro chiringuito de la playa, unos espetos de sardinas con ensalada de pimientos, pequeños calamares y unos boquerones rebozados que parecen chips de tan delicado crujiente y cero aceite. Magnífico.

A la vuelta visitamos el decadente Balneario del Carmen, cuyo jardín fuera también camping. Volvemos en bus al centro y, junto al río, visitamos el Museo de Artes y Costumbres Populares en una antigua casona de dos plantas, que fuera el Mesón de la Victoria, articulada alrededor de un hermoso patio. Aquí las paredes encaladas se han embellecido con el paso del tiempo. Los suelos de barro cocido, los techos de madera. En las paredes cuelgan parrillas de planchas, candiles, jaulas, herramientas de guarnicioneros, de herreros, de panaderos, cristales pintados con santos lozanos. La pieza que más me gusta es un Cristo de la Columna de barro pintado.

Descansamos un poco y probamos el caldillo Pinta Rojo, muy apropiado para el invierno, y recorremos las librerías abajo de la Merced. Cenamos en casa una ensalada y hacemos las maletas.

miércoles, 7 de febrero de 2018

antequera y el torcal



Es inútil que el viajero trate de llegar a Antequera en tren. Las obras del Ave a Granada han cerrado su estación. La llamada estación Antequera-Santa Ana está muy lejos de la población y a las 9 de la mañana sale el último autobús lanzadera hacia ella; por lo que sería necesario el uso de alguno de esos coches blancos con forma de buitre en cuyo interior se te harían propuestas indecentes para visitar el Torcal.

Si inicias tu camino en la Real Colegiata de San Sebastián, con su angelote de latón dorado en la cumbre de la torre y los leones gatitos sujetando la tumba del primer alcalde, en la oficina de información que hay enfrente, te recomendarán una posible visita sobre un plano y te ofrecerán alguna opción para visitar el conjunto de dólmenes y el Torcal.

Toda la población está plagada de capillas, iglesias y conventos, quedando de los árabes la fortaleza que defendía la frontera norte del Reino de Granada y la puerta de Granada con el característico arco de herradura. En un polígono industrial hay una concentración peculiar de dólmenes con unas vistas a la vega y las montañas que la rodean, especialmente la Peña de los Enamorados, por las que uno puede entender cierto afán por trascender. Cualquier explicación religiosa es suposición. Han sido utilizados como cuevas y viviendas provisionales hasta hoy, y ni se sabe lo que corresponde a cada época.

A la belleza de las rocas formadas en el fondo del mar que ahora emergen en El Torcal, hay que añadir hoy la de la niebla que a veces deja entrar el sol, y el efecto mágico de la cencellada que hace que la vegetación blanca brille como de cristal. Aunque el paseo es duro, pues estamos bajo cero, lo que vemos es impresionante.

Aunque te recomiende un grupo de jubilados el restaurante José Luis, detrás de la Ilesia de San Agustín, no les hagas caso. Los guisos saben a tocino rancio y el pescado es congelado. Te resultará difícil encontrar una cefetería agradable donde resguardarte del horrible frío que aquí hace (la muralla del Torcal frena la dulzura del mar). Huye. Ve a la estación y saca un billete para la otra estación. A las 18:07h. vendrá un autobús que te llevará. Pero solo cuando estés llegando a Málaga, empezarás a sentirte bien.

martes, 6 de febrero de 2018

el cementerio inglés y la caleta







                           





Caminamos tranquilamente por el Parque de la Alameda, con sus hermosos jardines decimonónicos con especies tropicales (algún ejemplar del árbol coral) hasta el Paseo Reding con casas y palacetes de la burguesía de aquel siglo y principios del XX. Regionalistas, parisinos, modernistas... Al final de la calle está el cementerio de la Iglesia Anglicana de St. George, el Cementerio Inglés, cuya belleza radica, a mi modo de ver, en su abandono. Las lápidas enmohecidas, las plantas creciendo entre sus grietas, las esculturas caídas entre la vegetación y todos esos elementos náuticos que recuerdan náufragos y ahogados (los cuerpos de los niños cubiertos de conchas), es algo que me atrae mucho. Allí está la tumba de Robert Boyd, fusilado junto al general Torrijos en la playa de San Andrés y parece que patrocinador del levantamiento, y la de los marineros ahogados en el hundimiento de la Gneisenau, la del gran poeta Jorge Guillén o el escritor Gerald Brenan.

Que cesen aquí los días que me sean concedidos.
En el jardín fragante
que ampara el cristal del mar.
Y siga el verano eterno.


Seguimos por el Paseo Sancha hasta la playa de La Caleta. El sol acaricia. Nos sentamos en la terraza de un chiringuito a no hacer nada. Dibujo por segunda vez a una pareja con la que coincidimos en Casa Lola. Ella, Magda, habla bien castellano, con un fuerte acento francés. Vive en Bélgica con Santo, que es italiano. Nos acercan unas almendras tostadas. Nos quedamos a comer sardinas y calamares. El agua brilla. Un barco gigante se acerca al puerto, es el ferry de Melilla.

Nos despedimos de Queti, que se vuelve a Madrid y luego nos tomamos un chocolate con churros en el Tejeringo's, que hoy está más libre. Hace frío y no apetece salir. Me entretengo dibujando concienzudamente el local. Los churros parecen grandes gusanos.

lunes, 5 de febrero de 2018

el rey mojado


Aquel que viaja en transporte público ha de saber que si quiere recorrer este sendero colgante en el Desfiladero de los Gaitanes, en la Cordillera Bética, ha de comprar las entradas por Internet con anterioridad, hay un cupo de personas que pueden visitarlo al día, y acercarse desde Málaga a la estación de El Chorro desde la estación de María Zambrano. Allí lo esperará un autobús lanzadera de la empresa Amarillos que lo llevará a la entrada, viaje incluido en el tique. No ha de preocuparse por la vuelta, pues el recorrido acaba en esta población y puede volver a coger el tren a Málaga. El viajero dibujante puede entrar sin guía y para en cualquier punto y hacer el recorrido a cualquier velocidad. Lo cierto es que solo hay dos visitas guiadas: a las 10:30h. y a las 13h. En transporte público es imposible llegar a las 10:30 y las 13 es ya tarde. Ni en tren, ni en autobús. Así que despreocúpate, reserva para las 11h., y coge el tren de las 9h. tranquilo.

El trayecto sigue un desfiladero lleno de cuevas y extrañas estratificaciones con formaciones de conglomerados y calcarenitas, sedimentos miocenos y algunos restos fósiles de ballenas. Abajo circula el río Gudalhorce, cada vez más encajonado. Es un camino colgante construido por la Sociedad Hidreléctrica del Chorro como vía de acceso para el mantenimiento y vigilancia por parte de sus operarios y que une ambos lados del desfiladero ( la parte no colgante es una simple senda). Se construyó de 1901 a 1905. El paso del Alfonso XIII en 1921 por este sendero hizo que la gente lo llamara después Caminito del Rey. Con su deterioro en el tiempo, se hizo impracticable. En 2014 la Diputación de Málaga empezó a restaurarlo. En 2015 se abrió al público.

Nosotros lo recorrimos ayer bajo una lluvia fina y persistente. Queda demostrado en los dibujos de arriba (los de abajo están hechos a partir de fotos del móvil de Beni).


domingo, 4 de febrero de 2018

el túnel del tiempo y las murgas


Despertamos con las calles recién lavadas, aún mojadas. Pasamos la mañana metidos en el Palacio de la Aduana convertido en doble museo: el Arqueológico y el de Bellas Artes. El resultado es bueno, al fin y al cabo es la historia de lo que el hombre ha creado desde la Prehistoria hasta las Vanguardias. Desde que se dedicaba a pintar animales hasta que solo se pintaba a sí mismo y sus objetos cotidianos. Extraño progreso. Son las primeras salas, para mí, las más interesantes. A medida que avanzamos, voy perdiendo interés. Cuando llego a esos cuadros ya pocos me conmueven, quizá errado en pensar que su destino era esta especie de templo.

Comemos por casualidad y de maravilla en un local pequeño llamado La Antxoeta, entre la Alameda y el puerto. Comida elaborada con muchos sabores y texturas: ensalada de vieiras, bacalao y arroz negro con calamares y carpacio de gambas. Estupendo.

Por la tarde viene Queti de Madrid. La acomodamos y luego nos dedicamos a las comparsas o murgas que cantan por las calles. Las letras son ingeniosas y divertidas, aunque no todo el repertorio pretende divertir. Siempre hay una especie de balada que pretende que reconsideremos nuestra vida y la enfoquemos hacia una fórmula de felicidad colectiva, lo que también se agradece. El lenguaje es políticamente incorrecto, lo que le da un aire sincero muy referescante para los estúpidos tiempos que corren.

Finalmente el agua que cae del cielo lo disuelve todo. Las chirigotas se deshacen y todo el mundo se va a su casa. Vemos a diez sanjosés y unas cuantas vírgenes corriendo bajo la lluvia. Las coronas se agitan con unas palomas, supongo que espíritus santos, agarradas.

sábado, 3 de febrero de 2018

la catedral y la málaga de luis

El aspecto de la catedral es pesado y desmesurado, donde solo se levanta, elegante como un minarete, la torre, que solo tiene una y muy alta, pues no está terminada de construir. Su estructura en pisos y la evidencia de estar aún en construcción le dan el aspecto de una Torre de Babel que nunca veremos terminar; por lo tanto, que nunca nos llevará al cielo. Debemos seguir pues otro método más humano y sencillo. La voz evangelizadora del audioguía llega a ser insoportable. Contra su alto criterio, solo me maravillo ante un San Rafael de mirada humilde, a pesar de sus alas, con el corazón literalmente en la mano y esos ojitos de bronce y hojalata que ofrecen a la diosa santa Lucía como exvotos íberos. Y en su museo anejo, el dulce rostro de la Virgen de los Peligros y algún angelito travieso y gordinflón que huye corriendo por el aire un poco cansado de su eterno oficio (a las órdenes de la Virgen del Pilar).

Probamos en la comida los gazpachuelos del Cortijo de Pepe, en la Plaza de la Merced (la frontera del turista), que resulta ser una sopa caliente con patatas y mayonesa, y éstos también con langostinos, y el rabo de toro. Bien.

Por la tarde Luis Ruiz, maravilloso guía, me pasea por el centro de Málaga menos intervenido. Me enseña los mercados con estructuras de hierro fundido aún en uso, las casas que aún se mantienen en pie, incluso contra la opinión oficial entendida como La Casa Invisible, el último convento de clausura, el estupendo espacio del Baño de las Delicias (como un yacimiento),el Almacén de Invierno, las pequeñas tiendas supervivientes, el puente de los alemanes... todo con la historia que llevan detrás. Habla despacio y sin apenas acento, modesta y dulcemente, escondiendo sus ojos azules tras una ranura, para no herir. Hace rasca y se complica dibujar en la calle. Así que nos dibujamos en la vieja churrería del 32 y El Apartamento, aprovechando sus ventanas. Saca su cuaderno pequeñito y un rotu calibrado muy fino que coge de una manera extraña (mis hijos también lo hacen, dice). Las sombras las da con rayitas paralelas como un grabado, como Durero y Moebius. 

En el otro extremo de la catedral y su audioguía, esta visita guiada sí que es  agradable.

viernes, 2 de febrero de 2018

geometrías nazaríes




El aire de la calle lleva amoniaco y dixie. The Monkeys se ganan el pan amenizando el almuerzo de los guiris en la calle Granada. Bajamos a la Alcazaba. En la entrada al Paseo por la Catedral hay una majestuosa ceiba (chorisia o palo borracho) cargada de verdes cotorras. Aquí les llamamos periquitos, Málaga está llena. Este árbol lleva aquí unos veinticinco años. Hay uno mayor allí al principio, yo lo conozco desde que nací. (Parece que lo hombres que negociaban en América la trajeron de Argentina en el XIX).

Pasamos la mañana en la Alcazaba, esta especie de simulador del Edén a base de patios sombreados con vistas. Una suerte de vergel privado. Flipo en este laberinto de geometrías orientadas al placer, a la felicidad. Los arcos imposibles, el juego de niveles, el diseño de los suelos como estampados de telas, combinando formas, tonos, colores y texturas, el complicado juego de la vegetación. Me entretengo dibujando sin prisas. No hay ninguna razón para no quedarse. Mas tarde nos sentamos en lo que queda del teatro romano.

Entre el Edén nazarí y la ciudad, los arquitectos han diseñado un paseo desolado, sin alma. Subimos Amor de Dios y, cerca de casa, nos tomamos unos fritos en La Peregrina Centro. Alertados de que la comida de los locales barateros de estudiantes es generosa pero de dudosa calidad, ésta parece una mejor opción.

En La Cueva tomo café mirando desde sus grandes escaparates los movimientos de la calle y sus palmeras mientras una señora le cuenta TODA su vida a una joven atónita.

Bajamos al Paseo de la Alameda. Junto a la placa de algunas calles, alguien ha puesto unos mosaicos de marcianos pixelados. En el 18 está la Antigua Casa de Guardia, una vieja taberna de más de 200 años, llena de vinos en barricas. Bebemos moscatel y cerveza, mientras el camarero me hace la cuenta con tiza sobre el mostrador de madera. Salvador lleva una moña en lo alto de la cabeza, los laterales rapados y una barba pelirroja. Con la manga de la chaquetilla levantada, luce un faro con dos palmeras tatuados. Manolo se quita las gafas para verse y acerca sus ojos a unos milímetros de mi dibujo. Nos invitan.

Cenamos de maravilla en un japo en a Plaza de la Merced. No recuerdo unos makis como estos del Suhi Teppanyaki. Al salir dos curritos cargan una nevera sobre la baca de una furgo, con clara dificultad. En un portal cercano una pareja elegante usa el teléfono. En unos segundos, la chica, con shorts negros y largas piernas terminadas en largos tacones, está entre los dos curritos sujetando y empujando el cacharro infame. Los moradores ganan por puntos a la ciudad.

jueves, 1 de febrero de 2018

a málaga en tren

Increíble. En poco más de dos horas estamos en Málaga, después de atravesar rápidamente montañas llenas de encinas sobre pastos verdes y, tras largos túneles, más montañas ahora menos abruptas y con un manto estampado de olivas. En Córdoba se entretienen en separar los dos trenes y la mitad del pasaje sigue otro camino. Yo he aprovechado que disponemos de enchufes en los asientos para conectarme a Internet y recoger información sobre la historia de la ciudad. Paramos en Antequera. Bajan esos niños muertos de sueño y cansancio que vienen desde Barcelona.

Nos llama la atención lo agradable que es la gente, lo amable y educada. Sin ese afán de ser graciosos que tienen muchos andaluces. En el bus nos tratan bien y también en los bares, y a aquellos a los que preguntamos nos responden con interés y educadamente.

Dejamos las cosas y nos tomamos un café en la terraza del Central. Luego hacemos una ruta sin prisas para situarnos. Aquí la inmensa Catedral, el Paseo del Parque, palmeras y más palmeras y el hormigón blanco en el puerto deportivo. El muelle uno y el Pompidou. Ese estupendo skyline de la ciudad antigua iluminada por la noche desde el mar. La noria, la catedral, la alcazaba y el castillo de Gibralfaro más arriba, haciendo desaparecer en negro aquello sin interés turístico. El Paseo de la Alameda, la calle Larios, alguna tienda art decó y edificios racionalistas. Luego los bares renombrados: el Rincón de los Pintores, lleno de obras pintadas sobre las tapas de las cubas, donde el camarero nos invita a unos vinos dulces por dibujarlo, y Casa Lola, con la cerveza tirada magníficamente. Buenas y generosas tapas que aquí se pagan aparte (la tapa incluida son siempre aceitunas).

Pensamos que sería una buena ciudad para vivir un poco alejados del centro. Aquí la cartera de los turistas manda y los camareros nos abordan como a guiris. Los restaurantes se llenan de paellas infames y las calles huelen a ese aceite demasiado usado para fritos. Es imposible encontrar un súper, y menos una simple carnicería o una frutería. Pero hay más ciudad que esto. De hecho, la ciudad se nos muestra apacible, sin voces más altas, contenida. Y la gente ya nos ha ganado.

viernes, 20 de octubre de 2017