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domingo, 5 de febrero de 2017

mitos cerveceros de la república checa

El porcentaje marcado en las botellas de la cerveza checa no se refiere a la cantidad de alcohol -množství alkoholu-, sino el porcentaje del extracto fermentable en el mosto de cerveza -mladina-. Una diez -desítka- o una doce -dvanáctka-, es decir, las cervezas de 10° o 12°, indican cuánta malta -slad- contienen. Eso sí, cuánto más malta hay, más alcohol tiene. Una cerveza checa tiene un promedio de entre 4% a 5% de alcohol.
Hay una leyenda checa que dice que el consumo de cerveza negra aumenta el volumen del pecho en las mujeres -černé pivo zvětšuje poprsí žen-. Este mito es bastante consolidado entre los checos. Algunas chicas se han traumatizado cuando los camareros les traían “por error” cerveza negra en vez de la rubia -světlé-. De todas maneras, el lúpulo contiene sustancias que funcionan parecido al estrógeno, la hórmona femenina natural. Entonces renuevan la actividad del crecimiento de las glándulas de pecho, y así lo aumentan y hacen más firme. Da igual si es cerveza rubia o negra. Es más, la segunda incluso contiene menos lúpulo.
También es un mito la creencia en que cuanto más intenso es el color de la cerveza, más intenso sabor tiene -čím je pivo tmavší, tím má chuť plnější-. Eso no es verdad -to není pravda-, depende de la receta. Hasta la cerveza más clara puede tener un sabor muy intenso.

Algunos creen que la filtración empeora la calidad de la cerveza. La diferencia entre la cerveza sin filtrar -nefiltrované pivo- y la filtrada -filtrovaná- está en que la filtración es un proceso que alarga la fecha de caducidad. Consiste en quitar la levadura -kvasinky- restante que sin embargo le da a la cerveza un sabor más intenso y un color más turbio -zakalený-.

Y otro mito es que la mejor temperatura de la cerveza se consigue al enfriarla en el séptimo escalón del sótano. Este mito proviene de una legendaria película checa 'Mi aldeíta' (Vesničko má, středisková) donde decían que este escalón tiene la mejor temperatura. De todas maneras, el número siete tiene su importancia, ya que muchos maestros cerveceros -sládkové- sostienen que la mejor temperatura está en los siete grados.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

el museo de la técnica, villa baba y el barrio judío



El Museo de la Técnica es un tocho socialista con cierto encanto. Dentro no es más que una nave gigante con pasillos volados de hierro en las paredes, con barandillas y escaleras tipo barco. Un museo educativo lleno de maestros y alumnos que no paran de correr. Pasamos junto a bicicletas, motos, trenes, barcos, globos, aviones, helicópteros, relojes, máquinas de vapor y, finalmente, coches preciosos, especialmente el Lady Praga y los Tatra, con diseños adelantados a su tiempo. Tatra es una marca checoslovaca que en 1933 saca un coche de 3380 cc que ya cogía los 150 kms/hora, con diseño aerodinámico. Y tres faros en su modelo 473.

Lady Praga
Recorremos el Parque Letna, donde los jóvenes hacen acrobacias en monopatín. El 25 nos lleva a Podbaba, una plaza donde los tranvías dan la vuelta frente a un tremendo edificio socialista con esgrafiados rojos con personajes del pueblo, campesinos y obreros como siempre. Su altísima torre central acaba en una estrella verde. Es un hotel de lujo con puertas doradas, maderas nobles, moqueta roja, grandes arañas y columnas clásicas. Detrás está Villa Baba, una serie de casas racionalistas ideadas para el pueblo, simples , geniales, que ahora los yuppies están pintando, adecentando y, en algunos caso, estropeando. Un caso parecido al de El Viso en Madrid.

Bajamos en el 131 hasta el puente Stefanof y la ciudad vieja. En la Dlóhvá Tr pasamos a una taberna con bóveda de cañón llena de curritos y buenas cervezas baratas. El suelo está tan desgastado que se ha quedado en la capa de la cerámica roja. La Sinagoga Española es totamente decepcionante, un auténtico bodrio. La Nueva-Vieja es carísima y decidimos no pasar, y gastarnos el dinero en un restaurante francés, Chez Marcel. Tomamos sopa de cangrejo y filete de hígado frente a una gran foto de Zidane, vino tinto y café express con un poco más que la entrada a la sinagoga. Las copas caen en La Casa Blu, un bar de gente joven, muebles reciclados, mogollón de trastos colgados de las paredes y música en español. Es una pena haberlo encontrado el último día.

martes, 12 de noviembre de 2013

de museos



Aprovechamos hasta la última hora del desayuno. La novedad es la sandía. Hoy vamos de museos. El de la ciudad está lleno de documentales, planos y escenas en sus calles de acontecimientos históricos. Apabullante y bien presentado en poco espacio. De todas las cosas alucinantes que tiene me quedo con el jinete de barro, la maqueta de papel de la ciudad en el XVIII, el Cristo que ríe con las heridas abiertas, un dragón retorcido pinchado por San Jorge y otros detalles de los que hago fotos.

El Museo de Arte Contemporáneo es una galería de arte de los siglos XIX, XX y XXI. Es un edificio de corte industrial, pero dentro resulta altamente educativo pues está organizado cronológicamente por movimientos, sin separar displinas. Podemos encontrar juntos pinturas, productos de diseño industrial, muebles, carteles, rótulos tipográficos, escenografías, películas, anuncios publicitarios, juguetes, artes decorativas, cerámica, moda, papeles pintados, maquetas de edificios... todos cubistas por ejemplo. Hay cosas maravillosas. Apunto en el cuaderno todo aquello que llama mi atención.

Salimos al Parque Bubenec, el observatorio astronómico, el Palacio Vystavisté. Bajamos al City Hall y descansamos sin ninguna prisa en el Café Imperial.

lunes, 11 de noviembre de 2013

quinto dia en praga


En Náméstí Míru una plaza con forma de O, una iglesia neogótica de ladrillo ya negro dedicada a Santa Ludmila y el teatro con ornamentaciones jugendstil, amarillo y de visera y extravagantes lámparas verdes. Un gran jardín con tilos y unos arbustos de flor blanca y, al noroeste, otro jardín rodeando la Iglesia del Sagrado Corazón, extraña, de ladrlllos vitrificados y un inmenso reloj transparente, de Joze Plecnik , entre el 28 y el 32. Casas chulas en la calle Manesova, y otras que dan al Parque Riegrovy. La de L Capéck (1907-1908) incorpora un mirador de madera y tejados de cuentos de hadas. En Slavíkova edificios del realismo socialista con esculturas de obreros y campesino en plena acción. Y finalmente a la Torre de Televisión, un cohete espacial de más de doscientos metros de acero, el pene de Praga, sobre los que gatean un bebés cabezones tipo Haring como si fueran caracoles. Vista circular en su plataforma a 93 metros, donde encontramos algunos edificios ya conocidos. En la plataforma de los 66 metros nos tomamos unos cafés.

El barrio de Zizkov está lleno de bares baratos y club de streptease. Orgullosos sus vecinos, ponen una pegata con una Z en los coches, un juego con las de CZ de la República Checa. En el Bar Hapu, en el metro Flora y especialmente decorado contra la moda yuppi de Praga, nos tomamos unos riquísimos martinis. Es un barrio de checos sin turistas, con mucho comercio local. Casas racionalistas y supermercados. Nos hacemos unos bocatas en uno de ellos. La Ópera del Estado como cajas de metal y cristal. El Museo Nacional.

La Plaza de Wenceslao está muy animada. Los niños llevan unos farolillos verdes y una banda de música ameniza. Tomamos el café tras pasar la puerta giratoria del Hotel Europa, sentados en uno de sus ventanales para ver la vida pasar. Su mobiliario original defrauda a unos turistas almerienses que viven en la capi. Dicen que hay chavolas en Madrid con mejores sillas. Hay gente que cuando viaja se trae su pueblo en la maleta.

domingo en praga



El tren a Paulova. Los jardines del castillo. Fusiles relucientes con ballonetas. San Vito exageradamente alta. Aquí se adoró al dios eslavo de la fertilidad. Kilos y kilos de plata de San Juan de Nepomuceno, el santo que Wenceslao IV tiró por el Puente Carlos. Ángeles de plata. En todas partes Carlos IV. El Callejón de Oro, casitas pobres convertidas en decorado. Concierto en la Basílica de San Jorge, bajo el techo de madera. La Torre de la Pólvora y el Palacio Real. Edificios barrocos con tiendas antiguas. Camisetas del Sparta, gorros, medallas y relojes soviéticos. El City Hall.

 La Estación central. Checos entre ruido y hormigón, con botas de goma, jaulas, capazos. Miran los horarios girando unos cilindros y la composición de los trenes en unas barras metálicas donde ponen locomotoras y vagones de madera. Apetecibles destinos Bucarest, Budapest, Varsovia...Tipografías modernistas. Arriba hay un restaurante decadente, bonito, circular y con una alta bóveda. La cocina ocupa dos de las antiguas taquillas. Las otras son ahora tiendas. Una de las paredes es un gran vitral con figuras gigantes en las esquinas. Esto fue el hall de la antigua estación, solo accesible en coche por la entrada principal, pues han puesto un lioso scalectrix rojo de metal por el que pasan los coches a toda velocidad. Fuera hay cuatro torres con relojes. Bajamos al jardín. Comemos en el U Staré Posty pollo con patatas y pato con una salsa dulce de cebolla. Los platos son tan abundantes que pasamos de las sopas. Bebo pivo de litro.

Postales de Praga
En los días anteriores a nuestra llegada se inundó la ciudad y es impresionante lo marcada que está la línea del agua en las fachadas, por encima del primer piso en el barrio del hotel. De esa línea para abajo la pared sigue humedecida y, a veces, embarrada, negra. Hay muchos locales cerrados y algunas líneas de metro no circulan. Usamos el bus X8 para llegar al centro. En el parking hiela, y una capa sin pulir cubre los coches. Me bebo un whisky con agua de manzana, ya derrotado, mientras veo la tele.

sábado, 9 de noviembre de 2013

tercer día en praga


Cuando uno desayuna lo mismo deja de tener gracia. Cogemos el X8 y luego un tramo abierto del metro hasta la Plaza de Wenceslao, en la estación Muzeum. Vemos su estatua ecuestre, los edificios modernistas, el famoso Hotel Europa, Nuestra Señora de las Nieves, la calle Národní , el tontódromo burgués, impresionantes los números 7 y 9, el edificio de cristal de la Nova Scena. Bajamos a los jardines de la Isla Eslava, la Galería Mánes, la torre renacentista, el puente, y el sol en la calle Rasinovo hasta cansarnos.

Un tranvía nos lleva al Monasterio de Emaús, donde un arquitecto puso dos agujas enroscándose. El siguiente tranvía tiene los asientos calientes y nos lleva a la Plaza de Ostrélovo, frente a la inmensa fortaleza de Vysehrad. Paseamos por sus jardines y sus iglesias de sv Martina, románica, pequeña y redonda y sv Petr Pavél con altísimas agujas góticas ya negras y su hermoso cementerio de gente ilustre con tumbas ilustres. Esculturas, chistes y un tejo cuyas raices abrazan el esqueleto.

Seguimos el río Moldava. Las casas cubistas de Josef Chochol en Libosiña 3 y Neklanova 30, esta última especialmente bonita por las sombras que el sol consigue a esta hora. Otro bus de asientos calientes a Rudolfinum. Frente al gran palacio nos tomamos una Gambrinus y cola con las tapas del hotel. Vemos una expo de Realismo Socialista Checo. Mucho Lenin, Estalin y Klement Gottwald. Escenas alentadoras, revueltas y mítines. Soldados solidarios, paisajes llenos de fábricas y una familia desnuda orgullosa se levanta junto a la ondeante bandera roja. Constructivismo y carteles flipantes.

Descansamos en la cafetería pasadita de rosca entre columnas corintias de madera. El camarero, vestido de músico de orquesta sinfónica, nos trae un café de puchero. Para mi gusto, esta ciudad está demasiado colocada y es demasiado limpia. No hay quien encuentre una chapa, y eso que la gente lleva la cerveza en la mochila y la bebe en los jardines; pero se la guardan para no manchar. Un inspector del metro nos pide el billete en la calle, no tiene ningún otro sistema de control. Llevamos un abono de siete días. Unas sudamericanas tratan de convencerlo de que solo bajaron a verlo.

En Nerudova, por Jan Neruda, edificios barrocos. Boris Yeltsin levanta una jarra de cerveza. En un local barato y bullicioso bebo mucha cerveza y en un restaurante a punto de cerrar comemos sopa de pollo, ensaladilla rusa y cerdo con chucrut. El camarero trae la cuenta en una carpeta de fuelle y le doy propina por mantener abierto para nosotros. Damos el último paseo y acabamos en el barecito de anoche. Nos tomamos unos cafés ya cansados de andar. Tenemos los ojos rojos y ni puedo leer lo que escribo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

arquitectura, santos y cerveza



Compramos un tique de una hora en el X8. El Museo de la Ciudad, la Casa de la Virgen Negra, El Ayuntamiento y el reloj ese donde asoman curas y frailes, el Museo Cubista, La Casa del joven Kafka y la cafetería Milena y todos esos lugares comunes, Belén, Klementinus, el Puente Carlos con esculturas de santos, puestos de artistas y algún músico, un frío que pela en el viejo cementerio judío, con sus piedritas apiladas y, por fin, el Museo de Arte Medieval con Santa Benigna de madera tumbada y San Panta con su faldita rojiverde y dos manos clavadas sobre la cabeza. Un malvado moro tira de los pelos de Santa Bárbara, dispuesto a rebanarle el cuello. Hay verdaderas caricaturas de madera policromada.

Volvemos a la Plaza de la República. Los curas del reloj mueven la cabeza y el bastón (sus atributos, dice una guía ñoña) mientras oímos una canción de Tony Ronald cantada por un pitufo. Buscamos una cervecería tranquila donde no te apuren y me despachan una Urquell de medio litro. La arquitectura y la cerveza son los puntos fuertes de esta ciudad. San Panta, en una mesa del fondo, trata de liberar sus manos para arrimarse a la boca la jarra de cerveza.

jueves, 7 de noviembre de 2013

viaje a praga en el 2002



Salimos a las siete de la tarde. A Beni ya no le gusta el avión, y me coge las manos en el trágico momento del despegue. La duración aproximada es de una hora y tres cuartos. Nos sorprenden con una cena apestosa de geriátrico. El periódico checo da un previsto de nubes y claros y de 3 a 5 grados de temperatura. Una señora de delante se pone amarilla. Le ponen hielo en la nuca, le levantan los pies y le dan consuelo diciéndole que estamos a punto de llegar. No es nada, soy médico, dice otro viajero.

El autobús nos da una vuelta por la ciudad antes de dejarnos en el hotel. Los monumentos están iluminados. Todos los hoteles son bonitas antiguallas menos el nuestro, en el barrio de Karlín, duramente castigado por las inundaciones.

Cuando vuelvo de echarme un cigarro, Beni ya se ha dormido.