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miércoles, 1 de mayo de 2013

mineros


En cierto modo, es humillante mirar a los mineros del carbón trabajando. Plantea en ti una duda momentánea sobre tu propia condición de intelectual, de persona superior. Tú y yo y el editor de la Times Literary Sup., y los poetas Nancy y el arzobispo de Canterbury y X Comerade, autor de Marxismo para bebés, todos nosotros realmente debemos la decencia comparativa de nuestras vidas a estos pobres del subsuelo que dejan sus tripas a sus jefes, con sus ojos ennegrecidos, con sus gargantas llenas de polvo de carbón, conduciendo sus palas hacia delante con los brazos y los músculos del vientre de acero.
                                                                                                                                   George Orwell.
Ilo photo.


Una explosión de gas en una mina de carbón en el oeste de China, ha dejado a 22 trabajadores atrapados bajo tierra.
La explosión en la mina de Changji se produjo en las primeras horas de la mañana del viernes, cuando 34 mineros estaban trabajando, la agencia de noticias de Xinjiang informó en su microblog. Doce mineros se apresuraron a la seguridad, pero 22 siguen atrapados.
Los equipos de rescate buscaban a los mineros atrapados. No está claro si hubo muertos entre ellos.
Estos accidentes son causados ​​generalmente por no ventilar el gas metano del eje. Las minas de China, que están entre las más mortíferas del mundo, sufren frecuentes explosiones, inundaciones y derrumbes.


Associated Press en Beijing
theguardian.com, Viernes 13 de diciembre 2013

domingo, 17 de febrero de 2013

trasiego complicado


Bajo a desayunar. El comedor del hostal está en el sótano; pero como aquí todo está en cuesta, este comedor da a una patio con soportales como si fuera una pequeña plaza o un claustro. En el centro: veintiún futbolines en tres filas y cubiertos por un techado hecho de lona impermeable.

Paseo por Potosí mientras Beni duerme. Me acerco al Cerro Chico como atraído. Me detengo en las casas señoriales y dibujo los muñecos encaramados en sus columnas, paso a los patios. Entro en el edificio de correos con sus mesas destartaladas, compro postales. Me acerco al barrio bajo el cerro pelado y rojo. Casitas pequeñas de adobe y tejas. Los tejados curvados por el tiempo. Algún ingenio aún en pie. Ramblas con escombros. Indias con carritos azules preparando el almuerzo.

Vuelvo al centro. La Merced con techos mudéjares de madera. El Templo de Belén está abierto porque tiene un restaurante dentro. Fue rehabilitado en 2.005 con ayuda española. Ahora es e pequeño Teatro Municipal Modesto Omiste, con un restaurante caro. Cuando voy a subir al teatro me para una señora y me dice que no se puede.
-Un pequeño derecho a verlo tengo, veo que mi país (señalo al logo de Cooperación) ha participado en la restauración. ¿Así lo agradecen?
Finalmente me lo deja ver. Le doy las gracias a la señora.

Hasta el último momento no conseguimos dos plazas para Uyuni. Es carnaval y viernes y va mucha gente. Al final falla una reserva y nos vamos. Recorrido precioso por carreterín de tierra, con pampas de paja y llamas, pueblecitos de adobe. Se va transformando en más desértico, montañas rojizas con puntos verdes como en San José. Una laguna rosada por la gran cantidad de flamencos. Cactus peludos viejunos con pelos canosos. Más adelante va apareciendo la roca roja y crea paisajes como en Arizona. Esculturas gigantes de piedra roja que hace formas de árboles y otras curiosas. Termina en un cañón que tenemos que bajar y acompañar su riachuelo que baja con fuerza.



A medio camino, el bus no puede subir una cuesta y empieza a echar humo, se para y retrocedemos. Una mujer histérica dice que nos bajemos para que el autobús suba vacío. Bajamos. Se ha quedado sin aceite y le han dado un calentón al motor. El sol pica, pero el aire es fresco. Llegan dos buses, se monta la gente. Alguien dice que no puede con más de diez (apretados en el pasillo). Quedamos ocho en tierra: dos argentinas, una pareja de norteamericana y suizo, dos pardillos de Potosí y dos pardillos de Ciudad Real. No hay problema: dentro de una hora viene otro autobús. Llega, nuestro chófer habla con el otro chófer, mueve la cabeza negando. No va a Uyuni. El chófer va parando coches para colocarnos, ninguno quiere. Me acerco para enterarme. La gente pide pasta y el chófer no quiere pagar. Hablan sin tapujos porque piensan que no los entiendo. Le digo que la empresa tiene que asumir el problema y pagar a quien sea para llegar a nuestro destino (aquí no hay cobertura telefónica y la empresa se enterará de lo sucedido a las seis, cuando lleguen los otros buses a Uyuni). Me dice que él no es la empresa y que no tiene dinero. Empieza a hacer fresquito. El aire mueve el polvo del camino. Nos ponemos las chamarras. Dibujo el paisaje. Ya han pasado dos horas. Nos metemos en el bus arruinado. Para otro coche. Llevamos tres horas tirados. Me llama el chófer. Nos mete en un 4X4. El chófer negocia la pasta: 25 cada uno. Cuando estamos dentro, me dice que lo tengo que pagar yo, que mañana me lo paga la compañía.

Son una pareja que hacen turismo nacional. Nos enseñan un mapa marcado con rotulador de lo recorrido del país en varios años. Ella parece tener una pequeña agencia de viajes en Cochabamba. Nos cuentan que no montan a nadie (supongo que quiere decir sin cobrar). Hacen apología de su ciudad y nos dicen que nos perdimos lo mejor no pasando por ella. Oh! La comida y el clima son excelentes! Ella no aguanta el calor seco y yo no la aguanto a ella. Él me cae bien, nos ilustra y cuenta anécdotas, ella es una chaspanta con cara de dólar. Anotan los kilómetros, los pueblos, calculan el gasto de gasolina. Da la impresión de que quieren montar una ruta Cochabamba-Uyuni con su 4x4.



Nos dejan en el centro. Pillamos el primer hostal. Cenamos en un mejicano que sólo tiene pizzas, no son horas. Mañana intentaremos ir al salar. Hoy ya sólo conviene cerrar página en una buena cama.


sábado, 16 de febrero de 2013

un potosí

Sueño con una gran asamblea de guaraníes, con su pelo lacio y flequillo en ralla horizontal. Los hacendados de Santa Cruz los tienen esclavizados con el truco del préstamo inicial cuya deuda cada
vez es mayor y hay que pagarla con trabajo (por cierto que la Iglesia ha tomado partido por los hacendados, la mejor apuesta). El caso es que el Ché, que está dejando de fumar y el mono lo pone muy irascible, habla con ellos mediante traductor simultáneo, con cascos, y con el atraso pasa lo que en
el anuncio ese de internet en que las respuestas ya corresponden a otra pregunta. Golpea la mesa, que es un viejo pupitre de escuela, y derrama toda la tinta, y me mancha todo el cuaderno.

Primera parada en la famosa Casa de la Moneda. Obligado el guía. Máquinas antiguas tiradas por mulas y prisioneros, luego de vapor y más tarde eléctricas, hasta que vieron que acuñar una moneda de un bolívar costaba uno y medio. Y se cerró. Una buena pinacoteca del virreinato, minerales, monedas y objetos de plata. Mucho tiempo entretenidos en las máquinas y muy poco en lo que me gusta como la sala arqueológica o planos antiguos de Potosí. Así son las visitas guiadas.


Hay un óleo que merece la pena una buena parada: representa al Cerro Chico como si fuera la Virgen (del Cerro), arriba la cabeza con un áurea y todo el cerro es un manto del que salen dos manos también con áurea. Encima de ella, la Santa Trinidad: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sobre la punta, en forma de paloma. Debajo los dioses indios: el Sol, la Luna y la Pachamama-Cerro-Virgen, el sincretismo. El cerro-manto rojizo está surcado de caminos. Allí está el indio que encontró la veta y los primeros españoles que fueron a verla. Las primeras excavaciones. Abajo, y un poco mayor, el Inca, que fue a ver qué pasaba con su cerro sagrado y una voz le dijo que lo exprimiría gente de muy lejos. Y ya en el suelo: Potosí como una bola de plata rodeada de las autoridades civiles y eclesiásticas. ¡Cuánta
información en un metro cuadrado!

Iglesias y casas señoriales con patios. Pero, sobre todo, paseos por sus calles pequeñas y abigarradas, repletas de puertas historiadas y balconadas de madera. Y en los cruces, al fondo, el Cerro Chico comido por las excavaciones (ha bajado casi 500 metros), o la torre de una iglesia, las montañas de alrededor agarrando las nubes o ese sol rojizo que se pone al atardecer. Potosí está muy bien, casi todas sus calles céntricas son chulas (dos kilómetros a la redonda) y no está muy restaurado. La gente vive en esas casas. Hay puertas barrocas llenas de polvo que esconden una tiendecilla de confites o golosinas.

Al atardecer los suelos de adoquines brillan y todos los estudiantes van a alguna fiesta de carnaval (cansados de tanta agua), los quiosquillos se encienden y empiezan a echar humo. Huele a carne braseada, a dulces, a ají, a masa frita. Hay sitios estupendos para descansar como la terraza de la heladería de la plaza del Mercado Central (de Luis Alfonso Fernández) donde hay unas gradas donde descansan abuelos y abuelas (igual son de mi edad, aquí es imposible calcularla con esas caras negras llenas de grietas, se jubilan a los 55 y llegan muy pocos). Ahí me he dibujado a unas cuantas. Las confiterías están llenas de gente por la tarde y puedes encontrar de todo, pues aquí son populares.

Cuando los estudiantes ya se han cansado del agua, y van tranquilos por las calles, agotados, entonces da gusto pasear por Padilla, una peatonal llena de quiosquillos de señoras que venden de todo, tranquilamente y con tres cuartos de litro de sureña en la barriga. Me siento bien, me acerco a una señora y le pido un cigarrillo y fuego. Le doy un bolívar y me devuelve un caramelo.

viernes, 15 de febrero de 2013

de sucre a potosí

Por la noche vemos nuevamente un último resplandor en el cielo. Es un fenómeno que nos admira, todo el cielo está negro menos un pequeña parte que queda muy clara y en la que aún se ven las nubes, y dura mucho tiempo.



Desayuno continental. Despedida al loro, al perro y a la señora de la cocina. Combi a la terminal y autobús a Potosí. Es un autobús popular, sin guiris, divertido. Alguna parada para vendedoras: ¡empanadas, durasno, higos!. Muchos árboles de la pimienta durante muchos kilómetros, con las ramas péndula como el sauce y racimos rojos. Algún ciprés y luego cactus con los brazos alargados hacia arriba. Matas agarradas a la pura roca. Casas, con un horno al lado, de adobe y tejas, un inmenso río (Pilconayo) y un puente elevadizo de madera y cables que marca la frontera de Chuquisaca y Potosí. Después no paramos de subir y subir. Arriba del todo los macizos azules y abajo el río. Ya no hay pimienta, ni chopos, ni eucaliptos. Sólo paja y algún pino. Desprendimientos, la carretera llena de piedras, el autobús orilla el precipicio. Beni me agarra. El altiplano, ovejas, pueblos de adobe, algún cultivo, el autobús coge velocidad. Chopos, papas, maíz, cebollinos, burros, alguien arando con dos toros, mujeres recogiendo en las huertas. Las tejas muy pegadas con cemento, pierden su color rojo. De golpe, picos de piedra roja lobulados, bonitos. Un campo de baloncesto lleno de ovejas, Betanzos, Bizcochuelos, bizcochuelos. A la salida un cartel pintado: Papito no corras, no bebas, no mates, no mueras, te esperamos en casa. Lajas verticales, chopos, 119 kilómetros desde Sucre. Le dan coca cola al niño en biberón. Bajamos, vacas, pinos, pastos. Una pista de aterrizaje de tierra, torres de control. Potosí a 4.200 metros un poco más abajo. Terminal nueva, circular, atómica. A la salida el Cerro Rico, como una pirámide roja, de frente. Combi. Talleres con los rótulos a mano, baterías, rodamientos. Mercado campesino: después de los huevos de colón, avícola Rolón. Otra historia: todo indígenas de grabado, sombreros cordobeses muy altos, pantalones subidos agarrados con fajín, de tela gruesa, muchas trenzas negras. Nos bajamos en Bolívar con Junín. Hostal Felimar.

Cambio dólares en la esquina, le levantan el sombrero a una señora para compararla con la foto, le cogen el dedo gordo de la mano derecha, se lo manchan de tinta y se lo estampan en mogollón de
papeles. Acaba exhausta. Se me cuelan estas señoras de sombrero de paja y trenzas. Al fin lo logro. 6,90: mal cambio, pero tengo que pagar el hostal.

Comemos bastante bien, viendo el partido para la Copa Libertadores entre Bolívar y Alianza Lima, poco juego. Me he pedido el silpancho (arroz muy suelto, cebolla morada, patatas fritas,
huevo y carne empanada).



Damos una vuelta por el centro. Muy diferente a Sucre, más popular, todo más revuelto y colorista. Más el rollo de La Paz en una ciudad con enjundia. Las calles son más estrechas y en cuesta, las casas no están tan arregladas para el turismo, sino que son mucho más bonitas y viven ellas. Las calles están plagadas (sobre todo Padilla y Bolívar), hay mucho movimiento y muchos jóvenes. Todo es más barato y se ven menos turistas (a pesar de que hay muchas agencias alrededor de la Casa de la Moneda). Las iglesias son más ricas, los monumentos más importantes y la luz que reciben al atardecer llama la atención. El ambientillo minero también le da un punto.

Atardeciendo cae muchísima agua. Nos pilla en la calle Padilla donde hay un cine con varias salas. La entrada nos cuesta medio euro. Pasamos a una película boliviana que no nos gusta nada y nos cambiamos a medias a una de Jim Carrey de animación. Una versión de un cuento de Navidad de Charles Dickens. De Guatemala a Guatapeor. Espantosa. Menos mal que la gente entra y sale, los niños se ponen a llorar de miedo y se oyen las películas de las otras salas y al acabar los rollos la pantalla se pone en blanco y hacen sombras chinas con las manos. De todas formas nos vamos.

Salimos y las calles van a tope por el carnaval. Damos una vuelta mirando locales, casas, torres iluminadas, y gente curiosa por las calles. Yo llevo un día raro de mareos y problemas respiratorios, estamos a 4.200 metros, pero empiezo a sentirme mejor. En una confitería nos metemos dos trimates (manzanilla, anís y coca) que dicen van bien para el mal de altura. La camarera me da una clase de dulces: nombres e ingredientes. Yo me pido un pan de vainilla y Beni dos tahua tahuas. Ya cansados y cansinos.