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domingo, 10 de febrero de 2013

último día en sucre


Me paso la mañana de negocios: lavandería, cobro de cheques de viajes, cambio a bolivianos, revelado de fotos… entre tanto me como un dulce por allí, una tapita por allá, mirando carteles: Farmacia Louis Pasteur, Confecciones Elegant, se precisan señoritas de buena presencia para meseras, Repizzallegaron mochilas, llegaron bolsos escolares, no queremos una sociedad laica, atea y etnicista.

Mamen nos invita a comer en Los Balcones de la Plaza. Vistas maravillosas de todo el verde: las copas de los árboles y las palmeras que sobresalen. La ensalada está sobresaliente, con pepino, judias verdes, calabacín, pasta y brócoli remozados en una salsa vinagreta que ha estado dando sabor un rocoto (chile gordo y pequeño que rabia) y cebollas moradas, mas una salsa rosa. De segundo una chuleta de cerdo con salsa dulce y tallarines. Es un sitio donde viene mucho guiri y la comida no es demasiado fuerte.



Pillamos un bus al cementerio. Es como un parque para pasear rodeado de tumbas y panteones, muy agradable. Paseamos entre tumbas de hombres insignes (el presidente Hilario Daza, músicos, generales, arzobispos, beneméritos de la guerra del Chaco) y nichos de gente anónima con esas puertas que los convierten en hornos o lavadoras. Muchos niños, en sus vitrinitas cochecitos de juguete y muñequitas. En algún amante de la priva: copas y botellas en miniatura. La muerte es nada, el olvido es todo y otras frases importantes. De vez en cuando se acerca un niño: ¿escalera, se lo subo, se lo reso?, o una niña: ¿le limpio la lápida, se lo voy a resá?. Un apartado para el cementerio judío, separado por una reja metálica con estrellas de David. Escalera, se lo subo, se lo reso.

 La plaza está hasta arriba de estudiantes. Hoy se habrán acabado las clases. Mañana compadres y pasado comadres. La policía Gama van dando vueltas con la moto. Vestidos de soldados y con casco de soldados, van por parejas, el de atrás lleva un fusco. Mamen no está, nos vamos al teatro Tres de Febrero a ver el concurso de bailesitos de Carnaval. Es una bombonera pequeña con tres pisos de palcos y un patio pequeñín de butacas no demasiado destartaladas y tapizadas con chinchetas. Empieza el espectáculo, sale una parejita, luego un grupo de estudiantes saltando, luego se levanta Josemari y seguidamente Benigna, y desapàrecen. El espectáculo es lamentable.

sábado, 9 de febrero de 2013

la recoleta y el cedro milenario



Visitamos La Recoleta, un convento franciscano aún en uso, fresco, con naranjos en los patios con soportales sobre columnas octogonales, y mucha paz y tranquilidad. Sólo estamos Beni, yo y nuestro joven guía dominico, tímido y de pocas palabras, al que hay que estar preguntando para que no muera. El cuarto patio es el fin de la edificación, sólo una cara de soportales, y el inicio de la huerta. Allí, un soberbio cedro milenario (1500 años) refresca a los novicios y catequistas cansados de limpiar la alberca y trabajar la huerta que va cayendo en barranco. Lo mejor es la colección de objetos populares de culto, hechos por manos anónimas. El joven dominico dice apreciarla en su valor con esa sonrisa aprendida de religioso sin ánimo de discutir. Desde el mirador se ve toda la ciudad, blanca con los tejados rojos. Bajamos entre olores de comidas. Dibujo a las señoras pelando papas. Comemos en un patio fresco. La comida no lleva hierbas desconocidas. Nos sentimos en casa, de vuelta. Hablamos con Mamen como si el viaje hubiera llegado a su fin.

viernes, 8 de febrero de 2013

sucre





Cogemos una habitación fresquita en el patio de Las Charcas, frente a San Francisco. Sucre resulta ser una ciudad demasiado calurosa. Parece que estuviéramos en España. A veces en Almagro con el soletón dando en las fachadas blancas. Iglesias encaladas en plazas llenas de palmeras y algún ficus centenario. Aquí los niños juegan con bicicletas y se ven motos por las calles (¡lo nunca visto en el viaje!). La gente se divierte en el Parque Bolívar. Las cholitas llevan la falda más alta y sombrero de paja de ala ancha. Quesos con y sin poros, todos saladísimos, en el Mercado Central, y pollos criollos que queman para limpiar. La gente no es demasiado simpática. La chilena Johanna nos dice que aquí son asperones, que donde la gente mola en donde hay clima tropical, en Santa Cruz, ese es el sitio.

-En Copacabana y La Paz hemos encontrado tanta gente maja, que no creo que haya que pasar tanto calor para enrollarse.
-Pero como en Santa Cruz...

Johanna ha venido de Chile en plan hippie, ya que esto es mucho más barato. Vende pulseras por la calle. Nos regala una a cada uno. A Doña Beni y Don José María, dice. Está un poco tomada. Nos dice que tiene problemas de corazón.
-Pues el tabaco no te va a ir bien, le digo mirando su cigarro.
-Mal de amores, me dice riéndose de mi estupidez.

Resulta que se ha enamorado de un chaval de aquí, que es demasiado materialista, no piensa más que en el carro y la plata, y no piensa dejar familia y sustento para irse con esta peladita. La dibujo y ella nos pone un texto de agradecimiento. También es poeta, monotemática. Le digo que piense que se levanta por la mañana y han pasado cinco años. Pero ella se ve con unos cuantos niños. No tiene arreglo. La invitamos a una Paceña y nos vamos a la siesta.

Nos despertamos con la música y los cohetes, el Carnaval. Los chavalillos tiran bombas de agua y disparan con pistolas de plástico. Recogemos las fotos de la nueva cámara, una cagada. Habrá que dibujar. En el Parque Simón Bolivar sería una tarde perfecta de domingo si no fuera por la guerra del agua. Usamos de escudo a víctimas inocentes. Los chavales quieren mojar las camisetas a las chicas. Los más pequeños bailan. Los vendedores de algodón de azúcar de fresa los protegen en bolsas.

¡Se está tan bien en este quiosco de madera y esta señora tan agradable que nos trae unas papas, con esta luz que no acaba de cerrarse, la atmósfera de paseo y las risas a lo lejos! Mamen nos ha dejado un número de celular en el correo. La llamamos, está aquí al lado. En cinco minutos estamos en su hotel. Tiene la nariz roja del sol. Nos invita a un sandwich y una cerveza. Nos habla de su trabajo. Sus visitas a comunidades donde los proyectos se materializan. Estamos bien hasta que puede el sueño. Hasta mañana pues.