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domingo, 20 de enero de 2019

lunes, 17 de diciembre de 2018

poems&crimes

Instalada en lo que fueran los establos de una vivienda de mediados del siglo XIX de la calle Nikis, Atenas, en su planta baja rehabilitada, junto al resto del edificio, por el arquitecto Nikos Charalambides, está esta tranquila cafetería llena de libros o librería con olor a café a la mañana y sopas, pastas y carne al horno a la hora de comer. Uno puede pasar el tiempo leyendo el libro que nos dejaron sobre la mesa, ver los dibujos que Dimitris Tsokakis trajo de Nepal o atender a los tertulianos. La planta baja está llena de libros con palabras sangrientas y en la primera planta están los poemas: la librería de poesía y las exposiciones de fotografía o pintura. Aquí también se hacen las presentaciones de libros. Por la noche hay música y copas y la terraza de su patio se llena.

Dibujé a Sami, responsable de todo esto y la Editorial Gvrielides de pie y sentado. Él mismo se partía de risa de su pequeña cabeza y su larga nariz. Y me regaló un libro bilingüe, griego español, de Marta Silvia Dios Sanz, de su editorial, de la cual puedes comprar cualquier libro a mitad de precio.

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viernes, 14 de diciembre de 2018

syntagmatos nýchta

También llamada Plaza de la Constitución, la Plaza de Syntagma es el punto de reunión de los atenienses, su Puerta del Sol, un lugar donde siempre hay gente pululando. La hemos visto en televisión llena de manifestantes contra la Troika, y esto es porque es donde está el Parlamento Griego. Delante justo, está la tumba al soldado desconocido, donde unos soldados evzoni, con falda, boina con flecos y unos extraños zapatos, hacen un aparatoso cambio de guardia. En uno de sus cipreses se sigue homenajeando al jubilado Dimitris Christoulas, que en el año 2012 se suicidó disparándose un tiro en la cabeza debido a su situación económica, agrabada por los recortes de la Troika. Esto lo hizo a plena luz del día, como fórmula de desesperada protesta.

En el centro hay una fuente cuyas aguas iluminan con luz azul y alrededor están los hoteles más lujosos, entre los que destaca el Hotel Grande Bretagne, inaugurado en 1874 en un edificio de 1842, y que usan las visitas más importantes. Y de aquí parten la calle más comercial de Atenas, Ermou, que la une con la Plaza Monastiraki, y la lujosa Vasilissis Sofias, donde se reúnen las embajadas y nace el Jardín Nacional, mandado construir por la reina Amalia en 1893 y abierto al público 25 años después. 

El dibujo está hecho desde las escaleras que van al Parlamento. Allí los chavales se reúnen con petacas de alcohol en el bolsillo, una especie de botellón clandestino, y necesario dado los precios de las terrazas.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

atenas desde la acrópolis



Atenas es una ciudad baja sin rascacielos y con barrios, como Plaka, con casas pequeñas, desde donde puede verse la Acrópolis, que es desde donde está hecho este dibujo, mirando hacia la Plaza Syntagma, que queda un poco a la derecha y abajo de la colina Lykavittos. Este tipo de dibujos justifican un viaje sin prisas.
A la izquierda: una perspectiva parecida en un cromo de los años treinta de siglo pasado.

jueves, 22 de noviembre de 2018

yásas atheni


A las ocho nos despierta la campana de la pequeña iglesia bizantina de enfrente. Llueve a mares. Las ruedas de los coches parecen despegarse con esfuerzo. Los mendigos duermen bajo las viseras. Los escaparates ya tienen adornos navideños. Todo parece quieto. Es domingo. Bajamos a Monastiraki con las mochilas empapadas. Alguien nos ayuda con el billete al aeropuerto. Antes de llegar, nos tenemos que parar a esperar otro convoy. Allí están ellos sentados en el suelo. Son de Cáceres y vinieron el fin de semana. Ahora hacen una foto del dibujo que les termino. De golpe vino el frío y la tristeza, las terrazas se quedaron vacías.

Me cachean, y luego esperar y esperar. Me entretengo dibujando, aunque ya sin ganas. Parece que todo dejó de tener importancia. Mi cuaderno acaba con el viaje, deja de interesarme. Ni me quedan hojas en blanco para pegar las tarjetas de los hoteles o algún papel suelto.

Me ponen en la última fila.  Miro las casitas entre los árboles desde la ventana. Una nube alargada rompe en dos el paisaje. Luego la niebla y, encima, ese paisaje espectacular formado por las nubes. Cerros y cerros de algodón y, muy al fondo, unas montañas mágicas como sacadas de un cuadro de Leonardo.

En Madrid llueve a mares. Un autobús cansado nos lleva a Atocha. La gente anda deprisa y con la cabeza gacha. Cruzan  las calles corriendo latigados por el sonido intermitente del peatón verde. Pasamos otra vez por esa máquina impúdica que radiografía nuestras cosas personales. Montamos en un tren rápido. Detrás de los cristales no para de llover, parece que llueve en todo el mundo. Se agradece una cara conocida y los besos. Las luces, como radiolarios, lanzan afilados filamentos en el parabrisas mojado. las ruedas se despegan con dificultad. Caemos rendidos en la cama. Beni se despierta a media noche. Me pregunta: ¿dónde estamos?
- Estamos en casa.
- ¿En casa de quién, de dónde?

Espero adormilado otra vez la campana de esa pequeña iglesia bizantina de la calle Athenis, donde Beni puso dos velas el día de Todos los Santos, recordando a sus padres.

domingo, 4 de noviembre de 2018

el arqueológico


Viajando da la impresión de aprovechar mejor la vida, como si fuera más despacio. Ya en el tercer día nos parece llevar una semana en Atenas. Ya con algunas rutinas, como el bebé que llora a las siete de la mañana, la calle Adriano, las viseras de hierro forjado y cristal, los kalimeras de recepción, la clínica del Doctor Fish, donde unos pececillos te muerden los pies metidos en un acuario, y el desayuno en el Attika, donde las palomas pasan a comerse la miguillas y la gente descansa en el poyete de la pequeña iglesia bizantina.

Nuestra idea es ir al Museo Arqueológico Nacional, cosa que hacemos caminando por la calle peatonal y ajardinada de Oiolou, que nos ofrece un agradable paseo, con música de bouzouki, hasta la Plaza Omonoia, muy cercana al museo. Atenas no es la ciudad munumental que se espera de su historia. Las ciudades griegas del sur de Sicilia están mejor conservadas. La Atenas cásica ha sido arrasada y saqueada, y apenas queda algo en pie. Su mayor tesoro histórico está aquí. El arqueológico es tan grande e interesante que convendría verlo en etapas para asimilarlo. Yo me concentro en el Neolítico, las figuras cicládicas y el Egipto helénico, pues creo que lo más interesante está en lo más antiguo, cuando se quiere simbolizar más que representar a la perfección. La sencillez de las figuras cicládicas roza lo extraterrestre. Me enternecen las estelas funerarias, donde el finado se despide de su esposa, familia o amigos. Cada figurita, cada dibujo, me parece una idea, una solución gráfica. Disfruto un montón tratando de recoger esas ideas en el cuaderno.

A las cuatro de la tarde nos echan. Comemos algo en el famoso café Kpivos, fundado en 1923, con un aspecto entre casino y gran pastelería. Las cartas cuelgan de las mesas con un cordel. Los cafetines son de mármol con las patas clásicas de madera. Es muy popular porque ponen unos rosquillos con miel y canela riquísimos. Nuestros bocadillos de pollo con ensalada y salsa de mostaza están deliciosos. Después nos tomamos los rosquillos (media docena es el mínimo) con unos cafés.

Visitamos la cercana Torre de los Vientos, en el ágora romana, una torre de planta octogonal con un relieve representando a cada tipo de viento en cada dintel de cada cara: el viento del Norte, en que Boreas lo produce soplando una caracola, el del Noroeste, donde Skiron echa brasas de un cuenco, el del Este, donde Céfiro esparce flores, el del Suroeste, donde Lips hace virar un barco, el del Sur, donde Notos vierte la lluvia desde una vasija, el del Sureste, donde el viejo Euros se abriga, el del Este, donde el joven Apeliotes trae frutas y granos, y el del Noroeste, donde Kaikías esparce granizo. Es reloj de agua y veleta, y los derviches aulladores la tomaron el el XVII para sus danzas giratorias.

Por la noche, nos vamos despidiendo de todo hasta el hotel.

sábado, 3 de noviembre de 2018

los jardines nacionales y el barrio de metaxourgeio


Me despierta el llanto de un bebé. A las seis amanece.

Desayunamos frente a la iglesia de Panagia Kapnicaria, una iglesia bizantina del siglo XI, de las primeras de Atenas, que dibujé ayer, que se construyó sobre un antiguo templo pagano dedicado a Atenea y como parte de un monasterio. Actualmente es un extraño fósil en mitad de la calle comercial Ermou. Justo allí hay una cafetería pastelería con un montón de pasteles, otros dulces y sandwiches a precios populares.

Después de ver el Templo de Zeus, hoy ya de día, paseamos por los Jardines Nacionales con ese extraño olor a lejía y canela que finalmente identificamos en la flor de lo que parece un algarrobo, sin duda el llamado algarrobo de olor. Hay árboles muy viejos, especialmente cipreses de grandes y ramificados troncos. Estanques, asientos de mármol rescatados de algún teatro. Es parecido al Retiro, pero más salvaje. Tiene un ridículo y entrañable zoo con cabras montesas, ovejas, gallinas, ocas, pavos reales, patos y algún pájaro. Las ovejas huelen a rayos. Salimos a Eleftheriou Venizelou para visitar el Museo de Arte Cicládico, pero está cerrado (luego descubrimos que la entrada principal del palacete no es la del museo). Este es un barrio rico de casas señoriales donde están las embajadas.Nos acercamos a Syntagma y paseamos por Panepistimiou para visitar el barrio de Metaxourgeio (Metalurgia), junto a la estación de ferrocarril de Larissa. Como hay una mani en la paralela Stadiou, aquí están escondidos los antidisturbios echando el último cigarro. Son jovencitos disfrazados de robocop y cargados a tope. Algunos llevan una extraña arma con un depósito de gas. No parece que la policía haya cambiado tanto desde los tiempos de la dictadura. En cada manzana encontramos un grupo oyendo las consignas de la calle vecina y dispuesto al ataque.

Precioso el edificio modernista del cine Rex. La Academia, la Universidad, la Biblioteca Nacional... resulta cargante este estilo neoclásico tan ortodoxo, como el decorado de una peli de griegos (para nosotros de romanos). No sé cuántos falsos partenones tenemos ya vistos. Llegamos al barrio. La Plaza Omónoia se la cargaron con el parking. Me imagino a los constructores vendiendo la idea al Ayuntamiento. Nada que ver con esta mierda de resultado. Edificios muy chulos semi abandonados o del todo, murales, galerías de arte, cafés, grafitti, mensajes anarcos. Es un barrio obrero que está acogiendo a los expulsados por el turismo. Y, según parece, empieza a haber turistas sin miedo. La pescadilla infinita. Nosotros comemos en la terraza de una casa de comidas balkánicas, que resulta bastante barata, y nos tomamos el café con música de Buika en el Acrobat, un local bonito de techos altos y visera que podéis ver arriba. Aquí dibujo a una partida de jovenzuelos que me dan sus nombres y disfrutan viéndose así mismos en versión rotulador. Apheus, con el pelo largo en finas trenzas, habla español. Volvemos por la calle Athinas, muy divertida. El Mercado Central con dos alas cubiertas a la calle, pescados, un fuerte olor a las especias bajo una enorme visera, comerciantes voceantes, sombreros. La iglesia bizantina de la Muerte de la Virgen, con los techos y paredes negruzcos, donde solo se ven las coronas de chapa de los santos. Beni pone una vela a sus difuntos.

La Plaza de Monastiraki es una locura. Hoy está a tope. Los turistas cenan al son de esos raros violines y esos acordeones diminutos que tocan dos niños. Los rastados tocan los tambores senegaleses y esa abuela baila y baila sin cesar. Los banglas venden ese aparato luminoso que se enciende en el cielo. Mogollón de jóvenes con pocas cosas que hacer excepto mirar lo que yo dibujo (el último dibujo del día es de la plaza). Paseamos, vemos algunas tiendas interesantes de diseño y cerámicas. Me gustan mucho algunas interpretaciones en barro del caballo de Troya y algunas escénas odiséicas.

Como hormigas bicheamos entre la multitud por las calles céntricas, sin tráfico, hasta llegar a Adriano. El mercadillo se va cerrando. Las vendedoras, cansadas, se comen algúna empanada. Aún tienen fuerzas para hacernos la última oferta en inglés. La mujer que está pidiendo, con un vaso de plástico en la mano, durante todo el día, ha extendido sus saco de dormir sobre la acera y se ha dormido. Los taxistas charlan en la puerta del hotel. Sentimos el fresquito ese que traen las noches de verano.

viernes, 2 de noviembre de 2018

la acrópolis de atenas


La Acrópolis era la parte amurallada de la ciudad donde se veneraba a los dioses. Es una colina de piedra con un recinto amurallado en la cumbre y algunos templos, teatros y otras instalaciones en la falda sur, que es donde está la entrada al recinto. Es muy impresionante. Para visitarla nos unimos a un grupo de españoles con guía, una chica con prisas que hace las paradas donde hay sombra. Recorremos deprisa el Teatro de Dionisos, el Odeón de Herodes, cerrado, la entrada, con el templo de Atenea Niké a la derecha (celebra la victoria contra los persas en la batalla de Salamina), los ciclópeos escalones, el Partenón, templo dedicado a Atenea, la diosa de la sabiduría que da nombre a la ciudad, y el templo de Erechtheion, con sus famosas cariátides (la de la derecha, la mangaron los ingleses en su continuo saqueo).

Acabada la visita, volvemos a hacerla con más pausa y cuaderno en mano. Dibujo las impresionantes vistas hacia la colina Lykavittos, la más alta, el teatro de Dionisos, la cueva de Nuestra Señora y las dos columnas corégicas, el Odeón de Herodes y las vistas de la Acrópolis desde la roca de enfrente, que, dicen, fue el primer parlamento. Allí la gente espera una puesta de sol que no sucederá, pues una nube se interpuso.

Una planta no localizada da un olor recurrente a Atenas. Es una mezcla de lejía y canela. Bajamos al Ágora Antiqua, centro administratico, político y comercial de la Atenas clásica, rodeándola. Paramos en una bonita terraza con vistas a ella y nos comemos una ensalada verde riquísima y pollo a la brasa, mirando hacia unas cuantas ruinas y, allá al fondo, sobre la Colonos Agoreo, Hefestión, el templo de Hefesto y Atenea. Llegamos rodeando las ágoras hasta la plaza de Monastiraki y cogemos la peatonal comercial Ermou, donde paramos a comer unos pasteles griegos frente a una pequeña iglesia bizantina, y después continuamos hasta Syntagma, su fuente de agua azul y sus escaleras llenas de gente sentada, que conduce al Parlamento, jalonadas por dos enormes macetas con forma de copa y pitas en sus interiores. Dibujo entre unos chavales que beben whisky mientras descansamos. Luego, nos acercamos a la nueva Catedral, bastante mediocre tirando a fea, pero que esconde detrás una preciosidad: la llamada Mikrí Mitrópoli , la pequeña catedral, del siglo XIII, con relieves en mármoles recogidos de otros lugares y un dintel con una representación personificada de los meses del año. A mí el que me gusta es un relieve con un felino gigante mordiendo a lo que parece un perro, que está en la fachada trasera.

jueves, 1 de noviembre de 2018

viaje a grecia


Temprano desayunamos en Madrid, en una cafetería cercana a Atocha. La estación es un hormiguero de gente que va en todas las direcciones y sentidos. Alguien se coló por la salida del AVE y todos los seguratas corren como locos. Salimos por el hall de cercanías y cogemos el bus al aeropuerto. Llueve. Esos conductores atascados deben llegar ya cansados al trabajo. La T4 es una locura de hierros, cristales y máquinas, y gente haciendo rodar sus maletas. Pasado el arco, me hacen quitarme el calzado y enseñar al público general los tomates de mis calcetines. Beni se ríe y yo me siento como un viejo profesor desinteresado del mundo. Alguien me pasa una tarjeta por las palmas de las manos para identificar los explosivos manipulados, y ese viejo profesor arenga desde el púlpito de una mezquita ruinosa.

El avión es pequeño pero bien aprovechado. Todo es tan pequeño y desproporcionado que parece una visita de adultos a una clase masificada de parbulitos. Tendremos que  agradecer que por lo menos nos lleve a Atenas. Yo repaso un vieja guía en italiano de Mondadori: los popes con sotana y esa larga barba que parece salir de un gorro académico, los guardias con una ridícula falda, los molinos de viento de Mikonos, el sacro convento de Patmos, la diosa de las serpientes, el Partenón. Beni se mira lo esencial en un diccionario de griego: parakaló, kalimera, efjaristó, oji. Pensamos en un viaje lento, sin prisas por verlo todo. Quizá las islas se queden para otro viaje.

Vamos por encima de las nubes y no vemos más que montañas de algodón. Luego las atravesamos y aparecen las islas oscuras con moñas de nubes sobre un mar brillante. Rápidamente descendemos hasta el asfalto y el avión frena. Atravesamos el aeropuerto sin problemas. Nadie nos dice nada. Cogemos el metro hasta hasta la Plaza Syntagma. Cuesta 10 euros porque son 27 kilómetros. Subiendo las largas escaleras pueden verse las ruinas encontradas la excavación del metro. Con los empujones de la salida del vagón, alguien me mete mano a la cartera. Afortunadamente, me doy cuenta y le doy un manotazo. Algún desconocido grita algo así como hops!. Jodidos chorizos.

Ya vemos los primeros guardias con faldas en la tumba al soldado desconocido, delante del Parlamento. Los Jardines Nacionales, a la derecha y hacia el sur, el doble Arco de Adriano y el templo de Zeus, altísimo y con una romántica columna caída en rodajas. Y, justo a la derecha, a las faldas de la Acrópolis, el barrio de Plaka, y nuestro hotel, una bonita casa racionalista con terrazas y haciendo esquina. Limpio, mesa para escribir y dibujar, y vistas de la Acrópolis y, ahí abajo, una pequeña iglesia bizantina. Dejamos la ropa de abrigo. Aquí la gente va en manga corta. Hay un calor húmedo. Se nota la cercanía del mar.

Recorremos el barrio lleno de terrazas para turistas. Calles peatonales, casas pequeñas, viejas cafeterías y tabernas, viseras de hierro y cristal, el mercadillo, el viejo Ágora y el romano, la Torre octogonal de los Vientos del astrónomo Andronikos Kyrrestes, reloj de agua y veleta, con relieves de los ocho vientos alados, del siglo I ac, la Plaza de Monastiráki, la calle comercial Ermou. En la plaza cenamos, en una terraza, calabacín con alioli y musaca, algo parecido a la lasaña, con berejenas, calabacín, carne de cordero y tomate. También cae una jarra  de cerveza griega.

Los quioscos son una especie de ultramarinos, con bebidas frescas, helados, aperitivos, tabaco, revistas y suvenires. Paseamos entre terrazas donde los guiris nos ven pasar, tiendas de artesanía y tonterías varias. Cuando vemos la calle Adriano, que desemboca en el hotel, nos vamos derechicos a la piltra.

sábado, 3 de enero de 2015

felices fiestas


Los anarquistas atenienses montaron esta felicitación con imágenes grabadas en diciembre de 2014 en Atenas, deseando un nuevo año sin gobernantes.

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