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domingo, 7 de enero de 2018
jueves, 5 de noviembre de 2015
chambi embajador aimara
Con 17 años llegó a Arequipa, la ciudad del sur más activa desde el punto de vista cultural, y entró a trabajar como aprendiz en el estudio del gran fotógrafo Max T. Vargas. Con él aprendió la técnica que desplegaría durante sus 50 años de producción: el manejo de la luz y la composición, la perfección del retrato, la dirección de escenas y grupos y las técnicas de revelado. En Arequipa también colaboró en el estudio de los hermanos Carlos y Miguel Vargas antes de iniciar su trayectoria en solitario, en Sicuani, donde vivió entre 1917 y 1920. Situada muy cerca del imponente nevado Ausangate, uno de los cerros sagrados, Sicuani representó para él la puerta de acceso al mundo andino y un acercamiento geográfico al lugar donde desarrollaría la mayor parte de su obra: Cuzco.
El estudio de Chambi se convirtió en epicentro de la actividad cultural de la ciudad. Por él pasaron miles de personas para ser retratados: políticos, hacendados, militares, comediantes, novias, poetas, músicos, mendigos, mujeres boxeadoras y hasta algún gigante. El mismo Chambi también posaba para Chambi: “Existen más de 1.000 autorretratos de mi abuelo. Caminaba por todos los rincones de la región, o se sentaba en su estudio solo, o con su familia, y se retrataba en todos esos lugares”. Enfrente del estudio estaba la casa en la que vivía junto a Manuela, su esposa, y sus seis hijos, y donde se reunía en las noches con historiadores, poetas, escritores y músicos.
Martín Chambi obtuvo reconocimiento en vida. Expuso en la capital, Lima, y también en ciudades de Bolivia, Chile y Argentina. Fue corresponsal para varios medios nacionales y extranjeros, comoNational Geographic, en cuyo segundo número, en 1938, publicó fotografías de Machu Picchu. Pero hasta 1977, con el trabajo de investigación y clasificación realizado por el fotógrafo Edward Ranney, y con la exposición que organizó en 1979 el MOMA de Nueva York, no superó todas las fronteras. “Llegué a Cuzco en 1964”, recuerda Ranney. “Entonces compraba las postales del fotógrafo en su estudio de la calle del Marqués, donde también trabajaba su hijo Víctor. Me impresionó la calidad de su ojo fotográfico”. Tanto, que junto a dos de los hijos de Chambi, Víctor y Julia, y con la ayuda de un grupo de cooperantes estadounidenses, catalogaron y positivaron más de 5.000 placas que después se exhibirían en diferentes lugares del mundo.
domingo, 3 de febrero de 2013
a bolivia
Los Uros constituyen una de las etnias más antiguas de toda América (Evo Morales es uro), algún estudioso piensa que vinieron de la Polinesia. Ahora se dedican a hacer cuatro representaciones diarias en temporada baja y unas cien en temporada alta. La misma representación todos los días de su vida. El caso de los quechuas de Taquile es distinto, ellos han luchado por controlar el turismo, han regulado las entradas, han comprado sus barcos, han asociado a sus guías y enseñan sólo lo que quieren.
Paseo mañanero a la Catedral. Magnífica fachada con preciosas esculturas de gusto y manufactura indígena: sirenas tocando el laúd, músicos pajarillos y San Miguel matando un diablo con alas y la espalda retorcida. ¿De dónde sacó el diablito? me pregunta una señora de bombín fisgoneando en mi dibujo.
Ponen alfombras de colores y sacan los bancos para una misa en la plaza. Los militares rodean a la Virgen de la Candelaria. Un ciego molesto y andrajoso, con cuatro pelos largos en su barba lampiña, pide dinero con un cazo. Le doy un sol. De golpe empujones de señoronas y señorones con traje negro. Sacan a la Virgen a la puerta, junto al ciego, para que el pueblo la vea. Las señoras le lanzan pétalos amarillos. Por azar del destino, y su proximidad, los pétalos caen sobre el ciego que, al sentirlos, ilumina su cara como a un santo.
Vemos el Museo Carlos Dreyer, una bonita y resumida colección con cerámicas chimús (con fines claramente masturbatorios), chancays e incas. De los incas, las tres momias encontradas, con el oro a cuestas, en Sillustani, unos enterramientos cercanos a Puno. En bus, nos acercamos a la casa de Benigno Aguilar, que ya nos tiene preparada su colección de dibujos puntillistas y, en la terraza, sus cuadros al óleo. Es profesor de Ciencias Sociales y pinta por afición. Quisiera mi opinión y yo le digo que no soy quién. Me gusta que el contenido de su trabajo me lo explique con entusiasmo, esa obsesión por la mitología del lago, que ve diariamente desde su terraza. Quedamos en mantener una comunicación. Sólo quiere hablar de lo que le gusta y escuchar.
Camino de Copacabana, Bolivia, nos cuentan que el nombre se lo puso un náufrago brasileiro que apareció milagrosamente vivo en este punto del Titicaca. Orillamos el lago viendo huertas y gente trabajándolas, con una luz amarilla, burros , alpacas, chanchos, perros, gallinas, borregos lanudos y niños que se revuelcan jugando con toda la lista de animales. De vez en cuando, grupos de casas de adobe y paja o metal ondulado brillante. Por sus calles adoquinadas, gente que vuelve del campo y algunas vecinas de cháchara.
Pasamos la frontera rápido y sin problemas. El autobús está lleno de guiris que han recurrido al plan b ante la imposibilidad de ir a Cuzco. Cambio dólares a 6,80 bolivianos y ayudo a un señor mayor que difícilmente tira de un carro, subiendo la cuesta, hasta la barrera de la frontera. Por un momento, he vuelto a Perú.
Copacabana ya es otro mundo. Mucho más barato. El hostal nos cuesta la mitad que en Puno. Rápido dejamos las cosas y vamos a alimentar nuestra curiosidad. Hay fiesta y música por todas partes. Vamos a la plaza. Suben la cuesta parejas muy arregladas: ellas con mantilla brillante de flecos, falda brillante tan tableada que las hace más gordas, bombín pequeño y muy alto y zapatos de charol sin tacones; ellos de traje de rallas a lo mafioso y sombrero de ala ancha a lo gavilán. Ellos van dando tumbos y sus señoras los sujetan. Cuanto más bajamos, más parejas en tan lamentable estado. Ellas se ponen graciosas, coloradas y sin parar de reír.
Seguimos la senda de la música y el olor a cerveza. La gente arremolinada, mezclados por la calle.
Llegamos a la verbena. Un foco ilumina los trajes blancos, la gente dando tumbos, los bombines bailando y las narices rojas. En los laterales, puestos de cerveza. A ocho me grita la señora al oído mientras me da una Paceña de medio litro, el casco también vale platita. Cuando descansan los músicos, empieza otro baile a cien metros. Movimiento de masas, una locura. Todo el mundo baila.
Rompe a llover y nos vamos, creo que somos los únicos a los que le importa. Subiendo, adelantamos a una familia tomada. El padre habla con el perro, guau, guau le dice. Nos miramos pensando en dónde coño hemos llegado y nos partimos de risa. Cuando llegan los neohippies malabaristas al hostal, se ponen a tocar la quena y el tambor como si fueran aymaras. Unos pesados es lo que son.
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sábado, 2 de febrero de 2013
lago titicaca
Me despierto temprano con el sonido de la lluvia. El chico de recepción dice que aquí sólo llueve por la noche. Todavía se oye la música por las calles. Vamos al puerto y montamos en un barco turístico. El lago es una pasada, hay agua hasta el horizonte. Allí, al fondo, picos nevados. Vamos a las islas de los Uros, indios muy antiguos y de lengua propia que viven en unas falsas islas construidas por ellos mismos a base de bloques de raíces de juncos de totora, sobre los que ponen juncos cruzados, a razón de una capa semanal, para aislarse de la humedad. Son islas flotantes en que todo es de junco: las casas, los almacenes, las barcas, los juguetes de los niños, la artesanía que nos venden a los guiris y la propia isla donde viven. Cada familia vive en una casa y en cada isla cuatro a cinco familias. Tienen una torre para comunicarse con otras islas y todas juntas forman una comunidad con una isla más grande donde están los servicios comunes: escuela primaria, oficina de correos... Lo más curioso es que al ser todo vegetal tiene una fecha de caducidad. A los doce años hay que hacerse otra isla. Nos habla la autoridad, desgraciadamente en aymara, su lengua se está perdiendo.
De allí vamos a una isla de verdad: Taquile. Los indios que aquí viven lo llevan haciendo desde siglos y sin mezclarse. La Unesco declaró su cultura como Patrimonio de la Humanidad, porque mantienen sus tradiciones ancestrales: sus vestidos con sus referencias de estatus, sus danzas, su gastronomía, herramientas, etc. La cosa es que toda la isla es como un pueblo donde cada casita tiene su terreno en terrazas unidas por un camino empinado de piedras y una pequeña plaza con su iglesia (se casan por la iglesia y al día siguiente por su rito en que se cambian el tipo de gorro; también viven un periodo de convivencia antes de casarse) y unos arcos de donde parten los caminos.
Entonces uno se ve en un camino de cantos, rodeado de huertas, con el agua allí abajo y los torrentes bajando, grupos de eucaliptos, un fuerte olor a menta (con la que hacen infusiones), corderitos por allí, niños jugando por allá, unas señoras con pañuelos negros tumbadas en el pasto tomando el sol, un grupo de solteros charlando (con sus gorros y fajines rojos). Todo el mundo de aquí para allá y nosotros saludando en castellano. No resulta fácil comunicarse aunque sí con las niñas que se acercan a verme dibujar a su amiga Rosa. Es una isla sin hoteles, sin cemento ni hormigón, en que la Naturaleza rebosa y se está muy a gusto.
Volvemos al hotel. Nos espera el pintor Benigno, que me regala unas cuantas postales de sus cuadros puntillistas, donde representa los dioses cantarines y danzarines del Titicaca, con muchas curvas y descomposiciones geométricas, que dice haber recogido del maestro Picasso (aunque la técnica es más de Seurat, todo de puntitos de tintas de colores). Quedamos para ver mañana los originales, pues ya estamos cansados. Llueve y Beni no tiene ganas de salir.
Sobre los Uros aquí.
viernes, 1 de febrero de 2013
a puno
Salimos temprano para Puno. El Misti amaneció nevado. El viaje se hace interesante a partir de la meseta verde que llaman Pampas de Cañahua, sin un solo árbol, sólo una capa verde de las plantas que resisten: la paja y la tula, que comen la vicuñas en rebaños. Hay casas de piedra de pastores con techos de paja. El tren azul circula en paralelo, hecha un montón de humo. El Misti o Guagua Putina, un cono gigante que ahora vemos de otro lado, tiene la cumbre tapada por las nubes, así como el Chichani. Hacemos una parada. Empieza a salir la gente y a desperdigarse por la hierba. Se ponen a mear. Las mujeres tienen una habilidad especial, abren un poco las faldas y se agachan. Parece sencillo, no llevarán nada debajo. Luego aparecen unas montañas caprichosas con peñones en capas (como hojaldrados) que luego se hacen blancos y parecen catedrales.
Una parada. Beni tiene hambre y no encuentro nada. Una señora con bombín me ofrece cordero al hueco, cinco soles. Abre el ato. saca una navaja como las de afeitar. Abre un saco de papel y empieza a cortar. Me miro al bolsillo, sólo llevo calderilla. Tres soles, le pido. Me los despacha en un bolsa con un papel dentro y una bolsita bien pequeña con una salsa. Voy tan contento a Beni, pero no era esto lo que ella quería. Como está atufada, me voy a otros asientos a comer tranquilo el cordero con dos patatas asadas, todavía calientes. Se las ofrezco a Beni, que acepta de media en media. Luego se las mejoro con la salsa. Me hago mi bocata de cordero con parsimonia y cordel. Está bastante bueno, es asado pero con un sabor riquísimo muy especial. Se lo ofrezco a Beni que, finalmente, se rinde a la evidencia y, posiblemente, al hambre.
De golpe un lago inmenso que ellos modestamente llaman Lagunillas, y que yo creía ya el Titicaca. Nervioso, me pongo a dibujar. Al fondo y lejos, picos nevados en cadena. Pasado el lago, el valle Taya con su pequeño río, un valle plano que acaba en Cabanillas. Un campo verde y con muchas flores amarillas lleno de casitas de barro con techo de metal brillante. Una bajada y el lago Titicaca, impresionante, y Puno ahí abajo. Casas como sin terminar, de ladrillo sin enfoscar y con los hierros sueltos del encofrado, para algún día hacer una segunda planta. Nunca. Las casas bajan por las laderas de las montañas hasta amontonarse a la orilla del lago.
En Puno son las fiestas de la Candelaria, el día 2, que consiten en dos semanas de danza y bebida. Se juntan las agrupaciones de unos 600 departamentos de la provincia con sus trajes, gorritos, canciones y danzas diferentes. Es un desfile folclórico. Los tíos están cada vez más tomados. Cojo el pincel y me pongo a dibujar a toda leche. La gente se maravilla de mi rapidez y me considera un artista de esos que hacen retratos por las calles. Posan para ser dibujados. Un pintor local queda con nosotros para enseñarnos sus obras y una televisión local me hace una entrevista. ¡Esto es lo más loco e indígena que hemos visto!
Subimos a cenar a un restaurante con muy buena pinta. A la hora, nos llega un maravilloso anticucho (pincho a la brasa) de trucha. Ayer nos comimos uno de suri riquísimo, pero este se sale. Luego una carne de alpaca al vino y crema de manzana con trocitos de brócoli, idem. Regado con una copita de tinto chileno. Una de nuestras mejores cenas.
Mientras, cae una estruendosa lluvia sobre las chapas metálicas de los tejados. La música para y los gorritos vuelan. caen los tomados, se oyen chillidos, se llenan los restaurantes. Cuando afloja, nos vamos al hotel saltando charcos.
jueves, 31 de enero de 2013
más tiempo para arequipa
A las siete ya está barriendo la señora. Esto ya es otra cosa: fresquito por la noche, nada de mosquitos, un poco de verde y montañas en el horizonte. Hemos recorrido Perú por la costa y no hemos visto más que desierto y mosquitos. Echábamos de menos el clima de Los Andes. Arequipa es un punto intermedio entre la costa y éstos. Las lluvias nos han cambiado los planes de entrar por Ayacucho a Cusco, ver el Machu Pichu, Arequipa, Puno y el Titicaca. El nuevo plan nos lleva directamente a Puno y entrar en Bolivia.

Después de un buen desayuno en la terraza, dedicamos la mañana al convento de Santa Catalina. Si venís, no os asustéis por el precio, lo merece. Estas monjas de clausura, hijas y viudas de ricos, se había montado toda una ciudad tranquila llena huertas y geráneos. Una verdadera maravilla, dan ganas de coger los hábitos. Estancias abobedadas encaladas en nuestros colores añil, rojo y blanco. Todo de piedra de sillería y todo lleno de macetas. Pequeñas calles, patios, huertos, celdas con fogones de piedra y pequeños patios. Una granjita de cuyes. Retratos de las monjas muertas con un buen mostacho.

Comemos cuy en la plaza y tomamos café en La Compañía. La camarera, brasileña, vivió cuatro años en Madrid (en La Latina). Con una arequipeña nos ponen una tapa de retostadito y luego un pisco sour. Con el pisco nos ponen el partido del Real Madrid-Depor, que gana el Madrid 2-0. Nos resulta tan relajada esta ciudad que da pena dejarla. ¡Y vaya atardecer que se nos presenta por el mismo precio, lo mejor de Arequipa en este claustro!
En la parte costera del Perú, que hemos visitado, hay cierto desprecio a lo indígena. Sólo supone cultura, artesanía, para vender al turista. Las personas rallan la mendicidad y tienen los peores sitios para vender. No son esos personajes dignos que caminaban como dioses en Ecuador.
sábado, 11 de febrero de 2012
rebobinando
Seguidamente rebobinamos en autobús. Todos los alrededores del lago, Puno (por fin dibujo las fabulosas esculturas indígenas de su portada sintiendo la pérdida en el trasvase a las dos dimensiones), el espectacular altiplano. Tiramos tanto de la cinta, que salta y se malogran los cachitos de hierro y cromo. A la una de la mañana estamos atascados en mitad del desierto. Afortunadamente hemos comprado boletos de Cruz del Sur, con dos buenas camas para olvidar todo y dormir sin piedad.
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jueves, 9 de febrero de 2012
gente de puno
Dibujo a la gente por la calle, por los mercados. Unos sonríen, otras se tapan la cara con las manos. Unos me dan permiso y otros no (pues no los dibujo). La lectora del mercado se gusta y hace que se dejen las demás. En general buen rollo. Veo que el mundo lo llevan las mujeres. Ellas van a vender al mercado con los niños a cuestas y, allí, hacen punto. Ellas van a hacer gestiones, cargan la leña, trabajan en el campo y hasta le lavan el coche al chulo ese.
martes, 7 de febrero de 2012
puno, el lago titicaca y sus ferrys
Amanece lloviendo, pero ya después del desayuno apenas si lo hace. Vamos a la Plaza de Armas. El pasaje Lima va a tope, parece mentira que sea lunes. Y es que Puno es una ciudad activa, comercial. Es un gran mercado lleno de taxis y vehículos viejos que hace el aire irrespirable, levantan todo el polvo del mundo y dejan un insoportable pestazo a petróleo. Sólo el pasaje Lima se salva al ser peatonal. La Plaza tiene un prado chulo con árboles recortados con extrañas formas irreconocibles y, arriba, mandando, su Catedral. Sus torres son estilizadas y su portada es de lo más rebonito que pueda verse, con las esculturas y relieves de autores andinos de una fantasía arrolladora. Dios padre, arriba, parece largarse de la fachada volando, sirenas tocan la guitarra, San Miguel mata al dragón... habría que dedicar una mañana y una entrada a la portada de la fachada de la Catedral de Puno.
Hay tanta gente por la plaza que me dedico a dibujar gorritos y personajes como loco. Después bajamos al Titicaca y recorremos la Bahía del Inca, vemos los barcos y comemos thimpo de trucha, que no es otra cosa que trucha sancochada con papas, chuño y tuna (un tubérculo parecido a la papa) con una salsa de cebolla y ají. A mí me gusta , pero a Beni no mucho, para ella la salsa es muy picante.

Detrás del restaurante está, encallado, nada menos que el ferry Ollanta, un auténtico tesoro, uno de los cuatro ferrys (recordemos que el Tiricaca es un lago navegable) que tuvo el lago a finales del XIX y principios del XX. Esta coincidencia me hace investigar un poco sobre lo sucedido con los otros tres: el Coya, el Yavarí y su gemelo. El oficial de Marina me dice que se puede ver el Yavarí en la Casa Andina. Cogemos una combi que nos lleva a este hotel de la orilla, y allí me explican que el más cercano, siguiendo la vía del tren, no es el Yamarí sino el Coya, encallado en la orilla y fuera de circulación. Este barco, mayor que los anteriores, entraría en circulación en 1893, fabricado por dos compañías escocesas.
Preguntando, logro localizar el último, el Yavarí, en pleno funcionamiento y visitable, detrás de la Posada del Inca, cerca del Coya. Ahora es una atracción turística. Se ensambló (junto a su gemelo Yapura, ahora buque hospital de la Marina en circulación) en 1862 en Puno, después de traer sus piezas desde Inglaterra a la costa del Pacífico (Arica), de allí a Tacna en tren y durante seis años cargadas en mulas a través de los Andes hasta Puno.
Pasando un puente flotante, que se mueve tanto que Beni no puede atravesarlo pues se marea, llego a este barco precioso, que me enseña su único tripulante. Me cuenta que una inglesa lo compró, ya chatarra, por 5000 dólares, y lo ha recuperado y de qué manera. Las máquinas mantienen sus piezas de bronce relucientes. Su combustible, durante mucho tiempo, fue caca de camélido; ahora es diesel. La mesa y la silla del capitán son las originales, así como los timones y telégrafo. Todo el interior noble es de madera de cedro canadiense y las bodegas se están habilitando para transportar a 25 turistas encamados. El hombre no se deja dibujar, pero sí todo cuanto quiera del barco. Le doy un donativo para el mantenimiento de esta joya.
Después de un descanso del paseo por las orillas del lago, entre corderos, chanchos, llamas, patos y millones de mosquitos, damos otro paseo por Puno. Los alrededores de la Plaza de Armas tiene bastantes casas coloniales, pero el criterio es acabar con todo, apostar por el progreso. Van tirándose y construyendo otras nuevas con este gusto tan particular de la clase media peruana.
Se nos escapó el rocoto relleno arequipeño, ahora lo pedimos en el Mojsa (delicia en aymara), en la Plaza de Armas, un restaurante pijo para guiris que tiene un balcón a la plaza y calefacción. Nos comemos un pimiento cada uno (muy picante, se hierve tres veces para rebajarlo), riquísimo relleno de queso fundido, carne y aceitunas picadas y después me dibujo la plaza con sus árboles recortados de aquella manera.
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