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martes, 4 de octubre de 2022

camino lebaniego (7) de vuelta por el románico palentino


    De vuelta, los paisajes que vamos dejando nos fascinan y entristecen. Quisiéramos aguantar un poco más, tomar algo con tranquilidad en la terraza de la Venta Pepín con esas vistas a los Picos de Europa. Pepi se compadece y nos invita a un café en la terraza del parador de Cervera del Pisuerga, que tiene unas vistas estupendas y le trae buenos recuerdos. Es un balcón a un prado con río, un bosque de robles y un fondo de picos menos ambiciosos que los que recorrimos.

   Mientras miramos las fotos de las iglesias románicas que hay por los pasillos y unas vitrinas de maquetas, se acerca un señor de uniforme y nos empieza hablar sobre ellas. Soy Pedro y trabajo en el comedor, yo he hecho estas maquetas, nos dice. Su aparición ha sido como la de un ángel, pues nos propone una visita a las iglesias del Románico Palentino que nos pillan de camino hacia Madrid y que nos alegrarán, sin duda, la vuelta. 

    Visitamos Santa Eulalia, por fuera, pues está cerrada, de finales del XII y principios del XIII,con espadaña delXVII y puerta original con hermosos herrajes. Y Santa Cecilia sobre un peñón, del XII y restaurada en 1957, con una torre cilíndrica y una puerta espectacular llena de figuras flipantes. A Javi no le cuadra la espadaña, mientras dibujo un posible San Pedro con una mano en alto y la otra cargada con un juego de llaves.

    Comemos de maravilla en la Posada de Santa María la Real, que fuera monasterio con iglesia en Aguilar de Campoo, cuya iglesia dicen fue restaurada por Peridis. Ya sin remedio, me apreto un potaje de garbanzos con rejos riquísimos. Un diez también al camarero.

    Vuelta al coche. El paisaje se va amarilleando. Después del túnel vemos las enormes cuatro torres de Madrid, su aire sucio, el espantoso tráfico. Nos bajamos en casa de Ana. Subo despacio hasta mi casa, con morriña de una vida más sana, más verde, mejor sin duda.

lunes, 3 de octubre de 2022

camino lebaniego (6) de tama a santo toribio y vuelta a potes


    Comparada con la dureza de la etapa de ayer, hoy se nos presenta un paseo fácil, casi llano, de apenas 15 kilómetros. Vamos siguiendo el curso del río Deva hasta la salida de Potes, en la desviación a Santo Toribio. Más nogales, espinos blancos, castaños y zarzamoras por un camino paralelo a la N-621. En Ojedo nos acercamos a ver los hornos de La Providencia, de la mina de este nombre, de mediados del siglo XIX y en declive en 1930. Era una batería de hornos cilíndricos para calcinar la calamina, de los que solo quedan dos, y que enviaban al norte por la ría Tina Mayor. Atravesamos el río Bullón y, enseguida, llegamos a Potes, una población grande, turística, con un casco antiguo precioso con casonas, puentes sobre el Deva y corredores de piedra.

    Dejamos la compañía de la nacional y salimos en paralelo a la regional 185 hasta desviarnos por la carretera al Monasteio de Santo Toribio de Liébana, final de nuestro camino y principo del Camino Vadinense, que conecta con el Camino Francés en León. 

    El Monasterio resulta decepcionante, pues no queda nada de las construcciones prerrománicas de los siglos X y XI. En la iglesia actual, nos cuentan que de gótico monástico de influencia cisterciense, nos llama la atención la imagen policromada yacente de Santo Toribio, de madera saqueada, sin manos y llena de cortes, del siglo XV, y el leño de la cruz de Cristo, Lignus Crucis, que es su gran reliquia, y objetivo de las peregrinaciones a este Monasterio, al que llamaban la pequeña Jerusalén. Este trozo de madera de ciprés palestino, de hace unos 2.000 años, se trajo en l siglo VIII junto a los restos de Santo Toribio desde Astorga; ya que fue éste quien la había traído desde Roma en el siglo VI. Hoy se conserva en la capilla de estilo barroco colonial, construida en el siglo XVIII por el Inquisidor de la Corte de Madrid y Arzobispo de Santa Fe de Bogotá, natural de Turieno, Francisco de Otero y Cossío. El claustro es del XVII, de estilo herreriano, y cuelga en sus paredes copias de los Comentarios sobre el Apocalipsis de San Juan del Beato de Liébano. Todo el edificio estaba en un estado ruinoso y fue restaurado en 1960, perdiendo casi todo su encanto. Desde entonces se hacen cargo de él los frailes franciscanos.

    Dan una misa para los peregrinos, en la que leen Javi y Pepi. Ella se emociona cuando el fraile les baja la cruz donde está insertado el leño para que la toquen. Tiene un gran sentido para aquellos que tienen una vida religiosa; pero no para nosotros, que aprovechamos este tiempo para visitar la ermita de San MIguel, con una preciosa talla de madera del arcángel que parece hecha por la navaja afilada de un pastor.

    Al finalizar, nos da una charla sobre la historia del monasterio la cuidadora laica; un extraño personaje egocéntrico, periodista e hija del que hizo analizar el lignus crucis y que se crió entre estas paredes. Es altiva y presumida. No entendemos por qué ella firma la Lebaniega, que es una especie de certificado de la peregrinación expedido por la Iglesia, cuando ella es y presume de ser laica. No es que nos importe, pero lo vemos decepcionante para los peregrinos con motivos religiosos. Nos crea una especie de animadversión, y más aún cuando descubrimos que la carretera continúa justo hasta la puerta de la finca donde vive, a unos dos kilómetros del monasterio.

    Volvemos a Potes caminando. Paseamos por el mercado callejero de los lunes, San Lunes, y el centro. Caen cervezas y sidrinas en las terrazas junto al río y, finalmente, comemos en una casa de comidas con menú barato lleno de guisos. Ana se mosquea porque ella está harta de tanta legumbre gasificante, y prefería otro tipo de comida. Volvemos a los potajes y los cocidos montañeses. Tiene razón Ana, nos estamos pasando.

    Por la tarde vamos a Magrovejo, que nos han vendido como pueblo muy bonito, por una carretera llena de curvas. Es un pueblo muy pequeño de piedra y tejados rojos rodeado de una gama de verdes sobre un fondo de picachos espectaculares. Visito el museo de la escuela, con una clase antigüa con pupitres de madera, pizarra y globo terráqueo, libros escolares, juegos de calle, como una comba de rama de parra, bolos de madera o el mocho, y fotos de escolares de la comarca.

    Seguimos nuestra ronda de terrazas en Potes, comentando el camino. Ángel propone comer alejados del centro. Acabamos en un restaurante de sudamericanas. Al entrar se levantan de una mesa la cocinera y las camareras, que hacían bulto, y solo queda una pareja de tortolitos amigos de la dueña. El menú es el típico lebaniego, con potajes y cocidos. Me como una ensalada templada. El hostal está muy bien, el mejor del camino y el más barato. Esperamos dormir como un lirón cansado y harto de cocido.

domingo, 2 de octubre de 2022

camino lebaniego (05) de cicera a tama


    A pesar de que bajamos a las siete y media, salimos nuevamente a las nueve. Nuria nos dejó preparado el desayuno en el salón rancio. Café con leche, mermeladas y pastelería industrial de muy dudosa calidad.

    Hace fresquito por la mañana, pero no parece que vaya a llover. Cargamos las mochilas y bajamos hasta la Riega Cicera, atravesamos el puente y subimos y subimos por la hermosa vertiente empinada, pisando hojas podridas, barro orgánico, y escaleras de piedra, bajo viejas y enormes hayas que se distribuyen como columnas de una catedral. Ana las abraza captando su energía. Javi sigue con su teoría de que el árbol templo es un roble exento, bajo el que se reunían los druidas. Al llegar arriba, y cambiar de valle, los árboles se tornan robles y el camino se llena de plastas de vaca. Al cambiar de sentido en el final del valle, los robles cogen mejor color, se hacen más lozanos, más verdes. El camino se llena de manantiales en la cara norte. Bajamos después bajo las encinas y algunos viejos enebros. Sobre nuestras cabezas los hitos del Pico y Cueto Agero, grisáceos, blanquecinos, con hilos verdosos en las grietas. Abajo, por fin, el Deva, el río sagrado, y la iglesia de Santa María de Lebeña. Nos ha gustado tanto este tramo del camino que pensamos que estaría bien pasar una semana en Cicera haciendo rutas.

    Santa María de Lebeña es una iglesia prerrománica de siglo X, de piedras naranjas y rojizas. Tiene tres naves con tres ábsides, tres bóvedas de cañón, arcos de herradura y columnas con capiteles corintios. Conserva el frontal de altar labrado en un bloque de arenisca con círculos adornados geométricamente que recuerdan a los celtas. El retablo está lleno de frailes de colores, con esa forma extraña de cortarse el pelo, y cabezas con alas de angelitos con un peinado parecido. También, en el centro, está la Virgen de la Buena Leche amamantando a su niño, que sostiene una paloma. San Roque, con su perro, está en una capilla del XVI. Lleva un sombrero alto y capa, que se levanta para enseñar sus heridas. La puerta y el pórtico son del siglo XVIII. El campanario es muy nuevo, pues se hizo cuando la iglesia se declaró BIC y hubo que tirar el pegote que se había puesto. Entonces se construyó uno apartado de la iglesia, con tan semejantes características que da el pego. Como están en misa, tenemos que esperar en el atrio para la visita guiada, junto a unos turistas y el peregrino de Marbella.

    La guía es especialmente agradable. Nos acaricia los oídos con sus explicaciones. Ella habla como vecina de Lebeña, devota de la Virgen y orgullosa de su iglesia. Nos cuenta la historia desde el que la vive, como el que cuenta un cuento. El tejo y el olivo, el robo de la Virgen, el campanario...Nos masajea. Nos hace felices. 

    La subida a Allende, Cabañes y Pendes es interminable. Entre encinas subimos y subimos sin descanso. Casi tocamos los picachos, ya sin vegetación. Javi ya no puede y se queja porque nos han hecho subir en vez de seguir el río Deva, la divina, la diosa. En Pendes empezamos a bajar  entre encinas hacia los castaños milenarios, siguiendo el camino que nos indica una paisana. La enormidad de estos castaños, su edad, dan sentido a esta cuesta infinita. Javi se rinde y acepta uno de estos castaños como lugar de reunión, como templo. Subimos otro poco. Arriba del todo hay un merendero donde comen los viajeros que subieron en autos 4x4. Bajamos a trote para no cargarnos las rodillas. Allí abajo está el valle de Liébana. Nuestro destino: Tama. Un pueblo más grande, con industria. Cuando cruzamos el puente, Pepi nos espera con la comida ya preparada, ya que el restaurante Fofi ya ha cerrado la cocina. En la terraza del jardín del hostal , El Corcal de Liébana, nos comemos otro potaje de garbanzos para chuparse los dedos.

    La habitación parece la de un cuento de Andersen, con las tres camitas paralelas. Dormimos una siesta y luego vamos a ver cómo se fabrica el famoso orujo de Liébana. A una empresa que se llama Orulisa. Isabel nos lo muestra y explica detenidamente. Aquí, en todas las casas se destilaba la uva en alquitaras de bronce hasta que se prohibió. Entonces, la madre de Isabel tuvo la idea de montar una empresa con mogollón de alquitaras de cobre donde los vecinos podrían hacer su orujo legalmente. La diferencia con el alambique es que es de condensación lenta y conserva muchos más aromas. Le compramos orujo, licor de hierbas y un extraño vino con un fuerte sabor a uva, como si no acabara de hacerse, y demasiado caro. Pero es que esta mujer y su hija autista nos han conquistado.

    En Tama también está el Centro de Interpretación de los Picos de Europa, un edificio demasiado grande para lo que contiene. Casi todo son fotos y recreaciones de plástico decadentes. Solo veo interesante la parte de geología y etnología, bastante pobres. Y, sobre todo, el mapa de rutas que te regalan a la entrada. También un hermoso tejo que tienen en el patio de entrada.

    Cenamos de tapas aprovechando que por fin hemos llegado aun pueblo que tiene bares: Peña Ventosa, de viejos rockeros rodeando un juego de mesa, y Casa Fifo, con mejores tapas; el uno enfrente del otro.

sábado, 1 de octubre de 2022

camino lebaniego (04) de bielva a cicera


    A pesar de que nos levantamos de noche no conseguimos nunca salir antes de las nueve. Amanece nublado y llovido. Nos preparamos los impermeables. La casa está vacía. Bajamos la cuesta hacia el puente del Arrudo y desayunamos de camino, en la Casona del Nansa, un hostal con buena pinta donde no conseguimos reservar habitación porque Marichalar y su séquito, que hacen el camino a caballo, lo habían cerrado por completo para ellos, según nos cuenta la cocinera. Desayunamos en la terraza.

    La ruta la iniciamos por carretera. Cades, cuya famosa ferrería dejamos para visitarla por la tarde, y una larga cuesta siguiendo el curso del Nansa y luego el río Lamasón, por la Sierra de la Collada y la cuesta Pando. Pasamos por Sobrelapeña, cuya iglesia es tan nueva que no nos acercamos. Seguimos la carretera por el valle del Lamasón hasta La Fuente. Una preciosa bienvenida: la iglesia tardorrománica de Santa Juliana, en cuyo atrio nos comemos la manzana de Eva, con un grupo de peregrinos jovencitos. Desgraciadamente está cerrada. Nos cuentan que la llave la tiene la chica del albergue. Cruzamos el pueblo hasta el edificio, que encontramos cerrado y sin rastro de la dueña de la llave. Una señora mayor, que descansa junto a tres pastores alemanes que parecen gemelos, nos dice que hay hoy una boda y es posible que esté invitada. Un señor que camina con una vaca dice no saber nada y otro jubilado, que siente que no podamos ver lo poco de enseñable que tiene el pueblo, nos enseña el molino de agua que hay enfrente. Damos por imposible Santa Juliana y subimos la dura cuesta empinada hasta el collado de Hoz, con un piso espantoso de cemento lleno de mierdas de vaca y del caballo de Marichalar, que nos lleva la delantera. Pero con unas vistas al valle y el pueblo flipante. A medio camino, vemos allí abajo un coche pequeñito del que sale una mujer pequeñita que abre la puerta del albergue. No estaba invitada a la boda.

    La bajada de la cuesta, de las Navas, es espantosa, llena de piedras y más cagadas de vacas, de caballos y de Marichalar. Cicera, desde arriba, es un pueblo hermoso. Vemos acebos con sus frutos rojos. Un peregrino sube quemado en sentido contrario. No le gustó el camino que trajo. Preferimos no contarle nada sobre el horrible empedrado cagado que le queda por delante. Yo me resbalo y caigo de espaldas. La mochila me amortigua el golpe. El peregrino atufado me ayuda a levantarme.

     La primera casa de Cicera es el albergue, donde solo hay un peregrino de Marbella. El pueblo da gusto, una agrupación de casas de piedra, calles estrechas, una plaza con una parada de autobús que es el lugar de reunión de los jubilados. Un bar cerrado. Frente a la iglesia, está nuestro hostal: El Molino de Cicera, una casa de piedra de cuatro plantas llena de fantasmas escondidos tras las puertas y con escaleras crujientes. Nuria, la gobernanta, nos la enseña. El salón tiene muebles de rancio abolengo. El bar, en el jardín, está cerrado a cal y canto.

    Corremos a comer a Linares, que es el único pueblo de la zona con bar. Se lo recomendó a Pepi ese señor que recorre todos estos pueblos con un pequeño camión vendiendo comida, helados, artículos de limpieza y otras cosas necesarias. Tiene, además un comedor en la primera planta. Un señor que se parece a Fernando Romay, con una templanza y eficacia envidiables, nos sirve un potaje de garbanzos, nos deja la cazuela sobre la mesa, y un filete de ternera super tierna; una gozada. El ambiente de casa de comidas donde se juntan señoronas y curritos nos encanta. El menú es muy barato.

    La chimenea de la casa está apagada. Le pedimos que la encienda y nos prende la calefacción. Nuestra habitación está en el ático; dos camas y un sofá la llenan. Hay humedad y algún crujido fantasmal, que creemos localizar en la única habitación que tiene llave.

    Visitamos la ferrería de Cades, una fábrica de lingotes de hierro a partir del mineral que funcionaba, y funciona, mecánicamente con el agua de río Nansa, como un molino. Se terminó de construir en 1852. El agua mueve dos ruedas que, a su vez, mueven los fuelles que calientan el mineral y un martillo gigante que da forma al hierro sobre un yunque, y luego el molino de maíz, del mismo dueño, que usaba un mecanismo parecido. Impresiona imaginar a los obreros viviendo entre el estruendo y el humo.

    De allí nos vamos al mirador de Santa Catalina, un balcón miedoso sobre el desfiladero de La Hermida. Aprieta la lluvia y nos quedamos helados. Ángel dice eso de admiraros que nos vamos. Cuando escampa, damos un paseo por el pueblo, silencioso y oscuro, cruzamos el puente, tocamos sus muros de piedra, respiramos su aire puro. Damos cuenta de las casas habitadas, las de fin de semana y las arruinadas. Los perros nos siguen. Un pueblo sin escuela, sin médico, sin tiendas, sin ni siquiera bar ¿cuánto tiempo puede durar con habitantes?

    Cenamos en la casa de los fantasmas con la chimenea apagada y la calefacción encendida, queso de cabrales, jamón y embutidos, y subimos todos juntitos a la cama. Nos parece oír el martillo de una fragua. Después de dar dos vueltas a la llave, inútil ante estos seres de presencia espiritual,  nos masajeamos los pies con vick vaporub y nos quedamos fritos.

viernes, 30 de septiembre de 2022

camino lebaniego (03) de san vicente a bielva


    Desayunamos el café Carma, lleno de peregrinos, posiblemente del Camino del Norte. Hay un mostrador para los cafés y otro para los dulces, y ese rumor bajito de los que aún están dormidos. 
    
    Salimos por el camino de los eucaliptos y caminamos por caminos estrechos mal asfaltados, sin señales de tráfico. Seguimos el curso del Gandarilla por el Parque Natural de Oyambre. Robles, espinos blancos, nogales y peligrosas aulagas. Dejamos el río en Hortigal. No nos acercamos al dolmen Cotero de la Mina, pues hay que alejarse del camino y hoy tenemos un trayecto de 30 kilómetros. En Estrada nos encontramos el conjunto vallado, con un muro de piedra, de su torre y la pequeña iglesia, y cerrado. Lo rodeamos. Grandes piedras de las que emergen hermosos  laureles. En un trozo de muro bajo pasamos al recinto. La Torre de Estrada, es del siglo VIII, reconstruida en el XII y rehabilitada en 2005.  Tiene planta cuadrada y, en su origen, tres alturas, rematada la última por almenas. Su acceso era a través de un arco de medio punto, al que se accedía por una escalinata exenta de piedra desde el patio de armas. Actualmente la torre tiene la parte superior llena de andamios (¿volverá a ser alamenada?) y contiene una exposición permanente del maquis, titulada: Maquis, realidad y leyenda, que abre en Semana Santa y verano. Se accede por una pasarela de madera mohosa. Muy cerca, en el pueblo siguiente, Serdio, nació el maquis emboscado, famoso en estas tierras, Francisco Bedoya, un tipo callado y taciturno que tallaba juguetes de madera y leía en la cárcel. Huyó en el 52 porque quemaron su casa familiar con el ganado dentro, y en el 57 lo trincaron.

    La capilla, al otro lado del patio, está dedicada a San Bartolomé. Se accede por una escalinata en un atrio desigual donde encontramos unas figuras desgastadas que dibujo malamente y sin detalle. Salimos por la pasarela mohosa hasta el muro bajo y el camino de laureles. 

    Pasado Serdio, nos retiene un chaval porque van a detonar unos barrenos en una cantera cercana. Acumulación de peregrinos y un señor con coche que se acerca al operario para pedirle que le diga a su jefe que con las vibraciones están arruinando su casa, así como la de los demás vecinos de Serdio. Es una vergüenza, dice indignado. Más tarde nos separamos de los otros peregrinos, que van por el Camino de Santiago, y después pasamos por la cantera gigante llena de grandes piedras grises blanquecinas de formas regulares como cortadas a sierra. 
 
    A partir de Muñorrodero seguiremos el curso del río Nansa por un preciosa senda fluvial llena de árboles de ribera: chopos, alisos y fresnos. Hayas, castaños que inundan el camino de erizos, robles. Comemos castañas a punto. En una playa de piedras, nos bañamos en el Nansa usando mis zapatillas de plástico y el palo para poder caminar sobre las piedras del fondo hasta llegar a la parte honda. Cruzo el río hasta la otra orilla, donde descansa un árbol enorme caído. Más adelante encontraremos cascadas, avellanos gigantes y la central hidroeléctrica Trascudia. En los tramos de cortados rocosos, donde encontramos a una pareja haciendo escalada, hay pasarelas y escaleras rompepiernas.

     Antes de llegar a Gabanzón abandonamos la senda y cogemos la horrenda comarcal 855, una pesadilla después del encanto de la senda del Nansa. Junto a la iglesia de este pueblo está la encinona, una encina tremenda singular de unos 10 metros de altura. El tope del restaurante es a las cuatro de  la tarde; solo llegaremos si apretamos el paso. Bajamos la larga cuesta hasta el río Nansa a toda velocidad. Javí nos pone en el móvil la cumbia de a Santiago voy ligerito, caaaaminando... Cruzamos el puente del Arrudo y, con dificultad, subimos la cuesta hasta Bielva, capital de Herrerías, donde Pepi nos espera en La Casona de Bielva con la comida sobre la mesa, pues ya han cerrado la cocina. Estamos machacados, pero estos guisos cántabros nos recuperan. El comedor es una terraza en un porche, que nos recuerda los atrios de las iglesias, con vistas a un jardín con ocas enfurecidas.

    La casona es un vieja casa de piedra con los suelos de cemento hidráulico y las escaleras de madera de escalones desiguales que crujen. A Pepi le impone. Nuestra habitación está llena con las tres camas. Está bajo la cubierta inclinada y es oscura y húmeda. Nos duchamos deprisa, pues ya tenemos las entradas para ver la cueva El Soplao, aquí cerca, y la última visita es alas 6 de la tarde.

     El Soplao es una cueva flipante de unos 17 kms. Una maravilla geológica descubierta por los mineros de las minas de la comarca del Nansa, en la Sierra de Arnedo, que en 1908 perforaron la galería La Isidra y de golpe salieron a una cavidad que los inundó de aire, lo que ellos llamaban soplao. Después la usarian, en parte, de escombrera. Hoy es una atracción turística impresionante, con espacios enormes llenos de columnas, estalactitas y estalagmitas; especialmente la sala de las estalactitas excéntricas, de formas estrelladas, debido a los cambios de capilaridad de las rocas. También es conocida por su riqueza en fósiles de artrópodos conservados en ámbar. Aunque llegamos tarde, el trenecillo que entra en la cueva acaba de salir, una guía nos acerca al grupo caminando y nos incorpora a la visita guiada.

    El bar del pueblo es una taberna con una barra preciosa de madera. Apenas si tiene clientes. Se llama La Bolera porque está en la plaza donde se juega a los bolos. El camarero es un chaval insensible a todo. Dibujo el bar enterito y pasa de mí. En la puerta está el gordito que se descojonaba de nosotros por pisar una mierda de vaca. Parece pensar: esta gente de Madrid!. No hay tapas ni nada que comer. Pero, sobre todo, no hay nada de simpatía. Nos vamos al bar de nuestro hostal. Como ya tiene cerrada la cocina, cenamos a base de bocatas con la reserva de jamón, queso y embutidos que preparó Pepi. En la terraza del bar, con las cervezas que nos traen las jovencitas ecuatorianas que llevan el negocio. Después, ya cansados y tras unos cuantos crujidos de escalones, nos dormimos sin preámbulos.

jueves, 29 de septiembre de 2022

camino lebaniego (02) a san vicente de la barquera


    Después de rellenar el cuaderno con mapas, llega la hora de la verdad. Mientras ellos salen de Bolaños, yo preparo la mochila con un poco de ropa, una bolsa de aseo, un pequeño botiquín que incluye una manta de emergencia, el palo, un bote de agua de un litro en una bolsa térmica, klinex, cargadores y una batería externa, y un estuche con rotuladores, una cajita de acuarelas, un botecito de agua, un pincel con agua, lápiz con sacapuntas y una goma. También una bolsa para la ropa sucia y un monedero. Total: siete kilos, que llevaré a cuestas todo el camino. En los bolsillos del pantalón reparto el móvil, el cuaderno, tamaño A6 cerrado, un pilot 05 junto a una navaja y, atrás, la cartera.

    La cita es en casa de Ana. Antes me paso por el marcado y compro pan, unas lonchas de queso y pavo, un tomate y un melocotón, y me lo almuerzo todo mientras llegan en la furgo de Javi. Una señora se acerca y me desea que aproveche. Pienso que estas muestras de buena educación son ya del pasado.

    Comemos en Reinosa, en una casa de comidas frente al antiguo lavadero y la estatua a Juan Guerrero Urreisti, creador del himno de Cantabria. Muy rico el cocido montañés de habichuelas con chorizo y morcilla, la lubina y la leche frita. Con el vino y el café nos llevan solo 14 euros. Cambio de conductor y una retahila de camiones gigantes cargados con diversas partes de un molino de viento fabricado en Daimiel.

    A las cinco de la tarde llegamos a la pensión Arenal, frente al Centro de Salud de San Vicente de la Barquera, flipados por la bahía y el largo puente de piedra sobre la ría de San Andrés. Cuidado con el escalón marcado, es más alto que los otros, nos dice nuestra guía, que también es camarera en el Carma. Nuestra habitación tiene solo dos camas para tres y especulamos sobre cómo podría dormir la tercera persona, hasta que detrás de una puerta descubrimos una habitación secreta con cama de matrimonio, tele, baño propio y una tercera puerta a una terraza incrustada en la montaña, donde cultivan tomates en un pequeño parterre. Guau! Ana se ilumina de felicidad.

    Paseamos por el puerto deportivo y el pesquero, cruzando un segundo puente. La marea bajó tanto que las barcas reposan sobre el suelo. Tras ese segundo puente, al oeste, brilla la ría donde desemboca el río Gandarilla y destacan las siluetas negras del castillo y la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en la ribera izquierda. Subimos para verlo por lo que parece la calle fundacional, en lo alto de una alineación de peñas. Allí está el Ayuntamiento y demás edificios públicos, el castillo de rey, la Casa del Preboste, el recaudador de impuestos en la Edad Media, en la puerta de Santander, y, al fondo, lo poco que queda del antiguo hospital y la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de todos los estilos y épocas, quedando muy parcheada en la actualidad, pero resultona con esos delgados nervios góticos que bajan de sus altas cúpulas agarrándose a las columnas y esos graciosos santos policromados en sus retablos dorados. Jugamos a adivinarlos: San Roque con su perro, San Francisco, Santiago, un San Juan Bautista quemado por el sol y una virgen amamantando a un niño Jesús demasiado crecido y que aquí llaman Virgen de la buena leche. En una capilla lateral un Cristo yacente sufre ensangrentado con los pies agujereados por los clavos y elevados unos centímetros sobre el suelo. Barbado y sucio, su cara expresa un gran dolor.
 
    Tiene la iglesia una puerta lateral y otra al Oeste que da a una pequeña plaza en terraza sobre las peñas, con una preciosa vista. Javi comenta que todas las iglesias preconciliares, de Trento, tienen el ábside al Este y la fachada al Oeste. Como la brújula marca el Oeste, le cuadra. Es en esta iglesia donde empieza el Camino Lebaniego en su vertiente religiosa.

    Cenamos de tapas en la calle principal, que es la carretera nacional 634, con muy buen ambiente. Los soportales están llenos de terrazas. En El Mozucu y La Folia caen cervezas y sidras con rabas, mejillones, sardinas, navajas y zamburiñas, que es lo que por aquí se despacha. Nos escancian la sidra, que se compra por botellas y tiene un precio bajísimo. Subimos a la piltra con alegría, pero sin perder la guardia ante ese escalón.

lunes, 12 de septiembre de 2022

camino lebaniego (01) los mapas


Para mí, el viaje comienza con la decisión de qué cuaderno usaré y empiezo a rellenarlo. Desde entonces, mi cabeza está en el lugar que voy a visitar. Recojo el máximo de información y empiezo a hacer mapas. A través de Google voy siguiendo la ruta y me imagino los paisajes. Esto es especialmente importante cuando el viaje lo haré caminando, como sucede ahora, pues la idea es hacer el Camino Lebaniego, de San Vicente de la Barquera al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, junto a Potes.
Marco los caminos, los ríos, las carreteras, las poblaciones, los bosques y prados, los árboles singulares y las ermitas que encontraré en el camino. Busco fotos de los sitios y hago unos dibujos muy simples que me servirán de hitos del camino. A veces me siento pisando las hojas de un hayedo bajo una fina lluvia con un fondo de picachos azulados. Durante el viaje físico rellenaré los huecos con todo aquello que pase ante mis ojos. Ahora solo empieza esa comezón alegre  y nerviosa del viaje por venir.