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viernes, 14 de febrero de 2014
salimos de la negra cúpula de el cairo
Por la mañana se empeñan en querer cobrarnos miles de impuestos sobre la cifra acordada, a lo que me niego totalmente. Pillamos una furgoneta con la batería jodida y un fuerte olor a gasolina y vamos al ahora barrio y que fuera ciudad de Heliópolis, construída en el desierto a principios del XX por el barón Empain, para convertirla en residencia de ricos, con los últimos adelantos de la época. Vemos la basílica y el Palacio Empain, de corte hindú, una extravagancia de hormigón de aspecto terroso con aire fantasmal.
Después viene el aeropuerto y todos sus líos. Facturamos las maletas y nos metemos al avión. Con el cambio de presión, la tinta se desparrama y lo emborrona todo. Abandonamos la cúpula negra donde se sumerge El Cairo, donde apenas se perfilan edificios grises y su límite azul más oscuro que el cielo.
Leo Le Progrès Egyptien, donde la cadena Sol pone un anuncio dando la bienvenida a Aznar, Assnar dicen como si rebuznara nuestro primer ministro. Comemos carne de geriátrico y una tarta pesadísima que solo entra con agua. La gente anda revuelta por los pasillos, con ganas de llegar. Yo saco los papelajos y el pegamento y me pongo a rellenar las últimas páginas.
jueves, 13 de febrero de 2014
último paseo por el cairo
Hoy vamos a la Sociedad Geográfica, punto de encuentro y alojamiento de los exploradores europeos que buscaron las fuentes del Nilo y la tumbas de los faraones. En el Museo Etnográfico, muñecos articulados para el teatro de sombras, una vitrina repleta de juguetes como muñecas de barro y sus moldes y las que compré a las niñas de Luxor, carricoches de madera, muñecos articulados serrando. Hay una sala dedicada al Canal de Suez y una sala de lecturas de mesas inmensas. Estamos un tanto mosqueados porque para entrar nos quitan los pasaportes y luego busca tú al militronchi.
Recuperados, recorremos la Ciudad Jardín, a la orilla del Nilo, con bonitas casas de principios del XX que ahora son embajadas y bancos. Aquí hay una tranquilidad que no existe en el resto de El Cairo. Con mucha vegetación en sus calles curvas. Pasamos el puente a la Isla de Roda. El Palacio Manial, construido de1901 a 1933 por Mohamed Alí Tufik en estilo neoislámico, tiene una vivienda cargada de artesonados de madera y azulejos en la torre y cuarenta habitaciones alrededor de un patio lleno de trastos, una mezquita y una sala de trofeos con cabezas y animales muertos y un cuerno de ballena narval que dice ser de unicornio. Todo esto da repelús. También vemos una escalera de caracol alrededor de una columna octogonal con las marcas de los niveles del agua que se usaba para medir las subidas del Nilo antes de construirse la gran presa y que llaman nilómetro.
Comemos en la sala acristalada del Riche servidos por camareros con chilaba azul turquesa y amarilla, hojas de parra y pichones rellenos de arroz, ensalada con mucho ajo, pasta fresca, dos birritas y un té. El sitio es muy agradable y decadente, y está lleno de fotos de gente famosa entre las que vemos la de Naghib Mahfuz con sus enormes gafas. Terminamos tarde de comer, nadie tiene prisa por largarse.
En la calle entre Talal-Harb y la Ópera recorremos escaparates paseando a la antigua. El Cine Metro, el Café Excelsior, heladerias con riquísimos helados de pistacho. Compro cassettes de música que el chaval me pone a oír entusiasmado. Me dice que los cedés son demasiado caros mientras no encuentra suficientes dedos para teatralizarlo. Es ahora, al final, cuando más a gusto nos encontramos, cuando menos percibimos tanta contaminación. Ya pensamos en volver sin habernos ido.
Terminamos en el café Excelsior con sus enormes ventanales a la calle. Las parejas sonríen, ellas con sus ojazos maquillados como Cleopatra.
miércoles, 12 de febrero de 2014
muchos tés para una tarde de fútbol
Se va notando el cansancio acumulado de tanto andar. Nos levantamos tarde y me entretengo en la terraza dibujando dioses. Salimos de paseo a los museos de Gezira: el Museo de la Civilización, acogido en un edificio precioso de los años treinta, el Museo de Arte Moderno, cerrado por obras, la Ópera y un pequeño museo de fotógrafos egipcios. Pasamos el puente al Doqqi, un barrio más nuevo y limpio, y, con muchísimo esfuerzo y varios tés, llegamos al recomendado restaurante Eltekia, que es como un pequeño restaurante de Malasaña. Comemos muy bien, tomates con ajo, croquetas libanesas, arroz oriental con frutos secos y de postre un cous cous con azúcar glass, pasas y almendras. Cerveza sin alcohol y pelis del José Luis López Váquez de aquí. Paseamos hasta el metro Doqqi y luego hasta Kan el Kalili donde los comercios están cerrados como si fueran cristianos. También la callejuela rehabilitada de-Al Muizz que vimos el otro día demasiado deprisa.
Subimos hasta las murallas y descansamos en un café precioso que alguna vez conoció la gloria y sin una sola mujer, en Shari Babel Nazhir. Delante de un té dibujo a los parroquianos y Beni se pone a leer. Unos cuantos ven el partido y los otros juegan a las cartas. El camarero lleva chilaba y el dueño preside inmortalizado en una foto con pelo y gafas de sol a lo Elvis. Alguna pintura de la danza del vientre, un ventilador parado y demasiadas moscas. Algún cliente se queda petrificado en su lado bueno para que lo dibuje. Luego se acercará a verlo como esas cosas sin prisa que se hacen todas esas horas que un cairota pasa delante del té: ver la tele, echar una cabezadita, jugar a las cartas, charlar despacio...
Al salir oímos una música de panderos y gritos chillones de mujeres de esos que hacen las mujeres árabes con la lengua, y nos acercamos. En un pequeño callejón hay un corro de mujeres que cantan, gritan y tocan las palmas sentadas. Algunos hombres tocan el pandero de pie. Se alternan muchachas a bailar moviendo casi exclusivamente las caderas. Toques rápidos de caderas y suaves movimientos de manos alzadas, digno de ver. No les molesta aunque nadie nos haya invitado.
La calle trasera de la Mezquita de El Hussein está llena de terrazas y mogollón de teles donde juegan al fútbol colgadas de las columnas de los soportales de la acera que no es mezquita. Toda la calle está ocupada excepto un pasillo para pasear. El ambiente es de un domingo de verano de mi infancia, una atmófera que yo recuerdo y me proporciona placer. Bebemos más té y dibujo la calle.
Volvemos en un colectivo que hay que coger en marcha ayudados por un chaval con un fajo de billetes en la mano. Pasamos otra vez por los hermosos edificios de correos y bomberos, el antiguo cabaret al lado de la estación de autobuses, los Almacenes Senaqui, la Plaza de la Ópera con la escultura ecuestre de Ibrahin Bajá, los jardines de Esbekia... ¡Dios, qué ciudad tan entretenida!
martes, 11 de febrero de 2014
la isla de gezira y el hormiguero de el cairo
Por la mañana, mientras Beni duerme, dibujo el Nilo desde la terraza. Las pirámides se ven al fondo. Más tarde paseamos por la Isla de Gezira, en el centro de la ciudad, vemos como los pijillos juegan al polo y la parte antigua, las cercas naranjas y doradas, los azulejos, del Marriot; pero no encontramos mesa libre para tomar el sol en la terraza de su patio jardín. Tampoco encontramos el Harry's, y nos vamos a comer junto al edificio de televisión. Ensalada rica con yogur y cientos de cosas, pero demasiado salada, estofado de pollo picante con cebolla y patatas y un arroz riquísimo con riñoncitos, pasas, almendras, avellanas. El gorro del cocinero es el famoso gorro turco con bonete. Increíble: tienen café expreso, aquí lo normal es que te lo pongan con posos al estilo turco.
Recorremos el Muizz desde la Puerta Norte hasta Al-Azhar. Calles llenas de mezquitas, palacios, celosías impresionantes, casi todo sucio y semi destruido. Todo con una capa de polvo. La contaminación impide ver los edificios más alejados. En la terrazas de Al-Hussein tomamos tés mirando los cinco minaretes iluminados de Al-Azhar, que aparece en la trasera de los billetes de cincuenta piastras.
Vemos a los derviches girar, en el Palacio de El Guri, comprimidos entre la gente. En el camino de vuelta, dibujo algunas cosas que llaman mi atención: un chaval harapiento con un montón de tarrinas sobre su cabeza dando golpes con una cuchara en la bandeja metálica para que le dejen paso, los cojines luminosos que ponen en las bandejas de los coches, la señora que vende tés en los atascos, niños mendigos, una chapa antigua de Pepsi en árabe, las mujeres tapadas completamente a las que solo se ven dos ojos negros ampliados por las gafas y las bicicletas con los equipos de música a tope con dos adolescentes, como todos los del mundo, demostrando su inusitada personalidad. Ningún hilo conecta a esta gente con su pasado faraónico.
lunes, 10 de febrero de 2014
el barrio copto y el café de los espejos
Vamos en metro al Barrio Copto, parando en la estación de Mari Girgis. Una parte de la línea va sobre superficie y los vagones tienen persianas de madera. Hoy es fiesta, los chavales que juegan al fútbol tras la reja nos saludan. A este lado alguno va vestido de militar, de blanco, debe ser su primera comunión. La salida está justo enfrente de Museo Copto, al que accedemos pagando 10 dólares USA. Mi pieza favorita es un busto de marfil completamente agrietado. El museo lo acoge una casa árabe preciosa articulada alrededor de un patio, arriba con balcones con celosías.
La primera iglesia que visitamos es de culto y todos van tan arregladitos. Luego la torre romana, la muralla con parte de su antigua puerta de Bavil-On. San Sergio es una iglesia circular muy exagerada cuya cripta visitan todos los creyentes. De los santones, impone uno con una cadena en la cabeza y la cadera que todos besan, bueno, besan a todos los santones y estampitas. Esto es fe, fe fundamentalista.
Santa Bárbara, La sinagoga judía, San Sergio (que según ellos alojó a la Sagrada Familia en su huída a Egipto), San Elías. Las iglesias son de tres naves con capiteles corintio y los santuarios separados por un muro de madera de ébano con incrustaciones de marfil. Alrededor está el cementerio copto. Damos un paseo saludando a la gente que vive entre las tumbas, tienen los coches aparcados entre panteones y la gente charla sentada en las lápidas. Nos molesta que haya tanta basura, por lo que decidimos volver a la calle principal Mari Girgis, coger el metro y volver a la Plaza de la Revolución.
Comemos frente al Groppi y luego tomamos té y pastas aquí. Pasa una bicicleta cargada de bombonas de butano, el conductor va avisando a los clientes haciendo sonar una chapa de metal contra la bici. La gente adorna las bicicletas con unas cintas anchas de plástico que meten entre los radios. Los coches también están súper decorados con una tela de peluche en el salpicadero, de la que salen largos flecos. Las maderas de los remolques de los camiones están pintadas con colores chillones y alargan la pared que da a la ventanilla de la cabina con ornamentos labrados de madera. Los taxis son negros, con dos partes pequeñas, entre las ruedas y los parachoques, pintadas de blanco. El número de licencia en árabe en una puerta y con números occidentales en la otra. Son viejos y destartalados, modelos que ya no se ven en España, como los Fiat 127, 124 y 133, el R12 y antiguos Peugeot. Los más caros son blancos y los llaman limousines. Los cairotas usan las furgonetas blancas, donde se amontonan mogollón de gente, pues son muy baratos. En general, la vida debe ser entre tres y cuatro veces más barata, un profesional novato debe ganar unas 7000 pesetas al mes y los funcionarios poquísimo. Los uniformes de los militares son un desastre, van sucios y desharapados. Los de tráfico paran a las chicas para bacilar. Uno me pregunta si Beni es mi mujer o una amiga, mientras el otro le envía un beso desde detrás de la ventanilla.
Vamos a la Mezquita de Al-Hussein, yo al recinto de hombres y Beni al de mujeres. Dentro hay una habitación con la tumba donde reposa la cabeza de Hussein y en la sala de oración un círculo de hombres cantan una canción monótona, aburrida y circular. Luego recorremos el mercado de Kan al Kalili, que es la parte más turística del recorrido de ayer. Compro un reloj de cuerda precioso de los años cuarenta. Hay dos negocios curiosos: uno es el de las básculas, que pagas por subirte encima, y el otro son las teles portátiles con consola, donde los chavales se amontonan sentados en el suelo.
Acabamos en el Café Fishaui o de los espejos, una reliquia de El Cairo de Naguib Mahfouz, que, como es viernes, está lleno de cairotas con la familia; ya que al ser turístico dejan entrar a las mujeres. Pasamos el tiempo rodeados de gente y aromas, y frente a dos tés y al lado de un gran espejo. Hay mucho movimiento y niños con mocos que entran a pedir dinero, a vender clinex o limpiarte los zapatos. Los clientes fuman en narguille, alguno prueba en nuevo invento, que es una pequeña sisha para cigarros. Yo dibujo.
Paseamos como cairotas ricos mirando escaparates y luego nos metemos al cine del edificio modernista Excelsior. Por curiosidad pasamos a la única peli egipcia que ponen. La gente no para de hablar y usan los móviles. La película es ingenua y ellos también pues parecen vivirla. En el descanso, salimos a un bar chulo con sillones de madera y cuero. Me gustan más las pelis antiguas en blanco y negro que ponen en la tele.
domingo, 9 de febrero de 2014
saqqara y shari el-mui'iz li din allah
Quedamos con Ana y Juanjo y pillamos un taxi para ir a Saqqara, la gran necrópolis de Menfis, al oeste de la ciudad. Después de recorrer unos cuantos caminos de arena, nos deja a las nueve y promete volver a la hora de la comida, cuando haya recogido a los niños del cole. No hay turistas.
Aunque lo más conocido de Saqqara es su impresionante pirámide escalonada y el muro de las cobras, lo mejor sin duda son los relieves de sus mastabas, con una calidad, una delicadeza, increíbles. Escenas de pesca con todos los peces perfectamente esculpidos en las redes, las carnicerías con los búfalos despiezados, ganados, garzas domesticadas, danzantes, todo tipo de ofrendas comestibles, plantas, pájaros, enanos paticortos haciendo collares y pulseras, los sacerdotes con la piel de un tigre como capa, con un detalle increíble. En la Mastaba de Ti se mantienen los colores. Allí aparece un guía improvisado de gran bigote al que pagamos con cigarros.
Por la tarde recorremos Shari El-Mui'iz Li Din Allah, una calle de un kilómetro repleta de gente en algunos tramos, la espina dorsal de la qasaba, desde la Mezquita de El-Hakim (la puerta norte) hasta la Avenida de El Azhar, que separa la Mezquita-mausoleo de El Hussein y la mezquita-universidad de El Azhar. Y de aquí a la puerta sur (Al-Muizz tiene la mayor concentración de construcciones medievales del mundo islámico). Aquí empieza la parte más concurrida, un mercado de película, la mezquita y el mausoleo de Ghuri, la mezquita y madrasa de los últimos sultanes mamelucos. La idea de una ciudad árabe de las películas de aventuras, gente voceando, burros con los serones llenos de perejil, carros, ciclistas cargados haciendo un sonido metálico para que les abran paso, motos y pequeños y destartalados camiones. Al fondo, los dos minaretes de la puerta sur, los de la Mezquita de Al Fakihami. Me entretengo mirando envases y rótulos pintados a mano. El mercado cubierto, la Plaza de Talaat Haarb con una estatua en el centro, negocios llenos de niños trabajando, chapistas, pinchazos, mesas en la calle.
Acabamos tomando un té con Ana y Juan José en el Groppi de Midam Tal'at Harg. Ana trabaja en un laboratorio farmaceútico. Es el primer año que cogen las vacaciones en invierno. Nos cuentan de su vida mientras comemos esas pastas egipcias que están para chuparse los dedos.
sábado, 8 de febrero de 2014
en el cairo (cuaderno retomado)
La cafetería de la Estación Central es absolutamente recomendable. Está llena de viajeros, ventanas de herradura, lámparas de globos, reproducciones de carteles de trenes y barcos muy bien elegidos, mesas de piedra con marcos de madera y una pata que acaba en una base de bronce. Pedimos un té, que siempre acompañan con una botella de agua. Los camareros llevan uniforme blanquiazul y pajarita. Fuera están arrodillándose sobre alfombras para orar.
Visitamos Esbekia, con sus hermosos jardines, el barrio favorito de los europeos durante muchos años. El Hotel Continental, las pensiones de la calle Clot-Bey y el fantástico edificio de los Almacenes Senaqui, muy cerca de la Plaza (Midam) Atuba-Al-Jadra, la Ópera y el edificio de la Oficina Central de Correos en la propia plaza, donde también hay un inmenso mercado.
Bajamos a la plaza redonda de Mustafá Kamil, luego pasamos por unos hermosos edificios residenciales de los años treinta y la Plaza de Solimán Bajá. Hacia la Plaza de Al-Tahrir, comemos unos rollos de hoja de parra con arroz, unos bocatas en la Cafetería Stella Felfela y unos cafés en el Groppi, frente a Air France. Hago unos dibujos en el Museo Egipcio y, finalmente nos tomamos una cerveza en el Bar del Hotel Cosmopolitan, cuyo director habla castellano. Nos enseña el hotel (responde perfectamente a nuestras expectativas: colonial en decadencia, un sitio lleno de egipcios donde se puede beber cerveza con panchitos) y le pido el teléfono de reservas, pues me parece una buena opción para quedarse en El Cairo.
Ya en la habitación, vemos películas antiguas en blanco y negro, muy parecidas a las nuestras. Tienen su José Luis López Vázquez y su Antonio Molina. Los guapos cantan, los cómicos tienen gafas, los ingleses de bigotillo fino se emborrachan. Cuando se enamoran alguien desenfoca los bordes con los violines. En los hoteles se baila un mambo con bongó moviendo el bonete de esos sombreros turcos color burdeos mientras la prota hace lo propio meneando el vientre. ¡Qué rebonito!
sábado, 31 de marzo de 2012
de la ciudadela a el gezirah
Toni, que tiene una empresa aquí, nos consigue una suite en el hotel El Gezirah Sheraton a muy buen precio. El sitio es perfecto, a una buena altura en el centro de El Cairo. Desde la terraza vemos las pirámides. En la tele ponen trozos de pelis en blanco y negro de un cantante igualito que Antonio Molina, cantando a sus chicas lo de habibi ya nur el ain, mi amor luz de mis ojos. El tiempo en Arabia, África y Australia.
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| Antigua postal de La Ciudadela |
Mezquita Al-Rifai y madrasa del sultán Hasán con su tumba sin cuerpo. Le doy propina a una chica que guarda los zapatos, pero ella se la da a un gordo sentado en un sillón pelando la pava. Caminando a la mezquita de Ibn-Tulún. Es inmensa, sólo vemos algunas dependencias porque está de obras. El Saiyida Zeinab, casas antiguas medio en ruinas y extraños negocios. Unos chicos nos dicen que nos volvamos, que es peligroso. Lo más peligroso parece la policía, con sus botas abiertas sin cordones y sin calcetines (demasiado calor para este uniforme). Port Said, inmensa avenida comercial, cafés y comercios. Frente al Museo Islámico, la policía esposa a dos chavales. Plaza de Solimán-Bajá. El mítico Café Groppi, hay tres locales, fundado a finales del siglo XIX por un traidor suizo. El Parlamento, la. Sociedad Geográfica, la Ciudad Jardín. Plaza de Al-Tahrir, Gezirah, Museo de Arte Contemporáneo y el de la Civilización, muy cerca del hotel.
viernes, 30 de marzo de 2012
otra vez a el cairo
Desde el avión hacia El Cairo vemos la franja verde en ambas orillas del Nilo y las cadenas montañosas rocosas del desierto. Es curioso como la vegetación va comiendo el desierto con la canalización del agua. A veces, rodeando estas montañas de roca. La arena tiene un comportamiento parecido al agua, pero movida por el viento. Forma ríos que bajan de las montañas, y lagos, y mares. Rodeando formaciones rocosas como manchas. Luego, picos saliendo de las nubes. Debe ser el Mar Rojo ( el té con leche está delicioso). Bajando a El Cairo, otra vez montañas; y un inmenso cañón que las atraviesa.
Vamos al zoo. Uno puede tocar las jaulas y los animales. El uniforme de los cuidadores es militar, con gorra de plato sin visera. Cada jaula tiene el suyo, sentado en una silla apoyada en la reja. Vende pinchos de madera con zanahoria y lechuga que un niño inocente con gafas acerca ahora mismo al oso (!). Otro le da pececitos a un pelícano blanco y rosado con la papada amarilla. Levanta el pico y toca al niño, que se asusta. Tigres y canguros pequeños. Chimpancés agarrados a sus madres. Hay muchas especies y algunas jaulas demasiado pobladas. Aquí mismo está la fragua donde se hacen las rejas. Un cuidador nos pide dos libras por ver un leoncito bebé que nació ayer. Las casas coloniales de los tigres, los quioscos y los relieves de las entradas a las de los elefantes y jirafas son preciosos, como de peli de aventuras o un sueño.
El mejor medio de transporte es el metro. Una libra el billete. Nuevo, moderno, superlimpio. El problema es que sólo hay tres líneas. Hay bonos de tres meses y tiene un logo que me encanta (muy simple y muy árabe).
Paseamos hasta la Plaza de la Revolución. Vemos ovejas en los patios y borricos por las calles. La gente que sabe inglés se acerca para ayudarnos. Niños alegres y pobres, vendedores de rosquillas que llevan en la cabeza, mujeres completamente tapadas y estudiantes con vaqueros, pesadores tras la báscula, chicas que hablan dulcemente con ojos negros que te atraviesan... muchas imágenes en la cabeza, que giran cuando el sueño llega.
La entrada del zoo cuesta 12 piastras, unos 60 céntimos de peseta.
viernes, 23 de marzo de 2012
el cairo
Damos una vuelta en taxi. Hombres, carros de carga, borriquillos y coches luchan por un hueco. Vamos al gran parque del zoo, que recuerda mucho a la antigua Casa de Fieras de Madrid con sus grandes jaulas, y luego a Jal-el-Jalili, o khan-el-kahalili, un mercado gigante en la calle que ocupa todo un barrio, a la altura de la mezquita de Al-Hussein, uno de los lugares más concurridos de El Cairo. Un entramado de calles pequeñas llenas de tiendas. A veces no sabes por donde seguir, te indican una tienda, la atraviesas y sigues por otra callecita. Los cairotas son simpáticos y agradables, como buenos comerciantes, no se pasan. Alguno se retira en el mogollón para no tener que tocar a Beni, en ésto si se pasan.
Hay una contaminación tan fuerte que los edificios lejanos apenas si se ven entre la niebla. El café Fisahui o de los espejos, que hiciera famoso Naguib Mahzuf, es un espacio dividido en dos por un arco, con paredes terrosas naranjas, mesas de latón y un espejo enormele con un marco muy ancho de madera cargado de volutas. Los cafés con terraza son muy comunes, con pequeñas mesas de latón. Aquí los cairotas se mezclan con los blanquitos turistas sajones. Casi todo el mundo sabe un poco de muchos idiomas, para entenderse. Comemos en el restaurante Sahara, con vistas a las pirámides.
Cuando paramos frente a la pirámide de Keops y me bajo, no puedo evitar las lágrimas ante esta mole a base de grandes piedras, unas sobre otras. Este sitio está lleno de robelios y tengo varias discusiones, hasta que se acerca la policía y desaparecen. Nos llevan a una loma con buenas vistas de las pirámides y luego a la Esfinge, que también impresiona, esculpida en una roca, sobre el terreno. A la vuelta chocamos con un coche y se arma un alboroto del copón. La agencia nos paga unos taxis al centro.
La libra egipcia, LE, equivale a unas cincuenta pesetas. Cada libra tiene cien piastras. Aquí es imposible saber el precio normal de cualquier cosa, sólo queda ir bajando en el regateo hasta acercarse lo máximo posible. Los taxis no llevan taxímetro, hay que ajustarlo antes de subir. Un paseo nos sale por unas quince libras.
Todos los cafés tienen su terraza, y todas las terrazas sus cairotas fumando en sisha. Pitidos, caos. La gente no se enfada. Demasiados policías armados, mal rollo. Paseamos de Midan At-Tahrir hasta Midan Talaat Harb, cruzamos el Nilo por Kubri At-Tahrir, Shariat-Tahrir rodeandolos jardines hasta Kubrí el-Gala. Cerca del zoo pillamos un taxi y a la piltra, que hay que madrugar.
madrid - el cairo
Odio los viajes organizados, pero no he encontrado otra forma de bajar y subir el Nilo. Me han dicho que existe una zona prohibida al turismo entre las zonas de El Cairo y Luxor. Así que hemos tenido que comprar un paquete que incluye unos días en la capital y otros cuantos en la zona turística de Asuán a Luxor, y alargar la estancia en El Cairo por nuestra cuenta, pagando un poco más por el billete de vuelta.
El avión va vacío. Comida hervida de geriátrico. No hay vino repite la azafata al profesor universitario con pajarita que viaja con su alumna aventajada mientras sobrevolamos Italia.
El Cairo es una ciudad bulliciosa y alegre. Hay mogollón de gente, de coches, de mezquitas y de vallas publicitarias con la foto de Hosni Mubarak. También pequeñas furgonetas que sirven de transporte público. Alguien desde la puerta dice dónde va.
El Hotel Tres Pirámides tiene un dorado lujo faraónico trasnochado pasadísimo de rosca. El restaurante es una barca camino al otro mundo. Hay faraones hasta en la sopa y mesas de piel de leopardo.
Cenamos en la calle, musaka y kabab con pimientos, tomates, arroz y cebolla. Las tiendas cierran muy tarde y hay gente por las calles a todas horas. Parece simpática, los chavales te dan la mano con una sonrisa de oreja a oreja. Me resulta imposible memorizar sus nombres.
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