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viernes, 11 de mayo de 2012

Quingdao (青岛)







 El hotel está en el centro, junto a la catedral católica. Cola de mendigos que no hemos visto en los templos budistas. La caridad cristiana, así, con dinero, se puede ganar el cielo. En las agujas lucen las cruces que tiraron los comunistas. Interior blanco y feo. Veo a San Francisco, San Antonio y unos cuantos chinos cantando.
Casas barrocas del estilo de Baviera, con cúpulas de bronce cerrando torretas en las esquinas. Qindao fué concesión alemana a principios del sXX, su gran puerto oriental. Ellos trajeron la cerveza (la famosa cervecera Tsingtao), la arquitectura, su gran puerto y una copia del palacio del Kaisser Guillermo II. En la fachada tiene una gran chapa envejecida con las estrellas doradas. El centinela no nos deja entrar.

Bajamos al paseo marítimo y la playa. Un malecón de madera, por donde la gente pasea, lleva a una pequeña pagoda. A la derecha, los rascacielos de la gran ciudad. Vamos a la estación con el sistema del pitido de vapor. Me hacen la famosa chuleta para la taquillera. Un tío majo nos compra los billetes a Jin'an sin tener que hacer cola.
Atravesamos la bruma para llegar a la pagoda de la playa 6. Después Beni va a la peluquería y yo voy a la papelería de la esquina. Compro pinceles con tinta china por 2 yuanes (!), papel de arroz, preciosos libros de cuentas, botes de tinta y un cuaderno panorámico. La calculadora es un ábaco, es muy común en los comercios. Muchos empleados son funcionarios y la mayoría están desocupados. La peluquería tiene 20 empleadas para dos clientes, que se ponen a mi alrededor, en el sofá, para preguntarme de dónde soy. Les dibujo Europa. Les gusta ver sus palabras en chino. Nos reímos un montón, pero no nos entendemos.
Comemos en un japo buenísimo. Pedimos atún rojo y un cocinero nos lo corta en la mesa. Estoy en la Gloria con mi Tsingtao fresquita y esta camarera guapa y simpática que habla inglés.

La calle que lleva a la  estación es una mina llena de restaurantes pequeños, con pescados y mariscos vivos en la calle. Me empeño en probar esas ostras gigantes. Le pido una, que me prepara dentro, en una mesa, con unas gotas de vinagre. Deliciosa. Le digo que en mi tierra se le echa limón. ¿Qué es el limón? me pregunta. Se lo dibujo. Nada. Me mete en la cocina, pero sólo encuentro una naranja. Igual pero amarillo (huáng). El dueño me escribe su nombre y el del restaurante. Posa para que lo dibuje. Buena gente. Me invitan a otra  ostra preparada con una salsa especial. Tan rica que me arrepiento del japo. No me quieren cobrar.

Andén 472. Sillones blandos. Todo el mundo chasquea comiendo pipas. Una uniformada vende esos aparatos imposibles para entretenerse, billetes de la Revolución y papeles recortados con escenas de la Ópera Clásica china. Fábricas y fábricas echando humo. Los vecinos sacan una bolsa de tomates enanos amarillos que pinchan con palillos, como aceitunas. Todo el mundo acepta encantado ser dibujado. Hablo en francés con un vecino. Jesús, la guitarra española, las comillas, el significado del mismo ideograma con distinto tono. Nos escribe el nombre del hotel en chino.Ya en Jin'an, nos aconseja que cojamos el taxi en la parada, y no un pirata.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Qufu (曲阜)



Dolor de espalda por la mañana, por culpa del colchón de cinco centímetros sobre tabla. Hay un orinal en la mesita de noche y un servilletero con papel higiénico.
Es un pueblo grande con mucho turismo interior, pues aquí está el enorme Templo de Confucio, arrasado y reconstruido muchas veces. Lo curioso es que es el segundo mayor de China (el primero es la Ciudad Prohibida) y que surgió de la casa donde vivía Confucio, que sólo tenía tres habitaciones (y, finalmente, estorbaba en los proyectos y se eliminó).
En una pastelería nos ponen un café con leche con bollos y pajita. Vemos las mansiones de la familia Kong, riquísimos descendientes encargados del mantenimiento del Templo. Llenas de habitaciones, patios, árboles milenarios y un jardín con bonsáis. Alucinamos con las vigas pintadas y la enorme saphora japónica. Tocamos la sabina china de la suerte. Su tronco se retuerce como una soguilla. Una chica nos guía por el Templo en inglés. Tiene las tejas de cerámica vidriada amarilla. Quiere que le indique dónde está España. Hay mogollón de obreros de visita con su mono azul y su casco amarillo.

Comemos en el Youzhen Binguan, de rica comida local. Sopa nutritiva, pescado y un capricho: ginkgo con azúcar, pesadísimo. Riquísimo el pescado, con verdura y hongos gelatinosos. Los cocineros se asoman a hurtadillas (¿esperando que explotemos?).

Maravillosas acuarelas gigantes en la estación del bus. De un plano copio los nombres de las ciudades en chino. Los servicios tienen una pared con cascada de agua para mear, por lo que hay que retirarse el máximo posible. En el campo, la gente trabaja con azadillas y palas. Terrazas verdes y cultivos en plásticos. Casitas a dos aguas al fondo y, más atrás, montañas que ya azulean. Hace frío en el bus.

Hay una brisa fresca en Qingdao. El taxi nos da una buena vuelta hasta llegar a un hotel de su gusto. De 400Y lo bajamos a 250. El botones nos pone la calefacción y la tele, y nos trae unas tazas de té verde calentito. Me hubieran gustado unas buenas vistas al mar.