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viernes, 27 de abril de 2018

mérida


Adentrados en el curso del Guadiana, no estaría nada mal cruzarlo por su puente romano, que dicen es el segundo en longitud de todo el Imperio. Aprovechamos sus accesos a la islas del río y desde allí dibujo el tramo hasta la Alcazaba. Paseamos por ella y luego por la Plaza de España, donde las terrazas se han llenado, pero especialmente bajo los toldos por la amenaza de lluvia. Me resulta extraño que Extremadura esté tan llena de palmeras, un árbol alto y estético que apenas da sombra, justo en el lado opuesto a sus alcornoques. Es sin duda el árbol de sus ciudades, el de sus arquitectos. Comemos en un clásico: Casa Benito, taberna taurina con un salón bajo una preciosa bóveda de cañón de ladrillo. El servicio es estupendo, pero no la materia prima, al menos el pescado que me han puesto con el nombre de mero. El café lo tomamos junto al Templo de Diana, muy parecido al de Évora pero mejor conservado, seguramente porque toda su estructura sirvió para construir el palacio renacentista del Conde de los Corbos, que ahí sigue entre sus largas columnas con capiteles corintios.

Nos despedimos de esta ciudad que dicen fue residencia para descanso de veteranos de guerra, siguiendo el curso del Guadiana hacia su nacimiento, siempre acompañados de cigüeñas.

viernes, 12 de octubre de 2012

fotos de mérida












la otra mérida



Dolor de cabeza con cierto odio a las margaritas. En la estación hay un cartel que dice: No se permite viajar a personas con aliento alcohólico. ¿Alguien me olerá? Aunque el boleto es de primera no cambian el paisaje, la selva baja de arbustos típica de la Península del Yucatán. De golpe, al salir de una curva, el toro de Osborne anunciando Magno.

A las cuatro horas y media llegamos a Mérida, descascarillada, hace mucho tiempo pintada. Casas hundidas y un maldito calor pegajoso, pareciera que estuviéramos en Cuba. En la calle 68, están numeradas como en NY, frente a la Cruz Roja Mexicana, encontramos una habitación limpia con baño y ventilador por 140 pesos. En la tele hablan de Pedro Garfias, un poeta español que vivió cuarenta años en México.

Hace demasiado calor en esta ciudad sin árboles, así que paseamos por los jardines, Plaza Grande, Jardín Hidalgo...y el Paseo Montejo, los Campos Elíseos de Mérida, el boulevar de la burguesía decimonónica que dejó estas bonitas casas, algunas de ellas arregladas y otras arruinándose poco a poco. En el bus 45 volvemos al centro y recorremos sus calles bulliciosas. Comemos en un restaurante pequeño, junto al mercado. Algunas calles tienen placas dibujadas: el gallito, el venadito, el negrito, el ciclón... El Diario de Yucatán tiene un edificio basado en la arquitectura de Uxmal. En la Plaza Grande unas nubes rojas inmensas se ponen tras el Palacio Municipal. Tomamos helado de mango en las mesas de la Dulcería Sorbetería Colón de la plaza, mirando a la gente sentada en los bancos y los niños que se suben a los laureles chinos con copas de formas geométricas. Dibujo esos marcos metálicos que ponen en sus dientes. La heladería tiene fotos antiguas colgadas en sus paredes de la ciudad y la misma heladería a principios del siglo XX, con las mismas mesas y las mismas sillas donde ahora estamos sentados.