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domingo, 2 de septiembre de 2012

volando voy


Sueño que hacemos una ruta turística por el bosque. Alguien cambió los botes señalizadores de los matorrales y pasamos siempre por el mismo sitio. Saludamos a la misma gente que hace lo mismo, como un bucle.

Cabeza loca le digo al azafato cuando vuelvo para recoger este cuaderno ¡que ya había olvidado en el mostrador! mientras él se me insinúa y me mete mano para que guarde muy bien los billetes in the pocket. Quince dólares de tasas. Leo en la mejor butaca del aeropuerto, junto a la gran escultura de la ostrería Jade, la miserable vida de Reinaldo. La última Island lager. Sólo me piden el pasaporte los de British Airways. No problem.

Cuando salimos el cielo está ya rojo. El avión gira hacia el Este. Atravesamos la cuadrícula de luces de Vancouver, respetando los huecos del agua que atraviensan los puentes, ahora de luz. Luego, kilómetros y kilómetros de inmensas montañas con los picos nevados, como una alfombra arrugada sobre la que ha caído harina. Nubes dehilachadas y al fondo la niebla. Los grandes lagos se pierden en la oscuridad y sólo quedan las crestas blancas. A veces un sólo pico nevado en el abismo oscuro con una extraña luz roja. A las once nos hacen cerrar las ventanillas, se acabó el espectáculo, nos acercamos peligrosa y rápidamente a la mañana siguiente.

sábado, 1 de septiembre de 2012

un papel manchado


Cuando entro al despacho del cónsul, está oyendo mi voz en la cinta del contestador. Antes tenía secretaria, ahora está solo. Tiene mala facha, las uñas sucias, y todo está desordenado. Se pega hora y media buscando una carta que redactó su secretaria para una familia en un caso como el mio, para copiarla. No la encuentra y hace una de cuatro líneas y varias tachaduras de tippex en la que dice: Agosto 31.98. Don Tal y tal, español, sujeto en tránsito de Vancouver a Madrid, vía Londres, este viajero ha perdido sus documentos, ayúdenle para que llegue a su destino. Firmado J.A. Cónsul de España.
-Esto puede dárselo a cualquiera, no acredita mi identidad. ¿Por qué no pone una de estas fotos y pone mi número de D.N.I: y un sello del Consulado encima?
-Ayudará.

Voy a la playa por última vez. ¿A qué esa morriña cuando se acaban los días del sitio donde estamos, acaso la percepción de que no volveremos nunca? Gente, soletón. Como algo, me baño, me ducho. Hago un dibujo rápido, sin pretensiones, que me recuerde esta playa. Unas chicas se duchan vestidas. Paso el tiempo leyendo Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, que he comprado para las esperas del aeropuerto.

Vuelvo al divertido Spuntino. No sé si despedirme o si seguiré por aquí más días. Vuelvo al Hotel St. James. Han hecho la cama. Desde que duermo sobre un colchón he perdido la llave de los sueños.


viernes, 31 de agosto de 2012

se busca pantera negra en vancouver

La Fuente del Tiempo es una esfera hecha pedazos y una puerta trampa a la codicia. Leo por la calle Cazadores de sombras de Eliseo Bayo, con el sol en la cara. Los chispazos me sacan de la selva amazónica, los troles tienen que parar porque se salen las guías y es el conductor quien lo arregla. Sophia y Carlo son los bike killers de Mario Pizza. Como y bebo en Mike's, temeroso de los animales de la selva, que a veces es bosque de cedros rojos y abetos douglas y escondidos osos. Los Cardinals pierden contra Atlanta y Gillette saca la maquinilla con tres cuchillas. Finalmente, acabo el libro. Ni se me ocurra contar el final.

derroche y dolor en vancouver

jueves, 30 de agosto de 2012

un ángel con las alas caídas


¿Que pasará hoy, será un día feliz o aciago? Sólo depende del Consulado. Me gastaré las últimas monedas para llamar.
Estoy delante del teléfono, me da miedo. No hay nadie, me habla un contestador automático, al que le resumo mi caso y mi urgencia. Ya no tengo reserva en el albergue. La policía me da unos teléfonos para los sin techo. Llamo. Hablo con dificultad. Me preguntan la edad. Cuarenta años digo avergonzado, sintiéndome viejo. Me deprime la consideración. Le digo que ya no tengo dinero para llamar, que le pagaré el lunes cuando hable con el consulado. Sólo para canadienses, dice. Me da un número para extranjeros. Dios, si ya no tengo pasta.

Una chica de treinta y tantos sale de una habitación, me ha estado oyendo, se acerca y me mira. ¿Puedo ayudarte?, pregunta en español este ángel alado. Lisa, de Virginia, ha llamado a British Airways para solucionar mi billete de vuelta. Lisa me dice que rellene el cheque conformado con el dinero que necesite; lo que necesites, por un accidente no te vas a convertir en pobre, me dice. Vamos al banco. Lisa me dice que su vida ha dado un vuelco, que vende sus cosas y se va a la India. No he nacido para pelear, sólo deseo un lugar donde cobijarme. La miro a los ojos y me despido. Te lo agradezco infinitamente. Soy un desconocido y me has salvado. Cuando algo vaya mal, me acordaré de ti, recordaré que también hay gente como tú.

Voy al aeropuerto en bus, aunque yo me siento en una nube. Aplazo el vuelo al martes, el lunes puede ser que no haya acabado. El hostel está ocupado hasta el uno. Busco un hotel barato. El sitio más cutre del mundo pero en el centro. Estoy en una cuarta planta sin ascensor. La habitación tiene un lavabo, una moqueta cutre, un cama con pelotillas en las sábanas. Me tumbo y me relajo. Todo va bien José María, relájate, disfruta lo que puedas.

Bajo a la playa. Me meto en el agua, donde mis malos rollos se diluyen. El sol me trae otra vez la alegría. Alguien se va y ha sacado sus cosas al jardín para venderlas. Un colchón, una lámpara, varias sillas. El dueño lee el periódico en un sillón de orejas. Me recuerda un cuento de Carver. Ahora también yo puedo ser uno de sus personajes en un mundo sórdido.

Encuentro libros en español en una librería de viejo, en el 1089 de Robson St. Paseo por el contorno de la península que forma Stanley Park. Más playas. Rocas tapizadas de mejillones. Todo lo veo con nostalgia, como si ya sólo fuera un recuerdo. Pienso en Borges, en su cuánto me gustaría estar en ese sitio, donde ahora estoy. Sigo sin entender el baseball, sin interés. Robson está alegre hoy sábado aunque Bute es mi calle favorita. Ceno en Davie. Mary's tiene un bufete libre de ensaladas. Me hago un primero con verduras, un segundo con quesos y un postre con frutas y yogur. Los travelos cogen un taxi. Me duelen los pies de tanto caminar. Me ducho y lavo los calcetines. Me tumbo oyendo el ventilador del vecino y la música vaquera del Country Pub. El hotel está bien. Viejo pero limpio. La tele parece que funciona. Hoy me apetece un cigarro, pero voy a pasar.

miércoles, 29 de agosto de 2012

sin papeles


Ya compré algunos regalos. Sólo queda despedirse de esta alegre ciudad sin apenas tráfico, sin sirenas. De Walter y sus turistas, que vinieron a Canadá a comer spaguetti y tortilla. Del clarinetista que persigue niños asustados. De la playa de los troncos. De Stanley Park y el superpuente elevadizo. De la divertida Robson.
Visito la casona de madera del Vancouver's Heritage. Descanso en su jardín.

No conviene relajarse. El último día me mangan la cartera ¡Joder! Cancelo la visa. Pero ¿y el pasaporte? La policía se lo toma tranqui, están de weekend. Yo también me lo tomaré con calma. Si no se arregla mañana, será dentro de dos o tres días. Se acabó la alegría, no puedo pensar en otra cosa. Menos mal que ya había pagado el hostel.

 

viernes, 17 de agosto de 2012

doménica vancouver




Desayuno tomando el fresco en la terraza de la cafetería de la Biblioteca Pública, que parece un coliseo romano de ocho pisos, sin contar los sótanos, en cuyo interior hay un cubo de cristal. Hoy está cerrada, pero mantiene las mesas y me he traído un café con leche, que me tomo tranquilamente.

Echo la mañana en la Vancouver Art Gallery, donde veo una expo interesante de máscaras indias. Me encanta la de oso, pero, sobre todo, las pelis mudas de las costumbres indias. Son mágicas, te atrapan. Los totems son una especie de memoria familiar, una historia de antepasados que sólo ellos comprenden. También me gustan algunas ideas como la proyección de imágenes en movimiento sobre diez capas verticales de gasa separadas y la atmósfera que crea o una alfombra japonesa de alfileres con la punta hacia arriba. Resulta penoso ver un grupo de disfrazados de indio cantando sus canciones, con los pantalones cortos debajo del traje. De los pintores, me llaman la atención James Wilson Morrice, Emily Carr y el grupo de los siete. Dibujo un rato con los niños en esos colchones que han puesto en las salas por ser hoy el supersunday. En la vieja Europa, sería una profanación.
Pero lo mejor, sin duda, es el circo de Maria Fernanda Cardoso, la reina de las pulgas, el Cardoso Flea Circus. ¡Pasen y vean! La lucha sin cuartel de las pulgas mosqueteras, las pulgas trapecistas, la conquista del Everest, la pulga bala de cabeza dura,  Samson, la pulga forzuda que tira del tren. La pulga Alfredo, que se tira al dedal de agua desde un considerable altura, y falla. Pasen, pasen señores, las localidades se están agotando.

Salgo hambriento en busca de un japo, pero quedo atrapado en la trampa de un steak sandwich suculentamente fotografiado, que acompaño de una ensalada multicultural, una cerveza glaciar Kokanee y, luego, helado y café. Bastante barato.

Me acerco a la playa. De camino, visito el hostel, que me gusta bastante, y reservo para la vuelta y dos días en el de Victoria, la capital de Isla Vancouver. La playa está cerca. Hace fresco y no apetece bañarse, pero sí tomar el sol en los gruesos troncos tumbados que han puesto para el caso. Los valientes se bañan. Al fondo, grandes barcos mercantes atraviesan la bahía.

Me gusta esta ciudad tan abierta, tan joven, que parece haberse hecho para el disfrute de la gente. Se respira libertad. La playa y las calles tomadas, los comercios abiertos en que se venden cosas extrañas, cosas de segunda mano que alguien no necesita, pelos teñidos, peinados creativos, ropa autoconfeccionada, muebles desgastados... Compro una pluma y un rotulador caligráficos y me siento en el Spuntino delante de una pinta fresquita, una Lager Big, mirando a los jovencitos sentados en el suelo. Llego a Granville. El pub folk está abierto. Un grupo decadente con sombreros vaqueros canta canciones country. El público se parece a ellos, viejos cowboys entristecidos por el tiempo. Luego oigo blues en el club del hotel. Me tomo una sopa koreana liofilizada. Pica que rabia. El portero de hoy se enrolla. Me explica cómo ir al ferry en autobús, los horarios y el trayecto en un plano. Me dice que ni se me ocurra coger un taxi, pues me lobeará 50 pavos.

 

jueves, 16 de agosto de 2012

tanteando vancouver

Ana y Beni se van al aeropuerto. Cojo mi mochila y me voy paseando al Royal Hotel, un hotel austero con servicios comunes, cuatro por planta, pero con tele y lavabo en la habitación. Un edificio antiguo con el suelo de moqueta, como los ingleses pero sin tanto olor. Un sillón con los muelles jodidos y el espejo es la puerta de un pequeño armario donde, en las pelis, pasan cosas. Me doy una ducha y me afeito. Me quedo nuevo.

The Station tiene un hall inmenso para todos los transportes. Un edificio de ladrillo visto de principios de siglo, en la punta occidental de Granville. Aquí se pueden comprar los boletos de bus para 90 minutos o un día completo por 1,50 o 6 dólares. En la calle Water empieza la zona antigua, con un aspecto más europeo y tiendas caras. Galerías de arte, restaurantes, una impresionante tienda de juegos (the games people), músicos callejeros. Todo ha cambiado. Han desaparecido los pubs, los sex shops homo, los travestis, los bares de country y jazz, del principio de Granville. Alguien juega partidas de ajedrez simultáneas, a las que, quien quiera, puede añadirse, en la acera de adoquines rojos de Water St. Otro menda toca esa porra de madera que suena como un sintetizador. Farolas de hierro forjado con globos luminosos. Colas en bares y discotecas. En Carral St. aparece el hombre subido al tonel de Whisky Gassy Jack. Una tienda de puros habanos, exclusivamente, con una foto del Fidel revolucionario. El cristal de una joyería hecho añicos. Un grupo de chicas con aspecto latino y asiático pasean en sujetador negro. Hombres con alas, indios que vuelan. Demasiado turístico. Demasiado show. Frente al Hotel Vancouver, paso al fresco de una pequeña iglesia anglicana de piedra y madera con tejado de pizarra sobre su planta de cruz. Descanso.

En Littera Scripta Manet, librería de enormes dimensiones, me siento en un sofá y miro algunas revistas y periódicos. En Virgin, aún abierto, oigo con los cascos la lista de los más vendidos. Doy una vuelta por Robson. Mogollón de gente joven. Latinas reprietas. Música en los coches. Follón, voces, un golpe en la esquina. Papeleras llenas de toda la basura de plástico que generan los Starbucks Coffe, que van de ecologistas y enrollados. A los bajos del Hotel Sutton Place quiere pasar toda esa cola de rubias blanquitas de nariz respingona para ver a algún famoso. Los gorilas las aplacan y ellas chillan y se desesperan.

De vuelta al hotel, y ya cerca, veo una librería de usados con libros en español y algunos números de Bola 8, de Clowes. Desde la ventana veo la cola del Uptown Tavern, en los bajos del Hotel Dakota, sintiéndome como un detective de baja estofa en una peli con poco presupuesto.

miércoles, 15 de agosto de 2012

llegamos a vancouver

El tren sigue el curso de los ríos N. Thompson, Thompson, y Fraser, que desemboca junto a Vancouver en el Pacífico. La luna, aunque menguante, da mucha luz , y vemos masas de árboles y brillos en el agua fantasmales. Amaneciendo, seguimos atravesando la naturaleza más salvaje. Túneles, bosques de abetos y arces. Huele a aguarrás. Son las seis de la mañana y Beni abre un ojo. El sol ilumina las crestas de las montañas, que se hacen de oro. Va despacio, para el regodeo de viajeros.

Ana y Beni están desayunando café con leche y galletas en el bar. Es el único sitio donde mi hermana puede fumar. Controla sus cigarros porque aquí son carísimos (700 pesetas el paquete, que trae dos cajitas interiores de 12 y 13 cigarrillos). Trata de no sobrepasar el paquete. Mientras, atravesamos un pueblo de casas de madera. Un abuelo desayuna en bañador, en su cerca. Nos saluda sonriente moviendo la mano. A las siete y cuarto empiezan las granjas, con graneros antiguos de madera, grandes aspersores sobre campos de maíz y silos. Más y más maíz. Trenes de mercancías. Contamos uno de 108 vagones. El río lleno de troncos cortados, montañas de serrín. Serbales cuajados de bolitas rojas. Para en Port Coquitlam. Enseguida, Vancouver.

El hotel está muy bien. Nos duchamos rápido y nos vamos a ver los totem poles (postes totémicos indios) de Stanley Park. Nos acercamos al acuario, donde impresionan la orca asesina, la simpática foca peluda, que nada hacia atrás y pone su comida en la barriga mientras es feliz, la beluga albina, el octopusi (esas extrañas aperturas para respirar), el tiburón blanco, la anémona verde, y el cangrejo Fiddel, con una pinza como un guante de boxeo y que anda de lado. En un café italiano nos tomamos unas cervezas con empanada de pollo y verduras.

A las cinco de la tarde, en plena siesta, comemos en un mongol (717 Dehman St.) en que preparan la comida en una plancha circular donde la manejan con palos de churrero. La cosa consiste en una especie de alambre mejicano en que tú eliges los ingredientes y se los das al cocinero. Uno puede coger filetes finos de todo tipo de carne y todo tipo de verduras y echarlos a la plancha. Se hace enseguida, pues todo está picado como el alambre y se come con palillos. También le echan gengibre (nada recomendable), semillas de sésamo o piña en almíbar. Nos cuentan que los mongoles hacen esta comida desde hace 2.000 años. De postre, rodajas de naranja. Luego una galleta cuyo relleno es una frase filosófica.

El centro de Vancouver es movidito y con buen rollo, cosmopolita. Mucha gente joven. Japoneses, veraneantes del vecino Seattle, rubios con pendientes. Las tiendas se salen a la calle con ropa hippie y grunge. Mucha segunda mano. Reservo un hotel en Grenville St. por 8.000 pelas la noche. Vamos de terraza en terraza entre modesnos y punklis. Todos quieren gorronear tabaco, que es tan caro. Estos sitios abren las 24 horas del día, aunque cierran los servicios de noche para que la gente no se meta. En ésta, la de Spuntino,  la camarera tiene afeitada la cabeza, excepto una coleta central roja. En un lateral tiene un tatoo con una estrella de cuatro puntas. También lleva unas botas del Doctor Martin que de seguro le estarán cociendo los pies.
Las chicas se van mañana. Hacemos un rápido balance que puede resumirse en que muy bien.