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domingo, 25 de septiembre de 2016

últimas horas en oslo


La ventana de la habitación es una pantalla de cine con maravillosas vistas desde la planta 14. Hace un día soleado precioso. La niebla ha desaparecido y solo quedan unos cuantos corderos esparcidos por el cielo. La gente toma el sol pensando en nada, una actividad de la que gustan los nórdicos, según decía María, la guía, sentados en los bancos, apoyados en las barandillas.

Desayunamos arenques marinados, salmón ahumado y cerdo con champiñones. De postre, yogur líquido con frutas. Las fresas están deliciosas.

En la Galería Nacional quedo impresionado por los pintores decimonónicos noruegos, como Johan Christian Dalh con su dramatismo romántico hiperrealista. Tormentas, naufragios, nocturnos que rayan lo onírico y un gran amor a la naturaleza. También vemos dos cuadros de Sevilla de pintores locales, El Greco, Ribera, Goya, Monet, Degas, Cezanne, Delacroix, Renoir, Rodin. Y, claro, Munch.

También hemos visitado las fortalezas del puerto, el Museo de la Resistencia. El puerto es un lugar tranquilo lleno de árboles. Los pescadores venden lo pescado en sus barcas, peces y mariscos. Compramos gambas y nos las comemos sentados mirando al agua. Las gaviotas cogen al vuelo las cabezas.

Volvemos a parar en Copenhage, en su aeropuerto inmenso. Empiezo a pensar en mi parálisis facial, aún sin agobiarme. Aparecen los primeros españoles. Beni se da cuenta de que en el avión hay un salto de la fila 12 a la 14. Supongo que habrá mucho cliente supersticioso.

sábado, 24 de septiembre de 2016

narvik-oslo






El autobús salió a las cinco y media. Empieza a amanecer. Beni está cansada. El paisaje es hermoso. Rodeados de grandes montañas nevadas, recorremos el fiordo de Narvik, de donde nacen. Todo el mundo tiene su casita de madera y su muelle al fiordo, entre abedules de colores. Llegamos antes de las siete. No entiendo esta putada si el avión sale después de las doce. Trato de cambiar el avión a Oslo. El avión vuela bajo, vemos lagos y montañas, bosques, y también nubes. Desayunamos otra vez.

Oslo está lleno de hinchas que beben grandes jarras de cerveza en Karl Johans Gate, la calle principal. Cantan aquello de campeones. Parece que aquí existe la figura del gamberro. Nosotros descansamos en una terraza dominando el Palacio Real, donde unos soldaditos hacen malabares con los fuscos. Nos vuelven a sablear con la cerveza, pero qué poca importancia tiene hoy que Noruega ha ganado. Paseamos por las calles y el puerto y acabamos cenando albóndigas en un local chulo. Bjork, la cantante de Sugar Cubes, canta con unas lágrimas pegadas bajo los ojos mientras un oso de peluche ataca al cazador del bosque.

Hoy  vamos  más  despacio.