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viernes, 7 de noviembre de 2014

la jungla de lino y santa clara









Junto a la iglesia bautista está el abuelo de los aguacates. Dibujo las chapas de las puertas: CDSL, logos de logías, Solo Cristo salva, flamencos y palmeras, volverán... Vuelvo a desayunar. Siguen con la fruta bomba, que ya le hemos dicho que no nos gusta, que no sabe a nada. Los vecinos vienen a ver la obra. Cuando empiezan con la radial, nos vamos.

Buscando el Museo de Historia de la Ciudad chocamos con el activista cultural Lino Manuel Abel Lobatón que organiza una visita a su jungla. Este prieto hiperactivo charlatán dice tener delirio por los astros. Se declara católico apostólico romano y su casa es un museo del panfleto religioso. Cristo, Buda, Santa María del Cobre y Fidel juegan a las cartas. San Lázaro y Santa Bárbara se lanzan la bolilla del mundo, se arropan con mapas siderales.

En el Museo, muy interesantes los números de prensa manuscrita del XIX de Remedios, El Bobo, el casco y la primera foto del cuerpo de bomberos, algunos carteles y dibujos de estética soviética, el cosmonauta mulatico Arnaldo Tamayo Méndez, trompos, canicas, juegos de niños.

Un chavalín nos lleva a dibujar las casas más antiguas: La del Alférez Real del siglo XVIII y otra  del XVII con hermosos artesonados en los techos, tejados volados y columnas en las puertas. No están reconstruidas, se mantienen porque se vive en ellas. Beni se enrolla con la dueña y el niño. Hablan de los barrios de Remedios: El Carmen (el gavilán) y San salvador (el gallo).

En la estación esperamos la guagua de Santa Clara, contemplando, una impresionante galería de personajes como el vendedor de caramelos de naranja y menta de larga patilla y sombrero guajiro. Nadie le compra y se sienta a ver la tele. El mendigo con los dedos de los pies al aire. El viejo de la langosta disecada. El niño del carrito decimonónico. En la ventanilla dicen que esto no es Alemania, los horarios aquí son elásticos. La gente se agrupa. Han vendido más billetes que asientos. Se colocan en el pasillo. Un negrito celoso rodea a su chica. Valles con palmeras, pequeñas casitas de madera pintada de blanco con tejados de palma seca, gallinas. El sol se pone y la hora feliz ilumina el valle de rojo.

Llegamos a Santa Clara. A pesar de la reserva, la señora ha alquilado la habitación. Quiere que le enseñe el cuaderno mientras tomamos un buche de café. Nos ofrece la casa de la vecina, la ingeniera Ana, con terraza a la calle y refrigerador. Se sube a la parra y nos lo baja quitándonos el desayuno. Nos ha preparado abundante cena: sopa, frijoles con arroz, ensalada de aguacate, pescado con patatas fritas, jugo de naranja y frutas.

La orquesta toca en el parque Vidal, que está lleno de jovencitos guapetones y gacelas de culo respingón bailando los temas más famosos de Los Beatles. Estamos cansados. Ni bailaremos ni subiremos al bar de las vistas. Caemos en  la cama y nos dormimos en el aire.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

santa clara y remedios




Cambio dólares en Cadeca. Cola tremenda. Me pongo a dibujar los personajes. El de atrás quiere una caricatura. Se queda inmóvil para que lo inmortalice. Cuenta que su abuelo vino de España con una medalla de la Guerra de la Independencia. Otro gili poluto dice que en Nueva York el más pobre es más rico que el más rico de Cuba y que tienen las medicinas y la sanidad cubiertas. Le digo que yo he estado en Nueva York y eso es mentira. Los cubanos viven de mitos, porque no creen en la información oficial.

Paseo feliz por las calles asomándome a las casas y a las ventanas de las escuelas. Las calles están vivas. Pasan carros, motocarros y motocicletas. Vemos el Museo Provincial y nos bebemos unas Manacas en La Cubana. Nos llegan olores de petróleo y guayaba. Los niños lavan un caballo en una alberca. El río está muy sucio. Pagamos un peso para ver el Museo de la Ciencia y la Historia. Según pasamos, la guía nos va encendiendo y apagando las luces. Es cutre, con fotocopias con los planetas, un corte de la tierra de porespán, una colección de caracolas, corales y peces disecados en plan laboratorio de colegio.
-Ese pez nos lo cenamos en Trinidad, les digo.

El de historia es un petardo, con bolígrafos, botas, guantes de boxeo y otros objetos de los revolucionarios. No llegamos a la guagua y nos metemos en un taxi a Remedios. Después del regateo, finalmente nos clavan. Luego cargan a otra chica que según el chofer es la mujer de un amigo. Siempre de negocios. Liantes.

El paisaje es verde, hermoso con las palmeras que dan buen rollo. Vamos a la casa de Ania, en la que ya estuvimos hace dos años. Nos duchamos y lavamos las mudas y damos una vuelta por el pueblo. Un pueblo tranquilo de casas antiguas de techos de madera, fachadas de grandes ventanales y patios coloniales.

El peluquero está un poco maleado. Trata de venderme puros, una moneda del Ché de tres pesos y, por fin, un pelado por un dólar. Opto por hacerle una foto. Mientras llueve entramos a un restaurante de pesos, La Fe, y nos comemos una pizza, croquetas y empanadas con dos jugos. Luego nos pasamos por el bonito Hotel Mascotte, de madera pintada. La camarera nos explica que antes fue una casa antigua, hotel de la ciudad y hace unos seis años se arregló para el turismo. Nos resuelve una visita a una habitación del hotel, espantosa. Acabamos en el Bar Louvre, muy agradable, con suelo de mosaico amarillo y blanco, muebles antiguos, techo de madera a dos aguas y cuatro puertas abiertas a los soportales de la plaza. Nos tomamos una cerveza con apagón y la camarera nos explica sin convicción que estos nombres franceses vienen de un asentamiento francés. Es curioso que las columnas de los soportales son de hierro fundido y por el interior baja el agua de los canalones.

Ania nos ha preparado plátanos fritos, potaje de frijoles y pargo con ensalada. Nos propone una moto para ir a los cayos. 22 dólares por 24 horas. Salimos a la plaza. Los chavales bailan eso que tú tienes son celos y el Ave María de David Bisbal. La cosa está animada. Ellas se contonean de maravilla y ellos tienen una pachorra que paqué.

santa clara



Nunca pensé que acabaría en Santa Clara. A mí no me gusta. Me gusta una ciudad con mar, como ésta de grande, que tenga vida, pero óyeme amigo yo quiero el mar, comenta alguien sentado en un banco en el Parque Vidal, donde las mujeres hacen la compra y los hombres desempleados descansan y cotorrean. La gente se enrolla enseguida con el turista que dibuja los hermosos edificios de la plaza y comenta en España, esta biblioteca, el teatro, la librería, el museo...  serían bancos.
- Aquí no hay negocios mi amigo.

Hay mucha vida en esta ciudad universitaria. Colón baja a tope con el transporte cubano, esos carros tirados por mulas de tablas de colores y capota impermeable verde (o bien motocarros con asientos en el remolque) a un peso la carrera.

Vuelvo a casa a desayunar con Beni, mucha fruta, café con leche y jugo de naranja. Después visitamos el tren blindado que los rebeldes al mando del Ché descarrilaron. Ahora son una serie de vagones que sirven de museo con una escultura de ferrocemento que representa una explosión. Aquí el Ché y los suyos ganaron la batalla a 408 soldados de Batista. Una alemana hace dibujos con un boli cubano sobre un cuaderno cubano. Se quedó todo en Alemania, me dice al ver mi cuaderno. Una prietita que comenta tremendo marido de una sola mujer, nunca se ha dejado la que tiene, hace una parada en mi cuaderno y dice que cada persona tiene un don. Cada cubano es un filósofo.

Bebemos Manacas, la cerveza local, en una terraza. Los niños duermen a la siesta en unas camas plegables de madera y lona. Llegamos al Memorial Ché Guevara. Una señora insiste en que dibuje la granada y el cuchillo de la escultura del Ché con el brazo izquierdo en cabestrillo. Un funcionario corta el césped a machete hasta dejarlo con apenas un centímetro. El guarda me dice que la moto que dibujé es una Ural, una moto potente rusa fabricada en la Segunda Guerra Mundial. En el museo vemos la famosa cazadora verde que el Ché tiene puesta en todos los carteles repartidos por el mundo. Donde el comandante reposa hay un silencio absoluto.

Volvemos a Vidal en transporte cubano. Blanquito con tremendo traje de raso bacila a un medigo en silla de ruedas con los zapatos machacados y un pobre bailarín de vocabulario enrevesado lo defiende con el qué fue lo que tu dijiste porque él ha ido a la universidad y aunque no tiene dinero lleva sus cuatro trapos bien colocados. Bárbaro el maranguero nos cuenta de los músicos cubanos Enrique Pla, Prado, Paquito de Ribera, Rolando Laserie, Arsenio Rodríguez, Los Compadres, la hermana Lago que aún vive y su amor por Los Zafiros. Me gustan, como los grupos españoles de los sesenta, porque entonces yo era joven.

Nos comemos una pizza en El Pullman. Declinamos ante la carta en dólares y nos sacan la de pesos, automáticamente la pizza pasa de costar 75 a 8 pesos y el jugo de limón a medio. No dejan que comparta mesa con nosotros un barbudo y lo colocan en la barra. Se hace de noche en la plaza, la bilioteca se ilumina dejando a contra luz esas enormes columnas, los músicos uniformados de blanco y amarillo se acercan y se quedan charlando en las escaleras, los viejos se durmieron en los bancos. La ciudad se queda a oscuras y es imposible distinguir caras en la cola de Coppelia. Unos minutos y vuelve la luz (voces en las calles).

Cenamos en casa potaje de garbanzos y arroz, unos muslos de pollo con huevos fritos amarillos y una bandeja de frutas. ¡Para compay que vas a explosionar! Tomo un café y un Caney con la señora, que me comenta que se exportan las pechugas y las alas de los pollos y por aquí solo se ven muslos. La res está absolutamente prohibida. Solo para dirigentes, restaurantes y la exportación. Mientras Beni duerme pienso si toda esta información que los cubanos dan es real o una colección de mitos.

martes, 4 de noviembre de 2014

sancti spíritus y santa clara






















El agua caliente la consiguen con un aparato eléctrico que ponen como alcachofa. Generalmente las opciones son agua fría o agua hirviendo.

El Parque Maceo es una plaza bonita, con soportales de madera pintados de azul y verde y una parada de taxis a sangre. Los abuelitos se sientan en los bancos con los nietos. Las palmeras reales se levantan victoriosas. En Céspedes, Céspedes e Independencia norte son las calles más transitadas, veo la Casa Museo de Serafín Sánchez, que vigila una niña de once años. Sancti Spíritus es una ciudad sin turismo pero con dinero. Se les ve desayunando en las cafeterías, comiendo en restaurantes y de compras en las tiendas. La gente viste bien y se ven muchas bicicletas.

Desayunamos en una terraza con techo de palma sobre una mesa de madera maciza. Pan con mantequilla y zumo de guayaba. Después vemos el Museo de Arte Colonial, cerca del puente sobre el río Yayabo. Paseamos sobre él, los críos se bañan. Bebemos algo en el Kiriki. Algunos clientes presumen con collares y anillos. Esa gente que gusta de contar dólares en público, esos dólares que tanto cuestan a quienes los mandan.

Recorremos juntos Céspedes y Parque Maceo. Hay mucho movimiento. Las enfermeras llevan el uniforme de los tebeos: bata blanca y cofia doblada. Las chicas salen con los rulos y se miran en los espejillos. Bebo guarapo, el dulce jugo de la caña. En Serafín Sánchez se oye una vieja trompeta, los curritos miran las chicas pasar, las colegialas salen con sus minifaldas pantalón.

Un bicitaxi nos lleva a la estación. El conductor es un personaje curioso que calcula que pesamos más de trescientas libras. Cien libras Beni y doscientas yo.

En las ventanas del bus, verdes lomas y palmeras. Es impresionante la cháchara con el conductor bajo el cartel que lo prohibe. En una hora estamos en Santa Clara. El taxista nos ofrece una casa. Es un problema ir con alguien porque te suben el precio por su comisión. Le digo que estaría de acuerdo con una casa por quince dólares con desayuno. Naturalmente, y como siempre, nos meten en un lío. La casa está muy cerca del Coppelia, donde despachan unos riquísimos helados, en un rincón de la plaza.

En el Parque Vidal ponen una versión teatral de El beso de la mujer araña de Puig. Señoras y señoritas llegan con trajes largos negros. Correos está lleno de cabinas. Intentamos subir al bar circular del Santa Clara Libre, para disfrutar de sus vistas. Un portero sin convicción dice que está cerrado. En el bajo ponen un culebrón. Entramos en un local de ensayo. Descargan bongas, saxo, trombón, piano y maracas. Bárbaro toca las maracas con un fuerte olor a ron. Nos habla de los Bravos, los Mustang, los Brincos, los Sirex y los Salvajes, aquellos grupos españoles de los sesenta que tanto les gustan. Dice que su papá era de Santiago de Compostela. Rodeamos el quiosco donde jueves y domingos tocan los músicos. Los bancos están ocupados y los niños juegan alrededor.

Ya en el Coppelia, la camarera nos coloca en una mesa y nos trae un turquino, tarta con una bola de helado, y una copa melba. Las cucharas son de zinc. A los cubanos les encantan estos helados que no llegan a costar ni un peso (unos treinta helados por un dólar).