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martes, 22 de abril de 2014

gil de biedma en manila







En 1956, el poeta catalán Gil de Biedma acaba de llegar a Filipinas como abogado de la Compañía de Tabacos de Filipinas, negocio de su familia. Tiene 26 años y mucho mundo, pero aún le queda asomarse de verdad a todos los abismos de su identidad.

Como abogado de la compañía Tabacalera, Gil de Biedma realiza un informe sobre la administración general en las islas y su legislación. Un documento frío y burocrático donde nada podría intuirse del profundo mundo interior de este abogado de buena familia. Ese informe-radiografía de la Compañía de Tabacos de Filipinas lo incluirá el propio Gil de Biedma en el diario que escribió durante su estancia de seis meses en Manila.

El inventario es un paréntesis que suena a juego, al Biedma de luz y día, al hombre respetable que se esconde tras esa niebla de humo de tabacos exóticos que le oculta en la noche. En el diario surge otro personaje, una especie de Ulises que navega por mares inciertos. Las islas de Circe lo titula y es cierto que tiene mucho de odisea mitológica. El poeta se rinde a los cantos de sirena y las seducciones de la carne. Se sumerge con placer sórdido en los bajos ambientes de Manila donde encuentra a amantes de una noche. Gil de Biedma confiesa y desvela su homoerotismo y los encuentros con jóvenes que viven en covachas. Olor a sábanas usadas, barro, pieles sucias, sudor y semen. Y, aunque el poeta regresa a su confortable habitación siente la mala conciencia del burgués.

El poeta cae rendido en el exotismo del paisaje humano. «Mi gusto por los malayos me embriaga», escribe. Bebe vino de nipa con jóvenes hermosos vestidos con blusones de jusi y sinamay. Y queda hipnotizado por las fiestas o describe una pelea de gallos en Mindoro. En el diario aparecen también alcahuetes y prostitutos entre los tagalos, negros y efebos de Cebú. «Entretengo la tarde leyendo y escribiendo. Alivia escapar por unas horas del vertiginoso tobogán erótico en el que estoy subido y no sé adónde me llevará a caer, pero sospecho que no en blando», anota.


La tercera parte vuelve a subrayar el carácter mitológico de este viaje: De regreso en Ítaca. En estas páginas relata su regreso a España y su convalecencia de una tuberculosis en la casa familiar de la Nava de la Asunción (Segovia). Atrás quedan los días de Pagsanján. Es entonces cuando piensa y reflexiona mientras cae la tarde fría en el caserón que huele a muebles antiguos y a memorias familiares. Y Gil de Biedma se da cuenta de que la juventud ya es pasado y que un reloj empieza a contar las horas con urgencia: «Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde...».

El diario "Retrato del artista en 1956" es un libro póstumo, ya que se publicó en 1991. Sus páginas tienen momentos deslumbrantes en los que asoma un joven poeta que ha decidido mojarse en el charco de la vida.



Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde ­
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos ­
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

No volveré a ser joven. Jaime Gil de Biedma.

jueves, 17 de abril de 2014

últimas fotos de manila









último día en manila





Desayunamos viendo el parte metereológico de Australia en la tele. Recorremos las galerías de pintores locales que hay en el barrio y acabamos en el Parque Rizal. Hay un apartado para los niños con animales por los que entrar y salir y réplicas de animales prehistóricos. Una pareja pretende pasar el día en la boca de un hipopótamo.

Nos gusta el Museo del Pueblo Filipino. Vemos los dioses del pueblo ifugao y su cultura del arroz, los descubrimientos de Vicente Madrigal, las cajas de barro con forma humana, que dibujo, y algunos yelmos españoles.

Llegamos a Intramuros, compramos algunos regalos. En un pequeño parque juegan al ajedrez. Parque Rizal  está hasta arriba de gente echando la siesta y esa señora de rojo vendiendo esterillas. La inmensa embajada de Estados Unidos. El malecón. El Bulevar Roxas. La plaza de la Iglesia de Malate y el ice tea en la terraza. En remedios comemos frutos del mar.

Nos despedimos de todo y también del hotel. Después el aeropuerto. Facturación, formularios y colas. En el avión nos dormimos y todas esas imágenes que manteníamos tan vivas se van disolviendo. En Amsterdam ya no queda casi nada, ya somos ciudadanos de Europa.

miércoles, 16 de abril de 2014

playas de nasugbu y vuelta a manila





El sol ilumina el porche, los cuadraditos de nácar, los pájaros marrones con el cuello blanco, nuestra amiga la camarera barriendo con una escoba de leña. Nos montamos en un bote que nos lleva a la costa de enfrente. En la playa venden langostas y atún. También collares y tabaco. En una barca viene la mujer de dulzura infinita con su niña, su marido trae pescado. Una blanquita se baña en bikini. Me acoplo en el sofá de un quiosco viendo como Beni se baña frente un ice tea granizado. Y aquí mismo comemos pasta. Empieza a llover y nos volvemos al hotel. Beni se arregla mientras me doy un chapuzón en la piscina hasta que mis dedos se quedan como tomates pasados.

Un coche del hotel nos lleva hasta la terminal de Nasugbu. Como el bus ya ha arrancado, aparca delante para que no se vaya sin nosotros. Es un bus de cinco asientos la fila, bien aprovechadito. El viaje resulta súper entretenido: las tiendas de bambú y madera con los carteles pintados a mano (especialmente bonitos aquellos educativos y moralizantes de las escuelas o los motores despiezados), los diferentes tipos de depósitos de agua, los carros sin ruedas tirados por búfalos, las muelas felices sonrientes y con bastón, los diferentes diseños de los jeepneys con mogollón de antenas, el paisaje verde lleno de palmeras y, finalmente, el lago Taal.

La entrada a Manila es dura. Mucho tráfico y miles de chabolas levantadas en el mar, de agua muy sucia. Son pueblos de cochambrosas casas de madera unidas por puentes de tablas. A la entrada del metro, la policía nos revisa las mochilas. En el hotel de Malate nos dan otra habitación. Insisto en ir a la calle Remedios a comernos alguno de aquellos bichos de los acuarios. Aquella caracola gigante troceada en salsa y lapo lapo con cangrejo.

Volvemos a la terraza del Big Mama's. Cantan canciones de Simon y Garkunkel. Minerva nos reconoce y nos pone dos ice tea, que pedimos mejore con licor, como hacían en Taal. La plaza está atómica. Paseamos por el malecón oyendo a los grupos en directo y la gente pasear como en los pueblos los domingos. Oímos el ámame tiernamente de Elvis y un joven Paul Anka en versión calypso suena como esos ecos que amenizan los recuerdos y también los sueños.






domingo, 6 de abril de 2014

manila caótica y católica


Con música me acuesto, con música me levanto. Espero a Beni en el patio de la pensión con una tortilla de queso. El jardinero riega el patio bailando mientras el papa duerme en la portada del Manila Bulletin

Cambiamos a 71, pero al rato nos damos cuenta de que la china malavarista nos ha chuleado cien euros. Entro nuevamente airado y pido mi dinero con la voz más alta que encuentro y una amenaza de traer a la policía. Sale el jefe y me pide el boleto, sabe que no hay tal. Afortunadamente esta gente no es de pelea y, tras un negocio de cifras, me devuelven 400, como si el cambio hubiera sido a 72,50.

Pillamos el metro en Pedro Gil hasta el inmenso mercado al aire libre de Carriedo. Vemos camisetas, frutas y verduras, discos, plantas y pelis de zombies comiendo vísceras con el pumpum de un enorme corazón. En la Iglesia de Quiado los fieles adoran un papamóvil rodeado de vasos de cristal con velas.

Todo es católico y caótico, solo quedan algunos edificios bonitos de principios del XX. Un ciego manco toca una armónica de plástico y unas latas con los pies. Compro unos aros para mis orejas y los presentes se ríen. Un hombre al que arreglan las uñas nos señala un jeepney para Quezón Memorial Circle. Allí comemos unos espárragos con zanahoria, tofu y algas (asparasu tofu) y unas gambas con gabardina en salsa agridulce (camaron rebosado). Estoy enganchado al té frío, mis riñones prefieren que no beba alcohol. Estamos en un patio circular con el tejado azul rodeados de bonsais, algunos con los troncos pintados con colores brillantes.

En el autobús hacia Cubao nos cobra un chaval con los entrededos llenos de billetes. Paramos en el gran nudo de transportes. Las miles de motos con sidecar y jeepneys producen tanto humo que cuesta respirar. Mucha gente lleva pañuelos o una especie de bufanda húmeda en la boca. Caos asiático, hormiguero. Calles abarrotadas, encharcadas de agua podrida, chavolas sobre chavolas y gente sentada en el suelo. Madres despiojando a su hijos, algunos repachingados quieren que les haga una foto y luego me lo agradecen. Construcciones imposibles, tiendas impracticables, barberías enanas. Beni desea largarse y cogemos el metro hasta Avidaft, al sur, viendo la ciudad, pues no es subterráneo. Me gustan esos edificios art-nouveau derruidos y las pinturas de las fachadas de los negocios. Nos bajamos en la estación anterior a Pedro Gil para pasear por San Andrés hasta casa.

Cenamos en el malecón con una familia jugando a las cartas. Los padres son muy jóvenes. La contaminación nos ha jodido la garganta. Una mujer pega con una zapatilla a un niño que juega en la fuente de luces de colores hasta que llora desconsoladamente. Miramos los acuarios de los restaurantes de Remedios, sus peces plateados y rojos, cangrejos gigantes verdes y de colores, y una caracola enorme. Le digo a Beni que me gustaría probar ese bicho, ella pone cara de asco.

Remedios es una calle llena de terrazas con pescado para comer. Los gatos acechan y riñen entre ellos. Beni se asusta y grita, y los niños que reparten publicidad se ríen, y luego ella.
-¿Y si hubiera sido un chino malo con un cuchillo?
-Igual, ya no tengo más volumen.

Nos vamos. Mañana cogemos un avión a Ilocos, al norte de Luzón.