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lunes, 10 de septiembre de 2012

palolem beach






Al salir a la terraza una mujer alisa los montones que han hecho los topos.
Desayunamos suculentamente en el chiringo. La tortilla española es una francesa doblada como una empanadilla rellena de patatas y verduras, muy rica. La playa está desierta. Empiezan a venir los yoguis con sus esterillas. Los de las piedras ahora acarrean tierra. En nuestro patio una señora, con un puro en la boca, busca en los restos de los turistas. La niña que la acompaña se pone a mear mientras los cuervos picotean un ratón muerto. Un grupo de niñas recogen basura y envases de la playa, que se ha llenado de pescadores. La cliente de al lado se quita el pantalón y se baña en bragas.

Se está fresco y quizás sea suficiente con ver el movimiento: un vendedor de piñas con un inmenso capacho en la cabeza, parejas de blanquitos con indias tetonas, un vendedor de viajes en barco que habla todos los idiomas, vendedores de pañuelos, una niña que lucha contra el agua, rubitas pecosas, mujeres con sari y hombres muy delgados y negros, apañadores de esteras y barcos, grupos de jóvenes indios de la mano con camisas de colores. Al lado, un rubio peste de ojos azules y nariz afilada, insiste a una india guapa con tatuaje floral hasta que se larga, ya comida. Entonces saca su guía Lonely Planet de la India y su Herald, que lee mientras se come disimuladamente las pelotillas de su nariz.

La calle principal es un mercado de tiendas para turistas. Las botellas están serigrafiadas. La fanta es como la que recuerdo de niño. Los occidentales llevan un rollo hippie. Fuman porros, llevan gafas de sol y tocan el bongó. Los indios pican piedras rosas, con las que hacen sus ladrillos. Un trabajo espeluznante con este calor. Los perros escarban en la arena, cuando aparece el agua se tumban en el hoyo. Llegan los pescadores en cayucos. Los niños llevan a la playa grandes gambas y sardinas. Las mujeres, con barreños, se arremolinan. Otro perro se come ese pescado que pusieron a secar.

El cielo cruje y se va la luz. Se pone a llover. La niña baila bajo un tejado. Llueve a mares. Caen cocos y ramas de palmeras. Nos damos un paseo por la playa, quizás para mojarnos. Las mujeres pican las lapas. Unos pescadores extienden la red en el agua y la traen hacia la orilla cangrejos, pequeños peces y bígaros. Devuelven los peces, pero en el aire se los comen los cuervos. Sale el arco iris en esta semi oscuridad. Más tarde todo se pone dorado. Las siluetas se agachan a coger cangrejos.

Otra vez en el chiringo, escribo a la luz de una vela. La vista desde aquí siempre es impresionante. Si ayer eran vacas, ahora la playa está llena de perros. Siempre están pasando cosas. Podría ser la playa más entretenida del mundo.

panjim-palolem





Me despierta la campana de la iglesia de San Sebastián. Me visto y me acerco a la iglesia, que creía abandonada. Hay misa cantada. El sacristán toca un pequeño órgano mientras cantan una suave canción que acuna, adormece. Por la calle principal pasan pequeños buses cargados de escolares uniformados. Aquí hay muchos sastres, supongo que porque aquí no es tan común el uso del sari.

Voy a la iglesia de la Inmaculada. Techos de madera pintada de blanco cargados de ventiladores. Hacemos la mochila y desayunamos en la terraza. Dibujo los tejados. Cogemos un bus para Margao y allí otro a Palolem. Recorremos la playa. Nos enseñan un hotel muy guiri. Nos inscribimos en otro más sencillo, Brendo, con casitas de madera con baño.

La playa es muy bonita, con arena amarilla y formando una bahía rodeada de palmeras. En el extremo norte hay una pequeña península, con rocas en el istmo. El sol está detrás y los bañistas se ven como siluetas negras en un mar plateado. Nos damos un baño. El agua está caliente. Nos sentamos en un chiringuito de madera junto al hotel. El aire se mueve y se está muy bien ante estas vistas. A las siete de la tarde coge unos colores dorados alucinantes. Las mujeres pasan con sus saris de colores con bultos en la cabeza. Me bebo una King Fisher. Sube la marea. Pasan hombres con grandes piedras en la cabeza y blanquitos sin miedo a aburrirse en este paraíso por dos duros. Esta playa tiene una cara cada hora. Casi a oscuras, juegan ahora al fútbol. Han fichado a dos blancos. Con la luz artificial, los mosquitos se hacen con mis tobillos pasando del Relec extra fuerte. La luz se va y vuelve por momentos y todos los enrollados del hotel que no quisimos han encendido una hoguera y han puesto colchonetas por el suelo.

Estamos relajados. De golpe, oímos un sitar y unos bongós. Es hermosa esta música añadida a este fondo de grillos, mientras se apodera el sueño.