En el yacimiento, los estudiantes voluntarios trabajan en la cuadrícula. En una zona ya repasada me muestra dónde la encontró. Delicadamente levanta más tierra con un pequeño palustre y limpia con un brocha. Lleva una falda beige y corta como del Coronel Tapioca, que se abre en algún pliegue para darle comodidad. No puedo disimular al ver sus muslos blanquecinos que acaban en una zona marrón poblada de cabellos. Me acerco a su oído y le digo no llevas bragas. Sonríe, mejor lo hablamos en tu despacho, me dice.
Mi despacho está lleno de mapas y algunas piezas que exhibiremos este mes. Estoy sentado en mi sillón de madera. Toca a la puerta. Le digo que cierre, se acerque y se siente. Pone la figurilla encima de la mesa. Nos está cambiando a todos. Yo ya me he descabalgado del sillón y voy a gatas por debajo de la mesa. Cojo sus rodillas y abro sus piernas. Acerco mis labios a sus labios mojados y, como un perrillo, empiezo a lamer.















































