Me dolía ver a aquellos niños cojitos, tan tristes porque no podían jugar al balón con los otros niños… Y pensé : si existe el tenis de mesa, ¡también puede existir el fútbol de mesa!". Fue así como en 1937, quien por entonces se llamaba Alejandro Campos Ramírez, se las ingenia para crear un rústico Taca-Taca, que alivió el dolor de la niñez víctima de una guerra brutal.
Conseguí unas barras de acero y un carpintero vasco refugiado allí, Javier Altuna, me torneó los muñecos en madera. La caja de la mesa la hizo con madera de pino, creo, y la pelota con buen corcho catalán, aglomerado. Eso permitía buen control de la bola, detenerla, imprimir efecto, le expresó al periodista catalán Víctor Amela.
Aunque él lo desconociese, ya existía el fútbol de mesa, de éste se diferencia principalmente porque las figuras tienen las piernas separadas -mientras que en las versiones centroeuropeas o internacionales (Estados Unidos) tienen solamente una pierna.
Hijo del telegrafista Manuel Campos Pedreira y de Josefina Ramírez Barreiro, nació en Finisterre, y se trasladó a La Coruña a los cinco años. A los quince se marchó a estudiar el Bachillerato a Madrid. Una vez allí, la zapatería de su padre quedó en quiebra, lo que le imposibilitaba pagar la matrícula de los estudios. Por esa razón el director de la escuela lo puso a trabajar corrigiendo los trabajos escolares de los cursos más bajos, para permitirle seguir en la escuela. Soñaba con ser arquitecto, pero ofició de albañil. Su alma bohemia y busquilla le permitió conseguir un trabajo de junior en una imprenta. Al fin estaba cerca de quienes cultivaban una de sus mayores pasiones: la poesía. Fue en Madrid donde conoció a León Felipe (del que sería albacea), y con él y Rafael Sánchez Ortega editaron el periódico Paso a la juventud para venderlo por las calles.
Por esos años se definía a sí mismo como un idealista práctico, una versión de libertario que quería crear aquí y ahora el mundo nuevo que llevaba en su corazón. Las ganas de hacer carne los ideales eran su bandera. Fue en ese contexto que estalló la Guerra Civil española.
En el hospital, al ver que los más pequeños no podían jugar al fútbol en el patio, es donde Finisterre tuvo la ocurrencia de que si había tenis de mesa (juego al que era muy aficionado), también podía haber un fútbol de mesa. Era el año 1937. Me gustaba el fútbol, pero yo estaba cojo y no podía jugar. Fue de esta forma como, empatizando con los niños y niñas que la guerra mutiló, tomó la resolución de crear una herramienta que aliviara los amargos días de los pequeños inocentes. Con la ayuda de un carpintero vasco, Francisco Javier Altuna, que estaba en el hospital se construyó el primer futbolín, y ya en la Navidad de 1936 se empezó a hacer popular. En enero de 1937 se patenta el invento en Barcelona pero en mayo de ese mismo año Finisterre tiene que huir a Francia, cruzando los Pirineos a pie y siendo sorprendido por una enorme tormenta que hace que pierda los papeles de la patente y del diseño original.
Se trasladó a Zamora, donde gestionó la herencia del poeta León Felipe como albacea testamentario.
Allí falleció, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años, el 9 de febrero de 2007. Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico, en Finisterre.
Una bomba hizo pedazos su casa que lo mantuvo sepultado en los escombros durante bastante tiempo y quedó con graves dificultades respiratorias y un problema crónico en una de sus piernas. fue trasladado a Valencia y de allí al aire puro de Montserrat (Barcelona), donde estuvo ingresado en un antiguo hotel, el Colonia Puig, que acogía a los niños heridos por los bombardeos de la recién declarada guerra.
En el hospital, al ver que los más pequeños no podían jugar al fútbol en el patio, es donde Finisterre tuvo la ocurrencia de que si había tenis de mesa (juego al que era muy aficionado), también podía haber un fútbol de mesa. Era el año 1937. Me gustaba el fútbol, pero yo estaba cojo y no podía jugar. Fue de esta forma como, empatizando con los niños y niñas que la guerra mutiló, tomó la resolución de crear una herramienta que aliviara los amargos días de los pequeños inocentes. Con la ayuda de un carpintero vasco, Francisco Javier Altuna, que estaba en el hospital se construyó el primer futbolín, y ya en la Navidad de 1936 se empezó a hacer popular. En enero de 1937 se patenta el invento en Barcelona pero en mayo de ese mismo año Finisterre tiene que huir a Francia, cruzando los Pirineos a pie y siendo sorprendido por una enorme tormenta que hace que pierda los papeles de la patente y del diseño original.
En 1948 se entera en París de que Magí Muntaner, que había sido compañero suyo en el hospital, había patentado el futbolín. Según Muntaner, intentó ponerse en contacto por carta pero si fue así Finisterre nunca tuvo conocimiento hasta diez años después. Al menos el catalán le dio dinero de las patentes y gracias a ello pudo poner rumbo a América Latina, donde empieza una nueva etapa para Finisterre.
Viajó a Ecuador y se instaló en Guatemala en 1952. Retoma la poesía y perfecciona su futbolín. Tuvo que escapar a México dos años después por el golpe de Estado. Allí colabora con el poeta León Felipe y se suma a la vida intelectual de esa nación donde había encontrado amigos poetas y escritores. Allí permaneció dedicándose a las artes gráficas y a la edición. Fundó y presidió la Editorial Finisterre Impresora, desde la que editó la revista del centro gallego de México y diferentes libros de poetas, entre los que se encuentran León Felipe, Ángel Martínez Baigorri y Juan Larrea. Además fue redactor de El Nacional y editó un facsímil de la revista Galeusca y el primer libro de poemas de Ernesto Cardenal. Cambia su nombre para homenajear a su pueblo. Desde entonces y hasta ahora, sería Alejandro Finisterre.
Durante algún tiempo intentó comercializar el futbolín por varios países latinoamericanos e incluso en Estados Unidos, donde finalmente se negó a trabajar porque tenía que tener tratos con redes ilegales. Tras muchas dificultades decidió cambiar su actividad.
Volvió a España durante la Transición Española. Residió en Aranda de Duero, donde continuó escribiendo mientras era miembro de la Real Academia Gallega de la que era miembro correspondiente en México desde 1967. Se asombró de ver que el futbolín se había extendido tanto, aunque la gran difusión se debía a que los fabricantes valencianos asumieron el juego como propio de ellos, sin darle ningún tipo de crédito a Alejandro.
Allí falleció, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años, el 9 de febrero de 2007. Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico, en Finisterre.
Finisterre fue un gran inventor que no sólo diseñó el futbolín al que jugamos hoy en día sino también otros artilugios como un pasa-hojas mecánico para pianistas y hasta 50 inventos más. Pero al coruñés no le acababa de gustar ser conocido por ello. Él fue un poeta que consideraba que lo que escribía solamente son versos y alguien que se volcó principalmente en editar las obras de los demás, especialmente de los escritores exiliados y todavía más de autores gallegos.




























































