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miércoles, 12 de septiembre de 2012

en colva y en panjim otra vez






Después de un duro trabajo de los incansables mosquitos sobre mi pálido culo, por fin amanece. Me pongo a dibujar en la terraza hasta que sale el sol. No hay un milímetro de tierra sin que las plantas lo cubran. Se nota que estamos cada vez más relajados. Me paseo por su largísima playa tropical de arena amarillenta y palmeras. Desayunamos con vasos metálicos en el Sagar Kinara mientras ellos almuerzan. Cogemos un bus para Margao y luego Panjim. Casa Afonso, otra vez en el barrio portugués de Fontainhas. Duchas. Comemos en el Viva Panjim, en un callejón cercano. Peixe portuguese y pollo rebozado. Salsa picante para uno y mucho pan para el otro, pues rabia. Compartimos los platos. Cuando vamos a pagar, nos damos cuenta de que estamos solos y el restaurante cerrado. Llamamos a la puerta y doy unas voces. Al rato, se abre la puerta y sale desperezándose un chaval que se había echado a la siesta en la alfombra.

Ricksaw a la playa de Miramar, al norte. Bonito paseo de casas coloniales y caserones de los sesenta, con esas fachadas donde los arquitectos jugaban a combinar texturas. Una playa muy divertida donde familias y jovencitos se pasean o entretienen con el agua, escriben en la arena y se hacen fotos. Al fondo hay un antiguo y oxidado mercante encallado.

Volvemos andando. Visitamos el mercado. Vendedores sentados sobre la verdura. Mujeres vendiendo atún. Niños partiendo carne entre las moscas y un montón de jaulas con gallinas. La gente es muy agradable. Nos saludan y nos dejan hacer fotos. Nos regalan unos jazmines. A pesar de ser la capital del estado, Panjim es un pueblo grande, lleno de conocidos, divertido.

En el Viva Panjim ya van cargaditos de cerveza. El japo habla de Nepal, España y Francia moviendo los brazos como los gigantes de El Quijote. El inglés de la cara colorada levanta el vaso proponiéndonos un brindis ¡Salud! grita en españolLa jefa les hace la pelota haciendo caja. Ahí los dejamos con su cháchara alcohólica y nos vamos a dormir.

 

lunes, 10 de septiembre de 2012

panjim-palolem





Me despierta la campana de la iglesia de San Sebastián. Me visto y me acerco a la iglesia, que creía abandonada. Hay misa cantada. El sacristán toca un pequeño órgano mientras cantan una suave canción que acuna, adormece. Por la calle principal pasan pequeños buses cargados de escolares uniformados. Aquí hay muchos sastres, supongo que porque aquí no es tan común el uso del sari.

Voy a la iglesia de la Inmaculada. Techos de madera pintada de blanco cargados de ventiladores. Hacemos la mochila y desayunamos en la terraza. Dibujo los tejados. Cogemos un bus para Margao y allí otro a Palolem. Recorremos la playa. Nos enseñan un hotel muy guiri. Nos inscribimos en otro más sencillo, Brendo, con casitas de madera con baño.

La playa es muy bonita, con arena amarilla y formando una bahía rodeada de palmeras. En el extremo norte hay una pequeña península, con rocas en el istmo. El sol está detrás y los bañistas se ven como siluetas negras en un mar plateado. Nos damos un baño. El agua está caliente. Nos sentamos en un chiringuito de madera junto al hotel. El aire se mueve y se está muy bien ante estas vistas. A las siete de la tarde coge unos colores dorados alucinantes. Las mujeres pasan con sus saris de colores con bultos en la cabeza. Me bebo una King Fisher. Sube la marea. Pasan hombres con grandes piedras en la cabeza y blanquitos sin miedo a aburrirse en este paraíso por dos duros. Esta playa tiene una cara cada hora. Casi a oscuras, juegan ahora al fútbol. Han fichado a dos blancos. Con la luz artificial, los mosquitos se hacen con mis tobillos pasando del Relec extra fuerte. La luz se va y vuelve por momentos y todos los enrollados del hotel que no quisimos han encendido una hoguera y han puesto colchonetas por el suelo.

Estamos relajados. De golpe, oímos un sitar y unos bongós. Es hermosa esta música añadida a este fondo de grillos, mientras se apodera el sueño.

domingo, 9 de septiembre de 2012

panjim & old goa burning










Goa fue puerto musulmán hasta que Alfonso de Alburquerque tomase la ciudad. Se convertiría en el capitán del imperio portugués de oriente. San Francisco Javier vino a convertir en 1542. Después de cinco meses, se fue a Japón. Los jesuitas la usaron como punto de partida para la evangelización de Asia. Con la caída del imperio portugués, Goa perdió sus grandes edificios.

Voy al templo del dios mono Maruti en el Altinho. Nishikant me deletrea su nombre, es simpático, busca las palabras en inglés y despacio las usa para entendernos. Tiene la boca deformada, de la que le salen unos enormes dientes. En el templo, un chavalín, que limpia los perolos metálicos, me pide que me descalce. Desde aquí hay una buena vista del viejo barrio portugués. Nishikant baja conmigo las escaleras hasta la fuente. Very nice dice. Serpenteo las calles del Ourém, me meto en las clases con la chavalería. Esta arquitectura entre palmeras me recuerda Santiago de Cuba. Subimos a desayunar a la terraza de la pensión. Dibujo los tejados y la iglesia de San Sebastián.

Visitamos Old Goa, las iglesias y monasterios. El Buen Jesús, convento de San Francisco, Santa Mónica, Santa Catalina, San Caetano. Hace mucho calor, tenemos que hacer largas paradas en las iglesias. A San Francisco Javier le han mangado algún dedo del pie. En el autobús, muchas mujeres con flores en la cabeza. Se parten el culo con la peli. Alguien nos pide sellos y yo le pregunto dónde podría conseguir cuadernos escolares.

Después de una buena ducha, comemos ricos pescado y pollo a la portuguesa. Bajamos al nuevo Panjim. Compro un libro de arquitectura popular india y un código de circulación con todas las señales.
Cansados, volvemos por el oscuro camino que Beni odia.

sábado, 8 de septiembre de 2012

llegamos a panjim





El francés también se levanta. Pliega la litera de arriba, en la que no ha dormido nadie,  se sienta cómodamente y me hace un hueco a su lado para que pueda dibujar. Las dos señoras siguen durmiendo. Pasamos más tiempo dentro de los túneles que fuera. El sol puede con la niebla durante el café con leche, iluminando los campos de arroz y las casitas rojas techadas en teja o paja (parecidas a los bohíos cubanos). Los caminos se curvan entre la hierba. En la estación de Kudal, un león melenudo lleva unas famosas chanclas. En Pernem salgo a estirar las piernas. En Thivin la estación está escavada en la roca. Atravesamos el puente metálico y, finalmente, entramos en Karmali.

Cogemos un rickshaw motorizado hasta Goa Velha, y allí un bus a Panjim, la capital del Estado de Goa. Vamos al Hotel República, muy bonito por fuera pero vacío, sucio y aburrido. Comemos en el restaurante del Hotel Venite, en el barrio viejo portugués (entre el Altinho y el arroyo Ourém). Busco los dibujos que Toña y Enrique hicieron en la pared. Comemos fritada de pescado, rica rica. Recorremos el barrio. Nos gusta Casa Afonso, regateamos en portugués y nos instalamos. 

Casas de colores con balconadas de madera, letreros en portugués, autos Palmini, vino y cerveza en los restaurantes, las tiendas de nuestra infancia (con caramelos en botes de cristal), niños jugando en la calle con pantalones cortos, iglesias enjalbegadas. Tomamos algo en el Venite. Fenylon, el camarero, me hace dibujarlo con su bandeja. Luego le insinúo que se estire en la sobremesa. Menos que el Buyo. Damos una vuelta por el río. Estoy a gusto, pero Beni está intranquila, no se relaja por la noche cuando caminamos bajo estas débiles bombillas amarillas. ¿Cómo acabar con esos fantasmas?

sábado, 5 de noviembre de 2011

panjim, panaji, pangim, nova goa








 Creo que soy tan despistado porque la mayoría de las veces no estoy en este mundo. Suelo pensar que vivo en alguna ciudad pequeña en la que he sido feliz. Siracusa, Veracruz, Arequipa, Santa Clara... con sus  pequeñas rutinas. Una de ellas es Panjim, la capital de Goa.

Panjim en nada se parece a la imagen que tenemos de la India. Es una ciudad de unos 60.000 habitantes, con clase media, un número alto de católicos, con un 80% de alfabetización y  rodeada de playas donde se beben cubatas en las tumbonas a lo Torremolinos 70 (en Calangute 06).  

 Se puede hablar con mucha gente en portugués y tiene un barrio latino con casas pequeñas pintadas de colores y techadas con tejas en calles empedradas.

Allí estuvimos viviendo una semana, en la pensión Afonso (de Luis Suoza), entre el Panjim Inn y la iglesia de San Sebastián. Un barrio muy agradable en el cruce del arroyo Ourém con el río Mandovi, donde está la playa de Miramar, frente a los restos de un barco oxidado y ruinoso.
 Tiene templos budistas e iglesias barrocas, y en el Museo del Estado de Goa, piezas budistas, hindúes y católicas. También buenos bares como el Viva Panjim y restaurantes guapos como el del Hotel Venite.

Tiene una estación de autobuses grande, desde donde desplazarse a las playas vecinas de Baga, Calangute, Candolim, Colva, Anjuna, Cavelossim o Pâlolem, o a la estación de Karmali, para coger el tren a Mumbai.

Es en el restaurante del Hotel Venite donde pienso que paso la sobremesa convenciendo a Fenylon de que nos invite a una copa, pues lo acabo de dibujar. Después nos iremos al mercado a ver cómo venden los animales vivos. Mañana pillaremos una casita de madera en Pâlolem para sentarnos en la playa y ver el mogollón de cosas que pasan en un día.