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sábado, 20 de junio de 2015

antiguas cervecerías de santiago de chile












Cervecería Germania: Augusto Gronemeyer fue dueño de la Cervecería y Fabrica de Malta a Vapor“Germania”, ubicada en la calle de la Purísima N°8, entre calles Estado y San Antonio, Santiago. Compraba y vendía Oblon (Lúpulo) de Baviera, corchos, azúcar, papel de plomo, maquinarias, cápsulas para botellas, malta, miel, cera y trigo. La fábrica funcionó a partir de 1884.

Fábrica Nacional de Cervezas: En 1888 fue fundada por el ciudadano Alemán Federico Horstmann, la fábrica que, bajo la razón social de Fábrica Nacional de Cervezas, funcionaba en calle Esperanza N° 126 (Casilla 5557), Santiago. Este negocio funcionaba al interior de su casa quinta, y estaba dedicado a la elaboración de Cervezas y Maltas.







Cervecería Alemana del Recreo: Teodoro Federico Werth, originario de Prusia, llega a Chile en 1870, estableciéndose en Santiago. Fue concuñado de Andrés Ebner, pues ambos se casaron con las hermanas Caroline y Elena Bielefeld. Ambas familias construyeron mausoleos gemelos aledaños en el cementerio general y mantuvieron contacto continuo hasta los años cincuenta.


Arancibia, Pedro


Berhoman y Joene


Bholmann, Adolfo  (1)

(Sucesor de Juan V. Koch)
Brandau, Guillermo (George)

(Padre de Juan y Valentín)
Brandau, Juan (Jhoann) (2)


Brandau, Valentin


Carbonell, Antonio


Carbonell, Benito


Ebner, Antonio (3)

(ex – Berhoman) (Hermano de Andrés)
Ebner, Juan (4)

(Hermano de Andrés)
Forster, Guillermo (5)


Gondeck, Alfonso (padre e hijo)

(Posteriormente fue Cerveza Palermo)
Gronemeyer, Augusto

Cervecería y Fabrica de Malta a vapor Germania
Horstmann, Federico 
1888
Fábrica Nacional de Cervezas
Menke, Carlos

Menke y cia.
Moreno, Vicente
1840

Passig, Cristobal (6)

(Padre de Enrique)
Passig, Enrique  (7)


Pohlenz, German   (8)

Cervecería Alemana
Remedi Hnos.  (9)


Schafer, Gustavo  (10)

Cerveza de la Corona
Shade, Alberto


Stockebrand, M. (11)

Cervecería Santa Isabel
Stumptner, Juan Santiago
1863
(Heredada por su viuda Aurora Ramírez)
Valdés Vicuña, Federico  (12)


Werth, Teodoro    (13)

Cervecería del Recreo



jueves, 19 de marzo de 2015

otra vez a santiago


Desayunamos mientras Lisa duerme. Cogemos un colectivo hasta el paradero trece y medio y enseguida un Pullman, el de los asientos duros, nos lleva a Santiago. Arreglamos los asuntos del avión en la calle Huérfanos, cruzando una calle Ahumada llena de gente y de terrazas de ejecutivos que miran descarados a la camarera jamona con las tetas levantadas que contrataron ad hoc. Se molestan cuando les hago una foto.

Vamos en metro a Plaza de Italia y nos adentramos en el barrio Bellavista, entre terrazas paseamos hasta la casa que Pablo Neruda hizo a su amor secreto Matilde Urrutia, con la que luego viviría los últimos años de su vida. Me pongo a dibujar los cacharritos que coleccionaba por amor a los objetos que rodearon su vida, y un guardia me chafa pidiéndome que lo deje. Termino de verla enfadado con la Fundación y con Neruda que los apartó del mundo para él solo ¿Por qué si en Internet pueden encontrarse cientos de fotos de sus casas?

Flipo con esa máquina que en el baño Matilde usaba para alimentar su presunción, pero especialmente con las fotos del velatorio de Neruda en el saloncito de la casa semidestruída y que ella organizó para que todos vieran el allanamiento de los militares de Pinocho. Para que vieran en qué habían convertido el país.

Subimos en el funicular, de principios del sigo XX, al cerro San Cristóbal con unas vistas espectaculares de todo Santiago, rodeado de montañas. Ya abajo, bebemos cerveza de oferta en una terraza. Algunos bares están colapsados de universitarios. Compramos algunos regalos en las tiendas de artesanos y nos vamos a casa de Gisela y Hugo.

El metro está tan lleno que tenemos que ir paseando. Luego, cenamos con ellos en una terraza de la avenida Bulnes, con el fresquito de una de sus fuentes y la agradable compañía de los perros callejeros que aquí alimentan con las sobras.

Paseamos de vuelta con las últimas palabras chilenas que el fresquito de la noche se lleva definitivamente po. A un perro sin movilidad, en las patas traseras, le han adaptado la estructura de un carrito de la compra, como una silla de ruedas, y va caminando con las de delante. Ya en la cama, empieza esa alarma que tortura al vecindario y que responde, según nos cuenta Hugo, a toda esa espantosa cultura que Pinocho y sus amigos de Chicago fueron posando en los chilenos.

miércoles, 18 de marzo de 2015

tres casas mirando al pacífico


Dormimos bien con las mantas a pesar del frío que hace por la noche. Cogemos el 101, que atraviesa Quilpué, Viña del Mar, su hermosa costanera llena de palmeras y, finalmente, el anfiteatro de colores que es Valparaíso. Paramos frente al Mercado del Cardonal, plagado de gente entre frutas y verduras, que rebosa las calles adyacentes y pillamos un bus en la terminal cercana, que nos lleva a Isla Negra.

Bajamos una calle de tierra hasta la casa de Pablo Neruda, en una costa impresionante llena de rocas grises que se tornan negras cuando el agua las moja. Es esta costa lo que más nos impresiona, pues la casa, en una primera vista, es un tanto hortera y caprichosa con esas ruedas por debajo y unas campanas en unos palos cruzados.

Resulta luego ser un laberinto curioso de madera lleno de colecciones y maravillosas vistas al Pacífico, que lo justifica todo y va conformando una idea de barco varado propio de alguien que ama el mar pero que no ha nacido en la costa. Más cónsul que poeta sufriente, aparece un Neruda tras la puerta de un armario mientras sus amigos se beben el fondo del mueble bar en vedreado de colores. Rincones para ser felices con las vistas de los rompientes entre camas y sillones de barco, copas en veladores de bistró parisino, mascarones de proa con una interacción poética, caprichosa y demás historias para contar. Como un tren, la casa se extiende de vagón en vagón en una estación costera.

Cuando trato de dibujar una colección de diablos alados, que me encanta (como esa de botellas de mujeres desnudas), tras una de las puertas, un segurata me lo impide y me indica que solo puedo dibujar desde fuera. Pero es en la calle, donde la casa nos entusiasma, ese jardín de alohes y demás plantas carnosas que tapizan las rocas de una bellísima costa. Justo, pienso, lo que Neruda y todos nosotros podemos llegar a amar.

En una parada que imita grotescamente alguna zona de la casa, un autobús nos lleva a Valparaíso. Donde vemos la casa estudio de otro glorioso chileno: el dibujante humorístico y caricaturista Lukas, en pleno cerro Concepción justo enfrente de la subida del ascensor de este nombre y que está averiado. Subimos las escaleras sin fin hasta este mirador coronado por una hermosa palmera canaria.

Sería de desear que, en vez de tanta fotocopia, pudiéramos ver más originales, pero lo que hay es muy bueno. Llama la atención el estudio del dibujante con unas vistas estupendas al puerto y que toda la planta baja la hayan convertido en un café.

En un colectivo angustiosamente veloz llegamos a La Sebastiana, casa de Pablo Neruda en Valparaíso, cerrada. Vemos el exterior, que sigue sus gustos marítimos, con formas curvas de paredes pintadas y grandes ventanales como cabinas de mando de un barco. Y, claro, hermosas vistas. Bajamos leyendo poemas de Lorca, hasta el Puro Café, un café con murales y muebles hermosos y cómodos, donde nos clavan.

Ya en casa de Bety, nos esperan con la barbacoa encendida, es una pila de lavar con una reja encima, con gruesos trozos de carne que Cristian vuelve. Bety se ha puesto sus mejores galas, con colores nerudianos, y han abierto una botella de Carmenérè para despedirnos. A la cena se añade su vecina Luz Marina, más Neruda en la cena. Comemos, reímos y brindamos con vasos transparentes. Y yo los dibujo sin trabas, para llevármelos conmigo.

domingo, 15 de marzo de 2015

por santiago voy, ligerito



Coches, colectivos, taxis, buses, metro con ruedas de goma. Partículas que se agarran a la nariz, a la garganta. Gente y gente por las peatonales de La Moneda. Ciegos tirando de los carrillos, puestos, puestos, puestos. Cantantes y carabineros, se acabó el carnaval, se acabó el general. Departamentos con albercas, limpiabotas con ofertas, el pito del ciego, los niños del rap, la bachata dominicana, tarjetas con cuotas, agua con sabor, tanto gótico que creí en el Socialismo infeliz se me está acabando la paciencia y sale jugo de la guitarra por La Alameda Allende saluda y los perros cojitos sin nadie a quien ladrar. 

Huesitos con mote, poleras del Ché con un puro en la boca y la ese de supermán y ponchos rayados bailando en las esquinas llenas de cajeros haciendo sonar las espuelas. Los fármacos de Alcobrand, los audífonos a un luca, una colección de pinos perfumados en el retrovisor del colectivo, pañuelos ecuatorianos, maníiii trequalllluca, un perro dormido bajo el quiosco de empanadas de queso en papeles amarillos, pendraialucaa, esculturas rayadas a lo selknam, helados en el semáforo, parejas sobre el césped, el ají ataca a punto sobre un franciscano aplaudido y una casa de torturas con nombres en los adoquines tranquilos que suenan a noria y a pesadilla jugando a las damas bajo un sol aterrador. Un sueño que se va en las cuotas cuando pisas el botón verde. Que se estruja en el metro donde las niñas cansadas de uniforme se duermen. Y ya no dejan el asiento a la viejita los jóvenes del selular.

Y usted ingeniero ¿dónde trabaja?

Unas gotas de café para el mendigo del Starbucks Company.

Entonces mi hermano Juan apoya su brazo sobre mi hombro y me dice que lo he hecho mal.
Rematadamente mal.


domingo, 8 de febrero de 2015

el museo precolombino y el galindo



Paseamos por la mañana por Alameda, el Palacio de la Moneda, hasta el Museo Chileno de Arte Precolombino, con impresionantes piezas americanas desde México a Tierra de Fuego. Tanta magia tienen estas representaciones que no paro de dibujar obnubilado. Las clavas, las botellas, las máscaras, los animales, ese hombre disfrazado de mono cuya boca está dentro de la otra, esos gorditos omeyas que parecen luchadores de sumo, las caras cuadradas, las telas, los nudos, las palas chamánicas para vomitar, los gorros de cuatro puntas, la fantasmagórica impresión en el sótano de las figuras gigantes de los altares y las tumbas mapuches.

Quedamos en la Catedral, como un túnel enormele. Paseamos por parques hasta Bellavista, lleno de terrazas de bares, restaurantes, cafés y puestos de ricos helados. En el Galindo nos comemos una parrillada de impresión con morcillas (prietas?), longaniza, pollo, cerdo y ternera con ese saborcillo a humo y ascuas tan rico, y regadas con la cerveza artesana de la casa. No resulta nada pesado y somos capaces de comernos un helado en la calle de seguido.

Nos duchamos en casa y hacemos las maletas. Cuando aparecemos en el salón, Hugo ya ha preparado unos bocadillos, ciruelas lemu y dos botellas de agua. Desde que vivo con Gisela me he convertido en una madre, me dice más o menos. Pero mi madre no me preparaba estos bocatas.

Esperamos en la estación de autobuses. Cuando llega el nuestro y montamos, flipamos con los asientos. Cuando empieza la peli de Tom Cruise ya nos quedamos fritos. Después alguna luz cautiva y la sombra de un bosque en algún lugar. Y vuelta a la UVI.

sábado, 7 de febrero de 2015

mercados, barrios, árboles, la herida nunca curada


Acompañamos a Hugo a la compra. Primero al Mercado Central a comprar pescado y luego a Tirso y la Vega (Chica y Grande), unidos por un puente de hierro lleno de vendedores. Señoras simpáticas te atienden con sus batas blancas custodiando enormes animales acuáticos, de los que sobresalen los congrios, y de ellos los colorados (sobre el dorado y el negro). Hugo escoge uno de ellos, que lo hacen rodajas. Yo compro dos pelotas de reglamento que un cartel llama erizos. El centro de la estructura metálica se ha convertidoen las terrazas de los restaurantes para guiris y en los pasillos laterales come el pueblo sobre los hules de las mesas. Nos llaman la atención esos mejillones gigantes y las machas. Hugo se frena entonces para contarnos la maravillosa historia de Juanito Ollas.

En la fábrica de cecinas La Continental, probamos el embutido de cabeza de chancho, bondiola y un delicioso jamón cocido. Hugo habla con el dueño en la caja, que nos cuenta que su padre era de un pueblito con iglesia y cuatro casas cerca de Vitoria.

En la Vega, entre olores a harina y maíz tostados, hierbas, carne y toda clase de frutas, Hugo nos enseña esa esquina compartida por la tienda El Rabino, a un lado, y El Palestino a otro. El primero tiene un rabino simplificado pintado a mano y el segundo entró en el mundo photoshop.

Tiendas llenas de colores muestran pimientos rojos, verdes, amarillos, blanquecinos, duraznos, frutillas, melones, arándanos, frambuesas, moras, aguacates, ciruelas lemu, piñas, paltas, pepinos, sandías alargadas... luego es una carrera de obstáculos entre las sillas de los pequeños comederos y señoras empeñadas en que comamos aunque aún sea temprano.

Compramos lo boletos a Puerto Montt en Tur Bus, pues tiene un bus cama que viaja por  la noche y contratan amas de cría de azafatas para taparte la barriguita cuando estás dormido. Mientras hacemos cola, rápida pues hay 18 ventanillas, dibujo a algunos chilenos buscando aquellas facciones que los convierte en tal.

Comemos en Brasil, un barrio lleno de graffiti, que aquí son auténticas obras de arte, en un bar popular. Una negrita simpática nos pone unos emparedados de churrasco italiano (tomate, aguacate y mayonesa) con una cerveza Austral, que en la etiqueta trae una foto de las Torres del Paine.

El Museo de la Memoria es un homenaje a las víctimas de la cruel dictadura de Pinochet. Un bloque diáfano forrado de un extraño material verdoso que deja pasar la luz. Dentro se suceden escenas estremecedoras, discursos emotivos, testimonios impactantes (especialmente de los torturados). Es difícil aguantar las lágrimas. También hay dibujos clandestinos de presos (dibujar era resistir) y de niños aterrorizados.

Al lado está la Quinta Normal, que es un parque nada normal de 36 hectáreas, fundado en 1842 como primer parque público de América, y tiene este nombre porque aquí se ubicaron las Escuelas Normales francesas de enseñanza agrícola, la Quinta Normal de Agricultura inaugurada por Bulnes. Tiene cinco museos, dos galerías y la biblioteca de la estación de metro Quinta Normal. Pero sobre todo tiene una superficie arbolada impresionante con legendarios plátanos, castaños de india, cedros, arces, araucarias y otros desconocidos para mí de los que guardo sus hojas.

Aquí nos vemos con Gisela, que nos guía por el barrio de Yungay, un barrio residencial popular de casas de principios del XX, bajas y hermosas que resistieron el terremoto y ahora se resisten a la modernización, pasajes ajardinados y murales preciosos en sus fachadas. Allí está el Chancho 6 (el doble seis del dominó), un bar barato y bonito con espectáculos los martes y la Barbería Francesa, a la que los empleados nos dejan pasar y escudriñar sin reparo.

Finalmente, Hugo nos prepara una cena legendaria con los erizos y el congrio. Gisela ha traído una muestra de panes (hallulla, coliza y marraqueta) y yo aporto una Austral, un vino sauvignon blanc y un tinto carménêre. El congrio es una auténtica exquisitez, no creo haber probado un pescado tan rico. Lleva ajo muy picadito frito y la gelatina que ha ido sudando. Los erizos en revuelto con huevos, pimientos rojos y nata son una pasada. No hablamos de otra cosa hasta que nos puede el sueño.

viernes, 6 de febrero de 2015

llegada a santiago



Llegamos a un aeropuerto vacío, cómodo, agradable. Paseamos por sus grandes pasillos y, aunque no facturamos, por delante de los mostradores. Preguntamos solo porque no hay colas y uno puede hablar con las uniformadas. Despacio llegamos hasta el aparcamiento de nuestro avión. Nos colocamos en los asientos, uno en la ventana y otro en el pasillo. Tememos por el llanto de los niños; pero qué va, dormimos casi de un tirón de la cena al desayuno. La bajada del avión atravesando los Andes hasta el valle de la ciudad es espectacular, con el volumen que da al relieve esa luz de la mañana. La migra es muy escrupulosa con la entrada de plantas y animales. Ni una nuez.

Nos sobra toda la ropa. Nos sentimos extraños ante un cambio de estación tan repentino. Hugo nos espera en la parada. Llevamos los trastos a su casa y paseamos por el centro. Emocionante el Palacio de la Moneda con la puerta reabierta donde Allende salió con el casco, el rio Mapocho, el Centro Cultural Gabriela Mistral disfrazando el búnker de la Junta, plazas, jardines y parques, Bellas Artes, las terrazas de Lastarria, la fuente alemana. Nos hemos quemado con el sol.

Comprobamos que Santiago no es más barato que Madrid. La cerveza más cara sin tapas y café expreso imposible. Comemos en un buen coreano y luego tomamos unas cervezas en una terraza agradable en un cuarto piso con Pablo y Vania que viven en una casita de madera rodeada de árboles en Valdivia.

Desde la terraza y detrás de los edificios iluminados, una luz blanca recorta la muralla de los Andes, que resulta ser una luna totalmente redonda rodeada de las espuma de las nubes. Alguien hizo fuego cerca de su chabola hecha de tablas encontradas. Mientras él cena no sabemos qué, nosotros cenamos charlando sobre las costumbres chilenas con el fresco de la noche. La gata nos extraña. Disfrutamos comiendo sandía tan fresquita a principios de febrero, a la fresca del verano.