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miércoles, 8 de agosto de 2012

folcloreando en edmonton

Si admitimos como histórico que los españoles, al llegar por primera vez a estas tierras, dijeron acá nada, debemos admitir también, bajo la misma lógica, que las chicas no son para tirar cohetes, que simplemente son de Edmontón.
Desayuno en el hotel. Huevos mirando al cielo con bacon crujiente y white toast, café aguado con crema de leche concentrada y orange juice. Vistas chulas a la bajada del río y el bosque que lo rodea.

Cambiamos los planes y, en vez de ir en coche alquilado hasta Calgary y subir Las Rocosas por la línea de los lagos, compramos un billete económico en nuestro querido tren panorámico hasta Jasper para entrar en las grandes montañas bajo su cúpula acristalada. Sale mañana a las 10,00 y llega a las 15,50.

Echamos la tarde en el Edmonton Folk Festival. Muy mal preparados, como siempre. Todo el mundo lleva su manta, que pone sobre el césped de este auditorio natural (aprovechando el desnivel hacia el río). Nos parece exagerado; pero, cuando empieza a anochecer, hace un relente para tiritar y lo entendemos todo.  Disfrutamos con: Roy Forbes, un cantante muy popular de Vancouver, las danzas indias de Chester Kinight & The Wind, la cantante húngara Márta Sebestyén y su grupo Muzsikás, que también bailan, Buckwheat Zydeco, el acordeonista estadounidense con su potente banda haciendo gospel, el reggae de los jamaicanos Toots & The Maytals, algunos cantantes country de Edmontón y Winnipeg entre grupo y grupo, y el gran Billy Bragg presentando su último disco de canciones de Woody Guthrie acompañado por Wilco, una verdadera maravilla.
Finalmente, nos vamos tiritando y volvemos al hotel con la cabeza llena de música. No he llevado mi cuaderno, así que hoy no hay dibujos.

martes, 7 de agosto de 2012

llegamos a edmonton


Atravesamos Saskatchewan por la noche y despertamos en las praderas. Verde relajante, llano. Agua y grandes silos. Granjas, vacas. Los silos de Viking (llamado así en honor a los escandinavos que vinieron en las primeros años de 1900), tierra de búfalos, camino de Edmonton, nuestra próxima parada. Iglesias ortodoxas con las torres terminadas en forma de pera. Desayunamos con una pareja preocupados por lo caro que puede resultar Canadá. Él es estadounidense y su mujer alemana. Ella tiene la nariz respingona y hace extraños esquemas en un cuaderno y él me parece un ligón. Ahora se curra a una pelirroja, y en el comedor, a Ana. Nos cuenta que estuvo en el 61 en España, dos veces en México y otra en Ecuador, y que le gustan los toros, a los que llama bulls.

A las ocho, pasamos por Viking. Volvemos a adelantar una hora el reloj. Más silos en Holden (500 hab.). Parada inesperada en Tofield (900 hab.). Una ambulancia se lleva a algún pasajero. Y, por fin, Edmonton, atravesando N. Saskatchewan River, la capital de Alberta, de 616.000 habitantes. Es una ciudad muy extendida con rascapisos sólo en el centro comercial. Rodeada de árboles y pastos que usan para jugar al golf. Aprovechando el desnivel del valle, en su césped también se celebra estos días el Festival de Folk, junto al Moutard Conservatory, donde tres grandes pirámides de cristal albergan vegetación de las zonas desérticas, tropicales y templadas. En el Museo Provincial, nos enseñan la historia y costumbres de los indios (que ahora forman parte de su pasado) y los bichos de Alberta, entre los que hay algunos insectos vivos bastante desagradables. Comemos en el puente de hierro, un viejo granero que han destrozado con la decoración. Luminoso y agradable. Potaje de verduras superpicante y una birra grasshöpper, bocadillos calientes de pan ácimo y frutas en almíbar. Buen café expreso con música caribeña, que parece la tónica.


La gente se hace comprender, nada arisca, agradable. Una abuela nos recomienda algunos sitios para ver y nos explica que el boleto del autobús sirve para una hora y media, sean cuales sean las conexiones que se hagan. Mucha gente habla español con nosotros: clientes de un restaurante mexicano, un chileno que nos oye hablar por la calle, un camarero, el hijo de un japonés que ha aprendido unas palabras en el cole y un gordito que dice conocer a Severiano Ballesteros.

Hemos pillado una habitación triple barata en el Econo Lodge Downtown, donde nos echamos una siesta que paqué. Por la noche paseamos por la 82 St. Entre la 102 y la 105. Es un trozo de calle lleno de bares de copas que cierran tarde. Mucho mogollón de gente joven que nos quita el muermo de la siesta. Superpintas de cerveza para coger el punto por 400 pesetas. El taxista es un keniata simpático. Lleva 15 años sin ir por su tierra. Mueve las manos y los brazos al hablar sin apenas tocar el volante, con una mirada alegre y afilada. El hotel parece un putiferio. Bueno, simplemente es un hotel barato.