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viernes, 4 de mayo de 2018

expo abrantes: cuadernos americanos






Para todos aquellos que no han podido ver la exposición en Abrantes sobre mis cuadernos de viajes, les acercaré en el blog el material expuesto, a excepción, claro, de los cuadernos reales. Muy agradecido a todos los que la han hecho posible, especialmente a la Biblioteca Pública de Abrantes, a la Delegaçâo do Centro da Ordem dos Arquitetos Secçâo Regional do Sul, a Francisco Lopes y a Eduardo Salavisa.
 

domingo, 14 de julio de 2013

derechos guaraníes pisoteados


Las familias indígenas en Paraguay han estado viviendo precariamente el al lado de una carretera en la región del Chaco de Paraguay y a cierta distancia durante más de 20 años, desde que un ganadero alemán y el Estado paraguayo les patearon ilegalmente hasta sacarlos de sus tierras ancestrales. El fallo de la Corte Interamericana de Derechos 2006 hizo al Estado paraguayo responsable de devolver aproximadamente 14.000 hectáreas a la comunidad Sawhoyamaxa, una pequeña fracción de sus territorios originales. Después de perseguir por todos los medios legales posibles, e incluso el bloqueo de la carretera en señal de protesta en vano, la comunidad decidió en marzo de 2013 tomar el asunto en sus propias manos y volver a ocupar sus tierras.

domingo, 3 de marzo de 2013

de asunción a puerto iguazú


Nos despertamos en otra ciudad. La plaza está llena de gente con su termo de tereré y el día está nublado, lluvioso. El tráfico circula y la gente ha dejado los trapillos de andar tirados el domingo por camisas y vaqueros. Salgo a cambiar, las tiendas están abiertas, el Museo del Ferrocarril (me cuenta el
portero que ahora no existe el servicio del vapor al lago, porque resién están reconstrusendo un puente). En las calles han crecido tiendas con dependientas y público. Veo una bonita de artesanía de los indios que lleva una abuelita, tené unas máscaras lindas de animales: tigres, cacatúas, lechuzas, papagayos, monos de madera de balsa con colores fuertes. El Museo de Bellas Artes. Compro guaraníes y luego me voy a desayunar con Beni. La convenzo para dar una vuelta y así cambiar su imagen de Asunción. Vamos al Museo de Bellas Artes, que consiste en un cuarto con unos treinta óleos de pintores paraguayos del siglo XX. Nos encienden la luz de uno en uno pues no está ventilado y hace mucho calor.




Colectivo hasta Ciudad del Este. En resumen: todo el trayecto, de oeste a este del Paraguay, es selva, que en algún trozo han comido para pasto o cultivo. Casi toda la carretera tiene casas a ambos lados que constituyen núcleos de población, dejando unas franjas de 50 metros desde las casas a la carretera, donde hay jardines, árboles de sombra con algún banco debajo, pasto con vacas, marquesinas rústicas de madera, las terrazas de los bares o paradores, hombres montando a caballo, carros tirados por mulas, alguna iglesia pequeñita que se ha saltado las normas o una gomera de madera (para arreglar pinchazos). De la fila de casas con cerca para allá, todo parece selva o alguna plantación comida a la selva. El bus es magnífico: un microbús de lujo con aire acondicionado, semicamas nuevas y un piloto que le aprieta mientras toma tereré y habla por teléfono con los amigos. Un lujazo.

Llegamos enseguida a Ciudad del Este, y decidimos coger el bus hasta Puerto Iguazú, que es la población más cercana de Argentina para ir a las Cataratas, ya que la gente comenta que desde aquí se ven mucho mejor y es más bonito el paisaje. El bus es uno urbano que tarda mucho en aparecer. Pasa la frontera a toda leche, Brasil y Argentina. En Argentina nos sellan los pasaportes para sesenta días. Cuando trato de sacar pesos, el bus casi se me va si no es por Beni y Antonio, un pintor que vive en un pueblo de Toledo cerca de Navalcarnero.

Antonio está casado con una paraguaya, Gloria, y tienen un hijo que se llama Antoñito. Tiene los brazos y las piernas llenas de heridas de picaduras de mosquitos, algunas muy feas. Nunca ha salido de viaje y da gusto verlo alucinar con cualquier cosa. Les ayudamos a subir al carro, y nos presentamos en la espera. Luego pedimos información juntos y buscamos hotel al llegar a Puerto Iguazú. Nos marean un poco pero al final encontramos una casita preciosa con porche, habitación chulísima con mosquiteras, aire acondicionado, techo de madera, suelo de cemento pulido y baño privado; el mejor hotel hasta ahora, sin duda. Son varias casitas con un jardín común y la nuestra es la mayor, con un gran porche. Descansamos, nos duchamos y cenamos bife a la brasa delicioso ¡Qué bien lo hacen aquí en Argentina! Con papas y tomate con orégano y un litro de Quilmes. Ahora sólo queda una maravillosa cama fresquita.

sábado, 2 de marzo de 2013

de formosa a asunción






Finalmente ayer cenamos en el puerto, a la fresca, viendo como los sapos se cenaban a los mosquitos pero no se atrevían con los grillos, que se quedaban inmóviles, bajo una potente sinfonía de sonidos animales.
Despertamos cuando el sol ya pica. La habitación es un cocedero de mancheguitos y me salgo al patio. El suelo es de mosaico rojo exactamente igual al de la huerta. Hay algunas plantas grasas que no he visto en mi vida. Un bus para la terminal. Allí esperamos en una terraza bebiendo coca cola. Niños pidiendo y vendiendo ajos, pastas. Perros sin dueño por todas partes, tumbados a la sombra, entre la gente.

Bus semicama y aire acondicionado, cómodo. En la ventana palmerales y selva comida a trozos, extensiones quemadas al bosque para pasto o cultivo, lamentables palmeras secas con los troncos negros. Trozos conseguidos sin un solo árbol. Paso fronterizo San Ignacio de Loyola. Caramelos, chupetines, mentaflú, dulce de maní. Todos abajo. Cola argentina, cola paraguaya. Cambio sesenta dólares a 4.500 guaraníes el dólar. Con una moneda de tan poco valor no hay quien calcule el gasto, todo cuesta muchos ceros. Indias vendiendo artesanía, la nariz ancha y aplastada, menos pómulos, la cabeza más redonda, el pelo suelto y negro, los ojos grandes.

El río Paraguay, grande. Subimos una cuesta para coger el puente. Kilómetros de arrabales. Melón pelón, Oasis Melisa, rayos x, hablá inglés, viví tus sueños, parabrisas La Moderna, Centro Cristiano,
baldosería. La Terminal, follón, cuidado. El taxi pide 35.000, mientras tranquilo se echa su mate. Muy caro le digo mientras veo los colectivos. Ferretería El Gordo, extintores Bomberito. Calles con
chalets caros, con piscinas y 4x4 en el porche, todos con jardín. Por fin la Estación Central de Ferrocarril, Eloy Ayala 609, Hotel Plaza.

Santa María de la Asunción nació como fuerte en 1537, levantado por Juan de Salazar en una bahía con aborígenes amigos, en su búsqueda de Juan de Ayolas. Es una ciudad muy extensa y con mucho verde, como si hubieran colocado las casas entre los árboles de la selva. En ella vive el 30% de la población paraguaya. Desde el puente podemos haber recorrido unos quince kilómetros. Resulta difícil entender una capital así. Sólo el llamado microcentro, donde estamos, tiene el aspecto de una ciudad normal, y aún así tiene muchas zonas verdes que despistan nuestra mente cuadriculada. El hotel es antiguo, bonito y rancio. El ascensor es de madera, los suelos de mosaico, cemento hidráulico en damero, las puertas de madera oscura. Cada piso tiene una salita común con una pared de piedra, chimenea y muebles de los cincuenta. Parece cogido de uno de aquellos libros que rondaban por casa para hacerse uno su propio chalet. Parece que un estupendo estilista ¡la hubiera recreado cuarenta y siete años después!

Salgo a inspeccionar mientras Beni descansa. La plaza llena de gente tirada. La Estación Central de Ferrocarril está abandonada, algunos chavales han metido el coche y charlan subidos a un antiguo vagón de madera. Abajo está el río, la Bahía de Asunción, subo en dirección contraria. Basura, casas destrozadas, sin gente, algún quiosco ambulante. Todo dejado de la mano de Dios y del Estado. Pregunto por la Catedral Metropolitana. Cinco y cinco cuadras. La Plaza de los Héroes, la calle principal, cafetines, terrazas, el bar Lido. Me siento en la terraza del Lido y dibujo el Panteón y los edificios anexos. Me bebo una Brahma bien fría (aquí la ponen dentro de un cubo con hielo) y un pastel de carne caliente con huevo cocido muy rico. Se acerca Daniela, un chica de unos ocho años, vendedora de chicles. Inocente me explica lo que he dibujado: Estos carros son aquellos ¿viste? Y aquellos árboles, estos. Al lado un poli toma nota o denuncia a un chavalín que vende mate en un gran termo. Se me hace tarde, voy a por Beni.

Vemos la catedral, normalita, colonial, encalada, fresca. Cenamos vienesa (la carne y las papas mucho peor que en Argentina) y una ensalada de palmitos con tomate. Al salir otra vez la ola de calor (35º de noche y con brisa del río, es espantoso). Paseamos por las calle principal viendo edificios bonitos modernistas, pero sobre todo afrancesados. Al volver a nuestra plaza, la Plaza Uruguaya, los soportales de la Estación están plagados de jovencitos y chavalillas con camisetas negra, aros en las orejas y la nariz.
Vamos al café literario. Se llama así porque hay libros que puedes leer mientras bebes un zumo de limón por 10.000 guaraníes.