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martes, 29 de mayo de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
suzhou (苏州) y el templo del buda de jade
Coger el tren es una auténtica experiencia. Imito el sonido del tren al taxista, con sus blancos guantes, detrás del metacrilato, para que se haga una ligera idea del destino (se sonríe, supongo porque mi tren pita con vapor). La sala de espera de la terminal 702 es un cubo gigante lleno de cientos de asiáticos pequeños. Más de cincuenta filas de asientos. Máquinas para recargar las baterías de los móviles. Canas barbas por los suelos. Un pobre espíritu sonríe ante la poli, que le da una patada en el culo. Toda la sala se ríe. Esperamos a que toda esta gente baje a codazos y, luego, bajamos tranquilamente una escalera mecánica hasta el andén, donde un tren larguísimo de dos pisos y color azul celeste rancio espera. La gente come pipas y pequeños huevos. Dejan las cáscaras en una bandeja de aluminio, ya llena. Los cristales están tan sucios que apenas se ve nada. Las azafatas venden palillos, té y periódicos. Cuando suena Suzhou por megafonía, recogen las bandejas. De golpe, todo el mundo se levanta. Esperamos que se vayan y, después, bajamos nosotros.
Suzhou es una ciudad no demasiado grande, antigua y rebonita. Está en el delta del Yangze, a la orilla del lago Tai y en pleno Gran Canal. Todo agua, canales, arroyos. Sus jardines han sido declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Visitamos la Pagoda Norte y descansamos de tanto escalón en su jardín. Los jardines combinan arquitectura clásica, formaciones rocosas extrañas, plantas y agua de una forma equilibrada, serena. Paseamos por más jardines como el del Maestro de las Redes. Hay muchas excursiones de obreros con el mono azul, estamos en las vacaciones del uno de mayo.
En la estación pillamos un microbús de vuelta por 100Y los dos. Falta un asiento, le ponen un transportín a Beni, rápido se queda frita. En 45 minutos hemos llegado. Le digo que pare, estamos cerca del Templo del Buda de Jade.
Caminamos hasta casa. Dos bicis chocan. Una chica ha dado giro brusco para no pillar una pequeña tortuga. Mientras Beni descansa, compro los billetes para Nanjing. En el parque, los niños hacen pompas de jabón. Los mayores lanzan cometas con formas extravagantes. Subimos a la cafetería del edificio de Samsung para cenar con vistas a la ciudad iluminada en la noche.
viernes, 4 de mayo de 2012
la vieja ciudad y la ópera antigua
Salimos tardísimo. Atravesamos una colonia de casas bajas de ladrillos a dos aguas, con chimeneas a la inglesa. Callejuelas pequeñas donde sólo entran las bicicletas. Gente en pijama juega a una especie de dominó alrededor de una mesa.
La residencia de Sun Yat Sen, de los años treinta, es simple y bonita, con mucha madera y chimeneas. Librerías acristaladas albergan fotos de los cantos de los libros originales. También subimos al edificio de la sede del I Congreso Nacional del PCC. Y, al fin, la Ciudad Antigua, nuestra idea arraigada de la China milenaria. Edificios de madera con tejados de teja negra del revés con la terminación de sus aristas en una curva ascendente, donde corretean distintos animales. Mucha gente. El árbol de los deseos, en cuyas ramas enroscan una cinta roja atada a una moneda con agujero cuadrado en el centro. Canales con puentes en zigzag que llegan a un estanque, en cuyo centro hay una pagoda con perros en las aristas de los tejados. Es un salón de té, donde nos acomodamos. Hay tes de todo tipo de flores. Nos recomiendan de jazmín y crisantemo, el primero mucho más sabroso. Las teteras de cristal llevan la flor dentro con agua , que un señor va rellenando. También ponen unas tapas: huevos medianos cocidos con sal y alguna hierba, una hoja verde rellena y caramelos como aceitunas pasas con un hueso dulce.
Paseamos hasta el río, y luego por el paseo fluvial hasta El Bund. Al otro lado, Huangpu, lleno de rascacielos, entre los que sobresalen el pirulí, con luces de colores intermitentes, y otro con una pantalla gigante que se pierde entre las nubes. Abajo hay mucha gente repartida entre los pequeños restaurantes. Muchos quieren fotografiarse con nosotros, somos raros. Nos cogen del hombro y todos sonreímos. Mientras todos hacen fotos, un mendigo tumbado en el suelo bajo la lluvia acerca un cazoleta completamente vacía. Nos metemos en un japo y nos pedimos la superbandeja de sushis y makis con unas cervezas, que nos cuesta unos nueve euros. La infusión sabe a café, pero no hay azúcar que la arregle. Subimos Beijing y cogemos un bus por un yuang.
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| La ópera actual es una loa apologética de la Revolución. Una epopeya cargante con regusto naïf. |
jueves, 3 de mayo de 2012
shanghai (上海) impone
Aún no nos hemos acostado de la excitación por lo nuevo. Recorremos las calles céntricas de la ciudad, el Parque del Pueblo -antiguo hipódromo-, la calles Beijing -capital del norte, Pekín para nosotros- y Nanjing -capital del sur- hasta El Bund, en Huangpu Jiang, pasando por el Hotel de la Paz, los antiguos Almacenes Nº10 y viejos rascacielos. La ciudad está viva, en construcción, reluce por la noche. Crecen rascacielos entre calles viejas, destartaladas y llenas de cosas, como en las pelis en blanco y negro, viejos hoteles y edificios coloniales. Una imagen arquitectónica del Capitalismo arrasando la Revolución. Pareciera que los pobres se hacen ricos, pero lo que sucede es que los ricos echan a los pobres de sus casas. Los arquitectos acaban con la arquitectura popular. ¡Toma hierro y cristal! Desde la ventana del apartamento, los rascacielos iluminados parecen listos para despegar. Dormimos bajo shock.
Por la mañana Shanghai está limpia y no parece demasiado ruidosa. Circulan pocos coches. Taxis con colores pastel metalizados y una banda roja en el cristal. Muchas bicicletas y motocicletas. No paro de hacer fotos a esa caligrafía pintada por las paredes. Delatan el carácter del que pinta, me pone. Vemos el Museo de Arte, en el antiguo edificio del Hipódromo, del que hay fotos en las paredes de la cafetería, que también es Museo del Café y Té (en el vestíbulo). Caen unos tes de manzana y huevos con beicon. Beni se duerme mientras la dibujo.
Parque, mercado de ropa, especias, bichos, animales de todo tipo, piedras de jade, bonsais y medicina natural. Una señora se resiste a que la pinchen. Frutas, antigüedades y unos peces rojos que saltan de una pecera a otra.
Aquí están en la semana de vaciones del 1 de mayo. Hay mucha gente, pero sin aglomeraciones. No hay turistas occidentales. Se está en la gloria. Cuando dudas o pones cara de perdido, llegan un montón de chinos a ayudar y, entre todos, tratan de indicarnos.
Cenamos en el mirador circular de cristal de Nanjing. Las camareras se desesperan porque no nos entienden. La jefa nos trae una carta en inglés. Los platos son descomunales.
Persistentes los mendigos, sobre todo las mujeres. Limpian las calles con detergente. Los supermercados son muy baratos. Beni pasea tranquila a las dos de la mañana. El apartamento está en una zona residencial muy céntrica, con pequeñas calles con árboles. En la tele el Valencia gana al Betis. Dormimos con el gato dorado levantando el puño, setas, carne y pescado secos, leones y tigres, bicicletas, la bandera roja con sus estrellas amarillas.
miércoles, 2 de mayo de 2012
viaje al país que está en el centro del mundo
Le propongo a Beni seguir a un grupo de chinos cuando lleguemos a Helsinki, seguro que cogen el avión para Shanghai. Nos ponen la tele para ver el despegue desde una cámara en la cola del avión, mola. Cuando nos elevamos nos ponen lo que se ve desde la parte inferior del avión. Hasta que las nubes nos tapan la vista. Bebo una cerveza finlandesa llamada Koff. La palabra inglesa tea es dialecto chino de Xiamen. Bebo Valdés cuenta que cuando llegó de La Habana a Madrid, la gente tomaba el fresco en la calle y las verbenas eran la versión española de los cabarets. ¿Por qué ha desaparecido todo esto, por qué se ha dejado que el tráfico destruya la vida de Madrid? Se baja el monitor y vemos en directo nuestro propio aterrizaje!
De Estocolmo a Helsinki. Atravesamos el Mar Báltico y sus miles de islas. Son sólo cuarenta minutos. Entramos en un avión inmenso medio vacío. Beni se tumba y me usa de almohada. Tsingtao beer con una peli china. Los chinos están chalados por el juego y las apuestas. Apuestan en peleas de grillos (muy populares) y los dados. Consideran estúpido el parloteo, el blablablá.
Compramos en el aeropuerto 380 yuans por 50 euros. Nos ofrecen taxis. Esto es un poco complicado al principio, mejor hacer cola. Ya en el nuestro y separados del conductor por un metacrilato, le doy mi nin hao y le paso el móvil, en el otro lado está Nieves, la compa de Javi en Pekín. Ella es nuestra salvación, habla chino y español. Sin este contacto, Beni jamás se hubiera atrevido a venir. Le da su dirección al taxista y nos lleva a toda leche, adelantando a todos por la autopista, sin importarle la línea continua.
Nos presentamos a Nieves, nos ofrece un té. Tiene un piso grande, con tarima de madera y muebles antiguos. Su marido es periodista, lleva aquí nueve años. Habla chino e inglés. Su hijo acaba de ponerse a andar. Se llama Luis. Ella ha pedido una excedencia para disfrutar de su hijo. Apenas si ve a su marido, así que nos lleva a un apartamento estupendo, con jardín, intenta dejarnos un teléfono liberado con tarjeta china y nos da las llaves. Alucinamos con la marea de motos, con este caos. Con los rascacielos super luminosos que encienden el cielo de Shanghai.
Para este viaje traigo un cuaderno chino, de esos como un acordeón que empiezan por el final. Se lo compré al maestro de escritura china que hay en la plaza de los cines Luna, de Madrid. También una cajita de acuarelas y una pluma caligráfica Parker.
De Estocolmo a Helsinki. Atravesamos el Mar Báltico y sus miles de islas. Son sólo cuarenta minutos. Entramos en un avión inmenso medio vacío. Beni se tumba y me usa de almohada. Tsingtao beer con una peli china. Los chinos están chalados por el juego y las apuestas. Apuestan en peleas de grillos (muy populares) y los dados. Consideran estúpido el parloteo, el blablablá.
Compramos en el aeropuerto 380 yuans por 50 euros. Nos ofrecen taxis. Esto es un poco complicado al principio, mejor hacer cola. Ya en el nuestro y separados del conductor por un metacrilato, le doy mi nin hao y le paso el móvil, en el otro lado está Nieves, la compa de Javi en Pekín. Ella es nuestra salvación, habla chino y español. Sin este contacto, Beni jamás se hubiera atrevido a venir. Le da su dirección al taxista y nos lleva a toda leche, adelantando a todos por la autopista, sin importarle la línea continua.
Nos presentamos a Nieves, nos ofrece un té. Tiene un piso grande, con tarima de madera y muebles antiguos. Su marido es periodista, lleva aquí nueve años. Habla chino e inglés. Su hijo acaba de ponerse a andar. Se llama Luis. Ella ha pedido una excedencia para disfrutar de su hijo. Apenas si ve a su marido, así que nos lleva a un apartamento estupendo, con jardín, intenta dejarnos un teléfono liberado con tarjeta china y nos da las llaves. Alucinamos con la marea de motos, con este caos. Con los rascacielos super luminosos que encienden el cielo de Shanghai.
Para este viaje traigo un cuaderno chino, de esos como un acordeón que empiezan por el final. Se lo compré al maestro de escritura china que hay en la plaza de los cines Luna, de Madrid. También una cajita de acuarelas y una pluma caligráfica Parker.
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