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sábado, 1 de julio de 2017

el museo salesiano de punta arenas



En el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello de Punta Arenas pueden verse los mapas, fotos y filmaciones del padre Alberto María Agostini, junto a objetos de los indios fueguinos y las colecciones de flora y fauna del coadjutor Ángel Renové. Yo hice los dibujos que aparecen arriba.

Chatwin cuenta así su visita:

Los padres salesianos de Punta Arenas tenían un museo más importante que el de Río Grande. Lo que se llevaba el galardón era una vitrina que contenía la foto de un joven sacerdote italiano de expresión intolerante, la piel curtida de una nutria marina y la descripción de cómo ambos se habían reunido:

El 9 de septiembre de 1889, tres alakalufs de los canales visitaron al padre Pistone y le ofrecieron la piel de nutria marina que ahora se conserva en el museo. Mientras el padre la examinaba, un indio blandió un machete y le asestó un golpe tremendo en la parte izquierda de la mandíbula. Los otros dos se abalanzaron inmediatamente sobre él. El padre forcejeó con estos ejemplares de "Homosilvestris", pero su herida era grave. falleció al cabo de varios días de agonía.
Los asesinos habían vivido siete meses en la misión, donde los salesianos los habían amado y cuidado como si fueran hijos adoptivos. Pero el atavismo, la ambición y los celos los impulsaron al crimen. Una vez perpetrado el hecho, huyeron. Algún tiempo después volvieron y, en contacto con Nuestra Religión se civilizaron y se convirtieron en buenos cristianos.  

En unas vitrinas de caoba se alzaban las efigies de los indios. confeccionadas con yeso pintado y de tamaño natural. El escultor les había adjudicado facciones simiescas que contrastaban con la almibarada serenidad de la Virgen de la capilla de la misión situada en la isla Dawson. Los más tristes entre todos los objetos exhibidos eran dos ejercicios escolares asentados en sendos cuadernos y las fotografías de los niños de aspecto espabilado que los habían escrito:


EL SALVADOR ESTUVO EN ESTE LUGAR Y YO NO LO SABÍA

CON EL SUDOR DE TU FRENTE TE GANARÁS EL PAN QUE COMES


De modo que los salesianos habían captado la importancia del versículo 3:19 del Génesis. La Edad de Oro termina cuando los hombres dejaban de cazar, se instalaron en viviendas fijas e iniciaban la rutina cotidiana.

Bruce Chatwin En la Patagonia, 1977. Traducida del inglés por Eduardo Goligorsky en 1987. Ediciones Península 2016.



El pequeño José le presentó al padre Pistone una hermosa piel de nutria. Era la señal del ataque. Antonio y Jacinto cogieron fuertemente al sacerdote de los brazos, mientras Francisco, con un gran cuchillo, intentó degollarlo; el misionero logró esquivar el golpe recibiendo una larga herida que le cruzó la cara hasta el mentón y cuya cicatriz conservó hasta su muerte, acaecida en Valparaíso. 20 años más tarde.
El indio Miguel, por su parte, quiso decapitar al hermano Silvestro, quien logró desviar la cabeza, recibiendo una gracísima herida en un hombro; se desplomó y se hizo el muerto. El P. Pistone, con un fuerte sacudón, logró desasirse de los dos que le sujetaban y echó a correr hacia el bosque vecino, siendo perseguido por los salvajes. Silvestro aprovechó la coyuntura para entrar a la casa y, por una ventana, disparó dos tiros de rifle "Gras", que en el contorno de la bahía sonaron como un cañonazo que asustó enormemente a los indígenas, que tenían por las armas de fuego un verdadero pánico; los salvajes huyeron despavoridos dejando de perseguir al P. Pistone. Éste, al oir los disparos, vio que Silvestro estaba herido y volvió sobre sus pasos. Se curaron el uno al otro las heridas y se dispusieron a pasar la noche vigilando alternadamente mientras esperaban, con temor, la reaparición de los indígenas. (Doce días después muere el hermano coadjutor Juan B. Silvestro).


Narración del Padre Luis Camino, luego director de la misión varios años, recogida en La misión salesiana en Isla Dawson (1889-1911) de Fernando Aliaga Rojas. Editorial Don Bosco. Santiago de Chile 2000. Página 34.

martes, 27 de junio de 2017

el chancho colorado




En la década de los 1890, una versión grosera de la teoría de Darwin, que antes había germinado en la Patagonia, volvió a ésta y pareció alentar las cacerías de indios. El lema "la supervivencia de los más aptos", un winchester y una canana hicieron arraigar en algunos cuerpos europeos la ilusión de que eran superiores a los cuerpos mucho más aptos de los nativos.

Los onas de Tierra de Fuego habían cazado guanacos desde que Kaux, su antepasado, había dividido la isla en treinta y nueve territorios, uno para cada familia. Las familias reñían, es cierto, pero casi siempre por cuestiones de mujeres: no se les ocurría expandir sus fronteras.

Entonces los blancos llegaron con un nuevo guanaco, la oveja, y una nueva frontera, el alambre de espino. Al principio los indios paladearon el sabor del cordero asado, pero pronto aprendieron a temer al guanaco más grande, de color marrón, y a su jinete, que escupía muerte invisible.

Los robos de ovinos que practicaban los onas amenazaban los dividendos de las compañías (en Buenos Aires, el explorador Julius Popper habló de sus "alarmantes tendencias comunistas"), y la solución aceptada consistió en reunirlos y civilizarlos en la misión... donde morían por el uso de ropa infectada y víctimas de la desesperación del cautiverio. Pero Alexander Mac Lennan aborrecía la tortura lenta: ésta ofendía su espíritu deportivo.

En su juventud, Mac Lennan había trocado las pizarras húmedas de Escocia por los horizontes ilimitados del Imperio Británico. Se había convertido en un hombre robusto, con facciones chatas enrojecidas por el whisky y los trópicos, cabello rojo claro y ojos que despedían destellos azules y verdes. Fue sargento del ejército de Kitchener en Omdurman. Vio dos Nilos, una tumba abovedada, chilabas remendadas y a los "cabezas lanudas", hombres del desierto que untaban su pelo con grasa de cabra y que se tumbaban en el suelo bajo las cargas de caballería y despanzurraban a los caballos con cuchillos cortos de hoja curva. Quizás ya entonces se dio cuenta de que los salvajes nómadas son indomables.

Dejó el ejército y lo reclutaron los representantes de José Menéndez. Sus métodos fueron eficaces donde los de su predecesor habían fallado. Sus perros, caballos y peones lo adoraban. No se contaba entre los administradores  de estancias que ofrecían una libra esterlina por cada oreja de indio: él prefería ocuparse personalmente de la matanza. No le gustaba ver sufrir a los animales.

En los campamentos de los onas no faltaban los traidores. Un día, uno de éstos, que estaba resentido con su congéneres, le informó de que un grupo de indios se dirigía hacia la colonia de focas del cabo Peñas, al sur de Rio Grande. El Cerdo Rojo y sus hombres vieron desde los acantilados cómo la playa se saturaba de sangre y cómo la marea creciente obligaba a los indios a colocarse a tiro. Ese día mataron por lo menos a catorce.

-Es un acto humanitario, exclamó el Cerdo Rojo, si uno tiene cojones para ejecutarlo.


Pero los onas contaban con un arquero veloz e intrépido llamado Täpelt, quien se especializaba en liquidar asesinos blancos con fría justicia selectiva. Täpelt rastreó al Cerdo Rojo y un día lo encontró cazando hombres junto con el jefe de la policía local. Una flecha atravesó el cuello del policía. La otra se hincó en el hombro del escocés, pero éste se recuperó e hizo montar la punta de flecha en un alfiler de corbata.

El Cerdo Rojo encontró su castigo en el alcohol de su propio país. La familia Menéndez lo despidió porque estaba borracho día y noche.Él y su esposa Bertha se recluyeron en una cabaña de Punta Arenas. Murió de "delirium tremens" cuando promediaba la cuarentena.

Bruce Chatwin, En la Patagonia. Ediciones Península, 2016. Traducido del inglés por Eduardo Goligorsky en 1987.





Cuando los Selk'nam empiezan a atacar a las ovejas, José Menéndez da la orden de acabar con ellos. Lo hacen primero disparándoles directamente para exterminarlos, y con las mujeres y niños se produce una cacería. Los van cazando para después ofrecerlos en plazas públicas. Todo esto es muy posterior a la exhibición de indígenas como piezas de circo, en lo que se llamó "zoológicos humanos".

La familia Menéndez, especialmente José Menéndez, fueron los instigadores de la matanza. José Menéndez puso como capataz y como administrador de su estancia a un escocés de nombre Alexander Mac Lennan (El chancho colorado), quien fue el mayor matador de indígenas y reconocido por él mismo. Él recibía órdenes directas de José Menéndez, era su empleado.


Por cada indígena muerto, Menéndez pagaba una libra esterlina, de modo que en la fortuna que alcanzó a tener este escocés podría incluso calcularse la cantidad de indígenas asesinados y que, de acuerdo a las versiones de otros historiadores, podría estimarse en varios cientos, si no miles. Cuando se retiró Mac Lennan, José Menéndez le regaló un carísimo reloj en agradecimiento por todos esos servicios.

jueves, 2 de abril de 2015

ilustres españoles: josé menéndez


Le decían "el Chancho Colorado", tenía un pasado de soldado en el Ejército británico y sin importar cuánto hubiera tomado siempre le daba a lo que apuntaba con su rifle. El escocés Alexander Mc Lennan llegó a Tierra del Fuego en 1895 para administrar la estancia Primera Argentina y rápidamente encontró una respuesta para tratar a los indígenas del lugar: Mejor meterles bala. Así lo hizo. Desde el año que llegó lideró un sangriento exterminio de los selk’nam que vivían en las tierras de sus patrones. Cuando 12 años después se retiró, recibió un reloj de oro comprado en Europa de su jefe, el poderoso José Menéndez.

Nacido en Asturias en 1846, Menéndez llegó a Punta Arenas en 1875, después de haberse entrenado como comerciante en La Habana y Buenos Aires. Tenía 29 años y era ambicioso. Junto a Mauricio Braun, su yerno, llegó a ser casi el dueño de la Tierra del Fuego. Aunque las leyes de colonización permitían a los extranjeros tener máximo 30 mil hectáreas, él tuvo millones. Hábil y codicioso, su vida es relatada por el historiador español José Luis Alonso en la biografía "Menéndez. Rey de la Patagonia".

"Siguiendo el hilo biográfico de José Menéndez, trato de contar la historia de la violenta colonización de la Patagonia", dice Alonso, de paso por Chile.


Relato de un paisaje brutalmente intervenido, Alonso combina la narración de la rapidísma extinción de los pueblos kawésqar, aonikenk, yámana y selk’nam tras las llegada de extranjeros, con la formación del imperio de Menéndez: la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, que fundó junto a Mario Braun, dominaba casi toda la parte chilena del territorio. La argentina también la compartía con los Braun. Allá y acá, las ovejas desplazaron a los guanacos.

Controvertido en sus días por el trato a los jornaleros y especialmente a los indígenas -"los consideraba molestos intrusos", dice Alonso-, Menéndez se enfrentó a los misioneros salesianos. Su director religioso Giussepe Fagnano lo acusó en la prensa de impulsar la desaparición paulatina de los indios a través a la costumbre de los estancieros de pagar una libra esterlina por cada oreja indígena entregada.

Aunque Menéndez es considerado parte de un grupo de empresarios que levantó Magallanes, Alonso desmitifica esa idea. "Historiadores chilenos y argentinos han demostrado que no solamente no contribuyeron al progreso regional, sino que supusieron un freno. Entorpecieron el desarrollo al acumular toda la tierra y orientarlas exclusivamente a la producción lanera para el mercado británico", dice.

Fiel a la monarquía española hasta el final de sus días, Menéndez murió en 1917 en Buenos Aires, en medio de una agria disputa con sus hijos por su herencia: "Ese fue su mayor golpe, haber creado un imperio inmenso del que al final se vio desposeído por sus propios hijos", dice Alonso.


Roberto Coreaga. La Tercera. Cultura. 10/08/2014








Autor: José Luis Alonso Marchante
Año Edición: 2014
Editorial: Catalonia
ISBN: 978-956-324-307-9
Páginas: 352
Dimensión: 15 x 23
Peso: 525.00

miércoles, 1 de abril de 2015

los selk'nam de alberto maría de agostini


Selk'nam en 1910
Selk'nam de la región entre Río Grande y el lLago Yehuin en la Isla Grande
de Tierra del Fuego , entre 1910 y 1920
Selk'nam en la zona del Lago K'ámi de la Isla Grande
de la Tierra del Fuego, en 1915
Selk'nam frente a la Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria, en la
costa atlántica de la Isla Grande de Tierra del Fuego, en 1923
 Grupo Selk'nam con Pacheck en primer plano, entre Río Grande y Lago
Yehuin, en la Isla Grande de Tierra del Fuego, en 1915
Pacheck sentado (segundo de izquierda a derecha) en 1915
Selk'nam en la zona del Lago K'ámi, en la Isla Grande de Tierra del Fuego,
en 1915


Alberto María de Agostini nació en Pollone, Italia , en noviembre de 1883. Su cercanía a los Alpes influyó en su amor a la montaña y su espíritu aventurero. Con 26 años se hizo sacerdote de la Orden Salesiana y partió como misionero a la Tierra del Fuego. Allí se desarrolló como antropólogo, fotógrafo, geólogo, etnólogo y alpinista. En 1910 inició su labor misionera, aprovechando su tiempo libre para la exploración de las tierras magallánicas. Exploró la Tierra del Fuego y la Patagonia siempre cargado con sus cámaras fotográficas y con ayuda de guías locales en la escalada de montañas. A los sesenta años conseguirá su mayor logro alpinístico, la escalada del monte San Lorenzo (3706m) con el que terminaría su carrera alpinística.

Su legado consta de numerosas fotografias y 22 libros sobre la Patagonia y sus montañas, destacando: Guía Turística de Magallanes y Canales Fueguinos y Guía Turística de los Lagos Argentinos y Tierra del Fuego, escritos entre 1924 y 1960, Ande Patagoniche - viaggi di esplorazione nella Cordigliera Patagonica australe, de 1949, Trent'anni nella Terra del Fuoco, publicado en 1955, y Sfingi di ghiaccio (Esfinges de hielo), de 1958. Además de los libros existe una increíble cantidad de artículos y ensayos aparecidos en diarios y revistas en Italia, la Argentina y Chile. Y las películas Tierras Magallánicas (1933) y Patagonia (1915-1928).

En sus primeros años de estancia en la Tierra del Fuego documentó la vida de los selk'nam a los que se dedicó a evangelizar, pero también a defender contra la persecución despiada y sin tregua de los estancieros (emigrantes colonos que se adueñaron de la tierra y se asentaron como ovejeros). Lo cierto es que muy pocos selk'nam sobrevivieron en la misión salesiana de Isla Dawson, donde llevaron 3000 selk'nam para que dejaran sus territorios libres.

Sus mapas, fotos y filmaciones pueden verse en el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello de Punta Arenas, junto a objetos de los indios fueguinos y las colecciones de flora y fauna del coadjutor Ángel Renové.

sábado, 7 de marzo de 2015

mar abierto de olas asesinas


Me despierto en la noche. La luz de la luna lucha contra las nubes. Aunque de plomo, se ve todo el paisaje. También su final y la entrada al Golfo de Pena, a alta mar. Después empieza el balanceo del barco, las cosas cogen vida y empiezan a sonar. Siento que me mecen en la cama. Me quedo frito.

Volvemos a despertar tarde, a la hora del desayuno. Se hace difícil la ducha con este movimiento. Por el pasillo se me pone mal cuerpo. Solo desayuno un bocata. Paso la mañana en la cubierta superior, luchando contra mi estómago y charlando con Victoria de nuestras vidas, tomando el sol y viendo los fantasmas de las montañas de la costa. Luego me quedo solo, me tumbo en el suelo y me duermo.

Me cruzo con Gildas, el cuadernista y camionero bretón que llegó en carguero hasta Brasil, escrutando con su mirada azul de agua profunda. Me dice: mira, pueden verse columnas de agua de las ballenas, aunque ellas no salen, y me señala al agua, donde pueden verse los chorros verticales que se pulverizan. Me enseña un papelito donde anotó un dibujillo con un barco a contraluz que luego dibujará más laboriosamente en su cuaderno de bolsillo.

No podemos comer con estos cuerpos. Me salgo a la cubierta de popa, pero huele a ganado y gasóleo; me voy a la cama. La habitación está hecha un desastre. El ordenador, los móviles, los libros y guías, los cepillos de dientes, bolígrafos … todo está repartido por el suelo. Me tumbo. Logro dormirme. (Beni no se marea, pero le dan miedo estas olas de siete metros).

Cuando despierto, la tripulación ha decidido cambiar de rumbo, ya que la mayoría de los pasajeros estamos mareados. Meten el barco por un canal y la cosa cambia. Recupero la color y logro ponerme a dibujar más gente y paisajes. Hay una bonita puesta de sol en popa y, a la vez, sale la luna llena en proa. Todo está lleno de islas y capas de montañas que se van desvaneciendo.

Guillermo, camionero de Punta Arenas, me lía unos cigarros con su máquina. Cuando salgo a fumar, veo a Jesús y Patricia controlando estrellas y constelaciones. Son profesores de matemática celeste. Nos enseñan la Cruz del Sur a babor, que es como una cometa con el hilo que acaba en Alfa Centauro. A estribor está Sirio destacándose, y un poco a la izquierda, Orión boca bajo; los pies arriba, la espada más abajo y el cinturón abajo del todo. En Ecuador lo llaman La Mariposa. También vemos un satélite menos luminoso que se desplaza.

Es bajo este cielo, que nos dormimos.

viernes, 6 de marzo de 2015

segundo día navegando


Cuando despierto hay una montaña en la ventana por la que bajan ríos de agua plateada.  Es una montaña de roca rugosa volcánica entre gris y rosada. En sus grietas vegetación. Las nubes se han agarrado a las crestas. Cuando la montaña desciende hasta llegar al nivel del agua, otras aparecen en segundo y tercer plano un tanto desvanecidas por la niebla. Llueve intermitentemente. Me ducho dispuesto a ver el espectáculo sin un cristal de por medio.

Por megafonía nos dicen que estamos en Piloto Pardo, otra angostura entre islas. Martín toma notas en un pequeño cuaderno. Voy a proa a ver el espectáculo. Beni se incorpora, tras la visión en la ventana. Islas verdes, montañas y, detrás más montanas lechosas. Zonas blancas en el agua y otras verde amarillentas donde la luz logra superar las nubes.

Desayunamos abundantemente con Andrew y Katy, dos estadounidenses jóvenes, rubios y frágiles. Ella habla un perfecto español aprendido estudiando en Santiago. Dibujo a Bryan y los curritos Juan y Alberto, a Marion, otra francesa del grupo de Bezier-Perpignan, Juan Pablo el guía, Chanel y Justine, Camille, la mujer del botánico del Lacoste, Martín y Victoria.

Hacemos una parada en Puerto Edén, un pequeño pueblo de 176 habitantes con teléfono y escuela aunque solo de básica, sin acercarnos del todo. Varias lanchas se acercan a recoger paquetes.

Nos acercamos a la Angostura Inglesa, llena de islotes, donde giramos a babor. La vemos desde el piso de arriba y proa. Charlo con Gildas, un bretón con nombre celta que hace uno cuaderno precioso con dibujos monotonos, no monótonos, que hace con un lapicero acuarelable o con acuarela de un solo color, gris azulado. Me lo enseña. Lleva mucho tiempo viajando y tiene hasta dibujos de Tenerife o Sao Paulo. Giacomo, de la Toscana lleva un diario sin dibujos.

Gildas me dice: ahorra hay algo parra dibujarr ¿Un paso una angostura? No es un barco. Se trata de un barco desvencijado y oxidado que en 1978, navegando por la parte más profunda del Canal Messier, quedó encallado por culpa del Cotopaxi, otro barco que Dios sabe cuándo había naufragado y se encontraba en el fondo. Justo detrás la luz del sol logró atravesar las nubes iluminando un gran fondo sobre el que se dibuja la silueta fantasmal del barco. Dramático.


Tomamos el café con Patricia y Jesús, de Pamplona y Zaragoza, y luego dibujo a los transportistas que tienen su camión en la bodega: Mirko, Rodrigo y Daniel el cachorro, que se saben de memoria el camino y están deseando llegar. Ellos duermen en la cabina del camión. Me cuentan que juegan al truco, un juego de cartas con señas como las del mus.

Por la tarde visitamos el puente, pero surge una urgencia y tenemos que irnos. Alguien dibuja a mano sobre una carta un camino alternativo. Una chica del aseo de las cabinas tiene apendicitis y hemos de llevarla a Caleta Tortel, el pueblo más cercano, lo que nos desvía cuatro horas. Los chilenos, que se beben una botella de vino clandestino, nos dicen que es un pueblo bonito. Cuando llegamos ya es muy de noche y solo vemos cuatro luces y una lancha que se acerca a por la enferma.

Ya hemos cenado en plan colegio y estamos un poco pesados. El grupo de francesas fotografían parte de mis dibujos para un blog en el que siguen el viaje y hablan de mí. Me dicen aquello que que podría publicar un libro y yo les digo aquello de que el libro ya lo tengo. Nos invitan a su tierra y nos dan unos números de teléfono. Cuando nos acostamos la lancha vuelve al pueblo sobre un agua dicen color azul cielo. Las jovencitas se quedan jugando a las cartas bebiendo cerveza sin alcohol. Seguramente que por la noche salgamos a alta mar y entonces empezará el baile. Por ahora, nos conformamos con dormir.

jueves, 5 de marzo de 2015

en el barco



Toda la noche salen extraños ruidos metálicos de la bodega del barco. Sueño que un volcán erupciona en el Hondo y todo se llena de lava.

Hace un viento excesivamente fuerte. Pasamos la mañana amarrados a Puerto Natales. Desayunamos y empezamos a relacionarnos, especialmente con Victoria y Martín, de Tudela, con dos meses de vacaciones por Chile. No me queda otra que dibujar Puerto Natales y a diferentes pasajeros. Así vamos conociendo gente: el grupo de Perpignan, que hablan francés y español, Gordon y los camioneros chilenos que llevan el camión en la bodega.

Por la tarde se empieza a animar la cosa. Pasamos por la Angostura White, de solo ochenta metros, y con un glaciar a estribor a los pocos cientos de metros. Y luego el Canal Sarmiento; pero para entonces llueve tanto que ni se puede salir a cubierta, ni puede verse nada nítido tras las nubes y la cortina de agua. Y aun así es hermoso deslizarse por el agua viendo como pasan las montañas por la ventana.

Yo me coloco en un baúl de salvavidas como si fuera una mesa y empiezo a darle a las acuarelas mientras Victoria me hace alguna foto. Este viaje me parece un acierto, una auténtica pasada. Navegando entre montañas. La comida es de colegio y está prohibido el alcohol a bordo; aun así, ya lo creo que merece la pena.

vuelta a puerto natales


Llovió por la noche, pero aquí el sol lo arregla todo. Paseo por la Plaza mientras Beni se ducha. La estatua de Hernando Magallanes tiene una sirena en que cada pierna es una cola de pez, evitando así los problemas que se les achacan en las relaciones sexuales. En las otras caras: un indio mapuche, con su cinta al pelo, representando la Patagonia, y un Selknam robusto y bien formado, representando la Tierra del Fuego; ambos lados del Estrecho. El ona está mucho más currado.

Desayunamos con dos japos recién llegados. Ella tiene una belleza inuit que me atonta. También con dos francesas de Lyon empeñadas en ver pingüinos. Enfrente de la casa cogemos el bus a Puerto Natales. Estepa amarillenta cercada a ambos lados de la carretera con infinitos palos verticales, para retener la ovejas y los caballos, algunas lagunas. A medida que subimos, van apareciendo lomas, árboles, cerros y luego montañas de más calibre.

No sé qué razón impulsa al viajero a seguir una rutina en el viaje ¿evitar el ensayo-error de la aventura? Lo cierto es que volvemos a comer en el vegetariano Cacique Mulato, protegidos de la lluvia, con la camarera más simpática del mundo: Jennifer. Caen sopas de verduras y lentejas con calabaza. Y después nos vamos al café en el que Bety destapó su pasado de maltratada, El Living, donde vemos llover tras sus grandes ventanales, sentados en sus sofás delante de unos capuccinos. Los ingleses Jeremy y Anne lo llevan con alegría. Ella fue ilustradora y llevan ya veinte años por aquí. Tienen una hija guapísima llamada Mica, que me enseña sus dibujos fotografiados en su móvil. Son muy geométricos y con muchos colores, parecen estampados de vestidos. Queremos que estudie arte, dice su madre orgullosa.

Ya de noche, un bus nos acerca al barco. Se mete en la bodega para descargarnos. Subimos cinco pisos y nos dan los camarotes. Aunque habíamos comprado uno sin ventana, por la diferencia de precio, nos lo dan con. El barco me gusta mucho, tanto hierro, pasillos, botes y baúles de chalecos. Es como en las películas; y no esos cruceros gigantes que parecen hoteles con muchas estrellas. Esto es familiar, enseguida te haces con ello. El camarote es simple: una litera, un armario, un lavabo y una mesa para escribir. Enfrente: las miles de bombillas de Puerto Natales.

Cenamos los bocatas que hicimos en el comedor. Luego nos reúnen a todos para darnos la charla de seguridad. Hablamos con una madrileña llamada Victoria que lleva todo el mes de febrero haciendo fotos en Tierra del Fuego. Nos dice que la crisis la ha traído aquí. No había nada que hacer, cogí mis ahorros y mi cámara y me vine a Sudamérica a hacer fotos. Estuve dos meses en Cuba, de allí a Argentina, y luego a Tierra del Fuego. Y así lleva cuatro meses. Lo nuestro es una ridiculez.

lunes, 2 de marzo de 2015

museos de punta arenas



Después de llover toda la noche, amanece un día espléndido. Pensamos que tenemos suerte, pero es algo común. Todos esos árboles no son harto grandes de puro viejos sino de tanta agua.

La ciudad está vacía. No hay tráfico y los negocios están cerrados. Eso se debe a que aquí se respetan las fiestas e incluso la hora del almuerzo. Es una ciudad con dinero, con empleo, que vive bien; con un alto porcentaje de clase media. Magallanes es una región alejada de Chile, con su propia bandera. Tiene petróleo y refinerías y el último aeropuerto internacional. Es curioso que está lleno de santiagueros. Hemos hablado con alguno de ellos. Piensan que no es tan caro como Santiago y se vive mejor (la vivienda es más barata, los coches, los sueldos son buenos, la gente no se queda a hacer horas, ¿no es sierto?). También es curioso que nadie viste elegante. Los zapatos de tacón son un artículo inútil. No sé si debido a la dureza del clima, pero todo el mundo viste ropa deportiva, montañera.

Hoy visitamos el Museo Regional que es el palacete vivienda del matrimonio formado por los hijos de los potentados Sara Braun y José Menéndez, que Dios los cría y ellos se juntan. Es una casa estupenda con un jardín estupendo con esos grandes cipreses que podan por abajo, con muebles estupendos. Pero hemos de decir que el alma de la casa está en el sótano, en la cocina, en el dormitorio y el baño de los criados. Allí los muebles están vivos aún y dan ganas de tocarlos, y se puede dado que su calidad no es comparable. Nos ocurre lo mismo entre los palacetes de ladrillo y estas casitas de madera que la gente hace con sus manos.

Pero también está documentada la historia de la ciudad y sus emigrantes con hermosas fotos, las zapatillas de un dálmata, las pesas del oro, los instrumentos musicales de diferentes culturas, la artesanía, el cacique mulato, el viaje de D'Urville, el famoso cuadro pintado sobre el terreno del Fuerte Bulnes y la devoradora broma (un pequeño animal marino que perfora la madera de los barcos).

Comemos en un restaurante lleno de chilenos, de familias chilenas: el Carioca. Un caldillo de marisco y un salmón riquísimo con guarnición pobre, patatas, huevos fritos y cebolla frita. Como todos los salmones de la zona, jamás pediríamos un salmón en España, está crujiente por fuera y jugoso por dentro. El sitio es popular, barato. Pruebo una cerveza local que, desgraciadamente, tiene una chapa lisa: la Polar Imperial. Una cerveza fuerte de sabor, que no de alcohol, rica.

Por la tarde visitamos el Museo Salesiano Maggiorno Borgatello, un museo impresionante con una colección de este cura de objetos de los indios de la zona , la colección de flora y fauna (mogollón de animales disecados) de su coadjutor Angel Renové y la maravillosa aportación de Alberto De Agostini, cartógrafo, fotógrafo, cineasta y extraordinario andinista, con maravillosas fotos de paisajes y películas de los aborígenes. Muy divertido e interesante. Puedo decir que se nos ha agotado el tiempo de la visita sin darnos cuenta. Una recomendación sincera a los viajeros que sin prisas se acerquen a estos confines.

Por último, disfrutamos del hostal como si de nuestra casa se tratara en un domingo soleado. Comemos unos sandwiches en su luminosa cocina hablando con los diversos hospedados de todo el mundo, y escribo este relato, pues a partir de mañana nuestra aventura no tiene WiFi y estaremos lejos del mundo computerizado recorriendo los fiordos de la Patagonia chilena. Hasta luego po. Si algún día necesitáis dormir a gusto y disfrutar de la compañía, no os olvidéis del Hostal Fitz Roy. Bueno, divertido y barato (otra opción es el barrio rojo).

¡Que la suerte acompañe a los viajeros!


Entre las curiosidades del Museo Salesiano hay una mierda fosilizada del oso gigante milodón, y que científicamente llaman fecas.

sábado, 28 de febrero de 2015

punta arenas



Se pasa la noche lloviendo sobre la chapa del tejado; pero nos sentimos a gusto acurrucados en la cama y con la calefacción a tope. El desayuno tiene de todo. Nos pegamos una hora disfrutando del saloncito, junto a los ventanales, por donde entra el sol.

Como no hemos encontrado ningún bus nocturno a Ushuaia, el plan cambia, pues no queremos pasar montados en autobús el tiempo que nos queda. Decidimos montar cuartel general. Cambiamos de hostal a otro más barato, que resulta ser mejor y más céntrico, y llevamos la ropa a una lavandería. Comienza otro viaje hacia el calor, avanzando hacia el norte.

Paseamos por Punta Arenas. Las avenidas llenas de cipreses, los perros duermen en los bulevares, junto a los mendigos, el chalet neomedieval de Charles A. Milward, donde acogiese a Sackleton. La iglesia salesiana de María Auxiliadora, donde hay un velatorio del que sale una mujer espantada que dice sobre el muerto: está completamente desconocido; y venden agua bendecida por el papa Juan Pablo IIEl Parque de Vicente Kusanovic, con una colección de abedules con un tronco de un metro de diámetro y la estatua de Manuel Bulnes, con un caballo harto harto de su dueño (es digno de comparar las expresiones de Bulnes y la de su caballo). El cementerio con el pórtico modernista, fascista como todo aquello con afán de inmortalidad, hecho en 1919 y financiado por Sara Braun. (Aún se conserva la casa de la Señora Braun, patrimonio nacional, en la Plaza de Armas. Un bonito y rebuscado edificio neoclásico con una terraza acristalada donde hoy hay un hotel).

El cementerio es digno de ver. Conviene ingresar por las puertas laterales, que no tienen taquilla. Especialmente hermosos los paseos de cipreses recortados y los bloques de los nichos, donde están las tumbas más populares. Tras sus puertas de cristal aparecen pequeñas figuras relativas a la vida del durmiente: ovejitas y algún caballito, juguetes, figura de porcelana y fotos. Algo así como sería el aparador de la tía Eloísa. Y lo más conmovedor es la tumba al indio desconocido, teniendo presente que el hombre blanco extinguió todas las etnias de la zona, el llamado genocidio selknam, y que la única descendiente pura, Ángela Loij, murió en 1974. En ella hay un indio cabizbajo de bronce convertido ahora en una deidad o espíritu bueno al que se le piden milagros o favores. Lo llaman el indiecito y su pié brilla como el oro de ser frotado. Las paredes que rodean al indio está llenas de exvotos de piedra agradeciendo los favores recibido e incluso los milagros realizados.

Recogemos la ropa limpia y planchada. Sacamos los boletos para el Fuerte Bulnes y una visita a los pingüinos para mañana. Paseamos viendo edificios, compramos los bocatas de mañana y nos sentamos en la Plaza de Armas para ver a la chavalería hacer acrobacias con las bicis y el monopatín.

Cenamos de maravilla en el Restaurante Remezón, del que nos habían hablado muy bien. Dos principales, merluza negra y corderillo al horno, y un helado de lúcuma con crema caliente de calafate de postre. Si el cordero está rico, la merluza es espectacular. Con el exterior crujiente, especialmente la piel y el interior muy entero. Riquísima.

Regordetes y llenitos volvemos felices a casa. Se pone a llover.


Restaurante Remezón
Productos regionales. Castor, guanaco, liebre, cordero, pescados y mariscos.
21 de Mayo 1469 (junto al mercado)
Punta Arenas
Dos principales, postre y vino: 39 euros
No tienen tarjeta, por lo que hay que pagar el IVA