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sábado, 7 de octubre de 2017

panaderos en la familia de mestanza

La tradición de panaderos viene de la abuela Quica La Hornera, Francisca Buendía, que vivió de casada con el abuelo Canuto Montero, minero, en la calle del Charco, en la casa dorilla a lo que luego fuera la discoteca de Porfi. El caso es que quedó viuda muy joven, en 1929, con su hijo Canuto, que era el menor, muy chico, y cuatro hijas más: Engracia, Brígida, Juana y Alvarita. Para sacar adelante a sus hijos, los hermanos de la Quica, Manolo y Acisclo, que eran albañiles, le hicieron un horno.

José Rosa Ruiz Fernández en la mili
Diariamente iban dos mujeres del pueblo con su harina y levadura a amasar el pan, hasta llenar un tablero. Y diariamente la Quica y sus hijas lo cocían por la mañana, una cochura diaria que luego recogían para tener pan durante un tiempo. Entonces las hogazas eran grandes, de dos kilos, y tardaban en ponerse duras guardadas en el costal. Al principio compraban leña de chaparros a dos reales la carga. Pero cuando Canuto se hizo mayor, iba él a recoger la leña con el carro del hermano Canuto, que no era familia sino que vivía pared con pared con ellos. El horno estuvo funcionando toda la vida, hasta que la abuela se hizo vieja.

Su yerno, el abuelo José Rosa, trabajaba de molinero desde muy joven en la fábrica de harina, donde estaba la panadería de los mineros. Luis, también de la fábrica, se salió e hizo una panadería, a la que se incorporó José Rosa. Traían la harina de Almodóvar, por no comprar a la competencia. José Rosa hacía el pan de los mineros e iban a a medias. La cosa iba de maravilla, así que Luis lo quiso poner a jornal. José entonces deshizo la sociedad y se montó la panadería en el horno de su suegra Quica, llevándose bastantes clientes. Y allí estuvo muchos años. Juan, el tío Juan, le traía la harina de Almodóvar, una fábrica de harinas de Electro.

Cuando Luis se fue de su panadería, ya que solo era socio capitalista y no sabía hacer pan, José se instaló allí. El horno de la Quica se cerró, las mujeres que hacían su pan se trasladaron a la panadería de José, el local actual, junto al bar La Chencha y la tienda, de esas de pueblo que vendían de todo. La Olaya le vendía el pan por el pueblo en dos aguaderas nuevas que le compró José. Graciano, desde el momento en que se casó con su hija, trabajaría con él, primero cogiendo leña y luego haciendo el pan. También trabajaría en ella Celestino, hermano de José Rosa y abuelo del actual panadero.

Electro le propuso a José comprar la fábrica a medias. Ellos se quedaban con la luz (de su transformador cogían la luz los vecinos) y José con la panadería. Pero antes de decidir, murió.

Actualmente lleva la panadería, la única de Mestanza, David, el hijo de un sobrino de José Rosa.
Cuando José murió, Beni tenía dos años. Le llamaba Lalo.

lunes, 6 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

jueves, 26 de mayo de 2016

miércoles, 9 de octubre de 2013

por el camino del rasillo


Hoy paseo por el nuevo paseo paralelo a la carretera del Hoyo hasta la Mina del Rasillo, y sigo por el camino de la finca de este nombre. Los últimos tramos están bien vallados y Tranqui puede ir suelto (y con grandes charcos para su disfrute). En la casa de la finca las ovejas están sueltas.

En los dibujos: Por el camino mirando hacia el Sur, a la sombra de las encinas, el Valle hacia el Sur con el muro de la Sierra de la Umbría de Solana al fondo, el Valle con la Sierra de Puertollano al fondo (al Norte) y casa en ruinas de la Finca del Rasillo y la chimenea de la mina (la Antoñita cuenta durante un tiempo en esta casa estuvo el único teléfono de Mestanza).

miércoles, 3 de agosto de 2011

un bareto, un zorro, un buho y un desertor hambriento

Bajo por el camino de Los Huertos. La pila comunal ha quedado para la bebienda de los borregos que han destruido y erosionado todos los alrededores, incluido todo lo que de las higueras está fuera de la valla. Aquí hubo un baño de mujeres municipal, ahora solo queda el pilón y la alberca contigua. El primer huerto sigue hermoso y en uso. Higueras, frutales, almendros, olivos y un nogal orgulloso que se levanta sobre todos. Los demás huertos están abandonados. 
Sigo el curso del arroyo entre encinas, almendros y algún sauce. Me impresiona un sauce caído del que han salido ramas nuevas verticales. Del huerto de la Salvadora sólo queda el pozo y la casilla, con la tapia del corral caída (cuentan que tenía gallinas) y un almendro que ha brotado entre las piedras. La casilla está abierta, alguien ha roto la cerradura de una patada. Paso a la casa, que se ve en uso y mantenida. Dos estancias. Rollizos en el techo sujetando carrizo en la principal y madera en la alcoba. Una chimenea y, al lado, un taburete alargado y bajo como un poyo sobre el que han puesto una vieja esponja para descansar. Hoces y sogas colgadas de la pared y botellas de agua en el suelo. Varias salmanquesas se pasean por las paredes.
Salgo enseguida para que no piensen que robo, me siento en una gran piedra del cercado hundido y dibujo la pequeña depresión con verdes y grises árboles y retamas en los pliegues entre colinas amarillas de hierba seca. El curso verde que el agua deja tiene el erotismo del vello en nuestros pliegues. Nubes como platillos volantes. Decido seguir el curso del arroyo, unas veces seco y otras con agua, saltando alambradas. El cauce seco está alfombrado de lana. Cada paso supone que un montón de ranas se tiren al agua de cabeza. Bandadas de perdices y codornices se espantan con mi presencia y salen en estampida, unas corriendo, otras volando, en un sólo sentido. Al llegar a la curva de la cueva, la zona más húmeda y verde, me quedo paralizado ante un hermoso ciervo bareto de grandes orejas y una horquilla de cornamenta. Está distraído comiendo. Saco mi cuaderno y lo primero que encuentro para dibujar, pero está medio tapado. Estoy impresionado ante un animal tan bonito a unos cinco metros. De golpe, levanta la cabeza, da unos pasos y se me queda mirando fijamente con el cuerpo de perfil y la cara de frente. Apenas si me muevo. Se queda un rato, logro dibujarlo.Cuando salta, un zorro amarillento, con las orejas de punta y el rabo largo y ancho, sale corriendo de los juncos.

A esta zona del arroyo bajaba la madre de la Antonia, en la Guerra, cuando era niña, a lavar la ropa. Un día se acercó un muchacho vestido de militar preguntando por el camino de El Hoyo.
-Por aquí mismo se va.
-Qué gusto da ver comer a la niña el cacho pan y la patatera.
-¿Quiere algo de comer?
-Con el pan me apaño señora, que llevo varios días sin probar.
-Pues cómete todo que la niña ya comerá en casa.
La Antonia no entendió que le quitase su almuerzo para dárselo a un desconocido. Con el tiempo, sí.

No quiero pasar a la cueva. Ya pasé otro día y está infectada de mosquitos. Me sale un buho levantando el vuelo con más de un metro de envergadura. Jodé como estamos hoy de fauna. Y eso sin contar saltamontes y mariposas, que hay por un tubo.
Después de un trozo seco, más agua. El puente y las tuberías del pantano. Las piedras gigantes de Lituero o del Hituero, donde mucha gente se iba para el hornazo. Subo campo a través hasta el camino que baja otra vez a Los Huertos. Y otra vez para arriba, y en casa.

lunes, 4 de julio de 2011

la huerta de viruta


Viruta fue el único carpintero que tenía Mestanza. Él se hizo esta huerta que se ve en el dibujo, hecho desde un pequeño montículo donde está la vieja y oxidada alambrada que marca la linde. En la casa llegaba el agua de un manatial, que sigue existiendo, por lo que había grandes árboles (ahora quedan los hijos de la inmensa higuera) y huerta. Como el agua era muy buena, construyó veinte pilancones techados donde las mujeres iban desde muy temprano a lavar la ropa. Cobraba tres pesetas por pila y, aún así, iban muy pocas a los pilancones municipales donde sólo había que dar dos pesetas al guarda.

Viruta tuvo siete hijos, cuatro con su mujer y tres, dos chicas y un chico, con su criada, Ramona. Fue a ella a quien le dejó la huerta en herencia. Para criar a sus tres hijos subió la pila a un duro, lo que no impidió que aquello se llenara desde muy temprano para coger sitio. Y eso que está a unos tres kilómetros del pueblo subiendo la sierra de Puertollano.
Allí iban andando las mujeres una vez a la semana, con la cesta en la cadera (con la ropa tapada con el redor) y la merendera en el cubo. Era el día de juerga y jarana. Allí se juntaban lavando, contando cotilleos y haciendo bromas.
- Cuando me muera pienso decir que soy muy católica y que iba siempre a misa, para que me lleven con los muchachos.
- Pues yo pienso ir con las cantantes y los artistas. Me lo voy a pasar mucho mejor.

La Primitiva, cuyo marido se había ido con otra, llevó un día un retrato suyo en pelota viva ("no llevaba ni calcetines") que le había mandado para que viese lo bien que se conservaba y lo repuestito que estaba. Y allí la puso en la pared del lavadero para que todas las lavanderas se partieran de risa.

A mediados de los sesenta el agua corriente llegó al pueblo, y con ella las pilas a los patios. Primitiva cerró la huerta y se la vendió a José Gascón, tío de Jandri. Luego se fue a Ciudad Real, donde sus hijos encontraron trabajo. Allí hicieron su vida.
Cuando yo llegué por primera vez, los más pudientes empezaban a comprar lavadora. La mitad del pueblo seguía con los ciento cincuenta vatios y las bombillas de luz amarillenta apenas si iluminaban las calles.

El redor es un trapo blanco que rodea el mimbre de la cesta para que las cosas no lo toquen directamente.

viernes, 17 de junio de 2011

el avión tejedor












































La primera vez que pasó un avión por Mestanza, allá por el año cincuenta, se armó un gran revuelo. La gente salió a las calles, y muchos subieron hasta el castillo. Venía de La Solana, cruzó todo el pueblo en menos que canta un gallo, y traspuso por la huerta de Viruta. En silencio. La confusión era tremenda, pues sólo se vio formarse una banda blanca, de casi un metro de ancho, que bajaba lentamente haciendo un bonito labrado.
Todo eran murmullos de asombro y admiración. Algo había que hacer. Una columna se formó para ir a la iglesia y ver al señor cura. Algunos hablaban de una señal de los de allá arriba.
Alguien, sin lugar a dudas, había tejido en ganchillo ligero y espumoso la más grande y hermosa cenefa que nunca jamás se había visto.


Mientras escribo esto, aquí en Mestanza, un chorro de humo se pierde por la huerta de Viruta. La Antonia grita: ¡como ésa!

miércoles, 11 de mayo de 2011

la jarra de la abuela maría josefa, otro indesprendible













Está jarra perteneció a la abuela de Antonia, o sea: la bisabuela de Beni. A mí me encanta su tacto y la imperfección de sus dibujos. Ha pasado por un montón de manos de Mestanza, pues siempre se la pedían para el refresco del cambio de insignias (para San Panta y la Virgen de la Antigua).
De estar olvidada entre muchos trastos viejos del corral, ha pasado a un lugar noble de nuestra casa. Elegante, austera, hermosa, destaca entre todos los cacharros de cerámica y loza.