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sábado, 19 de enero de 2013

de cuenca a loja


Paseo solo por Cuenca mientras Beni duerme. La tienda de Meli ya ha abierto. Me desayuno un yogur con un suizo por 50 centavos. El chico de recepción me dice que el Museo del Banco Central abre a las ocho, quiero ver la colección de objetos antiguos del salesiano Crespi, cuya teoría era que los fenicios llegaron a Ecuador remontando el Amazonas. Está cerrado, pero me cuelo en las ruinas de Pumapungo, el barrio administrativo y religioso de la ciudad inca de Kañari, también los hornos jesuítas. Aguanto hasta que el segurata respetuosamente me echa. Voy a la plaza de San Blas. Diría que llaman a la oración si estuviera en un país musulmán. Es el cura y una señora haciendo duetos en la misa, con la iglesia abierta se oye a un kilómetro a la redonda. Los oigo cantar desde un banco de la plaza, donde un señor que vive en la primera cuadrita me cuenta que Correa ha puesto 15 ministerios para pagar favores políticos. Me desaconseja Guayaquil; mucho calor, mucha humedad, mucha miseria entre unos cuantos muy ricos, mucha corrupción.

De las vistas del bus por la Panamericana no volveré a hablar. Hay que verlo. Solo decir que el trozo desde Oña hasta Loja es el más espectacular y divertido. Aparte de los barrancos, montañas, arroyos, vegetación y nubes arriba y abajo, está lleno de comunidades indígenas con casas pequeñitas atiborradas de macetas. Y en las paradas montan mogollón hasta que llenan las plazas y el pasillo de la viajera. Una señora mayor con gorrito blanco se sienta en el reposabrazos de Beni. A todo esto, el autobús baja a toda leche. Un señor de los redichos con siete carreras y cuatro idiomas, sosialista y católico seglar cursillista, nos dice que tiene un hijo en Madrid casado con una polaca. A Beni no le hace gracia, es un pesado. Yo quiero aprovechar sus conocimientos para que me hable de la comida y los restaurantes de Loja: El café El Tamal Lojano, con carne y ají verde, en el Parque Bolívar, el 18 de Noviembre con Ibarrura; chivo al hueco, asado bajo tierra, en Olmedo con Juan José Peña y el chancho a la barbosa, un cerdo deshuesado y entero con un armazón metálico que lo tensa y sirve para girarlo en un brocal con lumbre, en muchos restaurantes, pues el típico de estos pueblos.

El taxista nos recomienda un hotel que no nos gusta. Cuando vamos al Horquídeas, unas señoras que vienen de la misa (y creo que no acaban de salir) nos dicen que allí no podemos ir porque está lleno de putas y van a pensar que chuleo a mi Beni, loritos parlantes. Acabamos en el Londres. Nos gusta. Tiene un huerto en la parte de atrás que da a la puerta de nuestro cuarto. Esto tiene aire cubano. Calor, ceibas y flamboyanes, casas con colores pastel, grandes ventanas con rejas, las montañas alrededor a lo Sierra Maestra, incluso todos estos carteles de revolución institucional, de consignas, que ha puesto Correa. Y también los mosquitos, que hasta ahora, por el fresco, no habían dado la lata.

viernes, 18 de enero de 2013

cuenca


Me despierta la luz del día, he dormido de maravilla en estas sábanas bordadas. Suenan las campanas. Me asomo a la ventana. Ahí abajo se ve el plano de un monasterio: el huerto con maíz, invernaderos y algún santo, el claustro de donde salen palmeras y las viviendas del lado opuesto a la fachada. Esta vista da el nombre de El Monasterio al hotel. Por encima sale la mole de Santa Ana de los Ríos de Cuenca desde la fachada sur, de ladrillos vistos y cúpulas azules sobre paredes blancas.

Paseamos por las calles del centro y el río. Las riberas son de hierba y arboles como sauces, almeces, flamboyanes, álamos negros y otros desconocidos de los que guardo hojas. La corriente baja con fuerza. Pasamos el Puente Roto y cruzamos por el de Todos los Santos, allí hay un muro inca, con esa forma tan limpia de encajar las piedras sin argamasa, como un puzle.

Muchas casas tienen patios de dos pisos, como las de Almagro: columnas abajo y corredor con barandilla arriba. Pasamos a muchos de ellos. Comemos en uno una sopa verde y carne con frijoles. El zumo es de mora y papaya, muy rico. La estrella es un dulce de higo típico del Carnaval de Cuenca. Es de un color café verdoso en una salsa dulce. Es fuerte de sabor y de textura agradable.


Buscando la calle Larga encontramos una antigua peluquería con tres empleados de una media de 70 tacos, los tres con bata blanca. Los sillones son de madera oscura adornada con volutas. Asiento y respaldo de piel roja. No tengo más remedio que entregarme a sus manos. Me ponen la almohadilla y me tumbo con un paño blanco protegiéndome la camiseta. Abundante espuma. Tres pasadas de navaja de mano con masaje con la mano izquierda, a contrapelo. Con cuidado me busca y toca los puntos importantes de la cara y cuello mientras todos oímos un partido del Barcelona de aquí, de Ecuador. Yo estoy pensando en una vida en Cuenca, donde nos hospedamos en una suite del Hotel Capitolio y me afeito cada dos días. Entonces, este señor y yo mantenemos una conversación, al tercer, que yo transcribo todas las noches. Salgo del ensueño cuando oigo una voz: ahora sierre los ojitos y una especie de colonia rebajada pulverizada cae sobre mi cara y me hace rabiar. A la vez el peluquero me da aire con un paypay. Beni se descojona. Unas tijerillas entran por las ventanas de mi nariz para cortarme los pelos. Un dólar sincuenta sentavos. Le pago, saco la cámara, le digo que se ponga junto al historiado sillón y disparo.

Al atardecer nos metemos al café Austria. Un ecuatoriano redicho cuenta que Cuenca es la ciudad número uno en las preferencias de los jubilados norteamericanos. Su teoría es que silenciosamente están invadiendo la zona. Buscamos la marcheta del sábado. Está todo muerto, sólo guiris en el café junto a la catedral, largas mesas para el menú turístico. El último recurso: La calle Larga, llena de cafés y bares. Todo abierto, pero vacío. Damos por terminado el día.

miércoles, 16 de enero de 2013

la panamericana hasta cuenca


Dejamos el sapo verde y negro que significa Ambato. Aquí se queda Correa de visita oficial con todo su cortejo de aduladores. Tenemos que esperar porque una pareja de indios sanotes trajeron una camioneta llena de plantas moradas, romero y muchas cestas con frutas. Ya han llenado la bodega y han puesto una escalera para llenar ahora la baca. Los empleados de SANTA tapan todo con una lona y la atan. Después entra al bus la dueña de todo este herbolario, con su cara morena llena de surcos, se sienta. Pasará todo el viaje dormida con la boca abierta.

El viaje es entretenido. Tenemos una pijita conquense que se lo pasa con el ipod, el rumano-ecuatoriano cachas de cabeza afeitada y un montón de diosas indias con sombrero. El vestido bueno tiene una falda de una tela más gruesa, verde, roja o azul como la de los santos del Greco, y adornada con algún encaje. Debajo unas calcetas gruesas color carne. Los gorros también llevan adornos. Los contados hombres trenza en el pelo y poncho negro de lana. Ellas tienen una belleza especial, ingenua, natural. Parece que de estar en el campo su cara madura como una fruta y toma tonos rojizos como un tomate. Dan ganas de cogerlas con suavidad, acercar la nariz y olerlas. Pero ellas son diosas, sólo con mirar sus ojos te ruborizas. Aprovecho los reflejos de los cristales para observarlos. Brillan de una forma especial, como si hubiesen visto el cielo o tuvieran la tarea de controlar una obra mayor.

El paisaje que nos pasan es mucho mejor que la película. Montañas verdes llenas de vacas. Vacas por todas partes, hasta alguna granja han pintado con manchas negras. Eucaliptos en las lindes de los pastos o los cultivos y bosques en las partes tan altas que no se pueden cultivar. Vegas fértiles, barrancos donde corre el agua. En algunos puntos colinas de arenisca donde el agua hace grandes surcos (como en Guadix). Arriba, casitas y chozas y, abajo del todo, grandes poblaciones. Pueblitos inundados con los chanchos remozándose, indios sentados en las esquinas y huertas donde aran con yuntas de vacas. Alguna procesión con una virgencita con manto de raso blanco con filigranas.

Volamos sobre las nubes. Entonces sólo chozas. Ese mar blanco y las islas de piedra azul por cima. Bajamos con los frenos silbando y nos metemos en la niebla de leche opaca como la del cuento de Boris Vian. Pero todo sigue como si nada: la velocidad, los juegos del conductor. Beni y yo nos miramos; ahí abajo hay un barranco de padre y muy señor.

A unos 100 Kms. de Cuenca, se sube gente con otros gorros, tipo bombín blancos, con el ala estrecha y levantada a lo segadora manchega. La cinta que remata el ala y el botón de adorno son morados. Biblia con un monasterio encajado allí en la roca. Azogues y, por fin, Cuenca. La pija llama a su novio, la jefa de la huerta se despierta, el rumano se volvió enamoradiso ecuatoriano desde su selular y suelta palabritas dulces y apretaditas. Las diosas se bajan de poco a poco antes de llegar a la terminal.

Hotel en la Plaza de San Francisco. Un sexto piso con vistas excelentes. Nos cuelan la habitación más cara, con dos camas de matrimonio. Le pregunto ¿para qué queremos dos si sólo somos una pareja? La señora encuentra una solución rápida: si se quedan dos noches pueden ustedes dormir en una la primera noche y en la otra la segunda. Bueno, entonces aceptamos. La cocina es una terraza acristalada desde donde vemos el bullicio del mercadillo y las torres de un montón de iglesias.

Parece que estamos en alguna capital de provincia de España. Tejados de tejas, calles adoquinadas, prados, cafeterías y pastelerías pijas, escaparates diseñados. ¡Se acabaron las tiendas atiborradas y las peluquerías de navaja afilada en cuero! Aunque fuera del centro, donde las calles se olvidan de los arquitectos, Ecuador sigue siendo el mismo.