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lunes, 13 de agosto de 2012

vuelta a jasper

Despertar agradable después de un dulce, suave y arrastrado sueño donde no existía nada sólido, y mi casa era la cresta del espeso líquido de felicidad y relax. Son las seis de la mañana y salgo fuera, y me cargo en unos segundos un montón de violines. Putos gases. Hay luz, aunque el sol aún no ha salido.  Me vuelvo a dormir, aguanto hasta las ocho.

Todo está sereno con esta luz. Los árboles se empiezan a iluminar. Las casas de madera pintada de marrón en las paredes y blanco en puertas y ventanas. En los porches siguen durmiendo bicicletas y zapatillas. Hay una casa más para familias completas con bebés, junto a otra pequeñita que las familias usan como sauna. También un porche para fumar. La lumbre circular, en el centro del campamento, sigue encendida. Hay troncos para sentarse alrededor y, más alejadas, mesas con bancos para comer, leer o jugar al ajedrez. Una casita contiene todos los retretes. Y, más alejada, la casa del guardés, de aspecto nazi, que debe disfrutar de todo esto. Los niños tienen columpios y toboganes. La luz es de gas, el agua se saca de un pozo artesano. Estamos rodeados de bosque de grandes abetos, de cuyas copas se levantan picachos de piedra. Se prepara una familia que viaja en bicicleta. El padre lleva enganchado un carrito donde mete al bebé.

Camino de Jasper, pasamos los lagos Hector, Bow y Peyto otra vez. La gasolina sin plomo está a 68 pesetas el litro. Nos comemos unos potages en el camping Jonas Creek, ya pasados los glaciares. Paramos a ver los lagos Buck y Osprey, entre el bosque, ahora más bajo, con abetos, enebros, rosales silvestres... Nos cruzamos con muchas motos tipo goldwing. Parece lógico el uso de estos sofás si la velocidad está tan limitada.

Jasper. Un pueblo de aquellos del lejano oeste donde se comerciaba pieles con los indios iroqueses, sombreros de ala ancha y camisas de cuadros rojos y negros sobre caballos, nieve y abetos, alces, osos y la policía montada. Todo esto ya lo hemos visto en la tele. Unas pintas en la Taberna del Perro Muerto. Lavamos la ropa en el laundry, y nos duchamos. 200 pelas por diez minutos de placer. Compramos chuletones de buey y nos instalamos en el camping. Aquí también hay barbacoa con leña cortada en astillas, palos y troncos. Nos hacemos la carne a la brasa y calentamos el pan de molde. Es madera de chopo, arde rápido.
Todo se hace hermoso al atardecer. Las columnas de humo se van apagando y los vecinos se meten en su roulot. Nosotros nos quedamos hablando y bebiendo gin sprite con hielo en una mesa sin humo.

viernes, 10 de agosto de 2012

rocky mountains: el maligno y el peyto




Hay que ir muy despacio, si uno quiere ver la exuberante naturaleza y no chocar con uno de sus osos, que se cruzan por la carretera. Visitamos el Cañón Maligne y Maligne Lake (en el dibujo con sus montes helados de Warren, Charlton y Unwin). El cañón es muy largo, tiene un buen paseo. En los trozos más ajustados, se atraviesa por puentes metálicos. En el lago nos comemos lo que hemos comprado en Jasper. A las chicas no les apetece coger el bateau, y seguimos. Vamos hacia el pico de Edith Cavell (3.368 m), rebautizado en la IIª Guerra Mundial en honor a una enfermera ejecutada por los alemanes por ayudar a los presos aliados. Allí está el famoso glaciar Angel, con las alas heladas.
En la base de este monte está el Lago Peyto, de aguas turquesas y que lleva el nombre en honor a un guía de expediciones y cazador, que dibujo con su pipa. En él desemboca el Río Mistaya, alimentado por el Arroyo Peyto y el Peyto Glaciar (que le da ese color), recorriendo un flipante valle de abetos lleno de ardillas (least chipmunk). Del verde emergen infinitos picachos. Vemos rebecos y osos. Me acerco a uno de ellos para hecerle una foto. Me hace cara y resopla lanzándome una de sus garras. Doy marcha atrás y caigo entre los matorrales (risas y no de lata).
El Pico Cavell es majestuoso, casi negro, quemado, reviejo. Alberga un pequeño glaciar lleno de  piedras que acaba derritiéndose en el circo, formando grandes témpanos de hielo. Antes de 1950, fue mucho más grande.

Cenamos con el sonido del agua de las Athabasca Falls, junto al río. Al otro lado, dos oseznos. Intentamos dormir en el albergue cercano, que está a tope. Nos ponen unos colchones en el suelo de madera de una gran casa hecha de tablones y, en la casa de al lado, nos hacen los carnets de alberguistas. Es también de madera, pero más acogedora. En un espacio diáfano se reparten sofás, mesas grandes y pequeñas con butacas y sillas, un ping pong y una cocina con varias neveras. Hay una chimenea encendida. Para limpiarnos los dientes, nos enseñan a manejar un pozo artesano. Hay que apretar fuerte una palanca hasta que el agua sale, bien fría. En el oscuro casón, entran sonidos del bosque y el agua. Con este son, doblamos cansados.












Famosa postal de Maligne Lake.

















Postal del Lago Peyto.