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miércoles, 26 de junio de 2019
lunes, 24 de junio de 2019
sábado, 22 de junio de 2019
edificios prerrománicos y algunos artistas

Dice Marta que no podré subir al monte Naranco con esa niebla, así que voy a terminar la visita inconclusa a San Julián de los Prados. De camino, desayuno en la cafetería Bocado rodeado de libros. Sofía, la simpática camarera, tiene una extraña relación amor-odio con un cliente vejete. La retrato mientras tanto, y ella, satisfecha, le hace una foto al dibujo.
Por un precio ridículo, nos explican esta iglesia que formaba parte de un complejo palatino a las afueras de Oviedo. Era la iglesia de la corte a principios de siglo IX. Nos presenta una continuidad con los romanos y visigodos. Mantiene muchos frescos que, aunque sin figuras humanas ni animales, recuerdan a los de Pompeya. Luego, me dejan sentarme para tomar algunas notas. Paseo por su exterior y después camino hacia el Naranco, ya despejado, para ver San Miguel de Lillo y Santa María. Del interior del primero solo puedo ver las jambas de la puerta de entrada, que alguien copió de un díptico bizantino y en las que destaca una escena de circo, con acróbata y domador de leones; y del segundo no recordaba haber visto la planta baja y el baño, o lo que fuera, del semisótano. Me resulta curiosa esa decoración recurrente de cordones.
Como bastante mal en una especie de mesón que hay al lado, pero que tiene unas vistas estupendas de Oviedo para dibujar. El tosco camarero reconoce algunos edificios. Me cuentan que la gran carpa de Calatrava se cae a pedazos y actualmente no tiene ningún uso. De vuela a Oviedo, junto a la espantosa basílica funeraria de San Juan el Real, con su San Juan de plastilina, visito la gran librería Cervantes para comprar un libro para la vuelta. Me cuentan que aquí ha habido un cierto impulso en las ventas de libros ilustrados o especiales hechos con cariño. Me enseña los apartados donde los tiene y reconozco a algunos dibujantes. Me regalan unos dibujitos impresos de la librería para incluirlos en el cuaderno, dicen, uno de cómo era en 1921 y otro en la actualidad.
Voy a casa a descansar. Marta me enseña sus cuadros hechos y empezados, y me explica su manera de hacerlos (pintando con las manos y sobre un fondo con el centro claro y que va oscureciéndose hacia los extremos), lo que le interesa y lo que no. Me gusta esa búsqueda del misterio como la clave que retiene a quien lo observa. Exhala ilusión, como una niña pequeña de pelo rojo. Le hago una foto subido a una banqueta para conseguir su propia perspectiva picada, y luego le hago un dibujo en el ordenador.
Paseo por las calles atento como un milano. Los edificios y los pequeños detalles, los rótulos, los niños jugando en las plazas. Roberto sigue tocando la guitarra y vuelvo a dejarle una moneda. Me dice que haga el dibujo rápido, o de memoria, que tiene que irse a cenar a las monjas. Un poco más abajo, en el Centro Asturiano de Barcelona, Pep Segura expone escenas costumbristas de las aldeas asturianas, que le han encargado para un libro. Le digo que me gustan los más abstractos y el dice que es más su estilo, pero esto es un encargo. Es un tío risueño y bonachón. Me deja dibujarlo y, una vez dibujado, ma hace añadirle una gafas. Me ceno unos pinchos en la Plaza del Fontán y el café me lo tomo en el Madera, un restaurante barato al lado de casa donde juegan al subastao Florencio, Angelín, Cañamero y Benigno.
En casa, me despido de Marta, hago la mochila, me bebo un trago de kefir y me encamo, que mañana hay que madrugar.
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viernes, 21 de junio de 2019
en oviedo
Hoy nos levantamos sin prisas. Visitamos la Catedral, que es gratis para los peregrinos que quieren la Salvadorana. Hay alguna semejanza entre los bosques que hemos atravesado y su interior, un bosque de piedra donde no existe la improvisación. En uno de sus árboles, está San Salvador en piedra policromada. Vemos la Cámara Santa, sus columnas labradas y el tesoro. En el Museo, solo me entretengo con los santos románicos de madera pintada, con sus grietas, agujeros de la carcoma y esa inocencia casi africana.
Cuando llegamos a San Julián de los Prados, el más antiguo y más grande edificio prerrománico, se acabaron las visitas. Paseamos por el césped y vemos el exterior. Pasamos por el hotel Reconquista, barroco, del siglo XVIII y que fuera hospicio y hospital. Visitamos sus patios y nos tomamos unas cervezas rodeados de rancia decadencia. Aparece Woody Allen por las calles mientras buscamos un lugar para comer. Vamos a Gloria, un restaurante con buena fama. Nos comemos el menú, de veinte euros, que resulta ser una maravilla: pote asturiano, cogote de merluza y arroz con leche, regados con un ribera roble. Amancio y Antonio no lo consideran bien cerrado sin el pacharán y el cigarro. Disfrutamos como peregrinos hambrientos, rodeados de gente trajeada y peinada al milímetro que habla de negocios. Los gestos, los movimientos de sus manos, parecen haber sido estudiados en un espejo; creo que a esto lo llaman elegancia.
Volvemos paseando por el Campo de San Francisco. Última clase magistral sobre árboles asturianos. Recogida de diplomas de buen aprovechamiento. Amancio habla de hacer una cata de vinos defectuosos mientras caen unos agrícolas esperando que abran las tiendas. Cargan con quesos y dulces, recogemos archeles y nos despedimos. Ellos vuelven a casa y yo me quedaré algún día más.
Marta es pintora, tiene el pelo rojo y vive en un piso frente a la estación de autobuses. Me enseña sus cuadros de estancias vistas desde el techo y libros abiertos o amontonados donde el papel parece tener luz. Me dice que le encanta, pictóricamente, todo lo misterioso y me prepara un té. Deshago la mochila y descanso sobre la cama dejando mi mente en blanco. Descansado, voy al centro usando su atajo, que consiste en entrar en el centro comercial Las Salesas, subir en ascensor al tercer piso y salir por Nueve de Mayo, que llega recto y pronto a la plaza de la Catedral. Llueve. Miro la agenda cultural y decido ir al Teatro de la Filarmónica, en la Plaza Portier, junto al edificio del Banco Asturiano, a ver una película que hoy ponen gratis.
Resulta ser un peliculón: Lazzaro Felice, de la directora italiana Alice Rohrwacher (Corpo celeste, El país de las maravillas) sobre la maldad y la inocencia, el campo y la ciudad, el pasado, el presente y el futuro, sobre los mitos del niño salvaje y la resurrección. Recuerda mucho a Passolini, Fellini, Visconti e, incluso, a nuestro Buñuel. Me gusta mucho.
Me ceno dos deliciosas cebollas rellenas de bonito y pisto, con cerveza tostada. Otra vez en el Bango 7 Plazas, que me pilla de paso para mi nueva casa. El camarero se enrolla y me da charleta aunque ya es tarde y barre con el cepillo entre plato y plato. Solo me lleva diez euros. Satisfecho, paseo bajo la lluvia buscando las calles adecuadas para llegar a casa. Las terrazas están vacías, el guitarrista renacentista sigue tocando, le echo una moneda. Jóvenes trajeados vocean por los soportales. Mucha marcha por la calle Gascona. En General Elorza solo hay paseantes de perros. Enseguida llego a casa. Oigo la tele puesta. Siento el peso de la manta y que el mundo se acaba en un lento fundido a negro.
Volvemos paseando por el Campo de San Francisco. Última clase magistral sobre árboles asturianos. Recogida de diplomas de buen aprovechamiento. Amancio habla de hacer una cata de vinos defectuosos mientras caen unos agrícolas esperando que abran las tiendas. Cargan con quesos y dulces, recogemos archeles y nos despedimos. Ellos vuelven a casa y yo me quedaré algún día más.Marta es pintora, tiene el pelo rojo y vive en un piso frente a la estación de autobuses. Me enseña sus cuadros de estancias vistas desde el techo y libros abiertos o amontonados donde el papel parece tener luz. Me dice que le encanta, pictóricamente, todo lo misterioso y me prepara un té. Deshago la mochila y descanso sobre la cama dejando mi mente en blanco. Descansado, voy al centro usando su atajo, que consiste en entrar en el centro comercial Las Salesas, subir en ascensor al tercer piso y salir por Nueve de Mayo, que llega recto y pronto a la plaza de la Catedral. Llueve. Miro la agenda cultural y decido ir al Teatro de la Filarmónica, en la Plaza Portier, junto al edificio del Banco Asturiano, a ver una película que hoy ponen gratis.
Resulta ser un peliculón: Lazzaro Felice, de la directora italiana Alice Rohrwacher (Corpo celeste, El país de las maravillas) sobre la maldad y la inocencia, el campo y la ciudad, el pasado, el presente y el futuro, sobre los mitos del niño salvaje y la resurrección. Recuerda mucho a Passolini, Fellini, Visconti e, incluso, a nuestro Buñuel. Me gusta mucho.Me ceno dos deliciosas cebollas rellenas de bonito y pisto, con cerveza tostada. Otra vez en el Bango 7 Plazas, que me pilla de paso para mi nueva casa. El camarero se enrolla y me da charleta aunque ya es tarde y barre con el cepillo entre plato y plato. Solo me lleva diez euros. Satisfecho, paseo bajo la lluvia buscando las calles adecuadas para llegar a casa. Las terrazas están vacías, el guitarrista renacentista sigue tocando, le echo una moneda. Jóvenes trajeados vocean por los soportales. Mucha marcha por la calle Gascona. En General Elorza solo hay paseantes de perros. Enseguida llego a casa. Oigo la tele puesta. Siento el peso de la manta y que el mundo se acaba en un lento fundido a negro.
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jueves, 20 de junio de 2019
de la pola a oviedo
Amanecemos seriamente perjudicados por el exceso de vino y tabaco en la noche anterior. Rulan las pastillas para aguantar el largo día. No puedo comer, me bebo un vaso de leche fría en el bar de la patrona. El pueblo, como todos, está encajado en un valle que solo tiene una dirección y dos sentidos. Vamos hacia el norte siguiendo el curso del río Lena, y luego el del Caudal. En La Pola, las casas son de la misma altura y, a pesar de que son de pisos, todo resulta armónico, como si los hubieran construido a la vez, en los años cincuenta.
Es angustioso el camino por la AS-242, sin arcén y sin desbrozar los márgenes. Las hierbas te obligan ocupar el carril. Un poco antes de Ujo, un puente peatonal nos cambia al otro lado, por un camino más agradable, hasta Ujo. Allí veo su iglesia románica sospechosamente nueva aunque sea de finales del siglo XII. Resulta que, en1922, el trazado del ferrocarril obligó mudar la iglesia de sitio, convirtiéndola en un engendro donde aún pueden saborearse pequeños detalles en el ábside semicircular (único elemento que queda de la iglesia original al no cambiar de sitio) o la portada con sus arcos concéntricos (zigzags, palmetas y rollos zamoranos) y un precioso capitel de Daniel a punto de ser devorado por los leones. Busco al cura para sellar, pero ha abandonado la iglesia y la sacristía. Me sella la panadera de enfrente, que confiesa que suele hacerlo.

Hasta Mieres el camino es un paseo fluvial paralelo al río Caudal, a dos carreteras, a las casas alineadas de los pueblos y a los polígonos industriales, que resulta, comparado con el resto del camino, estresante y ruidoso. Solo llama la atención una nave de ladrillo en el área industrial de Sovilla, la antigua Estación Termoeléctrica de la Sociedad Hullera Española, que explotaba las minas de la zona, y cuya finalidad era producir electricidad quemando hulla. Por su estilo, se le atribuye a Gaudí, pero podría ser cualquier otro arquitecto conocedor del modernismo catalán. En Mieres paramos a tomar café yo me bebo un zumo de naranja. Interesantes el Grupo Escolar Aniceto Sela de 1925, el Ayuntamiento, el edificio de viviendas La Innovación de 1956 y el mercado de abastos de 1907, cuya plaza, según nos cuentan, se llena de puestos los domingos. El paisaje se va ablandado, aparecen las primeras huertas. Cogemos otra vez la AS-242, subiendo incansablemente hasta el alto del Padrún, donde caen unas cervezas con los bocatas del jamón que sobró anoche, en la sidrería Ángel. La subida ha sido más fácil de lo que presagiaba el perfil. Con un tramo de bosque de avellanos y arces. La bajada, sin embargo es trepidante y rompepiernas, por túneles de avellanos y arces hasta Olloniego, en el valle del Nalón. Después de la torre y el palacio de Muñiz, en el Portazgo, cruzamos el Puente de Castilla y desde el mojón leguario que indica que Oviedo está aun legua y media, subimos un camino empedrado de fuerte pendiente, con trozos de suelo embarrado o cubierto de mierda de vaca, bajo los árboles y la amenaza continua de ortigas gigantes, que nos llevará al alto de la Picullanza, desde donde ya divisamos Oviedo. Bajada por un castañar. Cansados ya en la última subida a la cumbre de la Manjoya, entramos a los primeros barrios de Oviedo. En una sidrería nos terminamos los bocatas con cerveza.

Empieza a chispear. Llego al albergue, que está cerrado. Busco la Catedral. Justo detrás, está nuestro hotel. Nos duchamos echamos una siesta reparadora. Visitamos después el Museo de Bellas Artes de Asturias, distribuido en varios palacetes. Disfruto frente a muchos cuadros. Ribera, Sorolla, Alberto Sánchez, Joaquín Torres, Juan Carreño... Me sorprende Aurelio Suárez, un pintor autodidacta de Gijón, me gusta. Cenamos en Casa Bango, en la plaza Daoíz y Velarde, un clásico de Oviedo comprado por los dueños del Siete Plazas. La comida está hecha con cariño. Muy ricas las cebollas rellenas, las alcachofas y el queso gratinado. Nos bebemos dos botellas de Resalso, lo que aporta una ayuda incuestionable al sueño profundo.
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miércoles, 19 de junio de 2019
de pajares a pola de lena
Me despiertan los perros aullando por la noche. Me levanto temprano, caliento el café y la leche. Bajamos nuevamente al barranco hasta San Miguel. Delante, ese flipante paisaje alpino por cuyos valles vinimos ayer. Terrible subida a Santa Marina. Adelantamos a una peregrina finesa, este camino apenas si se usa. Cuando paro a tomar notas, vuelve a pillarme. En el bosque aparece como novedad el señor castaño. Cuando la luz logra penetrar, aparecen las hermosas dedaleras con sus flores magenta. Descanso en Los Llanos, pueblo con lavadero público y puerta de entrada, bajo el gran tejo frente a la iglesia parroquial de Santiago. El descenso suave hasta el río Pajares, resulta muy agradable, por una carretera sin tráfico y en obras hasta el Puente de los Fierros, donde hay una estación de tren. El ascenso empieza en una valla con un gran ciruelo y luego una senda entred hayas y avellanos, junto al precipicio, hasta Fresnedo. Antes de llegar, charlo con un paisano que ordeña con dificultad una vaca que, según cuenta, nació con cesárea. Nos volvemos a reunir en Fresneo. Me cuentan que se cruzaron con una galopaba impresionante de caballos que subían el monte. Cargamos agua y seguimos bajo la sombra de los avellanos. Vuelvo a adelantarme para dibujar la ermita de San Miguel (Samiguel d'Eros), cuya imagen de madera policromada ha desaparecido. Bajamos por los montes arbolados de Costumiz, subimos los de Fueyos y Turiel, y más montaña rusa hasta Erías es un pueblo bonito, con casas antiguas de piedra y madera. Pasamos entre un viejo hórreo de madera y una casona de piedra con un establo semicircular. Una señora me dice que estamos a poco más de dos kilómetros de Campomanes. Al que nos acercamos por una cuesta dura de hormigón que enseguida se rebaja y luego descendiendo por un túnel vegetal de tal pendiente que destroza las piernas.

Campomanes está en un valle donde se unen los ríos Pajares y el Güerna, una vega bajo los altos de Penagachu, Brañavalera del Picu Fabarín. Es un pueblo grande con todos los servicios. Aquí descansamos frente a unas cervezas. Seguimos un camino fluvial asfaltado hasta el puente del ferrocarril, desde cuyo arco sube un camino empedrado hasta la ermita prerrománica de Santa Cristina de Lena, en un promontorio precioso donde pastan unas cabras, y con el fondo majestuoso de los montes Carabanes, como una cortina gigante de piedra. La iglesia es preciosa, austera; pero está cerrada (en horario de apertura) y el teléfono que indican no lo coge nadie. El camino de piedra nos lleva hasta la hermosa estación de La Cobertoria. Paralelos a las vías, apretamos ante la amenaza de lluvia hasta La Pola de Lena. Allí, la patrona del hostal nos dice que amenaza tormenta. Al final todo queda en cuatro gotas; pero mucho vino, mucho queso asturiano y mucho torto de picadillo. Fredo, en el Filangurri, se pasó con la tabla y no hay quien se la coma por más vino de Toro que le metamos.
Los quesos asturianos que comemos son: de denominación, Cabrares, Casín, Gamoneo y Afuega'l pitu (el nuestro con pimentón). Más otro sin denominación llamado El Peral. El vino de Toro es un tinto joven de Fariña, Primero, de maceración carbónica.
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