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martes, 27 de agosto de 2019

domingo, 4 de agosto de 2019

en la terraza de la taberna de pelu


José Manuel me dice que se meterá en obras y Ángela que es la peluquera de mi hermana Pilar.

jueves, 1 de agosto de 2019

terraza de la calle argumosa de madrid

 Mientras comemos en la Casa de Asturias.

sábado, 27 de julio de 2019

el paseo de mestanza en ferias


La terraza del quiosco se pone a tope. La gente venida de fuera se saluda. Se oye la música que un grupo toca en la pista del pocillo. El baterista es de aquí, dicen.

martes, 9 de julio de 2019

viernes, 31 de mayo de 2019

miércoles, 1 de mayo de 2019

más terrazas de ciudad real











La terraza del Orosia, del Pomodoro, del Pichu's, del Sirigaita, del bar El 15, de La Soga, de la librería 2 Pájaros, del Llaollao y de la heladería Cónico.

viernes, 12 de abril de 2019

la torre de la calahorra y el jardín vertical






Los dibujantes callejeros tienen su cita  en la Torre de la Calahorra, que es donde la gente de Cuadernos Viajeros espera a los participantes.

Esta torre almohade formó parte del recinto amurallado. Más tarde, y anexa a ella, se construyó la Casa Señorial, en el siglo XV, para pesar y almacenar las cosechas. Después se adosó la llamada caseta, que era independiente y ahora tiene acceso desde la torre. Está al lado de la Basílica de Santa María, que antes fuera la Mezquita Mayor, y muy cerca del Palacio de Altamira. Esta torre defendía, en el siglo XII, la Puerta Lucentina. El lado interior estaba protegido por un foso, y no se podía acceder a ella sin subir a la muralla y cruzar una puerta levadiza, lo que la convertía en casi inexpugnable. En su realización se utilizaron muros de mampostería revocados, con sillares en la base y en las esquinas. La torre, en origen, tenía, al menos, dos alturas más, cuerpos que se desplomaron en el terremoto de1829. Albergó una logía, aún hoy conserva símbolos masónicos en los frescos del techo y en el suelo, fundamentalmente en la llamada Sala Masónica, que antes fuera el antiguo almudín. Fueron propietarios: el comendador de León en el siglo XV, el el siglo XVIII el Duque de Arcos y el Conde de Altamira, en el XIX el VIII y IX Marqueses de Lendínez, en el XX la compran José Revenga y Asunción Ibarra, que en el XX heredó su sobrino y después un hijo de éste puso aquí su despacho. Desde 2001 es la sede de la Subdelegación del Gobierno de la Generalidad Valenciana. Sigue decorada con multitud de trampantojos, especialmente la sala neonazarí y la capilla.

En la cara de la Plaza de Santa Isabel, se ha hecho un jardín vertical, un muro verde, con una cafetería, diseñados por el arquitecto Antonio Macía, recuperando una zona en desuso con una estructura ecológica. La cafetería es una barra al aire libre junto a una terraza. Su nombre es Calahorra. Tuve la ocasión de dibujarla varias veces. La última, cobijado de la lluvia en la barra, dibujé a tres de sus camareros: Sergio, Jose y Alba, y a alguno de sus clientes dibujantes como Juanra, su nieta y Juan E. ligando con las jovencitas con el rollito del retrato a tinta china. ¡Que los dioses bendigan a los dibujantes de cómic!

viernes, 15 de marzo de 2019

tiempo de terrazas








Doña Croqueta, el Kiosko, Acuario y El Quijote.

sábado, 10 de noviembre de 2018

más monasterios y conventos


Hoy quisiéramos visitar los monasterios abiertos de Meteora que ayer no visitamos. El primero al que vamos es el de Varlaam, llamado así por un monje ascético de  este nombre que se fue a vivir a lo alto de la roca en el año 1350. En el siglo XVI dos monjes ricos invirtieron en la construcción de un monasterio, con gran dificultad pues solo en subir los materiales se tardaron 22 años. Hoy viven en él muy pocos monjes. El acceso es relativamente fácil, un puente de roca a roca y una escalera escavada hasta la entrada. Allí se pagan tres euros y te dan el sayón para las señoras (conviene llevar también un pañuelo para el pelo y nada de camisetas indecentes). Tiene una terraza chula y una cuba gigante de madera. Pero lo mejor de todos los monasterios es la iglesia, que suele ser el único reducto del pasado, pues todo lo demás está muy nuevo. Allí encuentro un santo famélico en una de sus paredes y un bonito esqueleto en una caja de madera. Me cuelo en un pequeño claustro, del que un joven monje me echa.

El Monasterio del Gran Meteoro está cerrado. Ocupa la altura de una piedra de gran superficie. Hago un dibujo a línea desde la roca de enfrente, donde está la entrada. El de Roussanou o de Santa Bárbara también está cerrado por obras. Sufrió muchos daños en la II Guerra Mundial y los monjes lo abandonaron. Actualmente, ya restaurado, lo ocupa una congregación de monjas. Es de fácil acceso, solo hay que subir unas escaleras de piedra, que se inician en la carretera. Decepcionados, cogemos un sendero que parte de la escalera y nos damos un paseo por el bosque de robles.

El último que visitamos es el que tiene la restauración más aceptable. El primer asentamiento de monjes en esta roca se hizo en el siglo XII. Se construyó del XIV al XVI y actualmente tiene una configuración de los siglos XVIII y XIX. El acceso es más que fácil, solo hay que cruzar un puente. A nosotros nos gusta porque todo es de piedra y madera, manteniendo piezas con curiosos relieves, porque tiene un claustro con arcos de piedra y porque lo habita una congregación de monjas recuriosas que cuidan sus jardines y lo tienen todo como los chorros del oro. La terraza es ajardinada y las celdas rodean al claustro (que es la idea que nosotros tenemos de un monasterio). Después de ser destruido por los nazis, una congregación de monjas lo ocupó en el 66, convirtiéndose en convento. De todos los santos pintados me llama la atención uno con una gran túnica amarilla con flores rojas (¿en este sitio tan austero?) y de las pinturas nuevas, la representación del Infierno como la llama de un dragón gigante donde arden ciudadanos y clérigos, departiendo con algunos demonios con cuernos. También tiene manuscritos curiosos en su museo. Estamos tan ricamente que nos quedamos hasta que nos echan.

Comemos tarde guisote en un restaurante con muy buena pinta y con bastantes clientes no figurantes. La comida no está a la altura del local, ni a la de su precio. Se trata de la taberna Panellino. Para no ir. Después nos tomamos unos cafés en un sitio de jovencitos, en el que hay mujeres. El café está muy rico. Los dulces los compramos en una pastelería vecina. En este pueblo, Kalambaka, no existe el concepto pastelería-cafetería. Son cosas distintas. En España es ya una antigualla, pero pervive en los pueblos.

Mientras Beni descansa y se lava el pelo, yo me voy a ver piedras y dibujar monasterios en unos cuantos balcones solitarios. Un ruso me pregunta a través de un traductor del móvil, y luego llega una pastora con un montón de cabras. Por lo demás, todo es vida apacible y tranquila.

sábado, 3 de noviembre de 2018

los jardines nacionales y el barrio de metaxourgeio


Me despierta el llanto de un bebé. A las seis amanece.

Desayunamos frente a la iglesia de Panagia Kapnicaria, una iglesia bizantina del siglo XI, de las primeras de Atenas, que dibujé ayer, que se construyó sobre un antiguo templo pagano dedicado a Atenea y como parte de un monasterio. Actualmente es un extraño fósil en mitad de la calle comercial Ermou. Justo allí hay una cafetería pastelería con un montón de pasteles, otros dulces y sandwiches a precios populares.

Después de ver el Templo de Zeus, hoy ya de día, paseamos por los Jardines Nacionales con ese extraño olor a lejía y canela que finalmente identificamos en la flor de lo que parece un algarrobo, sin duda el llamado algarrobo de olor. Hay árboles muy viejos, especialmente cipreses de grandes y ramificados troncos. Estanques, asientos de mármol rescatados de algún teatro. Es parecido al Retiro, pero más salvaje. Tiene un ridículo y entrañable zoo con cabras montesas, ovejas, gallinas, ocas, pavos reales, patos y algún pájaro. Las ovejas huelen a rayos. Salimos a Eleftheriou Venizelou para visitar el Museo de Arte Cicládico, pero está cerrado (luego descubrimos que la entrada principal del palacete no es la del museo). Este es un barrio rico de casas señoriales donde están las embajadas.Nos acercamos a Syntagma y paseamos por Panepistimiou para visitar el barrio de Metaxourgeio (Metalurgia), junto a la estación de ferrocarril de Larissa. Como hay una mani en la paralela Stadiou, aquí están escondidos los antidisturbios echando el último cigarro. Son jovencitos disfrazados de robocop y cargados a tope. Algunos llevan una extraña arma con un depósito de gas. No parece que la policía haya cambiado tanto desde los tiempos de la dictadura. En cada manzana encontramos un grupo oyendo las consignas de la calle vecina y dispuesto al ataque.

Precioso el edificio modernista del cine Rex. La Academia, la Universidad, la Biblioteca Nacional... resulta cargante este estilo neoclásico tan ortodoxo, como el decorado de una peli de griegos (para nosotros de romanos). No sé cuántos falsos partenones tenemos ya vistos. Llegamos al barrio. La Plaza Omónoia se la cargaron con el parking. Me imagino a los constructores vendiendo la idea al Ayuntamiento. Nada que ver con esta mierda de resultado. Edificios muy chulos semi abandonados o del todo, murales, galerías de arte, cafés, grafitti, mensajes anarcos. Es un barrio obrero que está acogiendo a los expulsados por el turismo. Y, según parece, empieza a haber turistas sin miedo. La pescadilla infinita. Nosotros comemos en la terraza de una casa de comidas balkánicas, que resulta bastante barata, y nos tomamos el café con música de Buika en el Acrobat, un local bonito de techos altos y visera que podéis ver arriba. Aquí dibujo a una partida de jovenzuelos que me dan sus nombres y disfrutan viéndose así mismos en versión rotulador. Apheus, con el pelo largo en finas trenzas, habla español. Volvemos por la calle Athinas, muy divertida. El Mercado Central con dos alas cubiertas a la calle, pescados, un fuerte olor a las especias bajo una enorme visera, comerciantes voceantes, sombreros. La iglesia bizantina de la Muerte de la Virgen, con los techos y paredes negruzcos, donde solo se ven las coronas de chapa de los santos. Beni pone una vela a sus difuntos.

La Plaza de Monastiraki es una locura. Hoy está a tope. Los turistas cenan al son de esos raros violines y esos acordeones diminutos que tocan dos niños. Los rastados tocan los tambores senegaleses y esa abuela baila y baila sin cesar. Los banglas venden ese aparato luminoso que se enciende en el cielo. Mogollón de jóvenes con pocas cosas que hacer excepto mirar lo que yo dibujo (el último dibujo del día es de la plaza). Paseamos, vemos algunas tiendas interesantes de diseño y cerámicas. Me gustan mucho algunas interpretaciones en barro del caballo de Troya y algunas escénas odiséicas.

Como hormigas bicheamos entre la multitud por las calles céntricas, sin tráfico, hasta llegar a Adriano. El mercadillo se va cerrando. Las vendedoras, cansadas, se comen algúna empanada. Aún tienen fuerzas para hacernos la última oferta en inglés. La mujer que está pidiendo, con un vaso de plástico en la mano, durante todo el día, ha extendido sus saco de dormir sobre la acera y se ha dormido. Los taxistas charlan en la puerta del hotel. Sentimos el fresquito ese que traen las noches de verano.

jueves, 25 de octubre de 2018

dibujantes primitivos y los refugios antiaéreos


Desayunamos a lo lisboeta en el quiosco de la Plaza de Calvo Sotelo, otra copia de estilo modernista donde te clavan. Después, subimos hasta la joya de Alicante, el motivo por que estamos aquí: el Museo Arqueológico de Alicante, que ocupa el antiguo Hospital Provincial y llaman MARQ. La estructura en forma de espina del edificio, el concepto educativo y la iluminación centrada en las piezas, hace de éste un museo muy especial, galardonado en 2004. Nosotros tenemos una visita guiada reservada para visitar su gran expo temporal sobre el arte rupestre del Paleolítico Superior y el Neolítico, especialmente en el Levante, donde se han encontrado muchas muestras en cuevas y, especialmente, en abrigos. En la expo, dividida en tres salas, podemos ver los calcos originales que los arqueólogos hicieron directamente sobre los dibujos descubiertos, algunas reproducciones y algunos cuadernos diarios del arqueólogo Pere Ferrer. Una pasada.

Comemos de tapas en el D'Tablas, un bar barato de cañas en que van pasando tapas calientes y coges las que quieres. Luego, te cuentan las tablas en que venían, y pagas. Lo malo es que casi todo son fritos. Lo mejor, los chopitos. Una chica se entusiasma con los dibujos y tengo que posar con su novio y el dibujo con su retrato. Gages del oficio. Me suelo prestar a todo. El dueño nos invita.

Descansamos un poco en el hotel y luego bajamos al centro de interpretación de los refugios antiaéreos que se construyeron en la Guerra Civil, que es un edificio industrial de la época, sala de máquinas, donde hemos hecho una reserva para una visita guiada. Resulta que Alicante fue duramente castigada durante la guerra debido a que aquí se asesinó a José Antonio Primo de Rivera, a que era una ciudad industrial con un gran puerto y con una gran implantación de los sindicatos. La gente huía a Alicante pues la consideraban retaguardia tranquila, pero la verdad es que desde fue continuamente bombardeada, primero atacando su puerto e instalaciones consideradas objetivo de guerra y, más tarde, a la población civil. Ya comenté el bombardeo premeditado (chivateo de quintacolumnistas) en el Mercado Central, donde murieron 300 personas en el momento, y decenas después debido a las heridas. El Ayuntamiento se puso en marcha para la construcción de 92 refugios, hoy documentados, donde su población pasaba la mayoría de las noches. Así se entrenaban nazis y fascistas preparando sus máquinas destructivas para la Segunda Guerra Mundial. Entramos en los refugios de la Plaza Séneca y Plaza Balmis. Es impactante estar ahí abajo en silencio oyendo las sirenas y los bombardeos de la calle. Muy fuerte.

Este episodio terrorífico de la Guerra ha sido silenciado durante mucho tiempo. Ahora la Concejalía de Memoria Histórica y Democrática, ha organizado estas visitas para sacar la verdad a la luz, el pasado que los propios alicantinos han olvidado. El refugio de Séneca se descubrió al desescombrar la plaza al retirar la antigua estación de autobuses. El de Balmis es más pequeño y mejor acabado. Acabamos la visita en el puerto, frente al busto dedicado al capitán galés Archibald Dikson, que se mantuvo en el puerto hasta el final y cargó a 2.638 refugiados republicanos (contra todo viento político y marea de la infamia de nuestro país, dijo una superviviente), que llevó a Orán. Ese mismo año moriría en el Mar del Norte con su barco destrozado por un torpedo de un submarino nazi.

Descansamos en las sillas de la Explanada, junto a jubilados y guiris. Recorremos la zona de bares: Plaza Chapí, Teatro Principal, calle Castaños, San Francisco. Peatonales llenas de mesas. En el Enredo cenamos tortitas de camarones y berenjenas con miel de caña bien ricas. Dibujo a Cristina, a Pablo, a Alba y Joana, camareros y camareras bastante simpáticos que nos invitan a un chupito. Paseamos por la calle Mayor hasta el Ayuntamiento, donde cantan los Gatetemons, vestidos de gatos, para los niños. Volvemos por la ridícula calle de las Setas, llena de niños, y acabamos en el Frenezy, junto a una mesa donde beben vino una austriaca, una norteamericana, una suiza y una inglesa, como en un chiste, que usan un castellano de Doña Croqueta para decir esa frase en desuso estoy en el séptimo cielo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

el mercado bombardeado, la playa de san juan y unos quesos curados en el manero


Mientras Beni duerme, paseo por las calles hasta el Mercado Central, modernista, de ladrillo visto y metal. La entrada principal está cerrada y se entra por un extraño edificio circular con cúpula, adosado, donde han puesto una escalera metálica. Arriba está la carne y abajo el pescado y, más adentro, bajo la plaza de las flores, las verduras y hortalizas. En esta última plaza, la del 25 de mayo, hay una placa que recuerda que aquí cayó una bomba fascista que mató a 300 personas en 1938, lanzada desde los aviones italianos que venían de las Baleares. El reloj del  mercado sigue parado a las 11:19, la hora del bombardeo.

Bajo a la Rambla. Algunas tiendas antiguas como la mercería Arenas o la papelería Eutinio. Flipantes los vestidos barrocos de la tienda de indumentaria de Rubén Hernández. En el punto de información tratan de disimular que Alicante no es una ciudad monumental y que los cruceros ya no paran aquí (de lo cual, me alegro). Cuando apunto sus consejos en el cuaderno, parece que quedan sorprendidas y hacen algunas fotos.

Desayuno con Beni en la cafetería Gori. Una mujer da consejos a un nuevo empleado de su empresa. Habla de los falsos, de los trepas y de aquellos en que se puede confiar (me siento feliz de lo lejano que me queda todo esto). Subimos por la calle Castaños al mercado. Paseamos entre peces, que es realmente un espectáculo. El gigante atún abierto mostrando su carne roja bajo una dura capa plateada, los bonitos, las gallinas de un rojo leproso como las herreras, la corba con su fila de ventanas como un avión, la llambuga de brillos amarillos y mandíbula aterradora, sargos, pargos y salmonetes con la boca de susto, el pez volador, que la pescadera nos enseña abriendo sus alas. Nos dice que es morralla, como el pez araña, para los guisos. El reloj parado, dátiles de Túnez, bonito abierto con cañas y seco de Ceuta y Larache.

Bajando la Rambla, vemos el Museo de las Hogueras, con los ninots indultats. No me gusta ese realismo paleto de los antiguos, ni la onda disney de los últimos; pero sí la mayoría de los carteles de las fiestas de San Juan. La Explanada, el edificio Carbonell, la Calle Mayor, la Plaza del Ayuntamiento, donde hoy bailan zumba, y una cerveza en la tranquila Plaza del Puente, en la terraza del Pont, de camarero simpático, donde dibujo las vistas del Benacantil, el castillo y la cara del moro. Alguien ven en las rocas y las sierras siempre un moro (por la nariz aguileña, o por eso que parece un turbante), generalmente tumbado a la siesta. Vemos los pozos de Garrigós, tres cisternas excavadas en la roca en el siglo XIX, en la base del Benacantil, para recoger el agua de la lluvia. Al bajar las escaleras saludamos a la señora que colgaba la ropa y ahora está leyendo un libro.

Cogemos el bus nº2 hacia la playa de San Juan. Hemos comprado una tarjeta con 10 viajes y resulta más cómodo y barato moverse. Todo el mundo está liado con su móvil. Esto me permite dibujar descaradamente a los viajeros. La playa es espectacular, con una ancha franja de arena que se pierde en una curva a la derecha que acaba en un peñón. Apenas si hay gente y se está muy bien. Me baño. Las olas vienen fuertes. Juego un rato con ellas y luego me seco al sol. Una chica juega conmigo y sale cuando yo. Cuando voy a preguntarle dónde están las duchas, se está quitando el biquini. Desisto turbado. Nos bebemos, Beni y yo, una cerveza en una terraza con un bocadillo de jamón ibérico que nos hicimos en el mercado. Los guiris beben sangría. Más que turistas, parece que viven aquí. Algunos hablan castellano. No hay duchas por el vandalismo, me dicen, solo te puedes lavar los pies.

Volvemos en el 22. Un adolescente francés, que no para de arreglarse el pelo, le hace una foto a su dibujo. Dibujo después el quiosco del Soho, en el Portal de Elche y, más tarde, cenamos unos quesos en el Manero, un bar delicatessen bonito, agradable, caro y lleno de camareros perfectamente uniformados en el número 7 de la calle Doctor Manero Mollá; pero que merecerá la pena si son quesos desconocidos y puedo dibujarlo sin prisas. Nos ponen La Peral de Asturias, Stilton, inglés, uno que he olvidado y soy incapaz de descifrar en mi cuaderno, y un Mahón de 24 meses. Con un vino monastrell Las Quebradas, D.O. Alicante, muy rico. Entre bocado y bocado me pinto a unos cuantos camareros (Alfonso, Mane, Paco Eugenia y Pedro) y a muchos clientes pijos. Los de la mesa de al lado, Teresa y su novio el arquitecto Carlos, se asoman y me dicen que tengo que publicar un blablablá colegio de arquitecblablá. Cuando ya queda poco vino y queso que nos soporte, empiezan a presionar, pero tenemos que amortizar el pastón del vino y los quesos, y aguantamos un poco más.

Acabamos la noche en la terraza del Orient Express, en Doctor Gadea, charlando con su simpática camarera de Guayaquil, que gusta de dibujar acuarelas pero no acaba de encontrar el papel ideal y me dice que puedo comprar un cuaderno barato, se me está acabando, en un Tiger que hay en la Plaza de los Luceros, sí esa de la fuente de los caballos como ninots. Yo le recomiendo que dibuje todos los días algo, que lleve un cuaderno pequeño que no le dé pereza sacar. Con la práctica aprenderás, y cada vez serás más rápida y te gustará más lo que haces, le comento como un viejo maestro a su pequeño saltamontes.