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viernes, 1 de noviembre de 2019

martes, 8 de octubre de 2019

martes, 30 de abril de 2019

mestanza en semana santa




Excepto el sábado, en que fuimos reclusos, el tiempo nos respetó y pudimos hacer algunas excursiones al arroyo de Valdecabras y las Piedras del Hituero, la Hoz del Chorrillo, y Arroyo La Huerta y Alto Castillo. Todo está verde y saturado de colores. El aire puro y olor a romero y lavanda. Una delicia.

miércoles, 27 de marzo de 2019

elena de mestanza, la difícil mujer del paulino tomás

Una vez indultados por la reina Isabel II, todos los componentes de la partida de los Paulinos que ocuparon Sierra Morena abandonaron su cobijo, trasladando todos los enseres que tenían al caserón de la familia de Pedro el arriero, para que hicieran buen uso de ellos. Aunque la vida que llevaron en la sierra fue extremadamente dura y de muchas privaciones, todos sentían nostalgia de esos buenos y malos momentos vividos en buena hermandad, ya que todo lo compartieron durante los nueve años que duró esa andadura. Josico y su partida de bandoleros no fueron nunca jinetes de quimérica montura, por lo que, llegado este momento, entre la alegría y la nostalgia todos eligieron la libertad, que para todos los hombres es el mayor bien que se debe tener.

A su regreso a Bolaños, Calixto rehusó la propuesta de Josico de acompañarlo para ejercer de hombre de confianza suyo, tras serle concedido el puesto de Administrador Mayor del Valle de la Alcudia, y se dedicó a la compraventa de caballerías y la de vender a plazos a las gentes más necesitadas.

Tomás volvió a Torralba, donde pasó una corta temporada, desplazándose de nuevo a un pequeño pueblo situado a los pies de sierra Madrona, llamado Mestanza, a donde tiempo atrás conoció a una mujer de mediana edad, de nombre Elena. Su cometido era pedirle una relación estable, pero ella no estaba preparada para prometerse en matrimonio con Tomás, ya que apenas conocía nada de su pasado ni de su presente. Entonces Tomás se vio en la necesidad de esperar y explicarle todo lo duro que había sido el trabajo ejercido en las casas de labranza, durmiendo al lado de las caballerías, labrando todos los días las tierras y cómo últimamente lo habían contratado en las minas de Puertollano para el acarreo del carbón de piedra. Así pasó un tiempo bastante razonable antes de darle el sí y pasarse por la vicaría, para rehacer de nuevo su vida con Elena.

Agustín Sobrino Aranda en Vida de Josico. Indultado por la reina. Editado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Bolaños, 2018

sábado, 16 de marzo de 2019

la banda de los paulinos en solana del pino

 Durante la cena, Josico les dijo a los de su banda:
-Tengo la pista de donde guarda el dinero Cipriano.
-¿Ese no es tu amo?, dijo Calixto.
-Si, y ¿aquién se le ha soltado la lengua si darse cuenta?
-Yo ya lo sé de tiempo atrás, pero ayer vendió una partida importante de ganado, mientras nosotros estábamos sacando la basura del aprisco de las ovejas. Hace algún tiempo, mi compañero Juan me dijo que su esposa Engracia bajaba todas las semanas a lavar las ropas a doña Dolores, la señora de la casa. Yo tomé nota y un día le bajé un pan y dos conejos para que los cocinara. Le dije: toma, ponlos para comerlos a medio día, con el poco sueldo que cobramos tendremos que conformarnos con lo que cojamos en el campo.
-Sí. ya ves, yo que le hago sábado en toda la casa, con lo grande que es y el mucho trabajo que me da. Aparte de lavarle la ropa, la señora Dolores cuando me paga me quita un real del jornal, y me dice que las mujeres debemos ganar menos que nuestro marido.
-A lo mejor no tiene dinero para pagarte.
-Claro que lo tiene.
-¿Lo has visto tú?
- No, pero lo sospecho, porque cuando tiendo la ropa en el corralón nunca me deja sola, y ¿sabes dónde no quiere que pase nunca?, a la cuadra. Me dice que teme que me de una coz el caballo del señorito. Pero un día que pasé vi a Cipriano muy ocupado en el pesebre, y echó paja encima. Yo sospecho que guardó algo allí.
-No seas mal pensada, estaría poniendo la piedra de sal a su caballo.

Solana del Pino es una pequeña población donde sus habitantes, en su mayoría, ejercen las labores del campo y el pastoreo. Cuando terminan la jornada, varios de ellos se quedan a dormir en las fincas para atender las necesidades de las caballerías y el ganado, y solo bajan al pueblo los fines de semana. Cuando anochece, nadie sale de la casa, a no ser por extrema necesidad, llevando en la mano un farol con una lámpara de aceite para alumbrarse, ya que las poblaciones se encuentran sumidas en la más absoluta oscuridad durante las noches.

En los pueblos pequeños no existe vigilancia, porque la milicia gubernativa está acantonada en Puertollano. Si se denuncia un hecho, es cuando se desplazan con los pocos medios de que disponen. Al no existir la banca, los bandoleros lo tenían fácil, solo necesitaban arrojo y valor, y guardarse de la milicia, porque en los casos graves, si los capturan, les aplicaban la pena capital.

Al día siguiente cuando dejaron sus trabajos que les servían de tapadera, se reunieron en un sitio acordado para ganar tiempo para hacer la sustracción. Llegaron al pueblo bien entrada la noche, sus calles estaban desiertas. Josico los llevó frente a un corralón, colocó su caballo junto a la pared  de tapial y ató una cuerda a la silla de montar. Dio un brinco y, ya arriba, se dejó caer. Una vez dentro, abrió el cerrojo de la puerta para que pasaran sus compañeros "el Caza" y "el Letrado". "El Ayudante" se quedó vigilando, mientras "Quintín" se cuidaba de los caballos.

Los tres hombres pasaron a una cuadra, el Letrado alumbraba con una vela mientras Josico apartaba la paja del pesebre. Debajo apareció una losa de piedra que levantaron con ayuda de los machetes. Debajo de un manto de arena, aparecieron dos bolsas repletas de monedas. Aprisa las recogieron y, en un descuido, se les cayó la vela en lo alto de la paja, que prendió, viéndose obligados a pisotearla para apagarla. El caballo de Cipriano se asustó y se puso inquieto. Sin detenerse, salieron a toda prisa con el dinero, por si alguien hubiera oído el ruido. Ya fuera, subieron a los caballos y salieron a toda prisa a su refugio de Sierra Morena, donde se cambiaron de ropa para convertirse de nuevo en sirvientes asalariados de sus patronos.

Cipriano se levantó temprano y, cuando fue a la cuadra a darle pienso a su caballo, descubrió el robo de su dinero. Salió a la calle y preguntó a sus vecinos; pero nadie vio nada. Solo uno de ellos oyó, sobre la media noche, el paso de unos caballos por la calle, pero no le dio mayor importancia y siguió acostado.

Montó su caballo y fue a poner una denuncia al destacamento de la milicia. Lo recibió el comandante de puesto Don Aurelio de Guzmán. Después de oír su declaración, puso a sus hombres en acción para que buscaran por todos los rincones. Josico acudió a su hora al trabajo. El día transcurrió tranquilo. Por la noche, los bandoleros contaron el dinero. Quinientos escudos de oro, lo equivalente a cinco mil reales de plata. Una vez repartido, lo dejaron nuevamente en su escondite.

Al día siguiente, llegó al cortijo un sargento llamado David, acompañado de un número de la milicia, para hacerles unas preguntas a los sirvientes, en especial a Engracia; pero ante la sincera respuesta que les dio, los dejaron en paz y se marcharon. 

Tras unas semanas sin resultados, la milicia abandonó la búsqueda, regresando a su acuartelamiento de Puertollano. Al poco tiempo, nadie hablaba del robo de la casa de Cipriano. 


Agustín Sobrino Aranda en Vida de Josico. Ayuntamiento de Bolaños 2018



En 1837, después de unirse a los liberales tras los asesinatos de Palillos en Bolaños y vivir el desastre de la batalla de Ciudad Real,  José Antonio Ayllón González Josico y sus hombres desertan y huyen a Sierra Morena, donde se dedican al robo. Entonces tenía unos 17 años. Curiosamente, este mismo hombre, ya indultado por la reina, fue Administrador Mayor del Valle de Alcudia. A su retirada, Isabel II pidió una condecoración para él.