Una vez estuve en Victoria, y vi una casa muy grande. Me dijeron que era un banco y que los hombres blancos ponen su dinero allí para ser atendidos, y que poco a poco lo consiguieron con intereses. Somos indios y no tenemos tal banco, pero cuando tenemos un montón de dinero o mantas, las regalamos a otros jefes y personas, y poco a poco nos las devolverán con intereses, y nuestro corazón se siente bien. Nuestra manera de dar es nuestro banco. - Jefe Maquinna, Nootka
¿Por qué de las religiones que aquí se practicaron solo quedó el Gran Libro de los judíos, lleno de odios, venganzas y la peligrosa idea del pueblo elegido, y de todas las ideologías aquella de los grandes pioneros de América que robaron las tierras, masacraron los pueblos y llenaron la tierra de enemigos?
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sábado, 3 de agosto de 2013
martes, 28 de agosto de 2012
tribus de victoria
Aquí estoy, en el Spirit of British Columbia, tomándome un café mientras pintan y limpian el barco en pleno viaje, como si los viajeros importantes vinieran en el siguiente turno.Aún me aparecen imágenes de mi última pesadilla, en que cogía un camino equivocado en el bosque, cada vez más tumbado, como una babosa, en la maraña de abetos, cedros rojos, helechos gigantes y musgo.
Me instalo en el hostel de Vancouver Downtown, en una habitación de cuatro camas. Cocinas y frigos industriales, 14 mesas. Una llave magnética abre la habitación. Ya instalado, me voy a la playa. está llena de gente valiente al sol que hasta se baña con este fresco. Recorro Stanley Park. Georgia, Granville, Water. El reloj de vapor pita las cinco de la tarde y echa humo por sus cinco chimeneas. Caen cervezas con patatas. El jardín chino está lleno de yonquis, en el estanque se pinchan. Indios machacados dormidos en los bancos. Robson baja a tope. Bailan dixie en la calle, y también venden ropa. Parece una ciudad para vivir, para pasarlo bien. Ceno en un sushi. A la una, oigo jazz en Pacific Centre. Ella canta como los ángeles. En la acera juegan al ajedrez dos jóvenes con el pelo amarillo. Los negratas llevan pantalones grandes y caídos, las gorras con la visera atrás. Los barbudos del pelo largo se hacen trenzas, llevan la ropa ancha y sandalias. Las asiáticas de uniforme y en grupo. Los más colgados son los punklis, los vaqueros trasnochados, los neorománticos y los pijos rubios repeinados. Todos, todos juegan en este show.
lunes, 27 de agosto de 2012
por las calles de victoria
Hago el chuletón en la cocina del hostel. El queso es picante (jalapeño), riquísimo. La sandía fresca y dulce. Lavo los cacharros y salgo a la calle. Cruzo el puente de hierro azul celeste con grandes contrapesos de cemento para elevarlo, y entro al puerto. En una terraza me tomo un café mientras, con el sol en la cara, cuento las cúpulas del parlamento, con el bronce ya verdoso. Un hidroavión se pone en marcha mientras otro ameriza.
Devuelvo la moto. Visito el horno de unos jóvenes artistas del vidrio. Me explican. Varios Fiat 1800 descapotados pasan por la recomendable Johnson Street. El Java es un café de muebles reciclados con dos ordenadores viejos para entrar en Internet. Llegan los chavales con monopatines. Las mesas son espejos rotos. Hay cuadros espantosos de toreros, tías en bolas y un Cristo con la corona de espinas. Es muy barato y el ambiente de reunión de amiguetes. Una chica con el pelo amarillo rapado saca cosas diminutas de su bolso, que es un pequeño baúl negro. Al fondo encuentra una bolsa de tabaco y papel de fumar. Una japo gorda con zapatones hace temblar todo el bar a cada paso.
En el albergue ya están hambrientos. Unas rubias con cara de enfadadas comen mazorcas. Los dos alemanes de Munchen van derechos a la sopa preparada y la pasta de las japonesas. Juego en la máquina de flippers. Hago rehabilitación para mi dedo maltrecho con una bola de goma de baja densidad, la Aromatic Isoflex. Me ducho, me acuesto y me duermo.
domingo, 19 de agosto de 2012
callejeando victoria
Duermo en la gloria. Mientras me afeito me aparecen imágenes de un sueño en que llevaba a David en el coche, delante del buga de Jesús, con Rocky, a un bar en medio del campo. Una señora nos dice que avisemos a los niños, que se retiren de donde están jugando porque anidan unos grandes pájaros que hacen unos agujeros peligrosos. David va atrás, y yo conduzco como si fuera su chofer.
Desayuno leche fría y salgo a la calle victoriana, entre casas estilo Tudor, Gótico Revival y Queen Anne. Son bonitas por su sencillez, ladrillo visto y unos pocos adornos. Amanece nublado y la ciudad está preciosa. El Museo Marítimo tiene una torre con un faro y una portera voluntaria. Compro dos caracolas para Luis. Las tiendas cierran a la hora del té.
En el Royal British Columbia Museum un mamuth, todos esos bichos que viven bajo la alfombra del bosque aumentados y un diorama gigante del bosque con el oso pardo, el cuervo negro y el cinclus mexicanus bebiendo en el agua real que corre entre los cantos rodados. Otro diorama de las costas, con los leones de mar del norte, el pájaro de pico largo, las gaviotas, el impresionante ciervo rojo (elaphus) y el pequeño de Georgia, la marta, la garza negra de blancas manchas, el mapache norteamericano. Pero lo mejor es todo lo que se refiere a la cultura de los indios que habitaron estas costas hasta que el hombre blanco acabó con ellos, de la que dibujo algunos objetos.
Como junto a los barcos de pesca, en el puerto, en una calle formada por casas-barcos flotando sobre el agua. Recorro la costa. La playa está llena de troncos desbastados por el mar. En el agua, aparecen aletas de las orcas. Los barcos se acercan. Hay un horizonte blanquecino sobre el que se elevan las grandes montañas de Seattle. Paseo por la playa pisando maderos, hay un fuerte olor. Sigo una música country lejana hasta encontrar un grupo disfrazado bailando. Everybody! grita el cantante sobre las faldas al vuelo y los sombreros vaqueros. Las abuelitas se ponen un chándal para no resfriarse, dejando ver las botas blancas de chúpamelapunta. Lamentable para un viejo europeo como yo. Veo jugar al baseball, no entiendo nada. Vuelvo al centro. Me ducho en el albergue, mientras el personal lee o escribe.
La calle está divertida. Un bluesman toca la guitárra metálica, la armónica, una batería con triángulo y el violín. Lleva tres violines y unas veinte armónicas perfectamente alineadas. Y un plato que suena cuando echan monedas. Mas allá, alguien canta canciones oscenas que escandalizan a las jovencitas, que sonríen al pasar. Una de ellas lleva un bolso metálico que parece una caja de balas reciclada.
Desayuno leche fría y salgo a la calle victoriana, entre casas estilo Tudor, Gótico Revival y Queen Anne. Son bonitas por su sencillez, ladrillo visto y unos pocos adornos. Amanece nublado y la ciudad está preciosa. El Museo Marítimo tiene una torre con un faro y una portera voluntaria. Compro dos caracolas para Luis. Las tiendas cierran a la hora del té.
En el Royal British Columbia Museum un mamuth, todos esos bichos que viven bajo la alfombra del bosque aumentados y un diorama gigante del bosque con el oso pardo, el cuervo negro y el cinclus mexicanus bebiendo en el agua real que corre entre los cantos rodados. Otro diorama de las costas, con los leones de mar del norte, el pájaro de pico largo, las gaviotas, el impresionante ciervo rojo (elaphus) y el pequeño de Georgia, la marta, la garza negra de blancas manchas, el mapache norteamericano. Pero lo mejor es todo lo que se refiere a la cultura de los indios que habitaron estas costas hasta que el hombre blanco acabó con ellos, de la que dibujo algunos objetos.
Como junto a los barcos de pesca, en el puerto, en una calle formada por casas-barcos flotando sobre el agua. Recorro la costa. La playa está llena de troncos desbastados por el mar. En el agua, aparecen aletas de las orcas. Los barcos se acercan. Hay un horizonte blanquecino sobre el que se elevan las grandes montañas de Seattle. Paseo por la playa pisando maderos, hay un fuerte olor. Sigo una música country lejana hasta encontrar un grupo disfrazado bailando. Everybody! grita el cantante sobre las faldas al vuelo y los sombreros vaqueros. Las abuelitas se ponen un chándal para no resfriarse, dejando ver las botas blancas de chúpamelapunta. Lamentable para un viejo europeo como yo. Veo jugar al baseball, no entiendo nada. Vuelvo al centro. Me ducho en el albergue, mientras el personal lee o escribe.
La calle está divertida. Un bluesman toca la guitárra metálica, la armónica, una batería con triángulo y el violín. Lleva tres violines y unas veinte armónicas perfectamente alineadas. Y un plato que suena cuando echan monedas. Mas allá, alguien canta canciones oscenas que escandalizan a las jovencitas, que sonríen al pasar. Una de ellas lleva un bolso metálico que parece una caja de balas reciclada.
sábado, 18 de agosto de 2012
en barco a victoria
Amanece lloviendo. Sigo las indicaciones del portero para ir al muelle de los ferrys. Los autobuses tienen una plataforma en el parachoques delantero para dejar las bicis. Está muy bien para trayectos largos como está resultando éste. Logro coger el ferry de las diez y ahora me tomo un café con leche con una supermagdalena en una mesa del barco que navega hacia Victoria. Pasamos entre un grupo de pequeñas islas: Galiano, Mayne, Prevost, North Prender, Saltspring Portland Kanaka y Piers J., hasta llegar a la península de Saanich, a Swartz Bay, al sudoeste de la ciudad de Victoria. Agárrate una silla dice el padre de la familia mejicana. Todas las islas están repletas de árboles, con algunas casas de madera en la costa. Las nubes están más bajas que las cimas, sobre las que brilla el sol. Las islas se superponen, cuanto más lejos más azules y planas (recuerdo, de Veneno, que los cangrejos de detrás deben estar doblemente bien amparados). La costa es rocosa, no veo playas.
Victoria resulta ser una ciudad con un centro histórico de pequeñas casas de ladrillo visto del siglo pasado. Con un bonito barrio chino lleno de tiendas repletas con mercancías amontonadas en la calle. Todos esos tubérculos liofilizados y ese fuerte olor. En el agua flotan los hidroaviones que van a Seattle. Visito el Parlamento (en la puerta una banda china toca el combosero combosero que se va) y el British Columbia Museum, donde me como un puré marrón con patatas fritas en una terraza rodeado de totems y una casa comunal de madera de las que hacían los indios en la costa. Esto que me he jalado y niente c'est la même chose. Tiritando. Me aprovisiono en un super para llevarme al albergue. Consigo una scooter de 50 cc por 20.000 pelas la semana, sin restricción de kilómetros y el depósito full. Compro una bolsa plana que se hincha para 10 litros y unas correas para sujetar la mochila. Existe la posibilidad de una excursión en grupo por la costa oeste, 3 días por 155 dólares, pero no me apetece un grupo en inglés. Iré a mi bola.
El hostel me gusta mucho. Mogollón de cocinas y frigos. Me asignan un estante. Un comedor con muebles de madera pintada, una sala de juegos con ping pong y una sala de estar donde la gente lee en cómodos sillones de orejas. Hay dormitorios masivos y familiares y una habitación a la entrada para dejar las bicis. El ambiente es muy acogedor.
El centro es muy turístico, con carruajes de caballos, carritos-bici, gaiteros disfrazados y otros espectáculos callejeros oficiales. El Museo de las Miniaturas resulta grotesco, la decoración victoriana cursi. Es la hora del atardecer y resulta agradable el paseo. Un chaval baja en un monociclo y un loro al hombro, un rasta toca el bongó y los jóvenes rebeldes tocan la guitarra acústica mientras los pijillos cogen sitio en los restaurantes románticos victorianos. Los postes indios resultan adornos extraños. Flashes. Un perro con una gorra con la bandera de Canadá y gafas de sol. Potante. Salgo del centro. Ni un alma, excepto alguna casa bonita de madera pintada.
Todos nos cenamos estos fideos chinos, y todos nos sonamos a la vez las narices. Un japo empieza con un rollo de estudiantes; pero yo ya me veo mayorcito. El portero controla. Me hago un cubata con Canada Dry Soda de gengibre. Me gusta. Esta bebida se vendía en el quiosco del campo de fútbol de Bolaños cuando yo era chinorri. El japo saca una calculadora y se pone a hacer números. Oigo unos dados. Termino de escribir en el último buche y me voy al sobre. Felices sueños.
Victoria resulta ser una ciudad con un centro histórico de pequeñas casas de ladrillo visto del siglo pasado. Con un bonito barrio chino lleno de tiendas repletas con mercancías amontonadas en la calle. Todos esos tubérculos liofilizados y ese fuerte olor. En el agua flotan los hidroaviones que van a Seattle. Visito el Parlamento (en la puerta una banda china toca el combosero combosero que se va) y el British Columbia Museum, donde me como un puré marrón con patatas fritas en una terraza rodeado de totems y una casa comunal de madera de las que hacían los indios en la costa. Esto que me he jalado y niente c'est la même chose. Tiritando. Me aprovisiono en un super para llevarme al albergue. Consigo una scooter de 50 cc por 20.000 pelas la semana, sin restricción de kilómetros y el depósito full. Compro una bolsa plana que se hincha para 10 litros y unas correas para sujetar la mochila. Existe la posibilidad de una excursión en grupo por la costa oeste, 3 días por 155 dólares, pero no me apetece un grupo en inglés. Iré a mi bola.
El hostel me gusta mucho. Mogollón de cocinas y frigos. Me asignan un estante. Un comedor con muebles de madera pintada, una sala de juegos con ping pong y una sala de estar donde la gente lee en cómodos sillones de orejas. Hay dormitorios masivos y familiares y una habitación a la entrada para dejar las bicis. El ambiente es muy acogedor.
El centro es muy turístico, con carruajes de caballos, carritos-bici, gaiteros disfrazados y otros espectáculos callejeros oficiales. El Museo de las Miniaturas resulta grotesco, la decoración victoriana cursi. Es la hora del atardecer y resulta agradable el paseo. Un chaval baja en un monociclo y un loro al hombro, un rasta toca el bongó y los jóvenes rebeldes tocan la guitarra acústica mientras los pijillos cogen sitio en los restaurantes románticos victorianos. Los postes indios resultan adornos extraños. Flashes. Un perro con una gorra con la bandera de Canadá y gafas de sol. Potante. Salgo del centro. Ni un alma, excepto alguna casa bonita de madera pintada.
Todos nos cenamos estos fideos chinos, y todos nos sonamos a la vez las narices. Un japo empieza con un rollo de estudiantes; pero yo ya me veo mayorcito. El portero controla. Me hago un cubata con Canada Dry Soda de gengibre. Me gusta. Esta bebida se vendía en el quiosco del campo de fútbol de Bolaños cuando yo era chinorri. El japo saca una calculadora y se pone a hacer números. Oigo unos dados. Termino de escribir en el último buche y me voy al sobre. Felices sueños.
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