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martes, 3 de abril de 2018

trujillo y cáceres


Hoy desayunamos en la casa del Botánico con una familia gigante de Valencia que vienen a ver a su abuela en la residencia. Gracias a ellos tenemos tostadas con tomate, aceite y sal.

Cogemos la autopista hacia Cáceres. Paramos en Trujillo, que celebra en su plaza la fiesta del Chíviri, una especie de romería urbana en que se visten con refajo y chambra y llevan la comida. El grupo Pizarro ameniza la fiesta con un popurrí de canciones de la infancia y pasodobles. Nos tomamos unas cervezas con unas tapas en un chiringuito y nos sentamos en las escaleras de esta impresionante plaza para disfrutar de la alegría de la fiesta y dibujarla.

Después de un buen rato dibujando cabecitas y ventanas, nos vamos a Cáceres, descargamos en nuestra nueva casa y comemos en la Plaza Mayor. Paseamos por la ciudad antigua intramuros sin ánimo de enterarnos de todo sino observar. Anoto pequeños detalles en mi cuaderno: gárgolas, escudos, animales extraños, torres, iglesias, dibujos de los frisos. Finalmente, descansamos en una terraza mientras el sol va perdiendo sus rayos masticados por serpientes. Entonces nos levantamos y caminamos despacio hacia la cama.

viernes, 25 de enero de 2013

trujillo, chan chan y playas de huanchaco




A media noche tenemos que poner la mosquitera. Me levanto tarde. Beni sigue durmiendo. Detrás de la ventana: el patio con una gran buganvilla, muros de adobe y, aún más atrás, esas montañas negras que emergen de la arena del desierto. La Casa de Clara tiene un ambiente joven, alegre, de albergue. Un tanto descuidada.

Camino de la estación, me encuentro a una señora prensando caña de azúcar. Le pido un guarapo y se ríe porque aquí tiene ese nombre el jugo ya fermentado, el licor. Corta las cañas por la mitad y las mete en la prensa. Su hijo pequeño mueve los rodillos con la manivela. Las pasa dos veces. El resultado es un jugo rico, dulce. Sin agua y sin hielo es más seguro para mi estómago.

Me asomo al patio de una casona. Columnas de madera, lajas de pizarra en el suelo. Su dueño, Juan Castillo, me ofrece visitarla. Una casa solariega antigua, con rancios muebles, escalera con balaustrada de boliches y cuadros sin mucho valor. Me llama la atención un San Francisco abrazado a Cristo sin aún haberse desprendido de la cruz. Le pega a la sensibilidad de Don Juan, al que obligo a posar. Coqueto, se arregla su pelo blanco. En Mariscal Orbegoso, atravesada la plaza, encuentro una peluquería con rollizos de madera en el techo, butacas clásicas y su dueño, gordito y simpático, al que pido permiso para fotografiar. Me cuenta que su negocio tiene unos setenta años. Me indica la estación, donde compro dos billetes de cama, para las nueve y media de la noche, y así ir dormidos hasta Lima. Doscientos soles. Cincuenta y cuatro euros. Caros.

Pillamos una combi a Huanchaco (¡Huanchaco, Huanchaco, Triple Bolívar, Plaza Amor! grita el chaval desde la puerta) que nos deja a la entrada de las excavaciones de Chan Chan, la inmensa capital chimú, de 1300, la ciudad precolombina más grande de América del Sur. La combi, el transporte más popular, no tiene paradas concretas, puedes bajarte en cualquier punto del trayecto. Puedes recorrer una sola cuadra o ir de una localidad a otra gastando de 20 centavos de sol a un sol veinte, o sea: de siete a cuarenta céntimos de euro (el tour operador te cobra unos veinte soles). Paseamos hasta el Palacio Octavo, el único restaurado de sus nueve (uno por emperador). Es alucinante, de adobe ocre grisáceo (el color de la arena). Interesante el culto al agua de esta cultura del desierto, con hermosos relieves de la luna llena, el pelícano, las olas, los pozos, los jardines acuáticos. En el museo dos figuras de madera: el guardián y el prisionero. El guardian con un gran parecido al ídolo de La oreja rota de Hergé.

Las playas de Huanchaco me recuerdan el Torremolinos que conocí de niño. Playas a tope. Chicos posando con gafas de sol, Ligoteo, chiringuitos ballenato, souvenirs de conchas para poner encima de la tele, helados derritiéndose, siesta en la mínima sombra. Buscamos un restaurante fresco y tranquilo. Arroz con mariscos, más risoto que paella, más marisco que arroz. Cerveza Trujillo. Después paseamos por el pueblo y combi de vuelta. ¡Oerre mayorista los incas! grita la chica desde la puerta. Los Incas, Plaza de Armas, Pizarro. Descanso en la Cafetería Asturias. Por fin un pisco sour. Pisco, limón, clara de huevo, jarabe de goma, hielo y amargo de angostura nos desvela el camarero. Lo mejor que entra en barriga.

Recogemos las mochilas y nos vamos a Ittsa, la cía transportista. maravillosas plazas horizontales en asientos mullidos. En la parte delantera pueden ver dos audífonos para oir música, o bien el dividí. La azafata parece explicarnos cómo se las gastan los ricos. Un refrigerio, una peli y a dormir en la gloria.

jueves, 24 de enero de 2013

trujillo






Nos levantamos resfriados y con dolor de estómago, seguramente del aire acondicionado de El Hebrón, el único restaurante con wifi que encontramos en Chiclayo. A las ocho nos llega la ropa limpia. Desayunamos en la cafetería de ayer y le hago un dibujo a Carolina, la camarera.

En el colectivo ya notamos la diferencia con Ecuador. Adiós a los monólogos, a los indios con sus uniformes distintivos y sus gorritos, a las lonchitas de plátano frito y al trasiego de clientes cargadas de bebés, el herbolario o algún animal. Esto es Perú, con sus pelis de Yackie Chan, guiris en los autobuses, donde no se vende comida, se factura el equipaje y se hace cola para comprar el billete.

Después de atravesar desierto y desierto, con algún oasis con arroz y palmeras, llegamos a Trujillo. Una ciudad sucia y polvorienta en medio del desierto. la arena se posa en los tejados, toldos y zaguanes. Todo está sucio y tapado de polvo gris, hasta los árboles, viejos y olvidados. La única alegría son los colores de las casas coloniales alrededor de la Plaza de Armas.

En San Francisco vemos al santo con un violín en la mano derecha y el Museo del Juguete una colección bien instalada y fácil de ver. Hay juguetes antiguos de todo el mundo y algunos juguetes precolombinos curiosos. Hablamos con el cuidador de la marca española Payá, la alemana Schuco, los coches de baquelita y otras curiosidades. Nos alarga el cierre media hora para que terminemos de verlo. El café del Museo es un café antiguo del tipo de los europeos: barra de caoba, historiada máquina de café, armatoste de caja regristradora, vitrinas... aguantamos un buen rato mientras, en la calle, llueve.

Lo mejor del Mercado Central, más normalito que los ecuatorianos, es que los letreros están pintados a mano. Dibujos inocentes, planos que quieren ser útiles sin ninguna pretensión artística. Leo: prohibido tocar cornetas y me imagino una historia nocturna de dolor de cabeza. Comemos cabrito con arroz y frijoles. Cenamos unos prensados, que es como llaman a los sandwiches (a los bocatas sanduches) y unos tamales, de ínfima calidad comparados a los lojanos, en el restaurante pollería La Plaza, bastante chulo, en plena Plaza de Armas.

No acabamos de instalarnos, de pillarle el punto a ésto. Hemos cambiado de país, de clima (de alta montaña al desierto), de paisaje, de forma de hablar, de comer y de vivir, todo a la vez, y no resulta tan fácil. Cada día es distinto. Echamos insecticida en la habitación. Se largan las mariposas. 

viernes, 17 de febrero de 2012

huacas moches y cajamarca







Terminé el segundo cuaderno y busco algo por Trujillo. Sólo encuentro unos libros grandes de cuentas de hojas demasiado finas. Llevo uno a una imprenta en el Mercado Central para que me lo guillotinen. Hay que ir de viaje mejor preparado. Cada vez tengo menos y peor material.
Combinamos combis para llegar a las Huacas del Sol y de la Luna, dos templos de una gran ciudad mochica que ocupaba lo que hoy es la Campiña del río Moche, un barrio periférico de Trujillo donde conviven casas y pequeñas huertas. Muchos muros de huertos y chacras son antiguos muros de la ciudad. Esta cultura llegaba de Chiclayo a Casma y su centro cultural, político y religioso estaba aquí. El museo merece la pena, con muchas piezas encontradas muy bien explicadas. La Huaca del Sol es sólo un montón de adobe sin escavar. La más interesante es la de la Luna, con los frisos dedicados a la divinidad decapitadora mitad felino, mitad pulpo y, sobre todo,el gran muro de la fachada del quinto templo. Las guías se regodean con los violentos sacrificios en la base del Cerro Blanco.

A la una, nos tumbamos en nuestros asientos panorámicos para ver el paisaje pasar. Vamos subiendo la sierra paralelos al río Chicanto, café con leche paralelo al Moche. Valles verdes entre montañas rocosas y peladas. Luego van verdeando conforme subimos y va creciendo la niebla y la carretera se hace camino. Lo atraviesan corderos, chanchos y burros. Unos niños tratan de sacar una cabra del bravo río. Pasamos Yatahual, Yubed, Choropampa, una presa forma un gran lago. Entramos en la niebla y luego en la noche. En una bajada aparecen las luces amarillentas en la falda de una montaña, Cajamarca.

Es una ciudad con muchas casas coloniales austeras y sencillas, blancas y con grandes alerones de teja sobre carrizo que superan las aceras. En la sierra todo es más duro, recuerda a Ayacucho. Casas blancas con portadas de piedra, balcones pequeños de madera y aceras muy altas como en Campeche. Aquí fué donde engañamos repetidas veces, saqueamos y asesinamos al inca Atahualpa, como nos recuerdan unas niñas aplicadas. Visitamos algunos patios de arcos de piedra en la planta baja y columnas y barandillas de madera en la primera planta. Algunas mujeres llevan unos aparatosos sombreros de paja muy altos, con el ala muy ancha y como descuajeringados.

La fiesta de Carnaval hoy está en el barrio de San Pedro. Mucha gente y poca actividad. Canta una niña una insoportable cumbia inca, este ser ha ganado el segundo premio infantil como todos los años. Dibujo a la gente, pero estoy cansado y no se ve nada. De vuelta nos comemos unos sandwiches de chorizo y huevo con zumo de papaya. Nos retiramos oyendo una traca. Hace fresco, pero eso no libra a los mosquitos de su ardua tarea.

Tumba mochica en la Huaca de la Luna

jueves, 16 de febrero de 2012

trujillo




Pizarro, las Torres grita hoy desde la combi. Apretaditos, apretaditos dice y nos mete a veinte. Enseguida llegamos a Francisco Pizarro, la peatonal de Trujillo donde está el comercio. Preciosos establecimientos con mobiliario de los cincuenta: joyerías, dulcerías, cafés, alguna tienda de telas y, por fin, la Librería Peruana, digna de ser fotografiada para Mariano y que homenajea a César Vallejo. En el último tramo espantosos bingos y casinos.
Paramos en el Café Oviedo, ciudad natal del dueño, muy agradable y con fotos de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo decorando un rico café espumoso. Al lado está el Restaurante Asturias, donde me tomé mi primer Pisco Sour.
La calle es bonita, como todas las céntricas, con casas coloniales de vivos colores y grandes patios, y otras modernistas neo-incas, como la que alberga al Café Rosado, digno de visitar. Excepto en Portugal, no he visto nunca tantos cafés juntos donde me apetece estar.
El sol apreta tan furioso que la gente camina en fila india por el trocito de sombra. Nosotros nos refugiamos en el patio del Hostal Conde de Arce, el nuestro, que tiene jardín y corre el aire. Allí dibujo con la niña mimada de la casa y su perrito Tomy. Luego buscamos jugos frescos y marcianos de lúcula, a los que me he hecho adicto, son como coyotes, una gozada.
El mercado es pequeño, todo lleno de frutas apetitosas: mango, papaya, naranja, carambola, granadilla, lucaymanco, lulú dulce, plátano, piña... allí mismo tienen las turmix a tope haciendo jugos con agua mineral o leche. Comemos cebiche y bistec a lo pobre, que es dura llama con una rica salsa y arroz con cebolla morada.
A las cinco y media se empieza a estar bien, Pizarro se llena y también la Plaza de Armas, donde tomamos el fresco junto a la colosal fuente. Luego, compramos los boletos para Cajamarca, unos cama panorámicos para subir a la Sierra Norte. Allí es Carnaval y sonado, así que reservamos el hostal. A las siete actividad: la orquesta sinfónica y el coro polifónico de la Universidad César Vallejo en el patio del BBVA Continental. El spicher también es de los cincuenta. Me presenta como un joven artista de polito verde que está dibujando todos los detalles del evento. Pide un aplauso y saludo discretamente. Fotos.
Vemos la Catedral con un hermoso retablo de dos caras y bailar en el prado. Y tomamos el fresco, como se hace en una noche de verano en cualquier provincia.

lunes, 13 de febrero de 2012

duna tras duna hasta trujillo

Margarita como una madre, dan ganas de comérsela a besos. El patrón da cuerda al reloj y empieza a tocar los cuartos. Aperreamos y luego paseamos por la Avenida Nicolás de Pierola hasta la Plaza Dos de Mayo con sus casas azules e iguales, el mercado mayorista de frutas y  la Plaza de Castilla. Bonito el cine Tauro.
Compramos los boletos a Trujillo, esperamos y nos montamos en un bus de sillones inmensos y cómodos de 160 grados.
Dunas y dunas y pedruscos sobre la arena. Extraña la niebla entre. Bonito al atardecer cuando el contraluz da tonos de grises distintos a cada capa de dunas y esa atmósfera de sueño a los oasis de los pueblos con río. Vergeles con frutales en Casma. La arena coge las líneas onduladas del viento y se parapeta la carretera para no ser cubierta por la arena.
Trujillo es una vieja conocida. Bajamos Independencia, el Museo del juguete y su café recargado, la plaza, enorme, con un gran prado donde garciosos y bailarines montan su espectáculo, y el Plaza Chicken con unos sandwiches de excelente calidad. Increíble que sea del tamaño de Arequipa, esto es mucho más provinciano. Ni un gorro, nada andino.
La casa es colonial, con dos hermosos patios para tomar el fresco. Beni ya está dormida y yo escribo con el eterno Hamilton en la boca. Disfrutaremos del verano ahora que tanto frío hace en España.