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domingo, 5 de febrero de 2012

sábado, 4 de febrero de 2012

coporaque y vuelta a arequipa



Me levanto temprano a comprar los boletos para Arequipa. Ya ha dejado de llover y ha salido el sol. Salimos a las dos de la tarde, nos da tiempo a hacer otra excursión esta mañana. Mientras Miguel acaba su trabajo, desayunamos en la feria (los jueves en Chivay) una patata rellena de verduras, huevo y carne, y una trucha del Colca. La patata, hecha masa, cubre el sofrito y se le va dando forma con las manos, luego, se echa a la sartén ya harinada. La señora me deja hacerle una foto haciéndola. Está bastante rica, la trucha también.
Cuando aparece Miguel nos vamos en combi a Coporaque, otro pueblo que está recuperando la Agencia de Cooperación y que mantiene su trazado, calles y casas antiguas. Su plaza tiene una preciosa iglesia con una galería en la fachada muy especial, con dibujos en sus piedras y vigas de madera labrada. La puerta para subir está abierta. También tiene varios arcos coloniales como inicio de sus calles y alguno de la República. Miguel nos enseña también la casa de la cultura, que ha construído la Agencia a la manera antigua para uso del pueblo, junto con algunas viviendas. Detrás de la iglesia está la primera capilla del valle, la de San Sebastián de 1565, una construcción al estilo coyagua y guari, con una puerta renacentista como pegoteada.

Subimos un camino hasta la gran pared cortada en busca de unas tumbas coyaguas. No es que sea un camino complicado, es que nos falta el aire. Son construciones pegadas al muro de piedra del acantilado. Hay muchos huesos y calaveras, algunas deformadas. La gente sigue dejando presentes. Desde aquí arriba se ve todo el valle con sus terrazas y cactus, el monasterio de San Antonio, construído sobre un templo inca y el ilegal hotel de lujo Colca Lodge, construído en un meandro del río y unos cuantos cohechos.
Se pone a llover. Bajamos corre que te pillo a la uña capiro y en la plaza pillamos la combi que sale antes de llenarse para coger la gente de la feria de Chivay. Un señor lleva una hoz al hombro. Se queda a mitad de camino, en su chacra, es uno de los beneficiarios de las casas que construye la Agencia. Miguel lo conoce y habla con él.
Miguel nos cuenta que la Municipalidad prohibió que los chanchos anduviesen sueltos por el pueblo, por lo que construyó una suerte de cárcel de chanchos, donde pueden llevarlos cualquier vecino. El propietario tiene que pagar una cantidad para llevárselo. Hay ahora una especie de fiesta en que los niños se dedican a coger chanchos por la calle para llevarlos a su presidio.
Comemos en el mercado un sandwich de trucha y papa rellena. Me llevo una buena tajada de sandía que nos comemos ya en el bus. Las mujeres gritan empanada salteña, chicharrones, papita rellena, y una niña de seis años aguita, gaseoooosa.
Subimos a la pedregosa pampa hasta que sólo queda ichu, yaseta y un liquen verde llamativo que parece pota del increíble Hulk. Hay zonas empantanadas llenas de charcos y pasto donde abreban cientos de llamas y casas de piedra donde viven los pastores. De una de ellas se montan dos niños con las caras heladas y cortadas, y con gorritos de lana.
En la bajada notamos la presión, vemos varias vicuñas y unos acantilados extraños formando cúpulas negras como las de lo alto de las torres de las iglesias, muy cerca del cruce con la carretera de Puno. Desde aquí, sólo veremos niebla hasta los sucios arrabales de Arequipa, donde se bajan los niños.
Nuestro hostal favorito y El Caminante, junto al convento de Santa Catalina, están llenos. Encontramos sitio en Le Foyer. El dueño es vivo y simpático, me recomienda un sitio donde me pueden reparar la malograda computadora, cosa que consiguen en pocos minutos y por veinte soles (soy feliz).
Recorremos esta bulliciosa y contaminada ciudad llena de taxis. Cenamos en los quioscos de la calle, yo pruebo el chorizo, y dormimos malamente pues el vivo abrió esta noche el bar y se quedaron riendo y charlando hasta las seis de la mañana.

viernes, 3 de febrero de 2012

algodón en el cañón y el cóndor pasota


Tengo problemas para respirar y me desvelo. A las siete y media desayunamos con el grupo, metidos en su rutina. Café con leche concentrada y tostadas de pan redondo.
Hoy Pablo nos lleva en la combi por caminos y asfalto por la rivera sur del río, hasta Yanque. Mientras Renato arregla asuntos en la Municipalidad, vemos un poco el pueblo, sus casas

antiguas que aún se conservan, a dos aguas con hastiales altos, rollizos atados con tendones del cuello de la llama e itsu cubriendo, que cada vez se va haciendo más grueso con el tiempo pues hay que renovarlo. La iglesia está cerrada. Está completamente rehabilitada por el programa de la Aecid. La dibujo corriendo pues Renato está al llegar.
El valle está verde en esta época del año, hay chacras con papas, maíz y habas y algunos pinos y eucaliptos. Las partes más altas mantienen las antiguas terrazas de cultivo de los incas o coyaguas.
 Pablo bacila con sus gafas de sol nuevas. Trabaja de chófer a tiempo parcial y tiene otra combi con su hermano para llevar gente de un sitio a otro.
Vamos hacia el mirador de la Cruz del Cóndor. Hay  algunos ejemplares en la montaña de enfrente, cortada a lo bestia hasta el río, ya encajonado a esta altura. Cuando la visibilidad es buena y el aire caliente del río sube, algún ejemplar se deja planear para regocijo de turistas.

 Hoy el río es una nube blanca y alargada que separa el mirador de las montañas, como un vacío relleno de algodón. No veremos el desfiladero, ni el río, pero esta imagen es alucinante. Rena fotografía sin piedad, él nunca ha visto este espectáculo. Este mar de algodón del que sobresalen los picos de las montañas. Hago un dibujillo rápido con Miguel, Beni y Renato en el mirador, sin color, con la esperanza de podérselo dar con las fotos. Nos vamos a la cita con el alcalde de Cabanaconde.

 Su iglesia, que fuera de los franciscanos como todas las de la zona,
es muy bonita, de piedra vista sin pintar. La fachada tiene dos torres blancas más elaboradas, con adornos vegetales. Su bóveda de cañón está agrietada y el pueblo espera la intervención de la agencia. Dentro celebran algo un grupo de mujeres con el gorrito cabana. Una de ellas lleva una jarra y fuera esperan los músicos. Los retablos son altarsitos de plastilina con muñecos enranciados. Al fondo a la derecha un retablo barroco muy impresionante. Aquí los muñequitos son de porcelana. Alguna foto del baile del waititi. Los hombres se disfrazan de mujeres con bonete circular de flecos sobre una máscara, extraño chaleco hecho de trozos de tela atada y falda levantada enseñando el refajo. En la fachada hay una escultura muy graciosa, un tanto naíf, de San Francisco. Mientras dibujo la iglesia, nos piden el boleto: Les decimos que somos de la agencia y que  estamos documentando la iglesia con dibujos.
De vuelta, la niebla ha crecido en el mirador y ya no se ve nada, unas siluetas con gorrito cabana recogiendo los quioscos. Paramos en Maca. La iglesia es bonita con su galería de doble alto en la fachada para dar la misa fuera. Detrás, en la plaza, levantan la estructura de madera para el altar de la Candelaria, que se celebra mañana. Muchos palos largos con las banderas rojiblancas de Perú y mogollón de bandejas de acero inoxidable para rodear la carroza de la Virgen. La imagen es chula y colorista. Le pido a Rena que me haga alguna foto, mientras yo trato de guardar algún recuerdo  tosco.

Llega un bus de turistas y las señoras sacan la llama y el halcón, el corderito y la pequeña alpaca para que le hagan fotos a un sol. La agencia ha pavimentado la calle principal y en el terreno anexo a la iglesia van a hacer casitas tipo con porche para los vendedores a turistas, que se quejan de no tener un sitio fijo.

Hoy nos apetece trucha, pero el restaurante está a tope y la opción b resulta ridícula. Les prometo una cena, pues estaremos hambrientos.
Pablo nos consigue un taxi barato para La Calera. Esta tarde probaremos el agua sulfurosa y ardiente de las termas cercanas a Chivay, inauguradas en 1957. Es agua natural que brota a 85 grados y que atemplan con el agua del río, que está lindando. Probamos todas las piscinas de 37, 38 y 40 grados. La última te marea. Volvemos a la 1, que es la más agradable. Es a cielo abierto, tiene unas taquillas de madera preciosas y un bar de madera roja en descomposición, bastante chulo. Da gusto sentir la lluvia (aquí llueve todas las tardes) en la cara metidos en el agua calentita. Se está en la gloria mirando al Colca y las verdes montañas que lo encajan. Lo peor, los loritos argentinos, feas feas.
Me como un salteado de lomo y tallarines que no se lo salta un galgo, con limonada, mientras ellos siguen con los sandwiches (en un Perú!). Luego un extra. Miguel se toma una cerveza, los demás té y jugos, y yo un mate de coca, pues la cerveza me parece del pasado. Las noches son frías y aburridas. Nos dormimos tarde.


el valle del colca

Me despierto a la seis y media. El sol ya pega fuerte. La casa donde vivimos está muy bien. Siguiendo las formas constructivas tradicionales del valle, está hecha de ladrillos de adobe, las vigas del techo son rollizos de madera, sobre las que van unos carrizos y teja encima. A dos aguas. Tiene un pequeño jardín, donde me aprieto un Hamilton azul. Las vistas desde el jardín son una pasada: todas las chacras del valle y al fondo dos nevados: el Ampato , a la izquierda y el Hualca Hualca a la dercha (dibujo). 
Desayunamos con el grupo y luego nos presentan al personal de la agencia. Por un acuerdo interestatal, todos los empleados son peruanos excepto Cristina, como investigadora y Miguel, de prácticas.
Con la combi nos acercamos a un pueblo llamado Sibayo, al norte del valle. Su parte vieja la abandonó la población y eso ha hecho posible que se mantengan sus casas antiguas, que ahora Aecid trata de recuperar, junto a su iglesia. La imagen actual es la de un pueblo casi abandonado precioso, de casas de piedra a dos aguas con la techumbres de ichu. La iglesia no está intervenida y está en un estado ideal de abandono para mi gusto (polvo sobre el suelo y las imágenes amontonadas en un cuarto, las cosas quietas desde hace mucho tiempo). Subimos al campanario. Luego, paseo por sus calles de hierba y tierra y dibujo sus casas de adobe y piedra mientras ellos hablan de sus cosas con el alcalde. Quieren que este pueblo recuperado (ya empiezan a bajar familias del pueblo nuevo) sirva como modelo de construcción de la zona y darle un valor turístico. Ya se ha trasladado la casa municipal y ya se habitan algunas viviendas. Ellos entrevistan a los nuevos moradores para ver si realmente van a vivir aquí o sólo pretenden especular, ya que son casas subvencionadas. 
No me da mucho tiempo a dibujar y le pido la cámara a Miguel para hacer fotos.

 Ya de vuelta, doy color a los dibujos y nos vamos al mercado. Vemos que fríen unas truchas de muy buen ver y decidimos invitar al grupito. Ellos deciden ir a una especie de burger donde nos comemos unos sandwiches de carne de alpaca riquísima y muy tierna. Allí dibujo a Cristina y Renato sin demasiado éxito. 




Después de comer paseamos con Miguel hasta el puente para ver el Colca bravo y encajado. Luego damos un paseo subiendo una escalera de piedra hasta una torre circular más arriba. Todo está verde y precioso. 
Seguimos un camino que une una especie de bombos de piedra, como refugios de pastores circulares con una puerta pequeña. Hay un pequeño lago y una señora sobre un montículo con su gorrito y su perro.


Visitamos la iglesia del pueblo. Es la capital de la provincia, pero es muy pequeña y atrasada. La iglesia resulta graciosa con sus retablos como de plastilina en que las columnas se tuercen y las repisas se inclinan. Encima reposan santos de juguete con vestiditos. Dibujo lo que más me gusta. Cenamos nuevamente sandwiches, siguiendo la tradición rutinaria del grupo. Y bajo la misma tónica, nos acostamos a las diez. Aquí no hay nada que hacer por la noche. Por la tarde empieza a llover y por la noche hace bastante frío. Cosa que tiene a Beni profundamente mosqueada.

unas horas en arequipa


 Cuando amanece a las cinco y media, estamos bajando el pedregoso desierto hacia Arequipa. Sólo piedras y cactus, y luego las casas polvorientas de los arrabales y la cementera. Las casas de ladrillo dejan esos flecos de hierro para, quizás algún día, hacer otra planta. Todo feo y sin un solo árbol bajo la lluvia. Fábricas y obreros esperando en las esquinas como putas.
En la estación se agradece una cara conocida. Miguel ha abandonado su combi para esperarnos y ahí está sonriendo con su pelo largo y rizado y sus enormes patillas. Un francés quemado por los setenta soles que le cobraron sólo por bajarse en Chivay, se acerca a compartir taxi, que es un tico, los más pequeños y baratos. Después también se añade al desayuno. Su novia y otra pareja hacen la misma ruta pero en hoteles de cuatro estrellas. Parece que hay algo más que esos setenta soles para quemarlo. Yo me pido una Kola Escocesa, una cola local, de la que no tengo la chapa, me sabe a zarzaparrilla. La etiqueta está serigrafiada.

Hacemos una visita rápida por Arequipa, estamos cansados y a las cinco de la tarde nos vamos con Miguel a Chivay. Miguel le da un tono arquitectónico. Nos enseña bonitos patios y edificios chulos de los cuarenta y cincuenta. Arequipa, la ciudad blanca, tiene un aspecto más limpio y colocadito, más burgués que el resto de lo visto, como Sucre en Bolivia. Parece ser que esto de ciudad blanca le viene por su población de origen español y no por el color de los edificios por su blanca sillería, la ciudad de los blanquitos, la ciudad pija. Un alcalde partidario de la otra teoría ordenó picar la mampostería de las casas para que todas enseñaran su piedra blanca, perdiéndose algunos frescos valiosos.
La plaza sigue espléndida con su prado grande y enormele, rodeada de arcadas en dos plantas, excepto la cara de la catedral, que la ocupa entera. Comemos en un chifa, mucho, bien y barato, y luego nos subimos a la terraza de un café en el tercer piso de la plaza. Un mate de coca con vistas del copón.
Otro tico a la estación. En la rampa 10, la nuestra, están amontonando cajas de cuyes para la bodega de nuestro bus. Son animales simpáticos que dejan de serlo cuando cumplen un año. Los hay color canela y blancos y canela, tienen forma de cacahuete. Nosotros los llamamos cobayas o conejillos de indias. Y, al ser un herbíboro, es un animal de rica carne. Dibujo unos cuantos. Si te acercas mucho, notarás que no huelen muy bien.


Hay gente por los pasillos durmiendo, pero la patrulla de toleransia sero no le da importancia. Enseguida anochece y no podemos ver lo que aquí llaman pampa, donde aún quedan vicuñas. Empieza a llover y los cristales se empañan. no vemos ni patata. Miguel nos señala un grupo de luces que están muy lejos, muy abajo, eso es Chivay. Renato nos espera con el uniforme de Aecid para que no nos cobren la entrada. Como llueve, los controladores se han ido a casa.
Es la Agencia Española de Cooperación Internacional y ayuda para rescatar el patrimonio, en este caso del Valle del Colca, con financiación del Estado español y en colabolación con las instituciones peruanas. Aquí especialmente con AutoColca, que pretende el desarrollo turístico de la zona y es quien pone los controladores para que toda persona que entre con fines turísticos al Valle compre un bono de setenta soles. Aecid, para quien trabaja Miguel, nos ha acojido de maravilla. Nos han dado una casita y nos han ofrecido sus instalaciones. 
Aquí trabajan Cristina, historiadora de arte de Granada que hace un trabajo de investigación sobre las culturas del Valle, y Renato, o Rena, arquitecto, que han formado un grupo chulo con Miguel. Cenamos lo que nos prepararon, en su casita. Nosotros sacamos el jamón y la morcilla y chorizos patateros que nos trajimos del pueblo. Los ojos les brillan. Hablamos de todo un poco y quedamos temprano para hacer mañana una excursión en la combi de Aecid. Hasta mañana.