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martes, 24 de marzo de 2015

el valparaíso de lukas




Renzo Pecchenino Lukas vivió desde 1935 en la ciudad de Valparaíso, donde se casó y tuvo cinco hijos. Aunque nació en Italia, se le concedió la nacionalidad en el 87. Ha dibujado innumerables veces e innumerables rincones su ciudad, ya sea para ilustrar libros históricos como para divertir a sus vecinos. En 1981 recibió el Premio Nacional de Periodismo. En 1988 murió de cáncer. 
Imágenes fotografiadas en su casa museo y extraídas de Internet.

miércoles, 18 de marzo de 2015

tres casas mirando al pacífico


Dormimos bien con las mantas a pesar del frío que hace por la noche. Cogemos el 101, que atraviesa Quilpué, Viña del Mar, su hermosa costanera llena de palmeras y, finalmente, el anfiteatro de colores que es Valparaíso. Paramos frente al Mercado del Cardonal, plagado de gente entre frutas y verduras, que rebosa las calles adyacentes y pillamos un bus en la terminal cercana, que nos lleva a Isla Negra.

Bajamos una calle de tierra hasta la casa de Pablo Neruda, en una costa impresionante llena de rocas grises que se tornan negras cuando el agua las moja. Es esta costa lo que más nos impresiona, pues la casa, en una primera vista, es un tanto hortera y caprichosa con esas ruedas por debajo y unas campanas en unos palos cruzados.

Resulta luego ser un laberinto curioso de madera lleno de colecciones y maravillosas vistas al Pacífico, que lo justifica todo y va conformando una idea de barco varado propio de alguien que ama el mar pero que no ha nacido en la costa. Más cónsul que poeta sufriente, aparece un Neruda tras la puerta de un armario mientras sus amigos se beben el fondo del mueble bar en vedreado de colores. Rincones para ser felices con las vistas de los rompientes entre camas y sillones de barco, copas en veladores de bistró parisino, mascarones de proa con una interacción poética, caprichosa y demás historias para contar. Como un tren, la casa se extiende de vagón en vagón en una estación costera.

Cuando trato de dibujar una colección de diablos alados, que me encanta (como esa de botellas de mujeres desnudas), tras una de las puertas, un segurata me lo impide y me indica que solo puedo dibujar desde fuera. Pero es en la calle, donde la casa nos entusiasma, ese jardín de alohes y demás plantas carnosas que tapizan las rocas de una bellísima costa. Justo, pienso, lo que Neruda y todos nosotros podemos llegar a amar.

En una parada que imita grotescamente alguna zona de la casa, un autobús nos lleva a Valparaíso. Donde vemos la casa estudio de otro glorioso chileno: el dibujante humorístico y caricaturista Lukas, en pleno cerro Concepción justo enfrente de la subida del ascensor de este nombre y que está averiado. Subimos las escaleras sin fin hasta este mirador coronado por una hermosa palmera canaria.

Sería de desear que, en vez de tanta fotocopia, pudiéramos ver más originales, pero lo que hay es muy bueno. Llama la atención el estudio del dibujante con unas vistas estupendas al puerto y que toda la planta baja la hayan convertido en un café.

En un colectivo angustiosamente veloz llegamos a La Sebastiana, casa de Pablo Neruda en Valparaíso, cerrada. Vemos el exterior, que sigue sus gustos marítimos, con formas curvas de paredes pintadas y grandes ventanales como cabinas de mando de un barco. Y, claro, hermosas vistas. Bajamos leyendo poemas de Lorca, hasta el Puro Café, un café con murales y muebles hermosos y cómodos, donde nos clavan.

Ya en casa de Bety, nos esperan con la barbacoa encendida, es una pila de lavar con una reja encima, con gruesos trozos de carne que Cristian vuelve. Bety se ha puesto sus mejores galas, con colores nerudianos, y han abierto una botella de Carmenérè para despedirnos. A la cena se añade su vecina Luz Marina, más Neruda en la cena. Comemos, reímos y brindamos con vasos transparentes. Y yo los dibujo sin trabas, para llevármelos conmigo.

martes, 17 de marzo de 2015

cerros de valparaíso






Hoy nos aventuramos solos por Valparaíso. Buscamos el ascensor Concepción para subir al mirador de la casa de Lukas, pero está averiado y tenemos que hacerlo por el de Reina Victoria. Recorremos las calles que dejamos de lado ayer y, finalmente subimos a aquel restaurante que intuimos debía tener buenas vistas por la altura y que se levanta justo entre los cerros Alegre y Concepción, junto al Hotel ArtDecó. Allí comemos despacio, para dibujar sus vistas.

Bajamos y subimos entre casas de colores para llegar a la cárcel, que hoy es un centro cultural en el Cerro Cárcel. Más vistas y el sosiego de grandes espacios y planos en una ciudad tan comprimida. Al lado está el Cerro Panteón, donde pueden visitarse su decadentes cementerios llenos de viejas tumbas con ángeles caídos, descabezados y desmembrados, y lápidas agrietadas por donde avanzan las plantas. La puerta simula un templo griego que la lluvia ha perforado, dejando ver su falsedad de escayola. Un cementerio acoge a los muertos ilustres, en panteones, y el otro, a los muertos comunes y a los disidentes, o sea: los emigrantes europeos protestantes. La vegetación se cuela por los huecos de las lápidas apretadas y escaleras ensalzan el caos. Los gremios se codean en su panteones.

Más casas de calamina pintada con murales, músicos por las calles y perros dormidos al sol. El viejo Bar Cinzano está lleno de espejos y barcos colgados de las paredes. El antiguo Bar Inglés tiene fotos en blanco y negro en su friso de madera noble. Parece un vagón de tren con el suelo de madera.

Atravesamos otra vez el edificio amarillo, con las vigas verdes, del mercado de frutas y verduras, tan apretado como toda la ciudad. Compramos plátanos, palta y durazno para la casa. Luego, buscamos el ascensor paras subir el Cerro Barón, que resulta también averiado, desde hace mucho a juzgar por su estado. Más escaleras y calles estrechas. En el Cerro Los Lecheros, la caseta del ascensor se ve preciosa, recién pintada de amarillo. Al lado, en el número 14, un letrero dice que Pablo Neruda escribió en esa casa parte del Canto General. Nos sentamos en un banco del mirador Diego Portales. El sol se va apagando y las luces de los espectadores de este gran anfiteatro se van encendiendo hasta lo alto de los cerros. Cuando casi solo hay siluetas y luces, nos bajamos hasta la costanera y cogemos el 101 hasta la Plaza Oasis de Belloto. Ayudamos a Cristian a recortar corazones y flores para el Día de la Felicidad, mientras Bety nos prepara la carne que compramos con una guarnición de pasta.

lunes, 16 de marzo de 2015

lisa en valparaiso




Hugo el memorioso nos cuenta historias antes de cocinarlas, antes de escribir un hermoso libro y llenarlo de espuma de algas y ceviche de sueños marinados.

Cogemos un turbús a Quilpue, al barrio de Belloto, donde vive Elizabeth, que nos espera en el paradero trece y medio, y luego nos monta en el 101 hasta la plaza Oasis. Allí tiene una casita de ladrillo y madera con un pequeño jardín y un par de gatos. Una casa de colores tan alegres como ella. Me manda al cerro a dibujar mientras habla con Beni, que no durmió muy bien por el estómago.

Cuando baja un poco el calor, nos montamos en el 101 y nos va contando. Las mujeres que van en auto a todas partes son muy flojas, dice. Ella compra quesos gigantes y los trocea para venderlos envasados. Llena una bolsa con dos apartados de porexpán y se va en bus a vender. Mientras los envasa, me pregunta: ¿tú crees que con esto podré reunir plata para ir a España?

Atravesamos Quilpue, Viña del Mar por su hermosa costanera. Mirad el reloj de flores, el Sheraton en la playa. De seguido aparece Valparaiso, miles de casas de colores sentadas en un teatro griego con el escenario en el mar, en el puerto que la hizo grande y caótica, pues era parada obligada después del paso por el Estrecho de Magallanes. Aparte de los cerros que conforman las localidades más altas y alejadas, está llena de pequeños cerros que ondulan la ciudad y sirven de miradores.

Paramos en la Plaza Sotomayor, con el monumento a los héroes del 21 de mayo, visualmente entre las torres modernistas de la aduana y la estación, que forman una puerta para entrar desde el mar. La estación mantiene su estructura y una cafetería en su hall semicircular. Bonita. El edificio racionalista de Correos, ahora Museo de Bellas Artes.

Los cerros tienen ascensores para subir por cien pesos (unos 14 céntimos). Subimos por el del Peral para visitar los cerros Alegre y Concepción. En el cerro Alegre vivió Lisa durante muchos años y abajo de la cuesta tuvo su padre una peluquería. La visita se hace muy especial: en esta casa vivió Enzo, en está los hermanos tal, la iglesia anglicana, los catorce escalones, donde pololeábamos de jóvenes, el Museo Baburizza, el Paseo Yugoslavo, Beethoven, Miramar, Atkinson, aquí había un saloncito de té, aquí una panadería, oh que pasó con esta casa? Hace quince años que no vuelve por aquí y está viendo cómo el turismo está cambiando de dueños a las casas y convirtiendo todo en hostales y cafés caros.

Ya sin luz, pasamos a descansar a un café menos puesto, que resulta ser de la hermana de su amigo Raúl. ¿Gué fue del uno, y qué fue del otro? Y éste se separó y tuvo dos niñitos ¿quieren crema? Se acaba de marchar ¿no viste?

Este es el bar típico de Valparaíso, nos dice frente al cartelón de cinzano, y no todo eso que habéis visto arriba. Y este también, nos dice en el añejo Bar Inglés, en cuyo cartel pintado a mano aclara que el rótulo original fue robado.