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lunes, 1 de julio de 2019

la estrella de mar


Gouache y cánfor blanco sobre cartulina A3. 1987.

viernes, 26 de abril de 2019

una playa que nos haga felices






Sale el sol por la mañana mientras desayunamos plácidamente en la cafetería Tradicionarius, al otro lado del río. Alejandra nos trae un buen trozo de tarta. Sol y mar funcionan en una playa tranquila sin rascapisos, le digo a Beni. Los dos pensamos en esa pequeña felicidad que a menudo aparece bajo el sol. Sacamos el coche del parking y nos dirigimos a Santa Pola. Paramos en sus salinas, atiborradas de flamencos rosados que, al abrir las alas muestran franjas de un poderoso rojo, blancas y negras.

La playa de Santa Pola, parece un campo recién arado delante de una urbanización. Hacia el sur encontramos unos pinos y una fila de casas bajas mirando al mar, que llaman Pinet. Las casas están vacías y separadas de la playa por unas piedras grandecitas. Parece que el agua llegara hasta aquí. Que el tiempo se hubiera parado hace muchos años, antes del hormigón y el granito. Sentados en las aceras el sol empieza a dulcificarnos y a hacernos sentirnos bien. Paseamos entre las dunas, donde algunas despistadas están tumbadas al sol, y tomo unas notas rápidas para no olvidar este bonito momento. La última casa es un bar, donde hay una reunión de vikingos que van saludándose por oleadas. Con ese ánimo de perpetuar la felicidad pregunto si alguna de esas casas se alquila. No creo, dice el camarero, el mar ya llega hasta ellas, no falta nada para que desaparezcan.

Nosotros, apuramos el tiempo como si ya apenas nos quedara. Un buen sitio para morir, pienso, acariciado por el sol. Pero olvidado este espejismo, seguimos nuestro camino.

domingo, 6 de enero de 2019

sábado, 5 de enero de 2019

el penyal d'ifach, calpe




Peñón aislado en la costa norte de Alicante, mole calcárea unida solo por un istmo, es una de las últimas estribaciones de las cordilleras Béticas. Actualmente es un parque natural con un sendero que lleva a la cima. En su istmo se encuentra el puerto de Calpe y un yacimiento romano llamado Los Baños de la Reina, una suntuosa villa romana, al albergo del peñón, llena de preciosos mosaicos, con un conjunto termal privado y viveros para la cría de pescado.


viernes, 4 de enero de 2019

lunes, 12 de noviembre de 2018

la isla de corfú


Después de desayunar en el barrio degradado y encantador del puerto, recorremos una parte de la isla. En el Norte, después de subir y bajar una cadena de montañas con un manto de robles y encinas entreveradas con cipreses y alguna oliva, que aquí son grandes árboles sin podas, visitamos la costa cercana a Sidari, donde el agua y el viento han hecho moldeados caprichosos a la piedra amarillenta, entradas cortantes e islas como pasteles ciculares de milhojas flotando sobre el agua. Una de estas entradas en forma de canal, y que acaba en una pequeña playa a la que se accede por una escalera de madera, la llaman el Canal del Amor. Son paredes verticales en capas amarillas y grises, que producen unos paisajes muy especiales.

Ya en la costa este, visitamos el bonito pueblo de Paleiokastritsa y sus preciosas playas encajadas entre rocas formando pequeñas bahías de rocas y pinos. Y es que Corfú es muy montañosa y las playas parecen bocados a las montañas, que las rodean en enormes paredes. Hay cinco personas en la playa, pero solo me baño yo. Es una gozada flotar boca arriba en tan increíble lugar.Alrededor hay otras cuantas playas semejantes. De aquí subimos a Peleques , o Palekas para otros, un pueblo en lo alto de la montaña con vistas hasta la ciudad de Corfú. Para tal fin escogemos el restaurante más alto para comer. La señora nos trae unos garbanzos cocidos en la mano, para contarnos lo que tiene de guiso.

Después de comer nos bajamos otra vez al nivel del mar. La playa de Glyfada es otra maravilla. Impesiona ver todos los restaurantes cerrados con las mesas de las terrazas aún puestas. No hay ni un alma. Me empeloto y me baño.

Como a las cinco el sol empieza a decaer, partimos hacia Corfú Ciudad, con el ánimo de ver el Museo Asiático, donde recojo algunas ideas interesantes. El último café en una terraza, entre el bullicio nocturno de intramuros. Otra vez esa guitarra de la Columna Durruti, las adolescentes cargadas de bolsas de las tiendas, los hombres bigotudos en las tabernas, las camareras cansadas, los preciosos escaparataes de esponjas y estrellas de mar, las animadas peluquerías, los puestos de castañas, Giorgios y Emilios en el cafetín de la Espianada, y ese montón de gatos.

domingo, 28 de octubre de 2018

iglesias, playas y el tren de vuelta


Desayunamos y nos acercamos a la estación para dejar las mochilas en consigna. Pasamos esas medidas estúpidas de seguridad que nos convierten en barbudos terroristas. Metemos nuestras cosas en una especie de caja fuerte que se abre con un código, que nos convierte en banqueros.

Hoy visitamos iglesias como si fuéramos devotos. En San Nicolás, una señora reza con una mano sobre un Cristo muerto, moviendo el cuerpo como en trance. Todo parece normal hasta llegar a la capilla del ábside donde San Nicolás, el de Bari, se mantiene arriba y dorado rodeado de ángeles y querubines. Los turistas no paran de hacer fotos. La basílica de Santa María es austera al máximo, si no hubieran añadido esa portada barroca. De golpe, el sacristán dice que salgamos, que hay que cerrar. Los turistas guiris se rebelan. No se quieren ir. Señores, yo tengo que hacer mi trabajo, dice.

Bajamos la calle Mayor hasta el D'Tablas, donde caen unas cañas con chopitos. Comemos en una casa de comidas, escondida en un pasaje, un estofado de patatas y bacalao. Está lleno de curritos alegres que bacilan a la camarera. Ella me felicita por el dibujo y me hace enseñárselo a María, que es la señora que he dibujado en la ventana de la cocina. En un bus nos acercamos a la playa del Postiguet. esta sí que tiene bastantes devotos. Desde la terraza de una heladería la dibujo.

Llegamos a la estación. Un mendigo presumido sentado en el suelo se peina el bigote y las cejas. Vende esos ceniceros tan feos que se hacen con latas de cocacola. Cogemos las mochilas y nos metemos en el tren. La gente espera en el andén para cargarse con los últimos rayos del sol, y no entran hasta el último minuto. Nos sentamos junto a una pija presumida que se mira en la ventana. Vamos otra vez al revés. Detrás del cristal vemos huertas con frutales en las explanadas entre las colinas terrosas, donde algunos excavaron sus casas. Dibujo algunos paisajes chocantes y a este chaval tan alto con una gran cicatriz en la cabeza. Se hace de noche y esperamos que la megafonía retransmita el final de nuestro viaje.

sábado, 27 de octubre de 2018

pájaros pintados de rojo y la albufereta


Dejo dormir a Beni y paseo caminando hasta el MARQ, donde disfruto con esos maravillosos pájaros que los iberos pintaban en sus vasijas. Bajo luego a la Explanada para oír alguna banda musical en la concha; pero hoy no hay actividad. Me encuentro con Beni y nos vamos en el tranvía a la Albufereta para ver el yacimiento ibero-romano de Lucentum, al que pasamos gratis con nuestra demanda de empleo. Comemos en un restaurante del barrio con buena pinta, llamado Jesús, con unas ricas bravas cortadas en finas lonchas y un arroz catastrófico de almejas y gambas, que nos recomienda el camarero, y que resulta ser de chirlas y gambas chinas congeladas, y sin la melosidad anunciada.

Pasamos la tarde en la playa de la Albufereta, una playa pequeña y encajonada, muy agradable con sus palmeras en la arena. Descasamos en sus sombras mientras la dibujo.

Después de un descanso en el hotel, paseamos por la lonja, el Real Club de Regatas y una mole de hierro pintado de blanco vacía e inútil. Negocios y salas de cine vacías, la supernada. Luego unas pintas rubias en la terraza de un irlandés en Doctor Gadea. El camarero está estresado y transmite mal rollo. Nada que ver con la chica de Guayaquil, que hoy tiene cerrado. Seguro que está pintando una acuarela.

miércoles, 24 de octubre de 2018

el mercado bombardeado, la playa de san juan y unos quesos curados en el manero


Mientras Beni duerme, paseo por las calles hasta el Mercado Central, modernista, de ladrillo visto y metal. La entrada principal está cerrada y se entra por un extraño edificio circular con cúpula, adosado, donde han puesto una escalera metálica. Arriba está la carne y abajo el pescado y, más adentro, bajo la plaza de las flores, las verduras y hortalizas. En esta última plaza, la del 25 de mayo, hay una placa que recuerda que aquí cayó una bomba fascista que mató a 300 personas en 1938, lanzada desde los aviones italianos que venían de las Baleares. El reloj del  mercado sigue parado a las 11:19, la hora del bombardeo.

Bajo a la Rambla. Algunas tiendas antiguas como la mercería Arenas o la papelería Eutinio. Flipantes los vestidos barrocos de la tienda de indumentaria de Rubén Hernández. En el punto de información tratan de disimular que Alicante no es una ciudad monumental y que los cruceros ya no paran aquí (de lo cual, me alegro). Cuando apunto sus consejos en el cuaderno, parece que quedan sorprendidas y hacen algunas fotos.

Desayuno con Beni en la cafetería Gori. Una mujer da consejos a un nuevo empleado de su empresa. Habla de los falsos, de los trepas y de aquellos en que se puede confiar (me siento feliz de lo lejano que me queda todo esto). Subimos por la calle Castaños al mercado. Paseamos entre peces, que es realmente un espectáculo. El gigante atún abierto mostrando su carne roja bajo una dura capa plateada, los bonitos, las gallinas de un rojo leproso como las herreras, la corba con su fila de ventanas como un avión, la llambuga de brillos amarillos y mandíbula aterradora, sargos, pargos y salmonetes con la boca de susto, el pez volador, que la pescadera nos enseña abriendo sus alas. Nos dice que es morralla, como el pez araña, para los guisos. El reloj parado, dátiles de Túnez, bonito abierto con cañas y seco de Ceuta y Larache.

Bajando la Rambla, vemos el Museo de las Hogueras, con los ninots indultats. No me gusta ese realismo paleto de los antiguos, ni la onda disney de los últimos; pero sí la mayoría de los carteles de las fiestas de San Juan. La Explanada, el edificio Carbonell, la Calle Mayor, la Plaza del Ayuntamiento, donde hoy bailan zumba, y una cerveza en la tranquila Plaza del Puente, en la terraza del Pont, de camarero simpático, donde dibujo las vistas del Benacantil, el castillo y la cara del moro. Alguien ven en las rocas y las sierras siempre un moro (por la nariz aguileña, o por eso que parece un turbante), generalmente tumbado a la siesta. Vemos los pozos de Garrigós, tres cisternas excavadas en la roca en el siglo XIX, en la base del Benacantil, para recoger el agua de la lluvia. Al bajar las escaleras saludamos a la señora que colgaba la ropa y ahora está leyendo un libro.

Cogemos el bus nº2 hacia la playa de San Juan. Hemos comprado una tarjeta con 10 viajes y resulta más cómodo y barato moverse. Todo el mundo está liado con su móvil. Esto me permite dibujar descaradamente a los viajeros. La playa es espectacular, con una ancha franja de arena que se pierde en una curva a la derecha que acaba en un peñón. Apenas si hay gente y se está muy bien. Me baño. Las olas vienen fuertes. Juego un rato con ellas y luego me seco al sol. Una chica juega conmigo y sale cuando yo. Cuando voy a preguntarle dónde están las duchas, se está quitando el biquini. Desisto turbado. Nos bebemos, Beni y yo, una cerveza en una terraza con un bocadillo de jamón ibérico que nos hicimos en el mercado. Los guiris beben sangría. Más que turistas, parece que viven aquí. Algunos hablan castellano. No hay duchas por el vandalismo, me dicen, solo te puedes lavar los pies.

Volvemos en el 22. Un adolescente francés, que no para de arreglarse el pelo, le hace una foto a su dibujo. Dibujo después el quiosco del Soho, en el Portal de Elche y, más tarde, cenamos unos quesos en el Manero, un bar delicatessen bonito, agradable, caro y lleno de camareros perfectamente uniformados en el número 7 de la calle Doctor Manero Mollá; pero que merecerá la pena si son quesos desconocidos y puedo dibujarlo sin prisas. Nos ponen La Peral de Asturias, Stilton, inglés, uno que he olvidado y soy incapaz de descifrar en mi cuaderno, y un Mahón de 24 meses. Con un vino monastrell Las Quebradas, D.O. Alicante, muy rico. Entre bocado y bocado me pinto a unos cuantos camareros (Alfonso, Mane, Paco Eugenia y Pedro) y a muchos clientes pijos. Los de la mesa de al lado, Teresa y su novio el arquitecto Carlos, se asoman y me dicen que tengo que publicar un blablablá colegio de arquitecblablá. Cuando ya queda poco vino y queso que nos soporte, empiezan a presionar, pero tenemos que amortizar el pastón del vino y los quesos, y aguantamos un poco más.

Acabamos la noche en la terraza del Orient Express, en Doctor Gadea, charlando con su simpática camarera de Guayaquil, que gusta de dibujar acuarelas pero no acaba de encontrar el papel ideal y me dice que puedo comprar un cuaderno barato, se me está acabando, en un Tiger que hay en la Plaza de los Luceros, sí esa de la fuente de los caballos como ninots. Yo le recomiendo que dibuje todos los días algo, que lleve un cuaderno pequeño que no le dé pereza sacar. Con la práctica aprenderás, y cada vez serás más rápida y te gustará más lo que haces, le comento como un viejo maestro a su pequeño saltamontes.

domingo, 5 de agosto de 2018

sábado, 21 de abril de 2018

porto covo otra vez



Hace muchos años alguien decidió quedarse en Porto Covo. Por eso, de vez en cuando, volvíamos y buscábamos en las pequeñas playas que esconden los acantilados. En su pequeño puerto con los barracones de los pescadores. En aquella casa de comidas frente a la Ilha do Pessegueiro, comiendo una caldereta de papas con peixe. Hasta que un día nos cansamos. Mi dibujo de Beni en las escalinatas de madera seguía colgado de la pared del Miramar, pero Porto Covo ya no era el mismo. A pesar de las playas escondidas en los acantilados, dejamos de venir. Era inútil seguir buscando.

Ahora, por la carretera que bordea el mar empiezan a verse las playas de arena entre lanchas de pizarra, las dunas llenas de flores de fuertes colores, las grandes olas del Atlántico, la espuma y este sol que todo lo perdona. Nos sentimos emocionados, como si alguien estuviera aquí otra vez, esperándonos. Nos sentamos en las piedras y nos fumamos un Ventil con el ruido de las olas. Como al hijo pródigo, el mar siempre espera, con ese sol que acaricia los últimos días.