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lunes, 14 de septiembre de 2026
miércoles, 20 de diciembre de 2023
martes, 25 de julio de 2023
lunes, 24 de julio de 2023
es trenc
Ya cumplida la comida y la siesta, me acerco a la pequeña playa de Es Trenc, más coqueta y divertida. Como tiene hamacas y sombrillas, me pongo cómodamente a dibujar, a la espera de que alguien me eche por no pagar, cosa que sólo ocurre cuando echan a todos para recogerlas. Entonces me voy a las rocas para observar todas esas locas siluetas que entran y salen del agua a contra luz. El sol baja y baja y las rocas se llenan de espectadores para ver la puesta, naranja y roja sobre papel plata. Beni y Silvia se acercan paseando al vecino pueblo de Sa Rapita. Están en fiestas. Nos añadimos para visitar el puerto y cenar. Allí conocemos a Nieves, Claudia, Iratxe y Tomás, que hacen fotos del dibujo que les he hecho.
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viernes, 21 de julio de 2023
puerto de sóller
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viernes, 5 de mayo de 2023
chiringuitos en las playas de granada
El Molino es mi restaurante favorito de Salobreña, con impresionantes menús a 11,50 euros, junto al mar. Imprescindible reservar con tiempo. La terraza más acogedora es la del bar Gloria Michel, en La Guardia. Debajo, algunos parroquianos. Rafa y Sara en Hoyo 19, en la playa de Motril. Y, en el último dibujo: clientes de La Bahía, frente al peñón de Salobreña, y la cafetería heladería Isla de Capri, también en Salobreña.
jueves, 4 de mayo de 2023
sábado, 26 de febrero de 2022
el otro lado del parque
Se despierta un día ventoso y nublado. Las olas rugen. Desayunamos a lo grande y cogemos la carretera hacia el cabo de Gata y su faro. Paramos en la salinas para ver los flamencos metidos en una casilla de madera de estrechas ventanas construidas para observarlos. Ellos ni se dan cuenta. Mantienen la cabeza dentro del agua, y solo algunos la sacan cuando una bandada de numerosas gaviotas dan un poco por culo. Al otro lado de la carretera hay una larguísima playa de pequeñas chinas cuyo final no llega a verse. Paramos para ver la torre picuda y el antiguo cine del pueblo de los salineros, para tocar sus podridas tablas con tonos verdosos, azules y naranjas.
Llegamos hasta el faro. Allí abajo el impresionante arrecife de las Sirenas, que emergen como estatuas de hierro oxidado, y más abajo aún, por el camino hacia Mónsul, cala Arena, una cala nueva para nosotros desde la que se ve el Cerro de la Vela Blanca. La playa es pequeña, de unos 55 metros de longitud, de arena muy fina y dorada. Si caminas por el agua hacia adentro tardarás mucho en que te cubra. Pero lo más flipante es todo lo que lo rodea, formaciones volcánicas columnares hexagonales, de las que el viento y el agua ha ido desprendiendo adoquines que luego se han redondeado, y permanecen ahí, amontonados, como esperando una obra. El suelo que se pisa en la senda es una roca que parece enlosada con hexágonos. Este fenómeno proviene de la elevación de una lava densa que se ha enfriado. Cojo unas cuantas piedras curiosas formadas hace millones de años.
Bajamos la serpenteante carretera hasta la Almadraba, un barrio-pueblo surgido alrededor de la almadraba de las salinas. Allí, en la terraza de su bar Las orillas del mar Almadraba, logramos lo que estábamos buscando: una cerveza en un lugar tranquilo, sin viento, mirando al mar y acariciados por el sol.
Aparte del atractivo de lo nuevo, diferente y bello que pueda aparecer en un viaje, son muy importantes los momentos en que, por una concatenación de variables, nos sentimos especialmente a gusto. Tengo amigos que viajan buscando la rutina de esos momentos. Saludar al mismo camarero, beber una cerveza bajo los soportales observando la vida de una plaza, mientras se oye una marimba. En fin, alargar la felicidad. Nuestros grandes momentos en el Parque se dieron en la visita a la oliva milenaria de Agua Amarga y en el bar de la Almadraba. Esos fueron los momentos a alargar infinitamente.
Tomamos el café en San José. En El Duende nos sentamos junto a los ciclistas que encontramos en el Playazo. Nos saludamos. Romain, Gaetan e Ilya, su perrita, recorren España con unas bicis que tiran de unos remolques ligeros. Romain tiene un perfil para dibujar: una prominente nariz aguileña y la cabeza afeitada, con una reserva en la parte de la nuca, con una pequeña coleta. Es muy simpático y su bici es como un camión-bicicleta de cuatro ruedas donde él va sentado en un sillón. Gaetan es más agitanado, con ojos pequeños y los brazos completamente tatuados, se pasa el tiempo llamando a su perrita. Su bici lleva un carrito de bebé detrás, donde lleva a Ilya. Naturalmente, los dibujo. Y también a Asia y Gustavo, que se sorprenden con el parecido y la rapidez con que los inmortalicé. Me gusta San José porque siempre se encuentra a gente curiosa, dice Gustavo.
Descansamos en casa, tirados en el sofá oyendo el rugido de las olas. Yo trato de poner orden en mi cuaderno rellenando huecos con palabras pequeñas de tinta negra. Beni se cubre con una manta ligera y empieza a cerrar los ojos. Todavía huele a las naranjas que trajimos de Bolaños.
Para la cena quisiéramos repetir la experiencia en la vinoteca Abacería, para convertirla en nuestro bar favorito para las noches; pero está a tope y una cola de turistas de finde espera en la acera de enfrente.
Cenamos un pizza en Il Brigantino, un lugar tan grande que recuerda a un salón de bodas. La pizza de la casa no está mal para ser una pizza. Me entretengo dibujando mesas y sillas mientras unos niños cantan el cumpleaños feliz. La señora corretea de una mesa a otra y no puedo pillar su silueta con su enorme culo. Mejor, porque luego curiosea en las páginas y tengo que ceder. También lo hago con los vecinos de mesa, que el otro día también salieron en el dibu de la Abacería, según me cuenta ella con el acento ese de Doña Croqueta.
jueves, 24 de febrero de 2022
los escullos, la oliva milenaria y agua amarga
José Manuel, un viejo pescador, nació aquí en Los Escullos y aquí vive desde entonces, en una casita junto al castillo de San Felipe. Los del Parque han cerrado la puerta, hay poco que ver, un patio y unas cuantas habitaciones vacías, me dice. Él es de los que piensan que las restricciones del Parque Natural son malas para la economía. Piensa que los pueblos serían más grandes y tendrían su propio médico.
Paseo por las extrañas formas de las dunas oolíticas fósiles de Los Escullos. Esa especie de colmenas y otras filigranas de piedra que el agua y el viento tejen. Olor a algas y un ruido estruendoso del golpear de las olas.
Camino de Agua Amarga, paramos en el mirador de la Amatista para ver la costa zigzagueando para fundirse en la niebla. Esas grandes piedras como de hierro oxidado rodeadas de espuma. El valle de Rodalquilar especialmente hermoso tan verde en esta época, y con tantas flores amarillas. Una caldera rojiza espolvoreada de verde. Su castillo del siglo XVI, el Playazo, donde pasean los habitantes de las autocaravanas y de las tiendas de ciclistas, y el castillo de San Ramón, del siglo XVIII.
Entre La Joya y Agua Amarga, frente al kilómetro 6, a la izquierda, cogemos la rambla de Viruega hasta el famoso olivo milenario. Impresionante, de nueve metros de altura y un tronco, fruto de la unión de dos distintos, solo abarcable entre cuatro o cinco personas. Es una oliva silvestre, un acebuche de entre 1500 y 2000 años. El lugar, verde y hundido, resulta muy agradable. Aguantamos. Me hubiera echado un cigarrillo, pero el pariente de la moto solo tiene de liar.
Paseamos por la playa de Agua Amarga hasta las cuevas-vivienda. Oh, esta luz siempre. Enfrente, el domo volcánico de la Mesa Roldán, que tuviera vías de bajada, torre de vigilancia y faro. Paseando por sus calles blancas vemos las tiendecillas de moda que abren todo el año. La dueña de una de ellas, de mirada desafiante y vestido de lana rojo, poderosa, decidida, llama mi atención y la dibujo.
Tomamos vino de Almería en la vinoteca El Descorche, en la plaza, con tapas frías y un ambiente envidiable, y luego comemos en la terraza del restaurante Ole-aje un pez de roca a la brasa, fresquito, con un ribera, y rodeados de gatos. La sobremesa consiste en una discusión con el camarero empeñado en cobrarnos más de la cuenta. Finalmente cede y acepto sus disculpas.
Beni recuerda la primera vez que vinimos a la mina de Rodalquilar. Esa nave destartalada, junto a la iglesia, llena de pequeños sacos llenos de polvo y seleccionados por colores; muchos de ellos abiertos y pisoteados. Ahora pienso que era arcilla.
Las ruinosas casas de los mineros nos recuerdan las ciudades bombardeadas, las sirenas sonando en Ucrania. A pesar de la belleza de este valle, quizás lo más hermoso del Cabo de Gata, no puedo olvidar a los soldados rusos avanzando, los atascos de los coches intentando huir, a los niños llorando en los refugios. Una vieja película que se repite. Otra guerra. Ahora en Europa, aquí mismo, en casa. La locura.
miércoles, 23 de febrero de 2022
los genoveses, la isleta y san josé
Mientras Beni duerme, el sol empieza a levantarse de la línea del agua. Naranja, rojizo, luchando entre las nubes. Bajo a comprar café y desayuno en la terraza ante el espectáculo y luego abro las ventanas para que Beni lo disfrute. Cojo los tubos de color y pinto, groso modo. las vistas hacia el puerto.
Después de sendas magdalenas, caminamos hacia la bahía y playa de los Genoveses por el sendero del molino de viento. Tropezamos con mogollón de piedras volcánicas y, desde arriba de un alto cerro, pinto la larga playa. Paseamos mirando conchas y hermosas piedras redondeadas. Algún perro lucha contra la enorme flor de una pita ya seca. Los habitantes de las autocarabanas que durmieron en el parking se pasean entre las dunas en pijama. Huele a algas, a mar. Dan ganas de inflar los pulmones hasta el máximo con este aroma.
Camino a la Isleta del Moro se nos hace la boca agua pensando en los calamares y los taberneros del bar La Ola; pero están de obras y no abren hasta marzo. Nos sentamos en la terraza del bar La Isleta, junto a dos holandeses que no entienden ni patata. Me preguntan cómo se llama mi tapa y le digo que es un pincho de tortilla. Theodor se lanza y pide dos tortillas, mientras me echo las manos a la cabeza.
El agua está brillando y apenas se la puede mirar. Se ven unas cuantas siluetas de barquitas y, al fondo, los picudos gemelos los Frailes. En otra mesa, unos parientes se han empeñado en un arroz caldoso que no existe en la carta y quieren que a la cazuela de la casa le echen arroz. El plato ya es bastante contundente y no lleva arroz, pero si ustedes insisten yo le pongo un puñao; no es su sitio, pero yo se lo pongo, les comenta la cocinera. Los caracoles tienen una salsa increíble de habas, cebolla, tomate y jamón. El sol ha empezado a ablandarnos y va a ser difícil moverse de aquí.
Comemos en casa lentejas con calabaza. Tras una pequeña siesta, salimos a dar una vuelta por el San José viejo: la iglesia y el aljibe, Casa Pepe, el hotel Pakyta. O sea, el San José que yo conocí en los años ochenta, cuando el hotel parecía un caserío vasco, y Casa Pepe tenía una terraza cutre abierta con algún futbolín, si no recuerdo mal.
Tomamos un café en la cervecería El Pescaíto, mientras los guiris cenan rodaballo y mero del Parque Natural, les dice el camarero por 60 machacantes, con una ensalada de regalo. Le enseño el dibujo a Carmen, la camarera de detrás de la barra, que dice que la dibujé con cara de mala leche.
Con la gente cenando alrededor, empezamos a sentirnos mal. Paseamos por la playa y, luego, aparcamos en el bar Abacería (algo así como colmado), un bar de vinos bastante colocado con tapas más elaboradas y tostas. Me bebo un tempranillo-cabernet-syrah de Almería con crianza de 6 meses que me recomienda Jorge, y que está bien, con un queso fuerte con pimentón de Canarias. Me entretengo dibujándo el local, sus parroquianos y camaretas. En primer plano a Mari, y detrás a Ivan, nacidos y criados en la zona. Un sitio muy agradable que me apunto.
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