miércoles, 11 de marzo de 2015

rocas y playas ilustres




Nos despertamos después de diez horas durmiendo. Los pájaros y la olas ya están cansados de intentarlo.

La vida es más barata y más fácil en estos pueblos sin turismo. Hacemos dedo y enseguida nos coge una familia y nos deja en la llamada Iglesia de Piedra. Es una gran formación rocosa en medio de una playa gigante con la parte superior cubierta de vegetación, una planta parecida a las hojas del drago que en su centro tiene una flor roja (¿aloe?). El interior de la roca está vacía, es una nave iluminada por la luz que entra por las diferentes galerías de entrada, algunas de ellas desde el agua, por lo que el suelo está encharcado.

En el costado derecho tiene una gran abertura como una puerta triunfal. La atravesamos. Sus paredes están forradas de un liquen rojizo que les dan un aspecto extraño, como si hubieran vertido sobre ellas kilos y kilos de pimentón. Al otro lado, más y más playas con hermosas formaciones rocosas que parecen elevarse de la arena. La espuma de las olas las rodean y, en algunos huecos pequeños, salta con gran estrépito. Paseamos largo rato encontrando nuevas rocas de formas extrañas. Nos cruzamos con algún paisano recogiendo algas en brazadas que ata. Le preguntamos si se comen o son para el ganado.

-Son harto ricas pa la ensalada, dice, esta parte te llama ulte, la del tronco, y esta cochayuyo, las ramificaciones. Mas adelante vemos una fresquita recién traída por las olas y la probamos. Está rica.

Un chaval nos coge en su pick-up enseguida y nos deja en la Lobería, un archipiélago rocoso en las playas de Cobquecura, que está apenas a doscientos metros. Y aquí nos tienes, a mi Beni y a mí solos oyendo los estruendosos berridos de estos lobos que parecen pedir clemencia. Cientos de lobos de pelo apretujados en unas cuantas pequeñas islas, unos rubios y otros negros, y otros muchos en el agua.

Comemos la colación en un restaurante por cinco lucas los dos, unos siete euros, con bebida. Compramos la cena en el súper y nos ponemos a esperar el micro en medio de la calle. Un señor a la sombra, con su botella y su perro, nos cuenta que aquí fue el epicentro del terremoto. Las viejas casas de adobe cayeron y muchas de lajas de pizarra, hoy son muros o cercas protegidas como parte de la idiosincracia del pueblo. La Lobería subió dos metros.

- Y ¿hubo tsunami?
- Aquí no, gracias a la corriente Humbold, que lo aplacó. Pero sí en Concepción. Harto destrozo.

Un coche para y monta a una chica que charlaba con Beni mientras tanto. Antes de montar, nos invita al auto. De los cinco, cuatro somos dedistas. Una abuelilla de copiloto nos pregunta si somos turistas y nos agradece que hayamos visitado su pueblo, harto bonito, dice. Nos dejan en la puerta de casa.

Nos quedamos en paños menores, no trajimos bañador, y nos vamos a la playa a darnos un baño. Ahora en marzo vienen los surfistas porque las olas son grandes, nos dice Hugo, el empleado de las cabañas. Pero hoy se fueron lejos porque las olas son normales.

Subimos al mirador para ver toda la bahía y la puesta de sol. Ya en casa, nos hacemos una ensalada impresionante con tomate, palta, remolacha y las algas que hemos cogido de la playa, que están bastante ricas, que nos apretamos con un filete. Hoy hay aceite de oliva, sal y vinagre. Y un vino carmenérè para celebrar estos días tan buenos que la vida nos regala.

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