sábado, 11 de agosto de 2012

paseando por un glaciar y un sitio para dormir



Despertamos con agua helada y desayunamos en el albergue de Athabasca Falls. Seguimos el curso del río hasta su nacimiento. Pasamos por las Sunwapta Falls, un afluente del Athabasca. Y, por fin, el Athabasca Clacier. Un autobús nos sube la montaña y otro, ahora con seis ruedas tan grandes como las de un tractor, nos sube dos o tres kilómetros por el glaciar. Allí arriba nos bajan para darnos un paseo por la cima del mundo (esta parte del mundo jamás se desheló desde la Cuarta Glaciación) caminando sobre el hielo azul verdoso.
El todo terreno nos sube por la parte superior, donde el hielo está más compacto y no hay peligro de derrumbes. Sin ningún calzado especial, pero con mucho cuidado pues es como pisar rocas heladas, muy resbaladizas. Los pies cogen frío enseguida. El espectáculo es alucinante.

Nos llevan a una expo sobre los glaciares donde nos ponen una peli muy interesante rodada a día por segundo para ver el movimiento del glaciar, cosa imposible a simple vista. Los animales que viven aquí, como la perdiz gris que vimos ayer, con los sonidos que hacen. Y una maqueta del Columbia Icefield, que es una gran zona alrededor del monte Columbia (3.747m., el más alto de Alberta) que permanece siempre helada y con nieve (preciosas imágenes desde un helicóptero), de la que salen los glaciares en todas direcciones y sentidos.

Comemos en Mistaya Falls y luego vamos al hotel del Lago Louise. Está completo. Vamos al albergue de las Takakkaw Falls, frente a una inmensa catarata que cae de una pared cortada. Full. El hotel del Lago Esmeralda como último recurso, cueste lo que cueste. Es un grupo de casitas en una isla dentro del lago. Nos cogen las mochilas y nos llevan en un microbús. Luego nos piden el nombre de la reserva. No tenemos reserva. Está completo. Nos vuelven a montar en el microbús y nos dejan junto al coche. Bueno, hemos estado un ratito viendo el lago color esmeralda. Desesperación, en Field no vacancy.

Acabamos en un camping en el Yoho National Park, a la rivera del río Kicking Horse. Es un bosque alucinante de altísimos abetos con pequeños claros que sirven de plazas para los campistas. Un hueco para la tienda y el coche con una barbacoa, una mesa y bancos de madera y un grifo de agua potable. Al lado hay un comedor techado, una barbacoa y servicios con agua caliente. De vez en cuando, se cruza una ardilla. Se oyen cuervos y búhos por la noche. Todo está lleno de carteles con advertencias de no dejar comida fuera, pues serán el menú de los osos. También hay un porche con leña cortada en troncos para hacer fuego. Cargo las botellas de agua ante la atenta mirada de un ratón simpático, con pelo marrón rojizo y rabo grueso. Sus ojillos son como bolitas negras brillantes. Nos miramos el uno al otro. Me has mojado, dice, y se va entre las plantas.

 

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