jueves, 30 de agosto de 2012

un ángel con las alas caídas


¿Que pasará hoy, será un día feliz o aciago? Sólo depende del Consulado. Me gastaré las últimas monedas para llamar.
Estoy delante del teléfono, me da miedo. No hay nadie, me habla un contestador automático, al que le resumo mi caso y mi urgencia. Ya no tengo reserva en el albergue. La policía me da unos teléfonos para los sin techo. Llamo. Hablo con dificultad. Me preguntan la edad. Cuarenta años digo avergonzado, sintiéndome viejo. Me deprime la consideración. Le digo que ya no tengo dinero para llamar, que le pagaré el lunes cuando hable con el consulado. Sólo para canadienses, dice. Me da un número para extranjeros. Dios, si ya no tengo pasta.

Una chica de treinta y tantos sale de una habitación, me ha estado oyendo, se acerca y me mira. ¿Puedo ayudarte?, pregunta en español este ángel alado. Lisa, de Virginia, ha llamado a British Airways para solucionar mi billete de vuelta. Lisa me dice que rellene el cheque conformado con el dinero que necesite; lo que necesites, por un accidente no te vas a convertir en pobre, me dice. Vamos al banco. Lisa me dice que su vida ha dado un vuelco, que vende sus cosas y se va a la India. No he nacido para pelear, sólo deseo un lugar donde cobijarme. La miro a los ojos y me despido. Te lo agradezco infinitamente. Soy un desconocido y me has salvado. Cuando algo vaya mal, me acordaré de ti, recordaré que también hay gente como tú.

Voy al aeropuerto en bus, aunque yo me siento en una nube. Aplazo el vuelo al martes, el lunes puede ser que no haya acabado. El hostel está ocupado hasta el uno. Busco un hotel barato. El sitio más cutre del mundo pero en el centro. Estoy en una cuarta planta sin ascensor. La habitación tiene un lavabo, una moqueta cutre, un cama con pelotillas en las sábanas. Me tumbo y me relajo. Todo va bien José María, relájate, disfruta lo que puedas.

Bajo a la playa. Me meto en el agua, donde mis malos rollos se diluyen. El sol me trae otra vez la alegría. Alguien se va y ha sacado sus cosas al jardín para venderlas. Un colchón, una lámpara, varias sillas. El dueño lee el periódico en un sillón de orejas. Me recuerda un cuento de Carver. Ahora también yo puedo ser uno de sus personajes en un mundo sórdido.

Encuentro libros en español en una librería de viejo, en el 1089 de Robson St. Paseo por el contorno de la península que forma Stanley Park. Más playas. Rocas tapizadas de mejillones. Todo lo veo con nostalgia, como si ya sólo fuera un recuerdo. Pienso en Borges, en su cuánto me gustaría estar en ese sitio, donde ahora estoy. Sigo sin entender el baseball, sin interés. Robson está alegre hoy sábado aunque Bute es mi calle favorita. Ceno en Davie. Mary's tiene un bufete libre de ensaladas. Me hago un primero con verduras, un segundo con quesos y un postre con frutas y yogur. Los travelos cogen un taxi. Me duelen los pies de tanto caminar. Me ducho y lavo los calcetines. Me tumbo oyendo el ventilador del vecino y la música vaquera del Country Pub. El hotel está bien. Viejo pero limpio. La tele parece que funciona. Hoy me apetece un cigarro, pero voy a pasar.

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