jueves, 5 de marzo de 2015

vuelta a puerto natales


Llovió por la noche, pero aquí el sol lo arregla todo. Paseo por la Plaza mientras Beni se ducha. La estatua de Hernando Magallanes tiene una sirena en que cada pierna es una cola de pez, evitando así los problemas que se les achacan en las relaciones sexuales. En las otras caras: un indio mapuche, con su cinta al pelo, representando la Patagonia, y un Selknam robusto y bien formado, representando la Tierra del Fuego; ambos lados del Estrecho. El ona está mucho más currado.

Desayunamos con dos japos recién llegados. Ella tiene una belleza inuit que me atonta. También con dos francesas de Lyon empeñadas en ver pingüinos. Enfrente de la casa cogemos el bus a Puerto Natales. Estepa amarillenta cercada a ambos lados de la carretera con infinitos palos verticales, para retener la ovejas y los caballos, algunas lagunas. A medida que subimos, van apareciendo lomas, árboles, cerros y luego montañas de más calibre.

No sé qué razón impulsa al viajero a seguir una rutina en el viaje ¿evitar el ensayo-error de la aventura? Lo cierto es que volvemos a comer en el vegetariano Cacique Mulato, protegidos de la lluvia, con la camarera más simpática del mundo: Jennifer. Caen sopas de verduras y lentejas con calabaza. Y después nos vamos al café en el que Bety destapó su pasado de maltratada, El Living, donde vemos llover tras sus grandes ventanales, sentados en sus sofás delante de unos capuccinos. Los ingleses Jeremy y Anne lo llevan con alegría. Ella fue ilustradora y llevan ya veinte años por aquí. Tienen una hija guapísima llamada Mica, que me enseña sus dibujos fotografiados en su móvil. Son muy geométricos y con muchos colores, parecen estampados de vestidos. Queremos que estudie arte, dice su madre orgullosa.

Ya de noche, un bus nos acerca al barco. Se mete en la bodega para descargarnos. Subimos cinco pisos y nos dan los camarotes. Aunque habíamos comprado uno sin ventana, por la diferencia de precio, nos lo dan con. El barco me gusta mucho, tanto hierro, pasillos, botes y baúles de chalecos. Es como en las películas; y no esos cruceros gigantes que parecen hoteles con muchas estrellas. Esto es familiar, enseguida te haces con ello. El camarote es simple: una litera, un armario, un lavabo y una mesa para escribir. Enfrente: las miles de bombillas de Puerto Natales.

Cenamos los bocatas que hicimos en el comedor. Luego nos reúnen a todos para darnos la charla de seguridad. Hablamos con una madrileña llamada Victoria que lleva todo el mes de febrero haciendo fotos en Tierra del Fuego. Nos dice que la crisis la ha traído aquí. No había nada que hacer, cogí mis ahorros y mi cámara y me vine a Sudamérica a hacer fotos. Estuve dos meses en Cuba, de allí a Argentina, y luego a Tierra del Fuego. Y así lleva cuatro meses. Lo nuestro es una ridiculez.

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