viernes, 18 de abril de 2014

dibujinchis de crumb vestidos de gala





Taschen presenta estos días el segundo estuche en edición limitada de sus bocetos y garabatos, un cofre sensacional que se completa con una lámina firmada, numerada y autorizada por el autor. Mil trescientas cuarenta y cuatro páginas de migajas de genio por 750 euros, un peuvepé razonable si tenemos en cuenta que la primera referencia que editaron del artista, el fabuloso Robert Crumb's Sex Obsessions, marcaba lo mismo por doscientas cincuenta y ocho.

No dejan de ser libros pero, tanto en su preciosa confección como en su puesta en escena, traen un aroma de obra exclusiva que nos aproxima el arte original, una experiencia que toma fuerza en las ediciones llamadas de artista que produce IDW Publishing, lujosos volúmenes que reproducen clásicos contemporáneos de la historieta a su tamaño de confección original, dando luz a correcciones e imperfecciones, evocando la mano del dibujante, ofreciendo una humanidad que hasta el momento solo podía apreciarse en las planchas originales.

Desinteresado de la vida moderna y asqueado de las prebendas de la fama, Crumb ha delegado por defecto la gestión de su patrimonio en albaceas que le ahorrasen el trago de interactuar con personal gris marengo, y ha sido siempre Aline Kominsky, su esposa y colaboradora, quien le ha ido embarcando en operaciones de esta rentabilidad. Fue ella quien le convenció para participar en el documental que le dedicó su amigo Terry Zwigoff en los años noventa, extraordinaria película que supondría la primera piedra en la construcción del "artista", y fue Aline también quien le incitó a entregar a un coleccionista europeo un maletín lleno de dibujos a cambio de una casa de piedra centenaria en la campiña francesa.

Allí se mantiene ocupado dibujando, bien a salvo de EE.UU, meciéndose en sus viejos discos de pizarra y haciendo lo que hizo siempre, darnos por perdidos, tal vez intentando desentrañar el misterio, intentando localizar cuándo se dio el quiebro, mientras la adorable Aline alza su copa de Borgoña y ríe en el porche con risa de Damien Hirst, sabedora de que, como el más repugnante de los personajes de su marido, lo vamos a querer comprar todo.

Rubén Lardín  eldiario.es  01/04/2014

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