jueves, 31 de enero de 2013

más tiempo para arequipa



A las siete ya está barriendo la señora. Esto ya es otra cosa: fresquito por la noche, nada de mosquitos, un poco de verde y montañas en el horizonte. Hemos recorrido Perú por la costa y no hemos visto más que desierto y mosquitos. Echábamos de menos el clima de Los Andes. Arequipa es un punto intermedio entre la costa y éstos. Las lluvias nos han cambiado los planes de entrar por Ayacucho a Cusco, ver el Machu Pichu, Arequipa, Puno y el Titicaca. El nuevo plan nos lleva directamente a Puno y entrar en Bolivia.



Después de un buen desayuno en la terraza, dedicamos la mañana al convento de Santa Catalina. Si venís, no os asustéis por el precio, lo merece. Estas monjas de clausura, hijas y viudas de ricos, se había montado toda una ciudad tranquila llena huertas y geráneos. Una verdadera maravilla, dan ganas de coger los hábitos. Estancias abobedadas encaladas en nuestros colores añil, rojo y blanco. Todo de piedra de sillería y todo lleno de macetas. Pequeñas calles, patios, huertos, celdas con fogones de piedra y pequeños patios. Una granjita de cuyes. Retratos de las monjas muertas con un buen mostacho.


Comemos cuy en la plaza y tomamos café en La Compañía. La camarera, brasileña, vivió cuatro años en Madrid (en La Latina). Con una arequipeña nos ponen una tapa de retostadito y luego un pisco sour. Con el pisco nos ponen el partido del Real Madrid-Depor, que gana el Madrid 2-0. Nos resulta tan relajada esta ciudad que da pena dejarla. ¡Y vaya atardecer que se nos presenta por el mismo precio, lo mejor de Arequipa en este claustro!

En la parte costera del Perú, que hemos visitado, hay cierto desprecio a lo indígena. Sólo supone cultura, artesanía, para vender al turista. Las personas rallan la mendicidad y tienen los peores sitios para vender. No son esos personajes dignos que caminaban como dioses en Ecuador.


miércoles, 30 de enero de 2013

arequipa




Me despierto a las tres. Montañas de purita roca. Más arriba, muy arriba y dando vueltas, las luces de los autobuses serpenteando las montañas. Abajo el agua y las montañas azules iluminadas por la luna llena. La música me gusta, Sonia Gonzalvo canta a Mercedes Sosa. Llegamos muy tarde, después de cambiarnos de bus por culpa de la brigada de tolerancia sero, que controla los carros a la entrada de Arequipa. La familia rural descarga sus cinco cajas de uvas, sus cuatro cestas y sus capachos. Tres generaciones de mujeres ¿cuándo llegamos amaaaa? con el acento sureño de los dibujos animados.

Entramos en taxi. Arequipa tiene muy buena pinta, todo de piedra blanca (no tan colorida como el resto de Perú). Terrazas bajo los arcos del primer piso de la Plaza de Armas. Un buen hostal por 50 soles, con un patio al sol y las habitaciones alrededor. Señora agradable. Nos tumbamos, este viaje ha sido pesado.

En la terraza del tejado tenemos vistas cojonudas a Santa Catalina y el volcán Misti, y una cadena de montañas cuyas afiladas puntas aparecen por encima de las nubes. La ciudad es acogedora, limpia, con casas con patios y monasterios con claustros para visitar (San Francisco, La Compañía y Santa Catalina), cafés... para mi gusto es demasiado turística, lo que hace que el centro sea caro. Como que una cerveza te puede costar dos euros y un cuy diez. Molesta esta consideración general de que por ser turista no te importa pagar más, te sobra la plata. Los museos tienen un precio especial para extranjeros.
Les digo: Llámenme cuando lleguen a Madrid, pondré cuidado en que les dupliquen los precios.

Hay cosas que merecen la pena, también a ese precio, como un cuy (mejor sin cabeza) en las terrazas balconadas con un pisco sour, observando el gentío de la plaza. Un cafelito en el bar del claustro de La Compañía al atardecer y una tumbadita en esta terraza, con el perfil del Mitsi entre la bruma, tomando el fresco a la luz de la luna llena y cumpliendo malamente con los colegas que quieren saber de nuestra vida.

martes, 29 de enero de 2013

sr. humboldt, supongo












El colmo de la profilaxis es hacerlo con condón y mosquitera. ¡Qué dos grandes inventos! El espray, que parecía haber revolucionado el mundo de los cacharricos del flis, sólo resultó ser una operación de márketing, como el sidí lo fue con el vinilo. Tengo comprobado que las personas que acompañan a los mosquitos durante su uso, pueden correr la misma suerte. ¿Qué sentido tiene un veneno que no discrimina? En cuanto al raid eléctrico, había creado muchas expectativas, incluso los restaurantes caros lo usan en la capital. Pero su radio de acción es muy limitado, o sea que logra que no le piquen a Beni (la más cercana al enchufe) y sólo las primeras horas. Al final hay que levantarse y poner la mosquitera.

Para madrugar, este hotel tiene dos gallos en plantilla. Decidimos levantarnos con el de las seis y media. La agencia nos mete en un bus de línea hasta Paracas. Un cartel dice se busca buen alcalde. Un poco lío para meternos en la lancha. Alguien me pregunta: ¿Usted cuántos son? Me dan ganas de decirle que yo era pollo (como si el chola fuera camarero).

El paseo se hace agradable con el cielo nublado y la brisa de la mar océana. Nos acompañan pelícanos volando muy cerca del agua, a nuestra velocidad. El pelícano parece un ave gris, pero de cerca brillan los colores de su pico: rojo, amarillo y gris azulado. Emociona tenerlo tan cerca encima de tu cabeza jugando con el aire, sin mover las alas. Bordeamos la península de Paracas (que en quechua significa tormenta o lluvia de arena) y luego vamos a las Islas Ballestas, que son pura roca en mitad del agua. Por su difícil acceso, tiene una colonia impresionante de pelícanos, cormoranes, zarcillos, pingüinos humboldt y lobos marinos, aparte del atractivo de los recovecos chulos que tienen las propias islas de cantos y grutas que las atraviesan. Los pingüinos humboldt son muy pequeños y tienen una ralla lateral. Su traje es de menos caché. Los lobos machos rugen como descosidos para sus señoras, que acaban de parir aquí, en la Playa de la Maternidad, y se dedican a cuidar a los ninios.

Al acercarnos hay un olor fuerte, es el guano, la palomina de los cormoranes y otras aves, que actualmente se vende como abono, pero se usó para la fabricación de dinamita. Aún hay plataformas para su recogida.




Nos acercamos a Ica porque es parada de las grandes líneas a Arequipa. Es una ciudad comercial, histriónica, ruidosa, sucia y fulera, rodeada de dunas. Una ciudad-oasis regada por el río Ica. La calle principal está llena de casas de juego y porquería. Se oyen cumbias y vallenatos. Los taxis son pequeños Daewoo Tico amarillos, que no paran de pitar por cualquier cosa. Como último refugio sólo queda la Plaza de Armas, medio destrozada por el terremoto. No queda ni una sola plaza de cama para Arequipa. Compramos asientos normales en la compañía Ormeño para las ocho.

Se vende de todo, hasta tu peso. Esquís para las dunas, fósiles de ballenas. Se prestan móviles encadenados. Descansamos en una heladería tranquila de la plaza. Sabores raros: chocolate con castaña, manjar (el relleno de los churros), morena, pye de limón, artika, capricho... probamos el pye y el manjar. La plaza se va llenando de gente. Nos sentamos en un banco con unos abuelos productores de pisco. Dibujo a uno de ellos: Arturo Mejía. Le gusta el dibujo y me pregunta cómo puede hacerse con él. Si me da un email se lo mando. Nos ofrece ir a su hacienda: es una hacienda colonial española, dice.
Es muy tarde, ya tenemos comprados los billetes para Arequipa.
La próxima vez que vengan, agarran un taxi y que los deje en mi hasienda, dice mientras me acerca una tarjeta.

Mientras ellos siguen hablando de la cosecha de uva (ahora en febrero) y de los desastres del terremoto, nos vamos a tomar un pisco sour. Sólo ponen jarritas a 15 soles, pero le digo que Beni no bebe y me hace un especial de media jarrita por ocho soles. Me deja una coctelera muy fría (y muy grande). Está más rico que en Trujillo, más sabroso, más fuerte. José Mari, recuerda la campaña: si tomas, no manejes, me dice el grillo tocapelotas. Me levanto un poco mermado. La plaza está espléndida. Todo lo está ahora. Vamos hacia el bus sorteando motocarros. Le recuerdo a Beni que está prohibido viajar tomados. Tarde he piao.

lunes, 28 de enero de 2013

pisco



Está nublado. Desayunamos el el hostal con la suiza que espera a su novio. Cambiamos a 2,86. Las oficinas pequeñas de cambio pagan bien. También les ponen un sello a los billetes para reclamar si es falso.

Bus a Pisco (que en quechua significa ave pequeña o pájaro).  Otra vez el desierto después de una hora para salir de Lima, viendo casitas pobres, unas encima de otras encaramadas en las montañas. Ahora desierto y el mar a la derecha.

Pisco impresiona. El día 15 de agosto de 2007, hace dos años, tuvimos el gran terremoto, dice el taxista. Ahora es una ciudad extraña con la iglesia agrietada y muchos solares sin construir. La calle peatonal es como un ferial pobre o la calle comercial de aquellos pueblos de La Quimera del Oro o No Name's City: negocios prefabricados de madera o lona, o casas construídas deprisa. De hecho, en un chilanque de los arriba descritos nos apretemos un caldo de gallina impresionante. Es un restaurante con la curiosidad de que sólo tienen caldo de gallina y es el más concurrido. Como quiera que sólo tienen gaseosa para beber, la señora me permite aportar yo mismo la bebida. Una polar negra, sabor a regaliz, muy gasificada y fría. La sopa está riquísima. Es como la de un cocido, pero con la diferencia de que aquí lleva el jugo de esos limones pequeños, y le hace muy bien.

domingo, 27 de enero de 2013

otro día en lima



Una visita a Barranco explica las canciones de María Dolores Pradera que oíamos de niños. Ella cantaba un mundo caduco de capital de provincias, una vida tranquila, la felicidad que proporcionan sus rutinas. Ella cantaba el mundo de Chabuca Granda, a quien le robaba las canciones. Chabuca vivía aquí en este pequeño pueblo ahora pegado a Lima como barrio, cuna de compositores y poetas. Aquí se saludaban tocando el sombrero a la salida de misa, aquí está la Quebrada, el Puente de los Suspiros, y todas esas limeñas salerosas que van a mojar sus pies al Océano. Aquí Chabuca tiene su plazuela y su calle. Parece mentira que parte del mundo de mi madre esté en este sitio, que jamás ha visitado. El dueño del hostal, un señor que se parece mucho en los ademanes a Chicho Ibáñez Serrador y que tiene esos dejes largos en las últimas palabras de las frases, como en expiración (claaaaaro), me cuenta que los jóvenes gustan de ir viernes y sábado a tomar en sus baresitos nocturnos y fumar marihuana.

Ya ha amanecido y oigo la lluvia. Me asomo a la ventana. Una niña de catorce años empuja un carrito de sanduches. Lleva una tela reliada al tronco con la que sujeta un niño a su espalda. ¡Oh la gran ciudad! Otro sueño roto. Desayunamos con el dueño que nos cuenta que el caos circulatorio viene de la gran cantidad de vehículos de segunda mano que se importan de Japón. Hay grandes hangares en la frontera donde se cambia la ubicación del timón. La ley sólo limita los años y el kilometraje, ambos se trucan. Eso ha dado un parque móvil abundante, ruidoso y humeante; de tal forma que ha tenido que sacarse del casco histórico para no perder su etiqueta de Patrimonio de la Humanidad. Ahora el casco antiguo es más tranquilo. Hoy pretendemos recorrerlo.

Ruta de museos, iglesias casas y parques. Los edificios mezclan estilos. Casas modernistas y coloniales, aunque la mayoría son neoclásicos pues el terremoto acabó con todo. Nos gusta mucho el Museo de Artes y Tradiciones Populares, donde se juntan varias colecciones privadas. Hay máscaras salvajes y graciosas, como los diablos de Paucartambo, procesiones de cientos de personajes de barro, cestas amarillas de Ancash, telas preciosas con escenas surrealistas y jarrones representando animales.

Comemos Malaya en un italiano limpio, es una carne de res con forma de fajita. Fibrosa, pero no dura y muy muy sabrosa. La ponen con yuca, cebolla morada y arroz. También pato con arroz con demasiado cilantro.

Desde el corte del río, vemos los arrabales: cientos y cientos de casas de colores, unas encima de otras, encaramadas en la montaña, en el norte. En la Plaza Bolívar, las torturas de la Inquisición en un museo. La locura total del Mercado Central. Olores a carne empezada y hierbas aromáticas.



Ya en casa, trato de retener imágenes: el enano de rojo vendiendo helados, carteles pintados en los aparcaderos con la virgen sobre un carro, láminas escolares, chicas con los celulares metidos entre las tetas y los pobres limpiabotas limpiando esas largas botas de la policía de tránsito (supongo que por la cara). Voy a la taberna Queirolo (Quilca con Camaná), un verdadero descubrimiento. La dibujo. Es tanta mi felicidad que me llevo a Beni y nos apretamos un estofado de ternera a medias. Beni busca una alternativa de viaje a Cusco (no para de llover y están desalojando a los turistas con helicópteros).

La dueña del hostal nos orienta. Nasca no tiene nada si no váis a subir en avión a ver las líneas y Arequipa está demasiado lejos. Pisco tiene playa y las Islas Ballestas para visitar. Decidido: iremos a Pisco

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sábado, 26 de enero de 2013

lima




A las cinco y media la azafata arremete: Señores viajeross, esstamos en Lima, favor de recoger sus objetos a fin de no olvidar nada. dejen sus mantas y audífonos sobre sus asientos. ¡Todo el viaje durmiendo!¿Podría dar otra vueltecita? Me temo que Beni se apuntaba a Trujillo y vuelta a Lima. Sólo
hay que verla.

Difícilmente nos despegamos del asiento. Vamos al hostal de la familia Rodríguez. Una casa antigua con olor a rancio, frisos de madera, vitrinas, techos altos, mosaicos en el suelo y también parquet. En las paredes puzles terminados. Le pedimos un desayuno a la señora mientras se levanta el dueño. Salimos a la plaza porticada de San Martín, la peatonal Jirón de la Unión a tope de tiendas, las farolas recién pintadas de purpurina dorada. En Grau pillamos un bus hasta Oval Miraflores. Bajamos paseando el barrio hasta San Martín. Es un barrio pijo y nuevo, con mucha tontería y mucha seguridad (alambres electrificados, guardias con ametralladoras). Gente bien que ha hecho su casita de diseño o ha arreglado una antigua con mucho gusto. Un remanso de tranquilidad y orden. En San Martín subimos hasta la tercera cuadra. Restaurantes puestecitos, pequeños. En el Rafael hemos quedado con Alfonso, pero no acude. Mientras esperamos nos ponen unas cremas mariconas de aceitunas, pescado y pimientos. Beni pide un ceviche de lenguado y conchas de abanuí al fuego. Yo pido una entraña Angus (debe referirse al famoso buey americano, de ternera, de la parte del costado, nos dice el camarero) a la brasa, pesto de perejil y ensalada de grillados, de textura suave y fuerte de sabor. Mezclado con las patatas (sin pelar) está deliciosa. La ensalada es caliente, con trozos de calabacín y pimiento a la brasa, rúcola y salsa vinagreta. Deliciosa. Con clavada de impuestos se pone en 176 soles, unos 48 euros. Una barbaridad para la gente que hemos conocido en Perú. Pero hay gente que lo puede pagar, como los personajes que pululan por aquí: unos ejecutivos, un abuelo forrado, un loro pedante y su buitre y dos guiris de Ciudad Real. No tengo por menos que echarme un cigarrito suelto.

Bajamos Miraflores hasta los acantilados al mar, y luego seguimos hasta Barranco, que tiene otro rollo. Vemos un a expo de animales muy graciosos construídos con materiales reciclados. Buen rollo en la Plaza de la Municipalidad, donde juegan niños y grandes, y espectacular la bajada de la rambla hasta las playas, con todas las casas con las balconadas y terrazas colgando al barranco. Pasea mucha gente. Las playas son de chinatos gordos y, más allá, de arena. Alquilan tumbonas sólo para mirar. Se está muy bien. Viendo los acantilados de Barranco y Miraflores, estos últimos llenos de rascapisos que han crecido como hongos.

viernes, 25 de enero de 2013

trujillo, chan chan y playas de huanchaco




A media noche tenemos que poner la mosquitera. Me levanto tarde. Beni sigue durmiendo. Detrás de la ventana: el patio con una gran buganvilla, muros de adobe y, aún más atrás, esas montañas negras que emergen de la arena del desierto. La Casa de Clara tiene un ambiente joven, alegre, de albergue. Un tanto descuidada.

Camino de la estación, me encuentro a una señora prensando caña de azúcar. Le pido un guarapo y se ríe porque aquí tiene ese nombre el jugo ya fermentado, el licor. Corta las cañas por la mitad y las mete en la prensa. Su hijo pequeño mueve los rodillos con la manivela. Las pasa dos veces. El resultado es un jugo rico, dulce. Sin agua y sin hielo es más seguro para mi estómago.

Me asomo al patio de una casona. Columnas de madera, lajas de pizarra en el suelo. Su dueño, Juan Castillo, me ofrece visitarla. Una casa solariega antigua, con rancios muebles, escalera con balaustrada de boliches y cuadros sin mucho valor. Me llama la atención un San Francisco abrazado a Cristo sin aún haberse desprendido de la cruz. Le pega a la sensibilidad de Don Juan, al que obligo a posar. Coqueto, se arregla su pelo blanco. En Mariscal Orbegoso, atravesada la plaza, encuentro una peluquería con rollizos de madera en el techo, butacas clásicas y su dueño, gordito y simpático, al que pido permiso para fotografiar. Me cuenta que su negocio tiene unos setenta años. Me indica la estación, donde compro dos billetes de cama, para las nueve y media de la noche, y así ir dormidos hasta Lima. Doscientos soles. Cincuenta y cuatro euros. Caros.

Pillamos una combi a Huanchaco (¡Huanchaco, Huanchaco, Triple Bolívar, Plaza Amor! grita el chaval desde la puerta) que nos deja a la entrada de las excavaciones de Chan Chan, la inmensa capital chimú, de 1300, la ciudad precolombina más grande de América del Sur. La combi, el transporte más popular, no tiene paradas concretas, puedes bajarte en cualquier punto del trayecto. Puedes recorrer una sola cuadra o ir de una localidad a otra gastando de 20 centavos de sol a un sol veinte, o sea: de siete a cuarenta céntimos de euro (el tour operador te cobra unos veinte soles). Paseamos hasta el Palacio Octavo, el único restaurado de sus nueve (uno por emperador). Es alucinante, de adobe ocre grisáceo (el color de la arena). Interesante el culto al agua de esta cultura del desierto, con hermosos relieves de la luna llena, el pelícano, las olas, los pozos, los jardines acuáticos. En el museo dos figuras de madera: el guardián y el prisionero. El guardian con un gran parecido al ídolo de La oreja rota de Hergé.

Las playas de Huanchaco me recuerdan el Torremolinos que conocí de niño. Playas a tope. Chicos posando con gafas de sol, Ligoteo, chiringuitos ballenato, souvenirs de conchas para poner encima de la tele, helados derritiéndose, siesta en la mínima sombra. Buscamos un restaurante fresco y tranquilo. Arroz con mariscos, más risoto que paella, más marisco que arroz. Cerveza Trujillo. Después paseamos por el pueblo y combi de vuelta. ¡Oerre mayorista los incas! grita la chica desde la puerta. Los Incas, Plaza de Armas, Pizarro. Descanso en la Cafetería Asturias. Por fin un pisco sour. Pisco, limón, clara de huevo, jarabe de goma, hielo y amargo de angostura nos desvela el camarero. Lo mejor que entra en barriga.

Recogemos las mochilas y nos vamos a Ittsa, la cía transportista. maravillosas plazas horizontales en asientos mullidos. En la parte delantera pueden ver dos audífonos para oir música, o bien el dividí. La azafata parece explicarnos cómo se las gastan los ricos. Un refrigerio, una peli y a dormir en la gloria.

jueves, 24 de enero de 2013

trujillo






Nos levantamos resfriados y con dolor de estómago, seguramente del aire acondicionado de El Hebrón, el único restaurante con wifi que encontramos en Chiclayo. A las ocho nos llega la ropa limpia. Desayunamos en la cafetería de ayer y le hago un dibujo a Carolina, la camarera.

En el colectivo ya notamos la diferencia con Ecuador. Adiós a los monólogos, a los indios con sus uniformes distintivos y sus gorritos, a las lonchitas de plátano frito y al trasiego de clientes cargadas de bebés, el herbolario o algún animal. Esto es Perú, con sus pelis de Yackie Chan, guiris en los autobuses, donde no se vende comida, se factura el equipaje y se hace cola para comprar el billete.

Después de atravesar desierto y desierto, con algún oasis con arroz y palmeras, llegamos a Trujillo. Una ciudad sucia y polvorienta en medio del desierto. la arena se posa en los tejados, toldos y zaguanes. Todo está sucio y tapado de polvo gris, hasta los árboles, viejos y olvidados. La única alegría son los colores de las casas coloniales alrededor de la Plaza de Armas.

En San Francisco vemos al santo con un violín en la mano derecha y el Museo del Juguete una colección bien instalada y fácil de ver. Hay juguetes antiguos de todo el mundo y algunos juguetes precolombinos curiosos. Hablamos con el cuidador de la marca española Payá, la alemana Schuco, los coches de baquelita y otras curiosidades. Nos alarga el cierre media hora para que terminemos de verlo. El café del Museo es un café antiguo del tipo de los europeos: barra de caoba, historiada máquina de café, armatoste de caja regristradora, vitrinas... aguantamos un buen rato mientras, en la calle, llueve.

Lo mejor del Mercado Central, más normalito que los ecuatorianos, es que los letreros están pintados a mano. Dibujos inocentes, planos que quieren ser útiles sin ninguna pretensión artística. Leo: prohibido tocar cornetas y me imagino una historia nocturna de dolor de cabeza. Comemos cabrito con arroz y frijoles. Cenamos unos prensados, que es como llaman a los sandwiches (a los bocatas sanduches) y unos tamales, de ínfima calidad comparados a los lojanos, en el restaurante pollería La Plaza, bastante chulo, en plena Plaza de Armas.

No acabamos de instalarnos, de pillarle el punto a ésto. Hemos cambiado de país, de clima (de alta montaña al desierto), de paisaje, de forma de hablar, de comer y de vivir, todo a la vez, y no resulta tan fácil. Cada día es distinto. Echamos insecticida en la habitación. Se largan las mariposas. 

miércoles, 23 de enero de 2013

chiclayo y pimentel


Chiclayo es una ciudad grande, la capital de la región de Lambayeque, con más de 600.000 habitantes, la reina del comercio de una región extensa al norte del Perú. Viva, bulliciosa, con mucho tráfico y bien comunicada.

Se me amanesió nublado. Cambio 100 dólares a 2,84 soles. Como quiera que el ceviche de anoche debe andar por los talones, y de allí para arriba todo es gusa, desayunamos opíparamente café con leche, bizcocho, torta de choclo con ceviche, y un zumo de papaya. La cafetería hace esquina y nos divertimos viendo a la gente pasar y vender. La camarera nos cuenta los ingredientes de la salsa: limón, ajinomoto, sal, cebolla, un poco de ajo y cilantro.

En la catedral se venera a San José María Escrivá. Visitamos el mercado central y mercado de hierbas medicinales, inmenso, donde se pueden encontrar todos los remedios naturales a cualquier mal y todos los olores que pueden esconderse en una caja. Las iglesias son feas. En el Hospital de San Antonio las sillas de ruedas son un apaño con los sillones blancos de plástico que se ponen en las terrazas.











Pillamos un microbús hasta Pimentel, un balneario donde el viento concentra olas grandes y surferos. Tiene un muelle de madera a lo Black Pool, con más de 600 metros en curva por el que alguna vez circularon dos trenes. En la punta se descargan los pescados que llegan en los barcos. La playa es infinita, con mucha gente muy repartida, sin aglomeraciones.

Decidimos dirigir nuestras operaciones desde El Langostino, un chiringuito con terraza a la sombra por la que corre la brisa. Nos pedimos una botella de Inca Cola y un ceviche mixto, al que Beni limpia un poco de coroto y cilantro, y se queda de maravilla. Me pongo a dibujar mientras pincho langostinos, pulpo y pescado (con cebolla morada, yuca, calabaza, maíz y frijoles blancos) y empercudo el cuaderno. En mi línea. Se está tan bien aquí que decidimos quedarnos toda la tarde. Estoy sin cámara y me pongo a dibujar como loco: la playa con el muelle, las barcas de madera y totora, la gente del bar.





Las camareras son dos chavalas muy simpáticas que se ríen de mis palabras como si fuera un extraterrestre. Les digo que colecciono las tapitas de las botellas y me traen mogollón. Se llaman Rosa y Cintia, y no pasan de los catorce. Me piden un dibujo en un papel cuadriculado y yo les pido maíz tostado de tapa con la segunda Inca Cola helada. Dibujo a un guiri rojo comiendo langostinos con dos putitas gordas y a todos los niños que aparecen vendiendo cigarrillos sueltos, chupa chups, chicles, conchitas, pulseras y collares de semis y barquitas de madera. Mi favorita es Vanesa, guapa y lista como ella sola. A ella le compramos el primer cigarro que nos fumamos en el viaje. No está bueno. Le digo que si puedo devolvérselo.

La bruma lleva al fondo las barcazas. En la capa más cercana los surferos cogen las olas y la gente de la playa se convierte en siluetas, sobre ese agua de mercurio. Todo se pone gris y casi desenfocado. Entonces es cuando cogemos nuestro colectivo a Chiclayo.

 

martes, 22 de enero de 2013

de los andes al desierto peruano





Me despierta el rebuzno hipohuracanado de un burro. Me resulta difícil coger el sueño, porque cuando voy a caer me falta el aire, y vuelta a empezar. Hay una lucecita en uno de los palos del techo que se apaga y se enciende: una luciérnaga. Nunca he dormido con una de ellas en la habitación. Me levanto. Me lavo en el grifo y me siento a escribir en un sofá lleno de trastos. Al rato pita el primo de Antonio, nos llevará a Carimanga a coger el bus.

Buscamos a Lino, que es el único que tiene papeles para conducir y no aparece. Nos metemos en una ranchera. Beni se pone en la primera fila, pero yo me siento sobre la rueda de atrás y voy dando botes, mientras una niña, que se ha girado, se ríe de mí.

Caminos de tierra hasta la frontera. La cruzamos en Macará, andando sobre el puente. El funcionario de Perú está bacilón. Nos cuenta a uno que quería permiso para 90 días le puso 15. Con un redondelito en la parte superior del uno se quedó en 95, ¡genial!. Hemos cambiado dólares por soles muy mal pagados. El paisaje ha ido haciéndose más árido, el clima más seco y caluroso, y la gente más pobre. En Piura, final del trayecto, estamos a 37 grados, en medio del desierto y rodeados de chavolas de barro, cañas y techos metálicos. Ya no hay pasaje para Chiclayo. Cogemos un coche (un robelio) entre cuatro. El camino es purito desierto. Dunas de arena blanca y algarrobos, y luego sólo dunas hasta Chiclayo. 250 kilómetros de desierto. Cerca de Chiclayo notamos la brisa del Océano.

Pillamos un hotel en plena Plaza de Armas por 20 dólares. Hace calor. Necesitamos descansar. Hoy toca intendencia y mañana playa. Buscar una lavandería, ducharse y afeitarse. Y dormir hasta hartarse.

lunes, 21 de enero de 2013

tundirama y carimanga



Nos despierta el gallo. Siempre oímos el gallo de un vecino, éste está al otro lado de la pared. La señora trajina en la cocina. Salgo fuera. Estamos en una especie de balcón. En un bosque con mucha pendiente han hecho una pequeña esplanada para hacer la casa, de modo que hay un pequeño patio por donde pululan las gallinas y el gallo cabrón, pero está cortado un metro más allá con unos tres metros de caída, por donde pasa el camino.

Aunque hay niebla, hace una mañana extraordinaria, me siento feliz. Dibujo a las niñas en pijama, enseguida tendrán que ir al cole. Maira es la más guapa. Tienen el pelo muy largo y las zapatillas rotas. Sale Beni y también el sol. Entre las nubes aparecen un montón de montañas. Por la cuesta sube Don José con dos cabritas, las ata a un palo. Tiene un terreno más arriba donde las lleva diariamente a pastar. Café con leche y sol. Mojamos pan dulce. Las pilas se ponen a tope.

A las once llega Antonio. Come algo y nos monta en la camioneta: vamos a ver a Mami a Carimanga. Caminos de polvo, gente montada a caballo y rancheras que son unos camiones con un remolque de madera con varias filas de banquitos como los trenes turísticos; es el medio de transporte en estos barrios donde las casas están muy dispersas. Antonio quiere comprarse una ranchera para vivir de ella. Mientras habla nos enseña los aguacates, las papayas, los guineos, los secos. Para en casa de la señora Neli, a quien le trae dos sacos de cemento. Es una mujer muy simpática, gordita y con la cara roja. Cuando nos abre la puerta, se le escapan unos chanchos con grandes lunares negros. Tiene una casa preciosa, con un gran porche con columnas de madera y muchas macetas. Allí tiene tendida la ropa y el perro. Delante, un árbol grande que llaman lerón, con las raíces al aire. En ellas nos sentamos para comernos unos mangos, lavados en el grifo, que nos trae la doña. Maduritos qué ricos. Antonio se los come con cáscara. Nosotros la abrimos como un plátano y la doña nos enseña el árbol, tan lleno que se le cae el fruto. Pero nosotros sólo vemos el chancho de más de quinientos kilos que apenas puede levantarse, haciendo terribles ruidos con la boca. Miramos ese semental con la boca abierta, como el que ve un mito viviente. Antonio nos dice que él hará una casa tan bonita como esa mientras arranca. Vendréis en febrero, entonces os hospedaré en mi casa y luego os enseñaré el país. Aquí, en febrero cogemos todos las vacaciones. Se le cae la llave de contacto, pero una vez arrancado da igual, el coche sigue funcionando.

En Carimanga, Antonio nos enseña el peñón de Ahuaca, pura piedra, perfectísimo para escalar. Su mami vive en San Sebastián. Saludamos, la mami está en la cocina con su hermana y una vecina dando vueltas a un perolo en la lumbre. Es una casa de barro y tejas, con porche de columnas de madera. Sin comodidades: suelo de tierra, la cocina llena de hollín (no hay chimenea) y los animales deambulando entre las personas. Comemos gallina de corral con arroz, rapidito para subir una montaña.

Antonio monta a su prima Pastora atrás y subimos al Tuntún por un camino difícil. Arriba hay unas vistas impresionantes. La prima resulta graciosa tan bajita y gorda con el sombrero, del que sale una trenza, sus piernas delgadas y un machete en la mano. Grita desde atrás: ¡cascarilla, para! Corren hacia un árbol, del que sacan su corteza. Nos la da a chupar. Antonio se mete un trozo en la boca. Es buena para los huesos y para los dientes, y muchas cosas más.

Los vecinos juegan al bolei entre la niebla. Antonio nos presenta a sus primos, gente que estuvo en España y volvió. Esas casas grandes están hechas con euros que nos mandan. Enseguida compran terrenos y se hacen la casa. Los invito a unas Pilsener. Mami no está bien, tiene ochenta y tres años, se olvidó de preparar el cuarto. Nos pregunta siempre lo mismo: ¿qué hora es en Madrid? Mi hija estará allí durmiendo.

El cuarto tiene las paredes de barro y las tejas como techo. El suelo es de tablones irregulares. Hacemos la cama con nuestras sábanas y colgamos la mosquitera. El retrete está en la calle y el lavabo es un grifo sobre una poceta llena de plantas. El cielo admira de tan cerca, de tantas estrellas titilando. Ustedes viven en el cielo, le digo a Mami, que no para de poner trapos para tapar la ventana que da a su cafetal. Boca arriba en la cama, pienso en el negro estrellado tras las tejas, y yo formando parte de él.

domingo, 20 de enero de 2013

de loja hasta la casita de antonio


Autobús para Amalusa. Monólogo sobre los beneficios de la papa: la damita que sancochea la papa, la pela antes y echa los cascarotes al chancho. No se da cuenta de que el chancho está más sanote que ella. Los cascarotes de la papa tienen propiedades que...

Nos separamos de la Panamericana y luego la carretera nos deja a nosotros en un camino de tierra. Montañas y montañas verdes. Palmeras, nísperos, yucas, aguacates, mangos y guabas, que son como unos pepinos retorcidos que cuelgan del árbol. Valles espectaculares. Quilanga. Cisne. Spíndola. Bosque desde Jibiruche. Santa Teresita. Al fin Amalusa en la fin del mundo.

Llamamos a Antonio Rafael, atascado con su camioneta en algún camino desde Tundirama, cuarenta minutos. Haciendo tiempo charlamos con unos chavales en la plaza: Brian, Tatiana, Juli y Lionela. Más que nada quieren diez sentavitos, pero yo los dibujo delante del Guambo, una gran montaña que se levanta al sur de la ciudad. Cuando el coro de niños se me empiesa a multiplicar, llega Antonio milagrosamente con su pick-up Ford. Los macutos al remolque. Almorzamos en el único restaurante: carne, arroz y frijoles mejorados con un huevo frito. Me hago con las molestias, que son seis dólares por todo.


Hay bruma en las lagunas, les subiré a las antenas. Es el pico más alto de los que rodean Amalusa, con una pendiente temosa y un camino destrozado por el agua, bastantísimo dice Antonio. Cambié mi carro por esta camioneta, sólo con una camioneta así se puede caminar por aquí. Monta a gente a Bellavista, una pequeña aldea casi en la cima. Arriba hay una vista de trescientos sesenta grados impresionante: Amalusa abajo, los saltos de agua, el camino serpenteante al Perú (aquellas montañas ya son del Perú), los picos verdes y los azulados del fondo, el propio camino rojizo que hemos subido, Bellavista y su cementerio... una gozada. Durante la bajada, Antonio nos cuenta un poco su desastrosa vida y cómo ha acabado aquí después de ser un reconocido funcionario del Ministerio de Turismo. Viajé por todas partes, hablé varias veces con el ministro. Era respetado, representé a Ecuador como escalador, me subí todos los nevados de Quito. En el 91 subí con los suizos e ingleses al Pichincha. La erupción del volcán nos pilló allí arriba. De golpe una explosión repentina. Los pelos de punta. Nunca olvidaré aquel día.

Nos lleva por caminos estrechos. Cruzamos gente montada a caballo. Cuando cruzamos alguien que camina, para y lo monta. Va montando y soltando gente por 25 o 50 centavos. Nunca sabemos quién hay atrás en el remolque. Está anocheciendo pero aún no ha encendido las luces. Todo es un bosque negro. Estamos aturdidos, alucinados. Ahí está la escuela, aquí el colegio donde trabaja mi señora. Subimos y subimos. De golpe da marcha atrás y entra en un caminito. Con la luz vemos una casilla de barro y madera con tejas. Al lado una casa en construcción. Bajen sus cosas, vamos a la casita de mis suegros. Yo les vendí el terrenito para que vivan con sus nietas. Bajamos una senda entre gallinas y llegamos a la casa. Una habitación con una cocina y una mesa redonda. Todos colocados como en un escenario: Lucía, su mujer, Joana y Maira, sus hijas de ocho y doce años, y sus suegros. José, el abuelito, es muy gracioso y curioso. Quiere saber donde está España y le dibujo un mapa del mundo. Él no sabe del Océano y continentes, se maravilla de que el mundo pueda ser tan grande. Le extraña que el sol no se ponga a la vez en todo el mundo.

Nos ponen un pescado escabechado sobre arroz. Nosotros hemos traído dos dólares de pan, cerveza, un queso, un paquete de jamón york y dos cervezas. El abuelo se apunta a la cerveza. Para ellos es un lujo, comen con jugos de fruta o avena. Las niñas nos miran como extraterrestres. Cuando hago una broma no acaban de creerselo.

Vienen con un montón de tablas y nos montan una cama. Ponen dos colchones, una sábana bajera y una manta. Las paredes no llegan al techo y entran bichos, algún escarabajo volador. Mejor no pensar en el insectario que vimos en Quito. Ponemos nuestras sábanas y la mosquitera. La atamos a la manguera de la bombilla, así dormiremos tranquilos. Beni le pregunta a Maira ¿dónde puedo hacer pis? Pues fuera ¿dónde va a ser?. Salimos, el cielo parece que se ha venido abajo, la estrella más pequeña es como nuestro Venus. Yo nunca había visto tantas estrellas, nunca había sentido su presencia con esa fuerza. Tintinean como luciérnagas. Nos dormimos oyendo los grillos, cuyo sonido no se parece nada al de los nuestros.

loja




Dormimos bien con el cacharrico eléctrico de Raid y la panza llena de chancho a la parrilla y el famoso tamal lojano, más sabroso que los mejicanos, con carne picada y alguna verdura, y parece que frito después de hervido.

La ducha está abierta al huerto desde la altura de mi pecho hacia arriba, lo que da un extraño buen rollo. Llueve sin parar, una lluvia fina y abundante. Resulta paradójico ducharse mientras llueve. Estar desnudo rodeado de altas montañas, los Andes, en enero. En la Plaza Central, los soportales están llenos de indios a la espera de trabajo. Destacan unos con sombrero de fieltro negro, camisas blancas, pantalones negros que acaban por debajo de las rodillas y calcetas. Con esa nariz grande que tiene un repecho donde se apoyan las gafas; son mitimaes, de origen boliviano, y que ahora se llaman Saraguro (tierra de maíz). Desayunamos café con churros y humitas (tamal de maíz dulce) con una suiza sin sangre que hace un cuaderno de viaje. Vive en Trujillo y lleva el camino en sentido contrario a nos.

Yo pondría dos rombos a las iglesias de aquí, como las Historias para no dormir. Ya impresionan a mi edad. Las almas ardiendo en el Purgatorio rogándoles a los ángeles que las saquen, el perrito de San Roque a dos patas lamiendo sus heridas, San Sebastián retorcido lleno de flechas, Papito Dios con un triángulo en la cabeza, y al que le sale del pecho una paloma (que dicen ser él mismo) cual octavo pasajero (difícil de entender la triple personalidad, un franciscano indígena la pintó como si fueran tres gemelos para explicar lo uno y trino), la virgen dormida en una urna de cristal (si no fuera una herejía, diría que está muerta), el Cristo torturado, lleno de moratones y heridas sangrantes (La Pasión de Gibson era un pastel) y, la guinda, Cristo resucitado en camisón volando con los brazos extendidos, fuera del retablo, en el aire. En fin, un conjunto temático que marcará a los niños el resto de sus vidas. Y todo en una sola iglesia: San Sebastián de Loja.

Luego está la parte alegre: las procesiones. Tres niños disfrazados de reyes con coronas de papel dorado a lomos de sus caballos, un grupo de angelitos blancos con alas y una varita mágica que acaba en estrella, un pick-up forrado de rasos de colores y cintas brillantes donde quince niños disfrazados de San José, Vírgenes, nobles incas y angelitos, comparten remolque con una figura del niño Jesús. Detrás, una banda de cornetas y tambores del ejército, y más atrás el pueblo llano grabando a sus niños con cámaras de video. Que Dios aprieta, pero no ahoga.

Vemos el Museo del Banco Central, Santo Domingo y la callecita de Lourdes, con tantos colores. Y, como no, nos metemos en la Cuna de los Artistas, un café chulo entre dos patios con actuaciones musicales muy a lo cubano. La casa fue la residencia del insigne filántropo lojano Don Daniel Álvarez Burneo, y ahora también sede de la Academia de Artes (musicales) Santa Cecilia. Y la verdad es que se está muy bien en ella.

Abierta la tarde, paseamos por el Jardín Botánico en la Universidad. Envidia del cuidador que tiene aquí su casa entre tanta vegetación. Nos enseña sus bonsais y el orquidiario. Cojo hojas y nombres de algunos árboles y plantas que no conocía como el jorupe chereco, la palma fénix, el camarón, don diego de la noche, la canosa (una planta blanca) o la tritona.

Nuestro redicho Lauro nos invita a un café en el Tamal Lojano con tamal de pollo y la bola de guineo verde (un plátano para cocinar). Nos dice que es el mejor sitio para merendar. Le hago un dibujo y me pregunta si no me molesta que diga que lo ha hecho él y que le haga una foto del dibujo para su hijo. Papeleo burocrático. Se va pronto. Nosotros nos vamos al hotel.

sábado, 19 de enero de 2013

de cuenca a loja


Paseo solo por Cuenca mientras Beni duerme. La tienda de Meli ya ha abierto. Me desayuno un yogur con un suizo por 50 centavos. El chico de recepción me dice que el Museo del Banco Central abre a las ocho, quiero ver la colección de objetos antiguos del salesiano Crespi, cuya teoría era que los fenicios llegaron a Ecuador remontando el Amazonas. Está cerrado, pero me cuelo en las ruinas de Pumapungo, el barrio administrativo y religioso de la ciudad inca de Kañari, también los hornos jesuítas. Aguanto hasta que el segurata respetuosamente me echa. Voy a la plaza de San Blas. Diría que llaman a la oración si estuviera en un país musulmán. Es el cura y una señora haciendo duetos en la misa, con la iglesia abierta se oye a un kilómetro a la redonda. Los oigo cantar desde un banco de la plaza, donde un señor que vive en la primera cuadrita me cuenta que Correa ha puesto 15 ministerios para pagar favores políticos. Me desaconseja Guayaquil; mucho calor, mucha humedad, mucha miseria entre unos cuantos muy ricos, mucha corrupción.

De las vistas del bus por la Panamericana no volveré a hablar. Hay que verlo. Solo decir que el trozo desde Oña hasta Loja es el más espectacular y divertido. Aparte de los barrancos, montañas, arroyos, vegetación y nubes arriba y abajo, está lleno de comunidades indígenas con casas pequeñitas atiborradas de macetas. Y en las paradas montan mogollón hasta que llenan las plazas y el pasillo de la viajera. Una señora mayor con gorrito blanco se sienta en el reposabrazos de Beni. A todo esto, el autobús baja a toda leche. Un señor de los redichos con siete carreras y cuatro idiomas, sosialista y católico seglar cursillista, nos dice que tiene un hijo en Madrid casado con una polaca. A Beni no le hace gracia, es un pesado. Yo quiero aprovechar sus conocimientos para que me hable de la comida y los restaurantes de Loja: El café El Tamal Lojano, con carne y ají verde, en el Parque Bolívar, el 18 de Noviembre con Ibarrura; chivo al hueco, asado bajo tierra, en Olmedo con Juan José Peña y el chancho a la barbosa, un cerdo deshuesado y entero con un armazón metálico que lo tensa y sirve para girarlo en un brocal con lumbre, en muchos restaurantes, pues el típico de estos pueblos.

El taxista nos recomienda un hotel que no nos gusta. Cuando vamos al Horquídeas, unas señoras que vienen de la misa (y creo que no acaban de salir) nos dicen que allí no podemos ir porque está lleno de putas y van a pensar que chuleo a mi Beni, loritos parlantes. Acabamos en el Londres. Nos gusta. Tiene un huerto en la parte de atrás que da a la puerta de nuestro cuarto. Esto tiene aire cubano. Calor, ceibas y flamboyanes, casas con colores pastel, grandes ventanas con rejas, las montañas alrededor a lo Sierra Maestra, incluso todos estos carteles de revolución institucional, de consignas, que ha puesto Correa. Y también los mosquitos, que hasta ahora, por el fresco, no habían dado la lata.

viernes, 18 de enero de 2013

cuenca


Me despierta la luz del día, he dormido de maravilla en estas sábanas bordadas. Suenan las campanas. Me asomo a la ventana. Ahí abajo se ve el plano de un monasterio: el huerto con maíz, invernaderos y algún santo, el claustro de donde salen palmeras y las viviendas del lado opuesto a la fachada. Esta vista da el nombre de El Monasterio al hotel. Por encima sale la mole de Santa Ana de los Ríos de Cuenca desde la fachada sur, de ladrillos vistos y cúpulas azules sobre paredes blancas.

Paseamos por las calles del centro y el río. Las riberas son de hierba y arboles como sauces, almeces, flamboyanes, álamos negros y otros desconocidos de los que guardo hojas. La corriente baja con fuerza. Pasamos el Puente Roto y cruzamos por el de Todos los Santos, allí hay un muro inca, con esa forma tan limpia de encajar las piedras sin argamasa, como un puzle.

Muchas casas tienen patios de dos pisos, como las de Almagro: columnas abajo y corredor con barandilla arriba. Pasamos a muchos de ellos. Comemos en uno una sopa verde y carne con frijoles. El zumo es de mora y papaya, muy rico. La estrella es un dulce de higo típico del Carnaval de Cuenca. Es de un color café verdoso en una salsa dulce. Es fuerte de sabor y de textura agradable.


Buscando la calle Larga encontramos una antigua peluquería con tres empleados de una media de 70 tacos, los tres con bata blanca. Los sillones son de madera oscura adornada con volutas. Asiento y respaldo de piel roja. No tengo más remedio que entregarme a sus manos. Me ponen la almohadilla y me tumbo con un paño blanco protegiéndome la camiseta. Abundante espuma. Tres pasadas de navaja de mano con masaje con la mano izquierda, a contrapelo. Con cuidado me busca y toca los puntos importantes de la cara y cuello mientras todos oímos un partido del Barcelona de aquí, de Ecuador. Yo estoy pensando en una vida en Cuenca, donde nos hospedamos en una suite del Hotel Capitolio y me afeito cada dos días. Entonces, este señor y yo mantenemos una conversación, al tercer, que yo transcribo todas las noches. Salgo del ensueño cuando oigo una voz: ahora sierre los ojitos y una especie de colonia rebajada pulverizada cae sobre mi cara y me hace rabiar. A la vez el peluquero me da aire con un paypay. Beni se descojona. Unas tijerillas entran por las ventanas de mi nariz para cortarme los pelos. Un dólar sincuenta sentavos. Le pago, saco la cámara, le digo que se ponga junto al historiado sillón y disparo.

Al atardecer nos metemos al café Austria. Un ecuatoriano redicho cuenta que Cuenca es la ciudad número uno en las preferencias de los jubilados norteamericanos. Su teoría es que silenciosamente están invadiendo la zona. Buscamos la marcheta del sábado. Está todo muerto, sólo guiris en el café junto a la catedral, largas mesas para el menú turístico. El último recurso: La calle Larga, llena de cafés y bares. Todo abierto, pero vacío. Damos por terminado el día.