sábado, 1 de septiembre de 2012

caucheros del putumayo en madrid



Maldita sea la hora que el hombre blanco conoció el tapotarana de los ritos omagua. Allí empezó la maldición sobre los indígenas amazónicos. Y se haría insoportable con el esplendor del demonio, del barón del caucho Julio César Arana y sus expoliaciones esclavistas de tortura y horror. Este empresario peruano se enriqueció con el negocio del caucho a fuerza de sudor y sangre gratuitos de niños y adultos indígenas bajo el cepo, el látigo y el falso préstamo impagable (método que se sigue usando en Bolivia, por los grandes hacendados de Santa Cruz). 30.000 peruanos murieron bajo su codicia en la selva del Putumayo. Fue denunciado en su tiempo por el periodista peruano Benjamín Saldaña Roca y por Walter Hardenburg en su libro El paraíso del diablo, que escandalizó a los países más civilizados.

Entre agosto y octubre de 1912, fue a visitar las caucherías una comisión de cónsules (de  Estados Unidos, Inglaterra y Perú) acompañados del fotógrafo portugués Silvino Santos, pariente de Julio César. Allí los esperaron los adocenados indios en formación y taparrabos, que danzaron felices para los inspectores blancos, después de una suculenta comida. Todo estaba preparado. Nadie adivinó en esas caras, ni en los rifles. Julio César, padre y esposo ejemplar, sería senador por el departamento de Loreto de 1922 a 1926. Y, parece que, murió pobre en un barrio de Lima. Toda la desgracia del mundo junta, sigue siendo poca, para toda la que mereció.

Algunas de las fotos que entonces se hicieron, es posible ahora verlas en el Museo de Antropología (frente a la estación de Atocha, en Madrid), gracias a la colaboración de Percy Vilchez, que las ha recopilado y publicado en su libro Época del caucho: retratos del horror. Naturalmente, veremos la imagen más amable, la del lado del codicioso y asesino disfrazado de santo (en el dibujo de arriba, con grandes bigotes y sombrero). Mañana es el último día. De 09:00 a 15:00 horas.

 Libros sobre el tema:  Diario de un misionero de Maynas, de Manuel Uriarte. La Jangada, de Julio Verne. El paraíso del diablo, de Walter Handerburg. Las cuestiones del Putumayo, de Julio César Arana. La vorágine, de José Eustasio Rivera. El sueño del Celta, de Mario Vargas Llosa. El insomnio perezoso, de Miguel Donaire, Época del caucho: retratos del horror, de Percy Vilchez.

El mundo sigue:
Venezuela dice que no hay evidencias de una matanza de indígenas
Testigos aseguran que 80 indígenas yanomami murieron en un ataque de mineros ilegales
Indígenas yanomami en la selva en Demini (Brasil). / FIONA WATSON (SURVIVAL)


El Gobierno de Venezuela ha asegurado hoy que "no se encontró evidencia" de la supuesta 
matanza, el pasado 5 de julio, de decenas de indígenas yanomami al sureste del Estado Amazonas venezolano por parte de mineros ilegales brasileños —garimpeiros—.

Tres testigos relataron entonces que un helicóptero disparó e hizo explotar la choza circular —el shabono— donde vivían alrededor de 80 indígenas yanomami de la comunidad Irotatheri, en una zona fronteriza con Brasil en la que mineros ilegales explotan desde hace al menos tres años dos minas de oro. Lo denunció la organización indígena Horonami, pero ni las autoridades venezolanas ni las organizaciones indígenas habían logrado hasta entonces verificar lo sucedido. El Ejecutivo de Hugo Chávez ha anunciado este sábado que la responsable del Ministerio de Pueblos Indígenas, Nicia Maldonado, y otras autoridades estaban ya sobre el terreno. Después, Maldonado ha comunicado que "no se encontró evidencia de ninguna muerte o no se encontró evidencia de casa o shabono incendiada en estas comunidades señaladas como escenario de este supuesto crimen".

El ministro del Interior Tareck el Aissami señaló el viernes, por su parte, que no se había encontrado ninguna "situación de violencia" en las siete comunidades visitadas, pero precisó que quedaban dos comunidades más alejadas todavía por verificar.

Esta sería la matanza más cruenta de indígenas de la etnia yanomami del Amazonas, pero no la primera. En 2008 murieron cinco indígenas en la comunidad de Momoi, intoxicados por el mercurio que se utilizan losgarimpeiros para la explotación del oro, que ha contaminado extensas los suelos y los ríos de la zona. En 1993, 16 fueron asesinados por mineros ilegales brasileños en la población de Haximú.

Venezuela suscribió el pasado mes de marzo un acuerdo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el que se compromete a garantizar la integridad del pueblo yanomami, además de hacer justicia en el caso de la masacre de Haximú.

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