domingo, 23 de junio de 2019

la vuelta en cuatro trenes


Ya muy temprano, camino hacia la estación de ferrocarril. Desayuno un mal café. Al lado, una chica repasa en voz alta unos apuntes para el examen de oposición a Magisterio, que se celebra hoy. Le deseo que le salga ese tema. Es la bibliografía, me dice, hay que meterla siempre con calzador. Hay tres puertas a los andenes, dos libres y una con cola. Esta última es la mía. Afortunadamente, no hay tecnología de seguridad. Los fumadores apuran el último cigarro en el andén. Abro el libro de Roger Deakin que compré en la Cervantes. Como es de Impedimenta, me imagino a Pilar Adón leyéndolo en una casa de piedra sobre un promontorio cubierto de verde. Mientras Roger se baña en lagos, estanques y ríos, tras el cristal aparecen los bosques de castaños, robles, avellanos y hayas que en el camino cruzamos por abajo. Desde aquí apenas si se ven sus siluetas tras la niebla. Verdes densos, cables, puentes, viejos trenes oxidados y cubiertos de graffiti, pero sobre todo la oscuridad de los túneles. Tantos túneles que la vuelta a la tenue luz de los bosques sumergidos en la leche, es volver a respirar, salir del agua. Otro nuevo desfiladero compartiendo con los ríos y las carreteras. Estamos más tiempo bajo tierra. El sol lucha tras la niebla que oscurece estos grandes valles. A veces aparecen sitios conocidos ahí abajo y nos veo cruzando el acueducto asombro de Jovellanos, el puente de Alba, la térmica de La Robla. Siento un revoloteo al pensar que deshago el camino, ahora solo.

Después de un montón de robles y chopos verticales, cruzamos León. Un enorme nogal a las dos horas de viaje. El tren acelera sobre cultivos delimitados por líneas verdes de árboles y arbustos. Todo se hace plano, aparece el cereal amarillo, las encinas, Palencia y parada en Valladolid, donde los fumadores salen otra vez al andén. Cientos de bloques de pisos iguales. Pinares y el resto arrasado.  Oscuro otra vez atravesando la sierra de Madrid, encinas salpicadas, naves de empresas, las altas torres de la Castellana, las torres Kio y Chamartín. Escaleras eléctricas arriba y abajo. Otro tren a Atocha por la catacumbas de Madrid. Un horrible bocata de calamares en El Brillante y otro tren a Ciudad Real. El sol apenas si deja ver el campo arrasado. Me pregunto cómo puedo vivir en este horno desierto, a unas horas del Paraíso. Dibujo a la gente, que duerme o se hace la dormida. A las dos estoy en Ciudad Real, donde cojo el último tren. En el vagón solo hay una chica: María, mi oftalmóloga. ¿Te recogerán en Almagro?, pregunto. Sí, la hija de Juana, ya estará allí.


La casa está vacía. Beni cumple los años y está en Puertollano. Cojo las llaves y el Renault 4. Ceno con ellas embutidos de Salamanca, pisto y un tempranillo de La Solana. Cuando bajamos la cuesta que llega a Aldea, empieza a oscurecer. Pero no es que se haga de noche, que ya se hizo hace un buen rato y vamos con las luces encendidas; es otro tipo de oscuridad acompañada de música. Me temo que pronto desapareceremos y empezará a salir una lista interminable de líneas de letras blancas. Y los fumadores ya se habrán levantado con el ansia del último truja.

sábado, 22 de junio de 2019

edificios prerrománicos y algunos artistas





Dice Marta que no podré subir al monte Naranco con esa niebla, así que voy a terminar la visita inconclusa a San Julián de los Prados. De camino, desayuno en la cafetería Bocado rodeado de libros. Sofía, la simpática camarera, tiene una extraña relación amor-odio con un cliente vejete. La retrato mientras tanto, y ella, satisfecha, le hace una foto al dibujo.

Por un precio ridículo, nos explican esta iglesia que formaba parte de un complejo palatino a las afueras de Oviedo. Era la iglesia de la corte a principios de siglo IX. Nos presenta una continuidad con los romanos y visigodos. Mantiene muchos frescos que, aunque sin figuras humanas ni animales, recuerdan a los de Pompeya. Luego, me dejan sentarme para tomar algunas notas. Paseo por su exterior y después camino hacia el Naranco, ya despejado, para ver San Miguel de Lillo y Santa María. Del interior del primero solo puedo ver las jambas de la puerta de entrada, que alguien copió de un díptico bizantino y en las que destaca una escena de circo, con acróbata y domador de leones;  y del segundo no recordaba haber visto la planta baja y el baño, o lo que fuera, del semisótano. Me resulta curiosa esa decoración recurrente de cordones.

Como bastante mal en una especie de mesón que hay al lado, pero que tiene unas vistas estupendas de Oviedo para dibujar. El tosco camarero reconoce algunos edificios. Me cuentan que la gran carpa de Calatrava se cae a pedazos y actualmente no tiene ningún uso. De vuela a Oviedo, junto a la espantosa basílica funeraria de San Juan el Real, con su San Juan de plastilina, visito la gran librería Cervantes para comprar un libro para la vuelta. Me cuentan que aquí ha habido un cierto impulso en las ventas de libros ilustrados o especiales hechos con cariño. Me enseña los apartados donde los tiene y reconozco a algunos dibujantes. Me regalan unos dibujitos impresos de la librería para incluirlos en el cuaderno, dicen, uno de cómo era en 1921 y otro en la actualidad.

Voy a casa a descansar. Marta me enseña sus cuadros hechos y empezados, y me explica su manera de hacerlos (pintando con las manos y sobre un fondo con el centro claro y que va oscureciéndose hacia los extremos), lo que le interesa y lo que no. Me gusta esa búsqueda del misterio como la clave que retiene a quien lo observa. Exhala ilusión, como una niña pequeña de pelo rojo. Le hago una foto subido a una banqueta para conseguir su propia perspectiva picada, y luego le hago un dibujo en el ordenador.

Paseo por las calles atento como un milano. Los edificios y los pequeños detalles, los rótulos, los niños jugando en las plazas. Roberto sigue tocando la guitarra y vuelvo a dejarle una moneda. Me dice que haga el dibujo rápido, o de memoria, que tiene que irse a cenar a las monjas. Un poco más abajo, en el Centro Asturiano de Barcelona, Pep Segura expone escenas costumbristas de las aldeas asturianas, que le han encargado para un libro. Le digo que me gustan los más abstractos y el dice que es más su estilo, pero esto es un encargo. Es un tío risueño y bonachón. Me deja dibujarlo y, una vez dibujado, ma hace añadirle una gafas. Me ceno unos pinchos en la Plaza del Fontán y el café me lo tomo en el Madera, un restaurante barato al lado de casa donde juegan al subastao Florencio, Angelín, Cañamero y Benigno.

En casa, me despido de Marta, hago la mochila, me bebo un trago de kefir y me encamo, que mañana hay que madrugar.

viernes, 21 de junio de 2019

en oviedo





Hoy nos levantamos sin prisas. Visitamos la Catedral, que es gratis para los peregrinos que quieren la Salvadorana. Hay alguna semejanza entre los bosques que hemos atravesado y su interior, un bosque de piedra donde no existe la improvisación. En uno de sus árboles, está San Salvador en piedra policromada. Vemos la Cámara Santa, sus columnas labradas y el tesoro. En el Museo, solo me entretengo con los santos románicos de madera pintada, con sus grietas, agujeros de la carcoma y esa inocencia casi africana.

Cuando llegamos a San Julián de los Prados, el más antiguo y más grande edificio prerrománico, se acabaron las visitas. Paseamos por el césped y vemos el exterior. Pasamos por el hotel Reconquista, barroco, del siglo XVIII y que fuera hospicio y hospital. Visitamos sus patios y nos tomamos unas cervezas rodeados de rancia decadencia. Aparece Woody Allen por las calles mientras buscamos un lugar para comer. Vamos a Gloria, un restaurante con buena fama. Nos comemos el menú, de veinte euros, que resulta ser una maravilla: pote asturiano, cogote de merluza y arroz con leche, regados con un ribera roble. Amancio y Antonio no lo consideran bien cerrado sin el pacharán y el cigarro. Disfrutamos como peregrinos hambrientos, rodeados de gente trajeada y peinada al milímetro que habla de negocios. Los gestos, los movimientos de sus manos, parecen haber sido estudiados en un espejo; creo que a esto lo llaman elegancia.

Volvemos paseando por el Campo de San Francisco. Última clase magistral sobre árboles asturianos. Recogida de diplomas de buen aprovechamiento. Amancio habla de hacer una cata de vinos defectuosos mientras caen unos agrícolas esperando que abran las tiendas. Cargan con quesos y dulces, recogemos archeles y nos despedimos. Ellos vuelven a casa y yo me quedaré algún día más.


Marta es pintora, tiene el pelo rojo y vive en un piso frente a la estación de autobuses. Me enseña sus cuadros de estancias vistas desde el techo y libros abiertos o amontonados donde el papel parece tener luz. Me dice que le encanta, pictóricamente, todo lo misterioso y me prepara un té. Deshago la mochila y descanso sobre la cama dejando mi mente en blanco. Descansado, voy al centro usando su atajo, que consiste en entrar en el centro comercial Las Salesas, subir en ascensor al tercer piso y salir por Nueve de Mayo, que llega recto y pronto a la plaza de la Catedral. Llueve. Miro la agenda cultural y decido ir al Teatro de la Filarmónica, en la Plaza Portier, junto al edificio del Banco Asturiano, a ver una película que hoy ponen gratis.

Resulta ser un peliculón: Lazzaro Felice, de la directora italiana Alice Rohrwacher (Corpo celeste, El país de las maravillas) sobre la maldad y la inocencia, el campo y la ciudad, el pasado, el presente y el futuro, sobre los mitos del niño salvaje y la resurrección. Recuerda mucho a Passolini, Fellini, Visconti e, incluso, a nuestro Buñuel. Me gusta mucho.

Me ceno dos deliciosas cebollas rellenas de bonito y pisto, con cerveza tostada. Otra vez en el Bango 7 Plazas, que me pilla de paso para mi nueva casa. El camarero se enrolla y me da charleta aunque ya es tarde y barre con el cepillo entre plato y plato. Solo me lleva diez euros. Satisfecho, paseo bajo la lluvia buscando las calles adecuadas para llegar a casa. Las terrazas están vacías, el guitarrista renacentista sigue tocando, le echo una moneda. Jóvenes trajeados vocean por los soportales. Mucha marcha por la calle Gascona. En General Elorza solo hay paseantes de perros. Enseguida llego a casa. Oigo la tele puesta. Siento el peso de la manta y que el mundo se acaba en un lento fundido a negro.

jueves, 20 de junio de 2019

de la pola a oviedo





Amanecemos seriamente perjudicados por el exceso de vino y tabaco en la noche anterior. Rulan las pastillas para aguantar el largo día. No puedo comer, me bebo un vaso de leche fría en el bar de la patrona. El pueblo, como todos, está encajado en un valle que solo tiene una dirección y dos sentidos. Vamos hacia el norte siguiendo el curso del río Lena, y luego el del Caudal. En La Pola, las casas son de la misma altura y, a pesar de que son de pisos, todo resulta armónico, como si los hubieran construido a la vez, en los años cincuenta.

Es angustioso el camino por la AS-242, sin arcén y sin desbrozar los márgenes. Las hierbas te obligan ocupar el carril. Un poco antes de Ujo, un puente peatonal nos cambia al otro lado, por un camino más agradable, hasta Ujo. Allí veo su iglesia románica sospechosamente nueva aunque sea de finales del siglo XII. Resulta que, en1922, el trazado del ferrocarril obligó mudar la iglesia de sitio, convirtiéndola en un engendro donde aún pueden saborearse pequeños detalles en el ábside semicircular (único elemento que queda de la iglesia original al no cambiar de sitio) o la portada con sus arcos concéntricos (zigzags, palmetas y rollos zamoranos) y un precioso capitel de Daniel a punto de ser devorado por los leones. Busco al cura para sellar, pero ha abandonado la iglesia y la sacristía. Me sella la panadera de enfrente, que confiesa que suele hacerlo.


Hasta Mieres el camino es un paseo fluvial paralelo al río Caudal, a dos carreteras, a las casas alineadas de los pueblos y a los polígonos industriales, que resulta, comparado con el resto del camino, estresante y ruidoso. Solo llama la atención una nave de ladrillo en el área industrial de Sovilla, la antigua Estación Termoeléctrica de la Sociedad Hullera Española, que explotaba las minas de la zona, y cuya finalidad era producir electricidad quemando hulla. Por su estilo, se le atribuye a Gaudí, pero podría ser cualquier otro arquitecto conocedor del modernismo catalán. En Mieres paramos a tomar café yo me bebo un zumo de naranja. Interesantes el Grupo Escolar Aniceto Sela de 1925, el Ayuntamiento, el edificio de viviendas La Innovación de 1956 y el mercado de abastos de 1907, cuya plaza, según nos cuentan, se llena de puestos los domingos. El paisaje se va ablandado, aparecen las primeras huertas. Cogemos otra vez la AS-242, subiendo incansablemente hasta el alto del Padrún, donde caen unas cervezas con los bocatas del jamón que sobró anoche, en la sidrería Ángel. La subida ha sido más fácil de lo que presagiaba el perfil. Con un tramo de bosque de avellanos y arces. La bajada, sin embargo es trepidante y rompepiernas, por túneles de avellanos y arces hasta Olloniego, en el valle del Nalón. Después de la torre y el palacio de Muñiz, en el Portazgo, cruzamos el Puente de Castilla y desde el mojón leguario que indica que Oviedo está aun legua y media, subimos un camino empedrado de fuerte pendiente, con trozos de suelo embarrado o cubierto de mierda de vaca, bajo los árboles y la amenaza continua de ortigas gigantes, que nos llevará al alto de la Picullanza, desde donde ya divisamos Oviedo. Bajada por un castañar. Cansados ya en la última subida a la cumbre de la Manjoya, entramos a los primeros barrios de Oviedo. En una sidrería nos terminamos los bocatas con cerveza.


Empieza a chispear. Llego al albergue, que está cerrado. Busco la Catedral. Justo detrás, está nuestro hotel. Nos duchamos echamos una siesta reparadora. Visitamos después el Museo de Bellas Artes de Asturias, distribuido en varios palacetes. Disfruto frente a muchos cuadros. Ribera, Sorolla, Alberto Sánchez, Joaquín Torres, Juan Carreño... Me sorprende Aurelio Suárez, un pintor autodidacta de Gijón, me gusta. Cenamos en Casa Bango, en la plaza Daoíz y Velarde, un clásico de Oviedo comprado por los dueños del Siete Plazas. La comida está hecha con cariño. Muy ricas las cebollas rellenas, las alcachofas y el queso gratinado. Nos bebemos dos botellas de Resalso, lo que aporta una ayuda incuestionable al sueño profundo.

miércoles, 19 de junio de 2019

de pajares a pola de lena




Me despiertan los perros aullando por la noche. Me levanto temprano, caliento el café y la leche. Bajamos nuevamente al barranco hasta San Miguel. Delante, ese flipante paisaje alpino por cuyos valles vinimos ayer. Terrible subida a Santa Marina. Adelantamos a una peregrina finesa, este camino apenas si se usa. Cuando paro a tomar notas, vuelve a pillarme. En el bosque aparece como novedad el señor castaño. Cuando la luz logra penetrar, aparecen las hermosas dedaleras con sus flores magenta. Descanso en Los Llanos, pueblo con lavadero público y puerta de entrada, bajo el gran tejo frente a la iglesia parroquial de Santiago. El descenso suave hasta el río Pajares, resulta muy agradable, por una carretera sin tráfico y en obras hasta el Puente de los Fierros, donde hay una estación de tren. El ascenso empieza en una valla con un gran ciruelo y luego una senda entred hayas y avellanos, junto al precipicio, hasta Fresnedo. Antes de llegar, charlo con un paisano que ordeña con dificultad una vaca que, según cuenta, nació con cesárea. Nos volvemos a reunir en Fresneo. Me cuentan que se cruzaron con una galopaba impresionante de caballos que subían el monte. Cargamos agua y seguimos bajo la sombra de los avellanos. Vuelvo a adelantarme para dibujar la ermita de San Miguel (Samiguel d'Eros), cuya imagen de madera policromada ha desaparecido. Bajamos por los montes arbolados de Costumiz, subimos los de Fueyos y Turiel, y más montaña rusa hasta Erías es un pueblo bonito, con casas antiguas de piedra y madera. Pasamos entre un viejo hórreo de  madera y una casona de piedra con un establo semicircular. Una señora me dice que estamos a poco más de dos kilómetros de Campomanes. Al que nos acercamos por una cuesta dura de hormigón que enseguida se rebaja y luego descendiendo por un túnel vegetal de tal pendiente que destroza las piernas.


Campomanes está en un valle donde se unen los ríos Pajares y el Güerna, una vega bajo los altos de Penagachu, Brañavalera del Picu Fabarín. Es un pueblo grande con todos los servicios. Aquí descansamos frente a unas cervezas. Seguimos un camino fluvial asfaltado hasta el puente del ferrocarril, desde cuyo arco sube un camino empedrado hasta la ermita prerrománica de Santa Cristina de Lena, en un promontorio precioso donde pastan unas cabras, y con el fondo majestuoso de los montes Carabanes, como una cortina gigante de piedra. La iglesia es preciosa, austera; pero está cerrada (en horario de apertura) y el teléfono que indican no lo coge nadie. El camino de piedra nos lleva hasta la hermosa estación de La Cobertoria. Paralelos a las vías, apretamos ante la amenaza de lluvia hasta La Pola de Lena. Allí, la patrona del hostal nos dice que amenaza tormenta. Al final todo queda en cuatro gotas; pero mucho vino, mucho queso asturiano y mucho torto de picadillo. Fredo, en el Filangurri, se pasó con la tabla y no hay quien se la coma por más vino de Toro que le metamos.

Los quesos asturianos que comemos son: de denominación, Cabrares, Casín, Gamoneo y Afuega'l pitu (el nuestro con pimentón). Más otro sin denominación llamado El Peral. El vino de Toro es un tinto joven de Fariña, Primero, de maceración carbónica.

martes, 18 de junio de 2019

de poladura de la tercia a pajares


Hoy nos levantamos una hora más tarde por ser la etapa más corta. Conviene además que el sol esté más arriba entre montañas tan altas. En el bar, Ángel nos prepara unos cafés, nos pone bollería industrial y un zumo de naranja de bote. Es una deferencia a los peregrinos. Las peregrinas italianas piden capuchinos. La niebla no ha levantado del todo. El valle está precioso. Un manto verde cubre las montañas hasta las cumbres, coronadas con pedruscos grises verdosos, son los picachos de Las Golpejeras. Cargamos agua en el abrevadero, Amancio dice que sabe a lejía, y subimos el camino paralelo al Barranco de la Carbona, con una dura pendiente. Ya abandonamos el Bernesga, el río de aquí es el Rodiezmo, que enseguida abandonamos. No hay árboles en la subida, solo brezos, aulagas y un montón de florecitas de colores. Llegamos hasta el Alto de los Romeros por una calzada empedrada, a una cruz con forma de bastón de peregrino que subió en 2012 Antonio Cuñarro y ocho amigos. Pasada esta línea alucinante de grandes pedruscos, subimos hasta el Canto de la Tusa, la cota más elevada del Camino de San Salvador, desde donde vemos un nuevo valle y el pueblo donde nació Amancio Ortega: Busdongo de Arbás. Después hay un descenso precipitado donde encontramos unos pinos silvestres hacia el Barrancón, y luego, saliéndonos del camino por un estrecho sendero peligroso a la izquierda del Barrancón, unos pinos repoblados, parte de ellos carbonizados por el fuego, y después un grupo de hayas y el río Bernesga otra vez, recién nacido.

Desde arriba de la Sierra del Cuchillo ya se ve la Colegiata de Santa María de Arbás, con la teja roja y los muros de una piedra verdosa, y las Casas de los Canónigos contiguas. Damos mucha vuelta, bajando por el valle Madera hasta el río, para llegar a Arbás del Puerto. El Mesón Quico está cerrado, hace ya mucho tiempo por las pintas, y la Venta Casimiro cierra los lunes; así que no podemos conseguir las llaves para visitarla. Pasamos por una puerta abierta al patio y vemos el ábside románico, con los canecillos labrados, que dibujo, y que representan distintas figuras extrañas de animales y humanos (un felino, dos cerdos, una pareja, un santo barbudo). De aquí vamos al Puerto de Pajares por la nacional 630. Nos tomamos unos cafés y unas cervezas en el parador. La balconada enseña un paisaje espectacular: toda la cordillera cantábrica en capas de montañas que van diluyéndose en el fondo y, delante, un tremendo barranco que tenemos que bajar. El camino nos sube al Alto de la Gobia para pasar la frontera de Asturias. Los tablones de madera de los Cuatro Valles leoneses se convierten en mojones de hormigón. Una fuerte bajada por La Calera hasta la carretera N-630 y ya todo es bajar el valle del Pajares.

La pendiente es tan fuerte que se hace dolorosa. El camino atraviesa un bosque de hayas y acebos con sus llamativas frutas rojas. Entre ellos hay también chopos, fresnos, nogales, abedules, robles, espinos, avellanos, saúcos y serbales de los cazadores. Una verdadera fiesta con mogollón de viejos invitados. Después hay un tramo sin árboles, tupido de helechos que tapan brezos y aulagas. En un giro entramos nuevamente al bosque, ahora con más robles la izquierda y abedules a la derecha. Antonio carga de agua la botella en la fuente de San Miguel, saliéndose un poco del camino. Enseguida llegamos a Pajares pueblo. Estoy agotado, las rodillas rotas.


Pajares es bonito, con casas de piedra y una pequeña iglesia y algún hórreo de madera. Se mantiene intacto el edificio de El Portazgo y solo el arco de la entrada al antiguo hospital. Los perros asilvestrados están tumbados en las calles, ni se inmutan al vernos. La gente saca las macetas a la calle y está todo lleno de flores. Hay alguna huerta. Detrás el gran barranco de donde venimos y esas inmensas montañas. La casa es chula. Un edificio típico de aquí, con los muros de piedra y los marcos de puertas y ventanas de ladrillo. Tiene dos habitaciones en la buhardilla y abajo un gran salón con cocina americana. La dueña nos ha reservado para comer en el único bar: El Mirador. Una ensaladilla rusa regada de vinagre de Módena y pechugas empañadas con un vino toledano con gaseosa, tirados sobre la mesa, sin ninguna simpatía (¿Habremos perdido al entrar en Asturias?). Por aquí, coincidimos con los peregrinos que encontramos en todas las paradas. Los de Santiago llegaron hasta Campomanes, las italianas están en el albergue. El brasas dale que te pego en la mesa de al lado.

Lavo la ropa y enciendo la chimenea para que se seque. Paseo por el pueblo. La gente se sienta en la calle a charlar. No muestran los móviles. Ceno sin ganas, mal. A la camarera se le cae el brazo de gitano. La ropa se ha secado. Encienden esa tele tan grande y yo me entretengo escribiendo esto.

lunes, 17 de junio de 2019

de la robla a poladura de la tercia






Desayunamos a las siete en el bar de la pensión mirando la tele. Salimos hacia el norte encajonados en un desfiladero donde solo caben, apretados, el río, la carretera, el tren La Robla-Bilbao y la línea eléctrica. Atravesamos el acueducto, asombro de Jovellanos, y el Puente de Alba. Y así seguimos pegaditos al Bernesga hasta la ermita del Buen Suceso, a unos cuatro kilómetros y medio. Sobre una columna del pórtico hay una hornacina con una pequeña imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, a cuyos pies hay dos cabezas que parecen de querubines. Saltamos al otro lado, siempre acompañados de fresnos, chopos, espinos blancos algún avellano, todos ellos de enormes dimensiones. Las altas montañas nos mantienen en la sombra, hace frío. Impresionante el túnel de avellanos que atravesamos en el kilómetro siete y algunos ejemplares de saúcos en flor. En La Pola nos tomamos un café y yo me llevo un montado de jamón por si la comida se tuerce. El paisaje es flipante, hermoso, y más aún con esta luz lateral de las primeras horas de la mañana.

El albergue de Buiza está cerrado. Subimos la difícil pendiente sin apenas árboles, algunos robles, hasta las Forcadas de San Antón, unas rocas duras y peladas sobre un manto cobrizo de brezo con las flores ya secas. Al bajar al nuevo valle, la Tercia, pasamos un bosque de pinos silvestres, y luego cogemos un estrecho sendero por donde unos temerarios ciclistas pasan a toda leche. El Valle se extiende verde, rodeado de altas montañas con nubes agarradas en sus crestas. Arriba aparecen colores anaranjados. Todos es pasto sin apenas árboles. Cuando creía que llegaba a Poladura, una pareja de abuelos llenos de arrugas y sentados al sol de la plaza me sacan del engaño. Falta un kilómetro y medio, por la carretera de la derecha, dicen.


La posada El Embrujo es una casa típica de piedra con los marcos de las ventanas y las puertas de ladrillo (aquí solían hacerse de caliza rosa, había una cantera cercana). Tiene un jardín con mesas que sirve de terraza a su bar, que es el único del pueblo. También tiene el único restaurante de Poladura de la Tercia. El dueño, Ángel, me dice que hoy domingo está todo reservado. Finalmente, nos prepara una mesa. Comemos salmorejo, arroz con soja, pimientos del piquillo, solomillo a la mostaza y caldereta de cordero. Nada se parece a la idea que nosotros traemos de esas comidas, pero todo es aceptable. El vino de la casa es un Toro que no está mal.

La siesta nos hiberna hasta la cena, una crema de calabacín y queso y cachopo. Después damos una vuelta por el pueblo. El albergue está en el piso superior de las escuelas, un edificio de los cincuenta. Amancio sube al campanario y toca las campanas. Nos dan conversa informativa María y Luis. La primera tiene una casa de 1926 con piedra caliza rosada. Nos habla de las canteras, del cura, que solo viene a los bautizos y comuniones (solo son 26 habitantes) y que se dedica acoger setas. Luis pasea a su viejo perro Thor, es albañil, nos enseña fotos en su móvil de las últimas nevadas.

La Luz se va perdiendo por los prados y solo se mantienen iluminadas las nubes agarradas en las cumbres. Es la hora de acostarse.

domingo, 16 de junio de 2019

de león a la robla





Desayunamos en el Velarde, con una camarera desestresada que atiende a alguien que le pide calmante vitaminado. Ella, tranquilamente, le pone un chupito. Se saludan viejos amigos que van a trabajar y borrachos que aún no se han acostado, estos últimos mucho más simpáticos. El aceite está rancio. El café siempre trae un pedazo de bizcocho.

Salimos de León por la catedral, con esa luz amarilla que da el amanecer. San Marcos y luego pegaditos al río Bernesga. Vamos por ese paseo de chopos gigantes hasta Carbajal de la Legua, donde subimos por monte bajo cargado de jaras, lentisco, coscojas, cantueso en flor, mejoranas, lavanda y demás. En la bajada se convierte en un bosque de robles que van rebajando su densidad hasta una trocha pelada de difícil subida, pero con unas vistas alucinantes a la vega. Otra vez mogollón de robles dándonos sombra, y luego encinas y, más abajo, a la vera del Bernesga, fresnos, chopos altísimos, alisos, espinos blancos, rosales silvestres, y hasta helechos. Un nogal gigante aparece al salir de Cabanillas, y un poco más adelante, en la Seca de Alba, nos desviamos para comernos una tortilla recién hecha y riquísima en la terraza del bar Marisa. No hacer caso jamás a quien dice no merece la pena desviarse. Pocos placeres como éste cansados de caminar. Y enseguida Cascantes de Alba y la ermita de la Virgen de las Nieves de la Celada con el horroroso lienzo de la térmica de La Robla, que al parecer ya no funciona, a pesar de esa gigante montaña de carbón.


La Robla es un pueblo decadente con cada vez menos habitantes, donde los bancos continúan negociando el dinero de los eres, y donde ya solo queda activa la cementera iluminando la noche con sus infinitas luces. La posadera nos manda a la plaza a comer, detrás de la fuente, dice. En la terraza del restaurante Bogadera, comemos menestra de verduras con cuchara y codillo al horno un poco seco, con dos botellas de vino.

Cuando volvemos a la pensión El Mundo a la siesta, las señoras se colocan en sus mesas a jugar a las cartas. Aman se pone a fabricar zetas y yo me quemo con este cacharro de móvil, que no me deja ilustrar las entradas para el blog. Luego, cuando las señoras se levantan de las mesas, paseamos por el pueblo, descubrimos que aquí nació Josefina Aldecoa (un libro abierto reza: Éramos alegres porque éramos jóvenes) y un buen sitio para tomar vinos llamado Casa Carmina, donde bebemos del Bierzo y Ribera con pinchos hasta darnos por cenados.