La madera se integraba en múltiples actividades de la vida cotidiana de los neandertales, con una tecnología diversa que incluía lanzas, herramientas, recipientes y elementos estructurales, además de un singular objeto con forma de maza. Todos ellos han sido hallados en el yacimiento de Abric Romaní, en Barcelona.
El estudio de 597 restos procedentes de 16 niveles arqueológicos del yacimiento del Abric Romaní, en Capellades (Barcelona), muestra que los neandertales hacían un uso recurrente y diverso de esta materia prima: como combustible, pero también para fabricar armas, herramientas y objetos domésticos y, posiblemente, para construir o acondicionar los espacios que habitaban. La investigación está liderada por Palmira Saladié, investigadora del IPHES-CERCA y profesora asociada de la Universitat Rovira i Virgili (URV), y cuenta con un amplio equipo de personal investigador y técnico del IPHES-CERCA y de la URV, junto con especialistas de varias universidades españolas y extranjeras.
Hasta ahora ya se conocían evidencias de que los neandertales trabajaban la madera gracias a objetos recuperados en otros yacimientos europeos. Lo que hace singular al Abric Romaní es que permite seguir la presencia de la madera a lo largo de miles de años y en sucesivas ocupaciones de un mismo espacio habitado. La secuencia, que abarca ocupaciones neandertales de entre aproximadamente 62 000 y 40 000 años de antigüedad, muestra que la madera no era un recurso ocasional, sino una parte fundamental de la vida de estos grupos. Además, las excepcionales condiciones de conservación del yacimiento permiten, además, aproximarnos a estos espacios habitados prácticamente en toda su complejidad.
La mayor parte del registro está formada por troncos, ramas, ramitas, raíces y acumulaciones de leña. Entre estos restos, sin embargo, el equipo ha identificado 13 elementos manufacturados o utilizados por los neandertales: objetos domésticos, elementos constructivos, herramientas y armas. Destacan dos lanzas de madera (una de 2,45 metros) y un objeto excepcional fabricado en una sola pieza, con un mango diferenciado y una cabeza apuntada, interpretado como una posible maza. En conjunto, los restos muestran una tecnología de la madera muy diversa, vinculada a actividades que van desde la caza y el procesamiento de alimentos hasta el uso del fuego y el acondicionamiento de los espacios habitados.
“La madera nos permite recuperar una parte fundamental del mundo neandertal que habitualmente es invisible en el registro arqueológico. Lo que vemos en el Abric Romaní es que este material formaba parte de muchas actividades de su día a día y que, por tanto, la tecnología neandertal iba mucho más allá de la piedra”, concluye Josep Vallverdú, investigador del IPHES-CERCA y profesor asociado de la Universitat Rovira i Virgili (URV).
A diferencia de la piedra, la madera raramente se conserva en el registro arqueológico. El Abric Romaní es una excepción gracias a la formación de tobas: el carbonato cálcico recubrió la madera y, cuando esta se descompuso, quedó su impronta en forma de molde de toba carbonatada. En algunos casos, estas improntas son tan precisas que permiten observar características histológicas de la madera. Esta conservación excepcional permite conocer un amplio abanico de elementos: posibles recipientes o bandejas de corteza, una estructura formada por palos cruzados, elementos que podrían haber tenido una función estructural, objetos apuntados, posibles palos excavadores y armas.
Entre los hallazgos más destacados se encuentran dos lanzas de madera recuperadas en el nivel R. Una mide 2,45 metros de longitud y presenta una morfología compatible con una lanza de empuje, es decir, concebida para ser utilizada a corta distancia. De la segunda se conservan 1,99 metros; también tiene un extremo apuntado y muestra evidencias claras de que la madera fue trabajada intencionadamente. Una de las lanzas apareció en un mismo contexto arqueológico con restos de ciervo, otros elementos de madera y estructuras de combustión. Esto no permite afirmar que se utilizara para cazar estos animales, pero sí ofrece una imagen poco habitual de diferentes actividades desarrolladas en un mismo espacio. Otra pieza es mucho más difícil de interpretar. Procede del nivel P y fue fabricada en una sola pieza de madera, con un mango claramente diferenciado de unos 16 centímetros y un extremo ensanchado y apuntado que le confiere una forma similar a una maza. Las estrías longitudinales que conserva en la superficie, producidas durante el raspado, muestran que la pieza fue modelada deliberadamente.
Cuatro piezas de corteza carbonizada y aplanada han sido interpretadas como posibles recipientes o bandejas. Su proximidad a los hogares sugiere que podrían estar relacionadas con actividades domésticas, aunque no es posible determinar su función con certeza. Algunas de estas piezas están hechas con corteza de enebro, pese a que el pino es, con diferencia, la madera predominante tanto como combustible como entre buena parte de los objetos trabajados. El equipo plantea que la elección del enebro podría responder a las propiedades de su corteza, fibrosa y flexible y potencialmente adecuada para fabricar recipientes ligeros y resistentes, aunque esta interpretación no puede confirmarse.
También se ha documentado una acumulación de palos cruzados sobre una estructura de combustión, que podría haber formado parte de una estructura elevada destinada a preparar alimentos. Otro elemento especialmente singular es una pieza rectilínea de 5,10 metros de longitud, sin ramas y aparentemente modificada, que podría haber formado parte de una estructura ligera o haber servido para acondicionar el espacio habitado.
“Durante décadas hemos podido reconstruir con mucho detalle qué hacían los neandertales con la piedra. Los miles de restos líticos y los centenares de remontajes recuperados en el Abric Romaní nos permiten reconstruir procesos de talla, seguir el movimiento de las piezas y entender cómo distribuían sus actividades en el espacio. La madera nos abre ahora una parte de su mundo que casi siempre había desaparecido y nos permite ampliar la mirada sobre su tecnología y sobre la manera en que organizaban la vida cotidiana”, explica M. Gema Chacón, investigadora del IPHES-CERCA y profesora asociada de la URV.