viernes, 8 de febrero de 2013

sucre





Cogemos una habitación fresquita en el patio de Las Charcas, frente a San Francisco. Sucre resulta ser una ciudad demasiado calurosa. Parece que estuviéramos en España. A veces en Almagro con el soletón dando en las fachadas blancas. Iglesias encaladas en plazas llenas de palmeras y algún ficus centenario. Aquí los niños juegan con bicicletas y se ven motos por las calles (¡lo nunca visto en el viaje!). La gente se divierte en el Parque Bolívar. Las cholitas llevan la falda más alta y sombrero de paja de ala ancha. Quesos con y sin poros, todos saladísimos, en el Mercado Central, y pollos criollos que queman para limpiar. La gente no es demasiado simpática. La chilena Johanna nos dice que aquí son asperones, que donde la gente mola en donde hay clima tropical, en Santa Cruz, ese es el sitio.

-En Copacabana y La Paz hemos encontrado tanta gente maja, que no creo que haya que pasar tanto calor para enrollarse.
-Pero como en Santa Cruz...

Johanna ha venido de Chile en plan hippie, ya que esto es mucho más barato. Vende pulseras por la calle. Nos regala una a cada uno. A Doña Beni y Don José María, dice. Está un poco tomada. Nos dice que tiene problemas de corazón.
-Pues el tabaco no te va a ir bien, le digo mirando su cigarro.
-Mal de amores, me dice riéndose de mi estupidez.

Resulta que se ha enamorado de un chaval de aquí, que es demasiado materialista, no piensa más que en el carro y la plata, y no piensa dejar familia y sustento para irse con esta peladita. La dibujo y ella nos pone un texto de agradecimiento. También es poeta, monotemática. Le digo que piense que se levanta por la mañana y han pasado cinco años. Pero ella se ve con unos cuantos niños. No tiene arreglo. La invitamos a una Paceña y nos vamos a la siesta.

Nos despertamos con la música y los cohetes, el Carnaval. Los chavalillos tiran bombas de agua y disparan con pistolas de plástico. Recogemos las fotos de la nueva cámara, una cagada. Habrá que dibujar. En el Parque Simón Bolivar sería una tarde perfecta de domingo si no fuera por la guerra del agua. Usamos de escudo a víctimas inocentes. Los chavales quieren mojar las camisetas a las chicas. Los más pequeños bailan. Los vendedores de algodón de azúcar de fresa los protegen en bolsas.

¡Se está tan bien en este quiosco de madera y esta señora tan agradable que nos trae unas papas, con esta luz que no acaba de cerrarse, la atmósfera de paseo y las risas a lo lejos! Mamen nos ha dejado un número de celular en el correo. La llamamos, está aquí al lado. En cinco minutos estamos en su hotel. Tiene la nariz roja del sol. Nos invita a un sandwich y una cerveza. Nos habla de su trabajo. Sus visitas a comunidades donde los proyectos se materializan. Estamos bien hasta que puede el sueño. Hasta mañana pues.




jueves, 7 de febrero de 2013

otro día en la paz

























Cuando amanece ya están descargando las camionetas ahí abajo. No hacen otra cosa que trabajar. Bajar de El Alto, montar el quiosco, trabajar todo el día y, por la noche, volverlo a desmontar y subir otra vez. Vida de esclavos, la gran ciudad, el progreso.

Decidimos viajar por la noche en bus cama hasta Sucre. Vamos a la Terminal. Como coches, combis y buses van en sentido contrario, tenemos que bajar andando y cargados de mochilas entre el mogollón de gente, un frenético hormiguero. Casi piso unas gafas en el suelo, alguien desde ahí abajo me golpea en la pierna para que no las pise. En la plaza intentamos coger un taxi. Compartimos uno hasta la Terminal. Cuando voy a coger la cámara veo que ha desaperecido. El viejo truco del almendruco: alguien pone las gafas en el suelo y luego, agachado, me golpea en la espinilla repetidas veces. ¿Qué pasa? le digo, viendo las gafas, ¡no las estoy pisando, vale ya! Y en el follón un socio me levanta la cámara. Han cambiado de dueño, ahora son de un capullito cabroncete. Una obligación menos.

Compramos los boletos para la noche. Visitamos el mercado negro para ver si alguien vende la cámara recién robada. ¿Dónde puedo comprar una cámara barata, de segunda mano? Me enseñan una instamatic completamente fija, ni el muñequito, la familia o el infinito para el enfoque; ni las nubes para cuando la luz no es directa. Pone automatic porque lleva un motor de arrastre. 17 euros, la compro. Otra vez la obligación.

Para movernos usamos las combis, es lo más práctico. 1,50 bolivianos el trayecto. Subimos a la parte antigua de la ciudad. Dibujo la fachada barroca india de Santo Domingo. Un loro y un guacamayo. Alguien sujetando un balcón y Dios Padre calvo y con barba extendiendo sus brazos sobre las nubes. La calle Jaén es como estar en España. Una calle estrecha de adoquines con casas señoriales de colores, con escudos. Alguna fachada historiada y balconadas de madera. Unas chicas de uniforme nos dejan pasar a un patio.

El Museo Nacional de Arte es una casa antigua con patio. Como hay tanta cuesta, el patio es como un claustro pequeño de tres plantas. La entrada está en la primera y las portadas a la calle en la baja. Hay una fuente de alabastro que parece brillar con la luz y se adivina el movimiento del agua a trasluz. Lo mejor es una muestra de arte indígena hecho con plumas de colores brillantes. Arturo Borda, Juan Rimsa y las estupendas xilografías de Genaro Ibáñez. De los abstractos, Keiko Gonsáles. La serenasa nos explica cómo funcionan los proyectores de las cajas de naranjas.


La Plaza de Murillo está radiante, la gente se sienta a la sombra en esas escaleras circulares. Sale humo que alimenta de algún quiosco. La guardia del Palacio de Gobierno ni se inmuta. Descansamos en el Café de La Paz. Una pareja juega ajedrez y unos guiris hablan de lo caro que es Barcelona. Cogemos un viejo Chevrolet a la Terminal. En la cuesta lo llena todo de humo. Me ruboriza que tanta india guapa dé de mamar a sus hijos sin ningún pudor. La Terminal es una vieja estación de tren repintada. Bancos de madera y más niños mamando. Llega nuestra viajera con anchos sillones donde poder tumbarse. Ponen First blood. Nos sobamos antes del primer muerto. Nos despiertan para cenar, bocatas. El sabor del pollo, el huevo y el tomate es tan familiar y tan fuerte que tiran de tu infancia como un sicoanalista.

Despierto, miro tras los cristales esa tremenda colección de estrellas, la luna creciente, las siluetas de las montañas... Cuando resucito, mi nueva vida tiene el cielo blanco y amarillo con nubes azulrosamoradas. Luego, el sol ilumina la punta de las montañas que resultaban ser verdes, bueno, de una tierra oscura a la que hubieran echado las pelusas de una moqueta verde. Parada en Potosí y luego barrancos. Ríos, puentes, arriba, abajo y, finalmente, Sucre.

miércoles, 6 de febrero de 2013

en la línea 10


Estresados en el metro se ponen nerviosos cuando los miro para dibujarlos. Uno de ellos me amenaza haciéndome una foto con el móvil. Otra que no es un animal de feria. Decido dejarlo. No me parece normal que uno no pueda dibujar por la calle. Tendré que dedicarme a los animales o cualquier otra cosa con uso de razón.

la paz



Dormimos de un tirón hasta que amanece. Me asomo a la ventana. Enfrente, una montaña bien alta hecha de casas, unas encima de otras. Todo color ladrillo, alguna suelta amarilla o turquesa fuerte. Sobre la cresta, mogollón de antenas. Como una catarata de casas desde abajo. Hay mucho tráfico, pero no de coches particulares sino de buses y combis. La calle está muy tomada. Contamos veinte líneas de combis y tres de buses que pasan por la puerta del hotel. Desayunamos en la sexta planta, con vistas a la cascada. El salón es también sala de bailes decadente, con luces de colores y bola de espejos.

Bajamos Santa Cruz, tiendas alucinantes para la Pachamama. Semillas y plantas secas para el humo, fetos de llama, muñecos de azúcar... todo como de brujería. Quisiera encontrar coches de latón, nos mandan al final de la calle Camacho, a la Feria de las Alasitas, que dura hasta el 16 de este mes. Allí se venden todas las miniaturas posibles para las ofrendas. Plaza de Murillo, Palacio Legislativo, Catedral neoclásica con coronas fluorescentes sobre los santos y el Señor de la Columna. En la calle Comercio, impresionante papelería Gisbert y Cía, catedral de la burocracia kafkiana (viejos mostradores de madera, cajas, estanterías y rancios dependientes con manguitos). En la misa de la Merced el cura dice: Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes. Al fin de Camacho está la hondonada de lo que fuera el Zoo, ahora llena de puestos de miniaturas de cualquier cosa que exista en el mundo, para hacer ofrendas a la Madre Tierra, la gran divinidad. Los bolivianos pensamos que todo esto se hará grande, será de verdad, nos cuenta la tendera. Le compro cochecitos de yeso, de cartón, de azúcar, de latón, de madera.

En Correos, me hacen un paquete con el cuaderno terminado (las de hoy son las últimas páginas) y los coches. Sobre la caja de cartón, cosen un saco de arpillera y pegan una etiqueta. Hacen comentarios sobre el contenido: ese carrito lo hacen en la cárcel.

Los lustrabotas son los intocables de La Paz. Todo el mundo los mira con desprecio. Y con miedo porque llevan pasamontañas y sólo se les ven los ojos. Es una parte de su vida que prefieren que nadie conozca. Le pregunto a uno de ellos por qué lo llevan. ¿Quieres lustrarte las botas? me dice.

Cenamos codornices a la brasa cobijados de la lluvia. Sólo hay parejas de chicos en este sitio. Después tomamos mate de coca en un café calentito y puesto, donde sólo hay parejas de chicas. A las diez hay un llamado de emergencia a la zona sur de La paz, el río está a punto de desbordarse. El general Uría pide que los ciudadanos tomen altura con sus animales. Me dejo el cuaderno nuevo en el café. Preguntamos a las combis que suben si pasan por Max Paredes. Nos hacen hueco en una llena. Se cierran los últimos puestos callejeros. Un hombre carga con todo el quiosco (un restaurante) a las espaldas, atado con una cuerda a su cuerpo y con una bombona de butano en la mano, bajo la lluvia. Un chaval empuja un carro lleno de limones, tapado bajo un plástico. Ruedan cáscaras de higos chumbos, bajan flotando sobre el agua.

martes, 5 de febrero de 2013

santos de cerillas suecas

Recogidas de este blog 

a la capi


El Titicaca, que el dios Kom-Titi usó de espejo para quitarse una arenilla del ojo, es el lago navegable más alto del mundo, a 3.800 metros de altura. Con que uno suba a un cerro, ya está a 4.000, y eso se nota. Estamos teniendo problemas respiratorios. Cuando la nariz se nos atasca un poco, nos ahogamos. Yo notaba algún mareo al subir la jodida escalera de 290 escalones. Por la noche resulta difícil coger el sueño porque de golpe te falta el oxígeno y te despiertas en ese momento de tránsito.

Lo agraba el uso de insecticidas. Mi teoría es que las multinacionales venden basura en estos países tan poco exigentes (o con cazo tan ancho). El insecticida de Bayern Baygón Casa y Jardín huele a petróleo y nos ha intoxicado. Produce tos y dolores de garganta. Los inhaladores son demasiado fuertes, los champús de marcas conocidas irritan mucho los ojos y el tabaco americano sabe a dinamita.

El mejor producto encontrado para respirar bien es la menta, una pequeña planta que se encuentra en el campo, por todas partes. Siempre llevamos en una bolsita. Si te frotas las manos y respiras con ellas en la nariz, te produce un efecto balsámico desatascador. Aquí es fuerte y, con muy pocas hojas y agua hirbiendo, consigues una infusión rica cuyo vapor es vaho medicinal.



Mientras esperamos el bus para La Paz, bajamos al puerto y tocamos el agua del lago. Nos sentamos en el muelle y disfrutamos del sol y las vistas. Hasta otra vez. También nos despedimos de César y los demás chilenos de Industria Masticable. Intercambiamos correos para seguir en contacto. El viaje es agradable, viendo el lago y montañas aledañas. Los árboles más comunes son el eucalipto y una especie de ciprés pequeño, que llaman pino. Entramos en una larga penísula, vemos el lago a ambos lados. Aquí está el paso más corto a la otra orilla. Montan el bus en una balsa y nosotros nos quedamos en tierra. Dibujo a la gente. Al rato nos enteramos que hay que coger un barquito. Cuando llegamos al otro lado, el autobús ya está en marcha. Echo una carrera y me pongo delante como aquel chaval en la Plaza de Tiananmen. Si se va, nos quedamos sin mochilas.

Una hora recorriendo el extrarradio de La Paz. Entramos por El Alto, una inmensa ciudad donde está el aeropuerto, donde más indígenas viven y la zona más pobre. La Paz es como una cacerola o un bacín. La parte donde se apoyan las nalgas está a 4.200 y el fondo a 3.600. Los ricos viven abajo, donde hay más oxígeno. Desde allí lo que se ve al fondo de las calles y avenidas, o encima de los edificios es una pared impresionante de casas de ladrillo, unas encima de otras.

Nos hospedamos en el Hotel La Joya, muy cómodo y agradable. Los muebles y puertas son como de los cincuenta, sólo que se construyó en el noventa. Atmósfera rancia pues, sin deterioro. Wifi. 17 dólares diarios, 120 bolivianos. Bajamos al centro. Calles abarrotadas. Aceras llenas de puestos donde se vende de todo. La gente por la calzada, donde combis, buses y taxis se atascan. Los buses son Dodge con morro pintados a rallas. Llegamos a San Francisco, en el culo del orinal. La piedra puede sobre los dorados de los retablos barrocos, y consigue serenidad. Vestidos chillones de tela en santos y vírgenes. San Mateo lleva un pelucón rizado y un traje ridículo, parece humillar al toro. la Virgen del Carmen lleva una banda con la bandera de Bolivia.

El Prado es un bulevar arbolado. Nos llega el tufillo de unos chuletones a la brasa, lo seguimos y pedimos dos. Sin problemas no tan pasado gente agradable sin malas caras trae nueva. Paseamos por El Prado más tranquilos que en Madrid. Miramos cafés y carteleras de cines. Bicicletería, Evo de nuevo y el dibujo de un elefante sobre unas ballestas en una tienda de amortiguadores. Casas antiguas entre rascapisos. Nos hacemos fácil. Subiendo al hotel recogen los puestos, dejando la estructura. Otros se pliegan en la pared. Y otros los cargan a las espaldas y sus dueños suben inclinados esta impresionante cuesta.

 

lunes, 4 de febrero de 2013

copacabana y la isla del sol



Campanas desafinadas y desayuno continental. Visita no guiada. Bajamos a la Iglesia de la Virgen de la Candelaria. En las rejas, dos loros verdes bajan y suben los barrotes diciendo hola lorito. Vamos una pequeña sala que pone sala de velas, prohibido tirar mixtura. Son los petardos. El interior es lóbrego, como una cueva sin luz exterior. Las paredes negras tienen brillos de cera. Al fondo, dos piletas de piedra con muchas velas. Fieles poniéndolas y rezando. Alguien hace figuras de cera en la pared, blanco sobre el negro del humo, como si fuera plastilina, formando casas, niñas, parejas, coches... son los pedidos que se hacen a la Virgen.

Salimos impactados. En la calle, todo está lleno de carros (autos) y combis decorados con flores y miniaturas de casas, muñequitos, tiendas de abarrotes... hay un olor fortísimo a cerveza. Pensamos que es de la juerga de ayer, pero alguien abre una Paceña y la agita como Fernando Alonso y va haciendo una línea a presión alrededor el auto. Una señora de bombín, que aquí llaman cholitas, lleva una cesta de metal con ascuas y una campanilla. Espanta el humo cantando. Un hombre mayor abraza a otro y dice: Maese Mateo que sea en buena hora. Luego llega el cura y echa agua bendita a toda la familia, empapándolos, y luego a la combi y al todo terreno. Nosotros ya estamos viendo lo que venden en los puestos, que son todas esas miniaturas (euros falsos, muñecos, casas, camiones de latón, tiendas de juguete, mixturas y otros exvotos) que ponen para pedir. Veo una chapitas de metal con figuras grabadas de manos, piernas, parejas, biblias, casas... con un lazo verde. Como los exvotos que los íberos lanzaban a las grutas para la Madre Tierra, aquí también le piden a Ella.




Hace un día extraordinario, salimos al campo. Subimos un cerro de grandes piedras. Allí arriba se está en la gloria, tomando el sol y mirando el espectáculo de Copacabana, las montañas que la rodean, el lago y esas nubes tan hermosas que crecen verticalmente sobre un azul bastante fuerte. ¡Se está tan bien sin hacer nada! esta tranquilidad, la luz, el clima, la gente. Cuando volvemos nos cruzamos una procesión de hombres y mujeres bien arreglados que bailan haciendo giros al ritmo de una música de quena y tambor y, de vez en cuando, una carraca plateada con forma de coche. Suponemos que esto es un rito ancestral mejorado y se basa en que su Dios es mucho más campechano y menos severo que el nuestro. De hecho, creó el mundo mientras estaba almorzando: se vertió la leche y se hizo la Vía Láctea y, como era divertido, empezó a tirar alimentos para crear las cosas que conocemos.


Tan llenos de mitología y espiritualidad, nos pillamos un barco a la Isla del Sol, que es donde, se dice, está la momia del primer aymara, Manco, su Adán, que vivió más de mil años y pudo enseñar a cuatro generaciones. Desde el barco se ve la magnitud de este lago sagrado. Una pequeña isla con un árbol. Llegada a puerto. Recorrido andando. Subimos la escalera del jodido Inca, de 290 escalones de piedra. Nos cruzamos con mujeres con el gorrito y el ato, burros, llamas, hombres cargados con las maletas de los turistas, niños jugando, vendedoras de piedras y fósiles. Tengo movida con el guía, pues su teoría es que es necesario ir con un guía para no perderse (o sea, pagarle 50 bolivianos). Mi teoría es que es imposible perderse en una isla tan pequeña ( ¡y con brújula!) y lugareños que hablan español. Total: que vamos solos, tranquilos , sin pesados, disfrutando de las vistas (la Isla de la Luna, donde yace su Eva y el lago), atravesando terrazas y ruinas incas; pero sobre todo con paradas para dibujar.


domingo, 3 de febrero de 2013

a bolivia


Los Uros constituyen una de las etnias más antiguas de toda América (Evo Morales es uro), algún estudioso piensa que vinieron de la Polinesia. Ahora se dedican a hacer cuatro representaciones diarias en temporada baja y unas cien en temporada alta. La misma representación todos los días de su vida. El caso de los quechuas de Taquile es distinto, ellos han luchado por controlar el turismo, han regulado las entradas, han comprado sus barcos, han asociado a sus guías y enseñan sólo lo que quieren.


Paseo mañanero a la Catedral. Magnífica fachada con preciosas esculturas de gusto y manufactura indígena: sirenas tocando el laúd, músicos pajarillos y San Miguel matando un diablo con alas y la espalda retorcida. ¿De dónde sacó el diablito? me pregunta una señora de bombín fisgoneando en mi dibujo.



Ponen alfombras de colores y sacan los bancos para una misa en la plaza. Los militares rodean a la Virgen de la Candelaria. Un ciego molesto y andrajoso, con cuatro pelos largos en su barba lampiña, pide dinero con un cazo. Le doy un sol. De golpe empujones de señoronas y señorones con traje negro. Sacan a la Virgen a la puerta, junto al ciego, para que el pueblo la vea. Las señoras le lanzan pétalos amarillos. Por azar del destino, y su proximidad, los pétalos caen sobre el ciego que, al sentirlos, ilumina su cara como a un santo.



Vemos el Museo Carlos Dreyer, una bonita y resumida colección con cerámicas chimús (con fines claramente masturbatorios), chancays e incas. De los incas, las tres momias encontradas, con el oro a cuestas, en Sillustani, unos enterramientos cercanos a Puno. En bus, nos acercamos a la casa de Benigno Aguilar, que ya nos tiene preparada su colección de dibujos puntillistas y, en la terraza, sus cuadros al óleo. Es profesor de Ciencias Sociales y pinta por afición. Quisiera mi opinión y yo le digo que no soy quién. Me gusta que el contenido de su trabajo me lo explique con entusiasmo, esa obsesión por la mitología del lago, que ve diariamente desde su terraza. Quedamos en mantener una comunicación. Sólo quiere hablar de lo que le gusta y escuchar.

Camino de Copacabana, Bolivia, nos cuentan que el nombre se lo puso un náufrago brasileiro que apareció milagrosamente vivo en este punto del Titicaca. Orillamos el lago viendo huertas y gente trabajándolas, con una luz amarilla, burros , alpacas, chanchos, perros, gallinas, borregos lanudos y niños que se revuelcan jugando con toda la lista de animales. De vez en cuando, grupos de casas de adobe y paja o metal ondulado brillante. Por sus calles adoquinadas, gente que vuelve del campo y algunas vecinas de cháchara.

Pasamos la frontera rápido y sin problemas. El autobús está lleno de guiris que han recurrido al plan b ante la imposibilidad de ir a Cuzco. Cambio dólares a 6,80 bolivianos y ayudo a un señor mayor que difícilmente tira de un carro, subiendo la cuesta, hasta la barrera de la frontera. Por un momento, he vuelto a Perú.

Copacabana ya es otro mundo. Mucho más barato. El hostal nos cuesta la mitad que en Puno. Rápido dejamos las cosas y vamos a alimentar nuestra curiosidad. Hay fiesta y música por todas partes. Vamos a la plaza. Suben la cuesta parejas muy arregladas: ellas con mantilla brillante de flecos, falda brillante tan tableada que las hace más gordas, bombín pequeño y muy alto y zapatos de charol sin tacones; ellos de traje de rallas a lo mafioso y sombrero de ala ancha a lo gavilán. Ellos van dando tumbos y sus señoras los sujetan. Cuanto más bajamos, más parejas en tan lamentable estado. Ellas se ponen graciosas, coloradas y sin parar de reír.

Seguimos la senda de la música y el olor a cerveza. La gente arremolinada, mezclados por la calle.
Llegamos a la verbena. Un foco ilumina los trajes blancos, la gente dando tumbos, los bombines bailando y las narices rojas. En los laterales, puestos de cerveza. A ocho me grita la señora al oído mientras me da una Paceña de medio litro, el casco también vale platita. Cuando descansan los músicos, empieza otro baile a cien metros. Movimiento de masas, una locura. Todo el mundo baila.

Rompe a llover y nos vamos, creo que somos los únicos a los que le importa. Subiendo, adelantamos a una familia tomada. El padre habla con el perro, guau, guau le dice. Nos miramos pensando en dónde coño hemos llegado y nos partimos de risa. Cuando llegan los neohippies malabaristas al hostal, se ponen a tocar la quena y el tambor como si fueran aymaras. Unos pesados es lo que son.

sábado, 2 de febrero de 2013

lago titicaca



Me despierto temprano con el sonido de la lluvia. El chico de recepción dice que aquí sólo llueve por la noche. Todavía se oye la música por las calles. Vamos al puerto y montamos en un barco turístico. El lago es una pasada, hay agua hasta el horizonte. Allí, al fondo, picos nevados. Vamos a las islas de los Uros, indios muy antiguos y de lengua propia que viven en unas falsas islas construidas por ellos mismos a base de bloques de raíces de juncos de totora, sobre los que ponen juncos cruzados, a razón de una capa semanal, para aislarse de la humedad. Son islas flotantes en que todo es de junco: las casas, los almacenes, las barcas, los juguetes de los niños, la artesanía que nos venden a los guiris y la propia isla donde viven. Cada familia vive en una casa y en cada isla cuatro a cinco familias. Tienen una torre para comunicarse con otras islas y todas juntas forman una comunidad con una isla más grande donde están los servicios comunes: escuela primaria, oficina de correos... Lo más curioso es que al ser todo vegetal tiene una fecha de caducidad. A los doce años hay que hacerse otra isla. Nos habla la autoridad, desgraciadamente en aymara, su lengua se está perdiendo.

De allí vamos a una isla de verdad: Taquile. Los indios que aquí viven lo llevan haciendo desde siglos y sin mezclarse. La Unesco declaró su cultura como Patrimonio de la Humanidad, porque mantienen sus tradiciones ancestrales: sus vestidos con sus referencias de estatus, sus danzas, su gastronomía, herramientas, etc. La cosa es que toda la isla es como un pueblo donde cada casita tiene su terreno en terrazas unidas por un camino empinado de piedras y una pequeña plaza con su iglesia (se casan por la iglesia y al día siguiente por su rito en que se cambian el tipo de gorro; también viven un periodo de convivencia antes de casarse) y unos arcos de donde parten los caminos.

Entonces uno se ve en un camino de cantos, rodeado de huertas, con el agua allí abajo y los torrentes bajando, grupos de eucaliptos, un fuerte olor a menta (con la que hacen infusiones), corderitos por allí, niños jugando por allá, unas señoras con pañuelos negros tumbadas en el pasto tomando el sol, un grupo de solteros charlando (con sus gorros y fajines rojos). Todo el mundo de aquí para allá y nosotros saludando en castellano. No resulta fácil comunicarse aunque sí con las niñas que se acercan a verme dibujar a su amiga Rosa. Es una isla sin hoteles, sin cemento ni hormigón, en que la Naturaleza rebosa y se está muy a gusto.

Volvemos al hotel. Nos espera el pintor Benigno, que me regala unas cuantas postales de sus cuadros puntillistas, donde representa los dioses cantarines y danzarines del Titicaca, con muchas curvas y descomposiciones geométricas, que dice haber recogido del maestro Picasso (aunque la técnica es más de Seurat, todo de puntitos de tintas de colores). Quedamos para ver mañana los originales, pues ya estamos cansados. Llueve y Beni no tiene ganas de salir.

Sobre los Uros aquí.

viernes, 1 de febrero de 2013

a puno


Salimos temprano para Puno. El Misti amaneció nevado. El viaje se hace interesante a partir de la meseta verde que llaman Pampas de Cañahua, sin un solo árbol, sólo una capa verde de las plantas que resisten: la paja y la tula, que comen la vicuñas en rebaños. Hay casas de piedra de pastores con techos de paja. El tren azul circula en paralelo, hecha un montón de humo. El Misti o Guagua Putina, un cono gigante que ahora vemos de otro lado, tiene la cumbre tapada por las nubes, así como el Chichani. Hacemos una parada. Empieza a salir la gente y a desperdigarse por la hierba. Se ponen a mear. Las mujeres tienen una habilidad especial, abren un poco las faldas y se agachan. Parece sencillo, no llevarán nada debajo. Luego aparecen unas montañas caprichosas con peñones en capas (como hojaldrados) que luego se hacen blancos y parecen catedrales.


Una parada. Beni tiene hambre y no encuentro nada. Una señora con bombín me ofrece cordero al hueco, cinco soles. Abre el ato. saca una navaja como las de afeitar. Abre un saco de papel y empieza a cortar. Me miro al bolsillo, sólo llevo calderilla. Tres soles, le pido. Me los despacha en un bolsa con un papel dentro y una bolsita bien pequeña con una salsa. Voy tan contento a Beni, pero no era esto lo que ella quería. Como está atufada, me voy a otros asientos a comer tranquilo el cordero con dos patatas asadas, todavía calientes. Se las ofrezco a Beni, que acepta de media en media. Luego se las mejoro con la salsa. Me hago mi bocata de cordero con parsimonia y cordel. Está bastante bueno, es asado pero con un sabor riquísimo muy especial. Se lo ofrezco a Beni que, finalmente, se rinde a la evidencia y, posiblemente, al hambre.


De golpe un lago inmenso que ellos modestamente llaman Lagunillas, y que yo creía ya el Titicaca. Nervioso, me pongo a dibujar. Al fondo y lejos, picos nevados en cadena. Pasado el lago, el valle Taya con su pequeño río, un valle plano que acaba en Cabanillas. Un campo verde y con muchas flores amarillas lleno de casitas de barro con techo de metal brillante. Una bajada y el lago Titicaca, impresionante, y Puno ahí abajo. Casas como sin terminar, de ladrillo sin enfoscar y con los hierros sueltos del encofrado, para algún día hacer una segunda planta. Nunca. Las casas bajan por las laderas de las montañas hasta amontonarse a la orilla del lago.




En Puno son las fiestas de la Candelaria, el día 2, que consiten en dos semanas de danza y bebida. Se juntan las agrupaciones de unos 600 departamentos de la provincia con sus trajes, gorritos, canciones y danzas diferentes. Es un desfile folclórico. Los tíos están cada vez más tomados. Cojo el pincel y me pongo a dibujar a toda leche. La gente se maravilla de mi rapidez y me considera un artista de esos que hacen retratos por las calles. Posan para ser dibujados. Un pintor local queda con nosotros para enseñarnos sus obras y una televisión local me hace una entrevista. ¡Esto es lo más loco e indígena que hemos visto!


Subimos a cenar a un restaurante con muy buena pinta. A la hora, nos llega un maravilloso anticucho (pincho a la brasa) de trucha. Ayer nos comimos uno de suri riquísimo, pero este se sale. Luego una carne de alpaca al vino y crema de manzana con trocitos de brócoli, idem. Regado con una copita de tinto chileno. Una de nuestras mejores cenas.

Mientras, cae una estruendosa lluvia sobre las chapas metálicas de los tejados. La música para y los gorritos vuelan. caen los tomados, se oyen chillidos, se llenan los restaurantes. Cuando afloja, nos vamos al hotel saltando charcos.