jueves, 8 de noviembre de 2018

de delfos a meteora


Después de un gran desayuno, bajamos con el coche al barranco que veíamos desde el balcón, zigzagueando entre olivos apretados, hasta muy cerca del golfo. Y después volvemos a subir zigzagueando más y más montañas. Arces naranjas, abetos y encinas. Vacas pastando. Unos cuarenta kilómetros antes de Trikala, la cosa se pone plana y empezamos a ver cultivos. Como en Perú, ponen unas iglesias en miniatura en unos postes al lado de las carreteras. Las puertas son de cristal y pueden verse dentro algunos iconos. Después, cogemos la A3 y la cosa va sobre ruedas. No circula ni un vehículo por la autopista, en todo el trayecto solo adelantamos un autobús. Mucho antes de lo que pensábamos, estamos en Kalambaka. Allí cogemos la carretera a Meteora.

Llaman Meteora a un conjunto de piedras calizas gigantes, que se levantan como columnas enormes creando un paisaje espectacular. En lo alto de algunas de estas piedras han construido monasterios de mayor o menor tamaño desde que en el año 985, un ermitaño llamado Barnabas se instaló en una cueva. La cosa ha cambiado mucho desde entonces. Ahora tienen luz, agua potable, montacargas y, en los años veinte, se tallaron las escaleras en los monasterios que quedaban en pie. Nosotros, altamente flipados, paseamos por las piedras tomando el sol, haciendo el cabra, dibujando y haciendo fotos. Incluso vemos atardecer desde las alturas.

Anochecido, bajamos por una carretera distinta, que resulta dar a la villa donde se ubican los nuevos hoteles, llamada Kastraki. Y justo al llegar, encontramos el cartel de nuestro hotel, que es una casa de piedra y madera con balcones mirando a Meteora. La recepcionista habla un español perfecto. Nos regala un mapa precioso con una vista aérea de las rocas con los monasterios en sus cumbres, con sus nombres, unas carreteras rojas y unas líneas punteadas que marcan los senderos. Empieza a pintarrajearlo con un rotulador gordísimo contándonos cosas. Asustado, le pido uno nuevo para mi cuaderno y uso, pues parece un retrato de Saura.

Nos instalamos y nos vamos después a cenar a una taberna del pueblo llena de paisanos que, aprovechando que miran la tele, dibujo. Cenamos para salir del paso sin llegar a encender ningún cohete, pero bien calentitos frente a una chimenea, pues, aunque ha hecho un día de manga corta, por la noche refresca. Le enseño el dibujo a los paisanos (bigotes blancos, tazas de café, vasos de agua) y ellos me dan sus nombres. Nos enrollamos un poco, que no hay mucho turismo y están los pueblos bastante aburridos.

martes, 6 de noviembre de 2018

el santuario de delfos


Al abrir el balcón, encontramos un precioso paisaje de montañas y un río que baja encajonado formando un estrecho valle lleno de olivos muy juntos que dan un aspecto de manto gris azulado (y no de lunares como en el sur español) con unos palotes más oscuros, que son cipreses. Este valle acaba en el golfo de Corinto, una entrada de agua brillante, al fondo, rodeada de montañas que se superponen en capas cada vez más azules y más claras, perdiéndose en la lejanía.

Dedicamos el día a pasear por la ladera sur del monte Parnaso (2457 metros, arriba hay una estación de esquí), morada de Apolo y las Musas, como si de una romería se tratara. Como es primer domingo de mes, la entrada es gratis. Es un yacimiento arqueológico impresionante con una fuerte pendiente que cae hasta el río. Se entra por lo que queda del antiguo ágora, donde empieza la Via Sacra, que serpentea en cuesta hasta el Templo de Apolo con los monumentos y templetes que las distintas ciudades estados construyeron para las ofrendas de sus súbditos, y que llaman Tesoros, a ambos lados. Se ha reconstruido el de Atenas. Allí se ofreció a Apolo el botín de guerra tras la victoria de Maratón. Enfrente está la piedra donde la primera sacerdotisa, Sibila, hablaba en trance, como boca de Apolo. Se pagaba una tasa y el dios contestaba con ambigüedades o evasivas, como las empanadillas chinas, que un sacerdote tenía que interpretar. Cuentan que un rey de Lidia preguntó si debía atacar al gran Ciro de Persia, y el oráculo le contestó: Si cruzas el río, se destruirá un gran imperio. Y el rey Creso atacó sin caer en la cuenta de que ese gran imperio sería el suyo.

Del gran templo de Apolo solo se alzan algunas columnas. Encima, el graderío completo del teatro, en muy buen estado; y arriba del todo, formando una explanada el impresionante estadio, con su puerta de tres arcos y las gradas, donde cada año se jugaban los Juegos Píticos (Pitia era la sacerdotisa). Y como fondo, los picos grises y rojizos de la montaña caliza con algunos puntos de vegetación. Entre los bloques de piedras y columnas, cipreses, coscojas, abetos y pinos. En el cielo, buitres y águilas reales planeando.

Fuera del recinto, bajando la montaña hacia el río, está la fuente de Castalia, lo que queda del gimnasio donde entrenaban los atletas, con sus baños y pistas, y el recinto llamado Marmaria (cantera de mármol) con dos templos dedicados a Atenea, entre los que hay un extraño monumento circular, con tres columnas en pie, de sus veinte, que nos da una idea de la monumentalidad del conjunto. Todo muy flipante, Yo me entretengo dibujando sentado en algún capitel jónico y a la sombra de alguna columna, pero sin poder poner las acuarelas sobre ninguna piedra, pues no pueden mancharse con ningún pigmento.

Comemos tarde sopa de pollo y carne a la brasa. Descansamos un poco en el hotel y volvemos al monte a visitar el museo del yacimiento, que es una pasada. Allí han recompuesto el puzle de los frisos de los templos, algunos con sus colores originales. Interesante la batalla de los dioses con los gigantes del templo de Atenas, las cariátides del de los sifios, la tremenda esfinge alada exvoto de Naxos, el auriga ganador de la carrera de cuádrigas de los Juegos del 478 ac, los cascos, los pequeños caballos exvotos de bronce.

Cuando salimos ya se ha hecho de noche. Se fueron los autobuses de turistas y nos quedamos solos paseando por las calles. Los restaurantes vacíos, las tiendas con copias de los objetos del museo. En los menús, pizzas y hamburguesas. En la tele, Master Chef, Supervivientes, Got Talent, La voz. Monocultivo de basura.

Sin pelanos, no hay augurios. ¿Qué será de nosotros?
Mañana será otro día.

lunes, 5 de noviembre de 2018

osios loukas y delfos


Yo diría que los protas del centro Atenas son los restaurantes, sus terrazas. Hay tantas que el espacio público ha desaparecido. Las plazas, por pequeñas que sean, está llenas de mesas, las calles peatonales, las aceras. Incluso en las calles de mercadillo/bazar los dueños sacan sus veladores o ponen cojines en las escaleras. Para descansar tienes que sentarte en un restaurante y donde hay un banco público hay una tienda de comida callejera que vende bocatas por la ventana que lo aprovecha de comedor. Incluso algunos han puesto sus mesas en los asientos públicos que rodean los árboles. Nos retrotrae a un tiempo de nuestro pasado en que las cosas no estaban reguladas, con sus ventajas e inconvenientes. De alguna manera, la gente ha cogido la calle antes de que se la vendan, por lo que los demás tampoco perdemos los derechos. Precisamente, esta mañana el pope de la iglesia de nuestra placita está almorzando en una mesa que puso delante.

Después de la dialéctica vana con los vendedores, hoy sobre un extraño producto financiero que me abarata el depósito de la franquicia y que pretenden colarme, logramos salir de Atenas con un coche alquilado y con navegador que habla en español. Guiados por él, subimos la autopista hasta Livadia. Todo es muy montañoso y apenas si se ven cultivos. Sí muchos olivos y cipreses, y también ovejas. Y a partir de aquí encontramos una tremenda cadena montañosa atravesada por nubes que solo dejan ver algunas faldas y la silueta de los picos. Hay una espectacular con un nombre conocido: Parnaso. Allí es donde vamos. Nos comemos unos tomates fritos en Distomo y, a siete kilómetros, visitamos el monasterio bizantino de Osios Loukas, encaramado a una de estas montañas y con unas vistas espectaculares al valle.

Los viejos árboles del jardín son de un tamaño ciclópeo. Un enorme plátano tiene susjetas sus ramas con correas para que no se abran. Al fondo, una construcción que alterna piedra gris y ladrillo rojo y que acaba en unas cúpulas de distinto tamaño, las mayores con ventanas para iluminar el pantocrátor sobre un cielo de oro, rodeado de santos, del techo. El complejo es un laberinto impresionante de edifidios adosados a distintos niveles de la montaña, con arcos, escaleras, puentes, patios, pasarelas... muchos de estos espacios con vistas al valle. La iglesia es oscura. Una luz tenue entra por las cúpulas. Alguien de negro reza una letanía. Tras una puerta una peueña luz ilumina a un pope con su sombrero cilíndrico.

Empieza a anochecer y tanta curva y a tanta altura nos empieza a parecer infinita. La voz mecánica nos mete por un camino de cemento demasiado estrecho que termina en una finca vallada. Ha llegado a su destino, dice. Beni y yo nos miramos y nos vemos asombrados. Sobre todo mucha calma. Estamos perdidos.

Finalmente la máquina acepta Delfi como animal de compañía, aunque no Ifigenias como calle, así que proponemos el centro de la ciudad, más bien como escapatoria. De alguna forma u otra, llegados a Delfos, en una de sus calles principales, vemos un cartel con el nombre de nuestro hotel.

Llegar de noche a los sitios no mola. No se hace uno una idea. Solo sabemos que estamos en una fuerte pendiente y que nuestro balcón da al abismo. Abajo, a lo lejos, lucecitas. Esto fue un mítico lugar de peregrinación buscando los augurios de Apolo en su santuario del monte Parnaso. Aquí venían peregrinos de muy lejos y traían sus ofrendas. Ahora, en pleno otoño, es un pueblo turístico vacío. Hoteles, tiendas de productos locales y recuerdos vacíos. Los restaurantes con una sola mesa ocupada, por el camarero y la cocinera haciendo bulto. Mañana se hará la luz.

domingo, 4 de noviembre de 2018

el arqueológico


Viajando da la impresión de aprovechar mejor la vida, como si fuera más despacio. Ya en el tercer día nos parece llevar una semana en Atenas. Ya con algunas rutinas, como el bebé que llora a las siete de la mañana, la calle Adriano, las viseras de hierro forjado y cristal, los kalimeras de recepción, la clínica del Doctor Fish, donde unos pececillos te muerden los pies metidos en un acuario, y el desayuno en el Attika, donde las palomas pasan a comerse la miguillas y la gente descansa en el poyete de la pequeña iglesia bizantina.

Nuestra idea es ir al Museo Arqueológico Nacional, cosa que hacemos caminando por la calle peatonal y ajardinada de Oiolou, que nos ofrece un agradable paseo, con música de bouzouki, hasta la Plaza Omonoia, muy cercana al museo. Atenas no es la ciudad munumental que se espera de su historia. Las ciudades griegas del sur de Sicilia están mejor conservadas. La Atenas cásica ha sido arrasada y saqueada, y apenas queda algo en pie. Su mayor tesoro histórico está aquí. El arqueológico es tan grande e interesante que convendría verlo en etapas para asimilarlo. Yo me concentro en el Neolítico, las figuras cicládicas y el Egipto helénico, pues creo que lo más interesante está en lo más antiguo, cuando se quiere simbolizar más que representar a la perfección. La sencillez de las figuras cicládicas roza lo extraterrestre. Me enternecen las estelas funerarias, donde el finado se despide de su esposa, familia o amigos. Cada figurita, cada dibujo, me parece una idea, una solución gráfica. Disfruto un montón tratando de recoger esas ideas en el cuaderno.

A las cuatro de la tarde nos echan. Comemos algo en el famoso café Kpivos, fundado en 1923, con un aspecto entre casino y gran pastelería. Las cartas cuelgan de las mesas con un cordel. Los cafetines son de mármol con las patas clásicas de madera. Es muy popular porque ponen unos rosquillos con miel y canela riquísimos. Nuestros bocadillos de pollo con ensalada y salsa de mostaza están deliciosos. Después nos tomamos los rosquillos (media docena es el mínimo) con unos cafés.

Visitamos la cercana Torre de los Vientos, en el ágora romana, una torre de planta octogonal con un relieve representando a cada tipo de viento en cada dintel de cada cara: el viento del Norte, en que Boreas lo produce soplando una caracola, el del Noroeste, donde Skiron echa brasas de un cuenco, el del Este, donde Céfiro esparce flores, el del Suroeste, donde Lips hace virar un barco, el del Sur, donde Notos vierte la lluvia desde una vasija, el del Sureste, donde el viejo Euros se abriga, el del Este, donde el joven Apeliotes trae frutas y granos, y el del Noroeste, donde Kaikías esparce granizo. Es reloj de agua y veleta, y los derviches aulladores la tomaron el el XVII para sus danzas giratorias.

Por la noche, nos vamos despidiendo de todo hasta el hotel.

sábado, 3 de noviembre de 2018

los jardines nacionales y el barrio de metaxourgeio


Me despierta el llanto de un bebé. A las seis amanece.

Desayunamos frente a la iglesia de Panagia Kapnicaria, una iglesia bizantina del siglo XI, de las primeras de Atenas, que dibujé ayer, que se construyó sobre un antiguo templo pagano dedicado a Atenea y como parte de un monasterio. Actualmente es un extraño fósil en mitad de la calle comercial Ermou. Justo allí hay una cafetería pastelería con un montón de pasteles, otros dulces y sandwiches a precios populares.

Después de ver el Templo de Zeus, hoy ya de día, paseamos por los Jardines Nacionales con ese extraño olor a lejía y canela que finalmente identificamos en la flor de lo que parece un algarrobo, sin duda el llamado algarrobo de olor. Hay árboles muy viejos, especialmente cipreses de grandes y ramificados troncos. Estanques, asientos de mármol rescatados de algún teatro. Es parecido al Retiro, pero más salvaje. Tiene un ridículo y entrañable zoo con cabras montesas, ovejas, gallinas, ocas, pavos reales, patos y algún pájaro. Las ovejas huelen a rayos. Salimos a Eleftheriou Venizelou para visitar el Museo de Arte Cicládico, pero está cerrado (luego descubrimos que la entrada principal del palacete no es la del museo). Este es un barrio rico de casas señoriales donde están las embajadas.Nos acercamos a Syntagma y paseamos por Panepistimiou para visitar el barrio de Metaxourgeio (Metalurgia), junto a la estación de ferrocarril de Larissa. Como hay una mani en la paralela Stadiou, aquí están escondidos los antidisturbios echando el último cigarro. Son jovencitos disfrazados de robocop y cargados a tope. Algunos llevan una extraña arma con un depósito de gas. No parece que la policía haya cambiado tanto desde los tiempos de la dictadura. En cada manzana encontramos un grupo oyendo las consignas de la calle vecina y dispuesto al ataque.

Precioso el edificio modernista del cine Rex. La Academia, la Universidad, la Biblioteca Nacional... resulta cargante este estilo neoclásico tan ortodoxo, como el decorado de una peli de griegos (para nosotros de romanos). No sé cuántos falsos partenones tenemos ya vistos. Llegamos al barrio. La Plaza Omónoia se la cargaron con el parking. Me imagino a los constructores vendiendo la idea al Ayuntamiento. Nada que ver con esta mierda de resultado. Edificios muy chulos semi abandonados o del todo, murales, galerías de arte, cafés, grafitti, mensajes anarcos. Es un barrio obrero que está acogiendo a los expulsados por el turismo. Y, según parece, empieza a haber turistas sin miedo. La pescadilla infinita. Nosotros comemos en la terraza de una casa de comidas balkánicas, que resulta bastante barata, y nos tomamos el café con música de Buika en el Acrobat, un local bonito de techos altos y visera que podéis ver arriba. Aquí dibujo a una partida de jovenzuelos que me dan sus nombres y disfrutan viéndose así mismos en versión rotulador. Apheus, con el pelo largo en finas trenzas, habla español. Volvemos por la calle Athinas, muy divertida. El Mercado Central con dos alas cubiertas a la calle, pescados, un fuerte olor a las especias bajo una enorme visera, comerciantes voceantes, sombreros. La iglesia bizantina de la Muerte de la Virgen, con los techos y paredes negruzcos, donde solo se ven las coronas de chapa de los santos. Beni pone una vela a sus difuntos.

La Plaza de Monastiraki es una locura. Hoy está a tope. Los turistas cenan al son de esos raros violines y esos acordeones diminutos que tocan dos niños. Los rastados tocan los tambores senegaleses y esa abuela baila y baila sin cesar. Los banglas venden ese aparato luminoso que se enciende en el cielo. Mogollón de jóvenes con pocas cosas que hacer excepto mirar lo que yo dibujo (el último dibujo del día es de la plaza). Paseamos, vemos algunas tiendas interesantes de diseño y cerámicas. Me gustan mucho algunas interpretaciones en barro del caballo de Troya y algunas escénas odiséicas.

Como hormigas bicheamos entre la multitud por las calles céntricas, sin tráfico, hasta llegar a Adriano. El mercadillo se va cerrando. Las vendedoras, cansadas, se comen algúna empanada. Aún tienen fuerzas para hacernos la última oferta en inglés. La mujer que está pidiendo, con un vaso de plástico en la mano, durante todo el día, ha extendido sus saco de dormir sobre la acera y se ha dormido. Los taxistas charlan en la puerta del hotel. Sentimos el fresquito ese que traen las noches de verano.

viernes, 2 de noviembre de 2018

la acrópolis de atenas


La Acrópolis era la parte amurallada de la ciudad donde se veneraba a los dioses. Es una colina de piedra con un recinto amurallado en la cumbre y algunos templos, teatros y otras instalaciones en la falda sur, que es donde está la entrada al recinto. Es muy impresionante. Para visitarla nos unimos a un grupo de españoles con guía, una chica con prisas que hace las paradas donde hay sombra. Recorremos deprisa el Teatro de Dionisos, el Odeón de Herodes, cerrado, la entrada, con el templo de Atenea Niké a la derecha (celebra la victoria contra los persas en la batalla de Salamina), los ciclópeos escalones, el Partenón, templo dedicado a Atenea, la diosa de la sabiduría que da nombre a la ciudad, y el templo de Erechtheion, con sus famosas cariátides (la de la derecha, la mangaron los ingleses en su continuo saqueo).

Acabada la visita, volvemos a hacerla con más pausa y cuaderno en mano. Dibujo las impresionantes vistas hacia la colina Lykavittos, la más alta, el teatro de Dionisos, la cueva de Nuestra Señora y las dos columnas corégicas, el Odeón de Herodes y las vistas de la Acrópolis desde la roca de enfrente, que, dicen, fue el primer parlamento. Allí la gente espera una puesta de sol que no sucederá, pues una nube se interpuso.

Una planta no localizada da un olor recurrente a Atenas. Es una mezcla de lejía y canela. Bajamos al Ágora Antiqua, centro administratico, político y comercial de la Atenas clásica, rodeándola. Paramos en una bonita terraza con vistas a ella y nos comemos una ensalada verde riquísima y pollo a la brasa, mirando hacia unas cuantas ruinas y, allá al fondo, sobre la Colonos Agoreo, Hefestión, el templo de Hefesto y Atenea. Llegamos rodeando las ágoras hasta la plaza de Monastiraki y cogemos la peatonal comercial Ermou, donde paramos a comer unos pasteles griegos frente a una pequeña iglesia bizantina, y después continuamos hasta Syntagma, su fuente de agua azul y sus escaleras llenas de gente sentada, que conduce al Parlamento, jalonadas por dos enormes macetas con forma de copa y pitas en sus interiores. Dibujo entre unos chavales que beben whisky mientras descansamos. Luego, nos acercamos a la nueva Catedral, bastante mediocre tirando a fea, pero que esconde detrás una preciosidad: la llamada Mikrí Mitrópoli , la pequeña catedral, del siglo XIII, con relieves en mármoles recogidos de otros lugares y un dintel con una representación personificada de los meses del año. A mí el que me gusta es un relieve con un felino gigante mordiendo a lo que parece un perro, que está en la fachada trasera.

jueves, 1 de noviembre de 2018

viaje a grecia


Temprano desayunamos en Madrid, en una cafetería cercana a Atocha. La estación es un hormiguero de gente que va en todas las direcciones y sentidos. Alguien se coló por la salida del AVE y todos los seguratas corren como locos. Salimos por el hall de cercanías y cogemos el bus al aeropuerto. Llueve. Esos conductores atascados deben llegar ya cansados al trabajo. La T4 es una locura de hierros, cristales y máquinas, y gente haciendo rodar sus maletas. Pasado el arco, me hacen quitarme el calzado y enseñar al público general los tomates de mis calcetines. Beni se ríe y yo me siento como un viejo profesor desinteresado del mundo. Alguien me pasa una tarjeta por las palmas de las manos para identificar los explosivos manipulados, y ese viejo profesor arenga desde el púlpito de una mezquita ruinosa.

El avión es pequeño pero bien aprovechado. Todo es tan pequeño y desproporcionado que parece una visita de adultos a una clase masificada de parbulitos. Tendremos que  agradecer que por lo menos nos lleve a Atenas. Yo repaso un vieja guía en italiano de Mondadori: los popes con sotana y esa larga barba que parece salir de un gorro académico, los guardias con una ridícula falda, los molinos de viento de Mikonos, el sacro convento de Patmos, la diosa de las serpientes, el Partenón. Beni se mira lo esencial en un diccionario de griego: parakaló, kalimera, efjaristó, oji. Pensamos en un viaje lento, sin prisas por verlo todo. Quizá las islas se queden para otro viaje.

Vamos por encima de las nubes y no vemos más que montañas de algodón. Luego las atravesamos y aparecen las islas oscuras con moñas de nubes sobre un mar brillante. Rápidamente descendemos hasta el asfalto y el avión frena. Atravesamos el aeropuerto sin problemas. Nadie nos dice nada. Cogemos el metro hasta hasta la Plaza Syntagma. Cuesta 10 euros porque son 27 kilómetros. Subiendo las largas escaleras pueden verse las ruinas encontradas la excavación del metro. Con los empujones de la salida del vagón, alguien me mete mano a la cartera. Afortunadamente, me doy cuenta y le doy un manotazo. Algún desconocido grita algo así como hops!. Jodidos chorizos.

Ya vemos los primeros guardias con faldas en la tumba al soldado desconocido, delante del Parlamento. Los Jardines Nacionales, a la derecha y hacia el sur, el doble Arco de Adriano y el templo de Zeus, altísimo y con una romántica columna caída en rodajas. Y, justo a la derecha, a las faldas de la Acrópolis, el barrio de Plaka, y nuestro hotel, una bonita casa racionalista con terrazas y haciendo esquina. Limpio, mesa para escribir y dibujar, y vistas de la Acrópolis y, ahí abajo, una pequeña iglesia bizantina. Dejamos la ropa de abrigo. Aquí la gente va en manga corta. Hay un calor húmedo. Se nota la cercanía del mar.

Recorremos el barrio lleno de terrazas para turistas. Calles peatonales, casas pequeñas, viejas cafeterías y tabernas, viseras de hierro y cristal, el mercadillo, el viejo Ágora y el romano, la Torre octogonal de los Vientos del astrónomo Andronikos Kyrrestes, reloj de agua y veleta, con relieves de los ocho vientos alados, del siglo I ac, la Plaza de Monastiráki, la calle comercial Ermou. En la plaza cenamos, en una terraza, calabacín con alioli y musaca, algo parecido a la lasaña, con berejenas, calabacín, carne de cordero y tomate. También cae una jarra  de cerveza griega.

Los quioscos son una especie de ultramarinos, con bebidas frescas, helados, aperitivos, tabaco, revistas y suvenires. Paseamos entre terrazas donde los guiris nos ven pasar, tiendas de artesanía y tonterías varias. Cuando vemos la calle Adriano, que desemboca en el hotel, nos vamos derechicos a la piltra.