lunes, 15 de agosto de 2022

la pintora de altamira


"Mi madre Matilde no quería que se descartara la posibilidad de la mujer como pintora de Altamira. Decía que fue una mujer o un hombre pequeño. Y ella demostró que una mujer también pudo hacerlo. Pero no se atrevió a decirlo”, concluye Esther. “Cada vez que alguien se presentaba en casa mientras hacían la réplica, todos se dirigían a mi padre y mi madre era la directora del proyecto. Si hubiera sido hombre, dónde habría llegado”, dice Esther, que la recuerda como alguien muy correcta y templada. 

Matilde Múzquiz, Jose Antonio Lasheras y Pedro Saura, en la Sala de Policromos de Altamira. 
La arqueología avanzó con Matilde Muzquiz porque no era arqueóloga. Ella sabía de pintura y los arqueólogos habían estado mirando una obra de arte. Sus limitaciones para descifrarla eran evidentes. Decían que los artistas, en plural, comían mientras pintaban. “¿Qué artista come mientras pinta?”, se pregunta Esther recordando la pregunta que se hacía su madre. Creían que los huesos que había repartidos por el suelo de la cueva eran los restos del atracón. En realidad eran los sobrantes de extraer el tuétano para iluminarse. “Lo descubrimos juntos, estábamos en Puente Viesgo. Vimos que no era un aglutinante para pintar sobre la pared. Yo no sabía que el tuétano ardía y sacamos el tuétano del hueso que compramos en una carnicería, que es como el tocino, y le prendimos fuego y salió una luz sin humo. Los primeros que lo probamos fuimos nosotros dos”, cuenta Pedro Saura, su marido y compañero en la réplica de pinturas.

Pedro Saura y Matilde Muzquiz pintando la réplica. Ambas fotos son de Pedro Saura.
Hasta ese momento la arqueología miraba los bisontes y veía “el poder, la vida y el movimiento de un animal”. Gracias a Matilde Muzquiz vemos el poder, la vida y el movimiento de quien lo realizó. Con la réplica del Museo Nacional de Altamira entendemos cómo lo hizo y el original se salvó de su extinción. Con ella y su estudio se acabó el “arte mágico” del hombre primitivo, porque nos enseñó a preguntarnos por la personalidad del autor.

Un día Matilde Muzquiz acercó su mano a la mano pintada en negativo sobre la pared, realizada pulverizando pintura sobre la mano real. El tamaño de las manos coincidía. En ese gesto los prejuicios cayeron de inmediato. Para la reproducción usó su propia mano, recuerda Esther Saura Muzquiz. Mientras Matilde replicaba la obra del artista con los mismos métodos y técnicas que usó hace casi 16.000 años, la mujer volvió a entrar en Altamira, de donde había sido excluida.

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