domingo, 31 de marzo de 2019

beni en la soga

Yo diría que las mejores tapas de Ciudad Real las ponen en La Soga.

viernes, 29 de marzo de 2019

el llanto de la excavadora, de pasolini


Solo amar, solo conocer 
cuenta; no haber amado 
ni haber conocido. Angustia

 vivir un amor ya 
consumado. El alma deja de crecer. 
Y en el calor encantado 

de la noche que plena 
en las curvas del río y las amodorradas 
visiones de la ciudad salpicada de luces 

resuena aún de mil vidas, 
desamor, misterio y miseria 
de los sentidos, se me vuelven enemigas 

las formas del mundo que hasta ayer 
eran mi razón de existir. 
Aburrido, cansado, me recojo a través de negras 

plazuelas de mercados, tristes 
calles en torno al puerto fluvial, 
entre las chabolas y los almacenes mezclados 

con los últimos prados donde mortal 
es el silencio: pero más allá, en el Viale Marconi, 
en la estación del Trastevere, parece 

dulce todavía la tarde. Vuelven en sus motos 
ligeras a sus afueras, a sus barrios, 
con mono o con pantalón de trabajo, 

pero bien dispuestos por un festivo ardor 
los jóvenes con sus compañeros 
en el asiento de atrás, sucios, rientes. 

Los últimos en llegar charlan de pie en voz 
alta en la noche, aquí y allá, en las mesas 
de los locales aún iluminados y semivacíos.

Estupenda y miserable ciudad 
que me has enseñado cuanto alegres y feroces 
los hombres aprenden siendo niños, 

las pequeñas cosas en que la grandeza 
de la vida en paz se descubre, cómo 
caminar adustos y dispuestos entre la multitud 

callejera, cómo dirigirse a otro hombre 
sin temblar, cómo no avergonzarse 
de mirar el dinero contado 

con dedos torpes por el revisor 
que suda frente a las fachadas que pasan 
con un color eterno de verano; 

a defenderme, a ofender, a tener 
el mundo ante los ojos y no 
solo en el corazón, a entender 

que pocos conocen las pasiones 
que yo he vivido: 
que no son mis hermanos, y eso que son 

hermanos por tener también 
pasiones de hombres 
que alegres, inconscientes y enteros 

viven experiencias 
para mí desconocidas. Estupenda y miserable 
ciudad que me has hecho 

experimentar esa vida 
desconocida hasta hacerme descubrir 
aquello que era el mundo para cada uno. 

Una luna moribunda en el silencio, 
que ella misma alimenta, palidece entre violentos 
ardores; que miserablemente en la tierra 

cambia de vida, entre hermosas avenidas, viejas 
callejuelas que aun sin dar luz deslumbran 
y, en todo el mundo, se reflejan

allá arriba, una cualquiercosa de cálidos nubarrones. 
Es la noche más hermosa del verano. 
Trastevere, que huele a paja 

de los viejos establos, a vacías 
tabernas, no duerme aún. 
Los rincones oscuros, las paredes plácidas 

resuenan con rumores hechizados. 
Hombres y muchachos regresan a casa 
—bajo festones de luces abandonadas— 

hacia sus callejones ciegos que obstruyen oscuridad e inmundicia 
con ese paso blando 
que invadía mi alma 

cuando amaba verdaderamente, cuando 
verdaderamente quería entender. 
Y, como entonces, desaparecen cantando.


II 

Pobre como un gato del Coliseo 
vivía en un arrabal todo cal 
y polvareda, lejos de la ciudad 

y del campo, apretujado día tras día 
en un autobús agonizante: 
y cada ida, cada vuelta 

era un calvario de sudor y ansias. 
Largas caminatas en la calurosa calima,
largos crepúsculos frente a los papeles 

revueltos sobre la mesa, entre calles de barro, 
tapias, chabolas encaladas 
sin ventanas, con cortinas a modo de puertas... 

Pasaban el vendedor de aceitunas, el trapero, 
de paso desde otra barriada 
con la mercancía tan llena de polvo que parecía 

robada, y un rostro cruel 
de jóvenes envejecidos entre los vicios 
de quien tiene una madre dura y hambrienta.

Renovado por el mundo nuevo, 
libre —una llamarada, un hálito 
que no sé nombrar— a la realidad 

que humilde y sucia, confusa e inmensa, 
bullía en la meridional periferia 
le daba un aire de serena piedad. 

Un alma en mí que no era solo mía, 
un alma pequeña en aquel mundo ilimitado 
crecía, nutrida por la alegría 

de quien amaba aun sin ser correspondido. 
Y todo se iluminaba por este amor 
tal vez apenas de muchacho heroicamente 

madurado así y todo por la experiencia 
que nacía a los pies de la historia. 
Me encontraba en el centro del mundo, 

en aquel mundo de suburbios tristes, beduinos, 
de amarillentas praderas acariciadas 
por un viento sin paz siempre, 

ya viniese del cálido mar de Fiumicino 
o del campo, donde la ciudad 
se perdía entre los tugurios; en aquel mundo 

que tan solo podía dominar, 
cuadrado espectro amarillento 
en la amarillenta calima, 

perforado por mil filas iguales 
de ventanas con barrotes, el Penal 
entre viejos campos y amodorrados caseríos. 

Los papelajos y el polvo que ciego 
el vientecillo arrastraba de acá para allá, 
las pobres voces sin eco 

de mujerzuelas venidas de los montes 
Sabinos, del Adriático, y aquí 
acampadas, ya con manadas

de muchachos duros y corruptibles 
estridentes con camisetas harapientas, 
con grises, desgastados pantalones cortos, 

los soles africanos, las lluvias alborotadas 
que convertían en torrentes de fango 
las calles, los autobuses en las últimas paradas 

hundidos en su rincón 
junto a una última franja de hierba blanca 
y algún ácido, ardiente vertedero... 

Era el centro del mundo, como era 
en el centro de la historia mi amor 
por ello: y en esta 

madurez que por estar naciendo 
era todavía amor, todo estaba 
a punto de volverse claro ¡era 

ya claro! —Aquel arrabal desnudo al viento, 
no romano, no meridional, 
no obrero, era la vida 

en su luz más actual: 
vida, y luz de la vida, repleta 
del caos no proletario todavía, 

como la quiere el áspero diario 
de la célula local, la última 
ola de la revista: hueso 

de la existencia cotidiana, 
pura, por ser demasiado 
cercana; absoluta, por ser 

demasiado miserablemente humana.

III 

Y ahora vuelvo a casa, rico de aquellos años 
tan nuevos que nunca habría pensado 
que llegaría a verlos envejecer dentro en un alma 

ahora tan lejana de ellos como de cualquier pasado. 
Subo las avenidas del Gianicolo, me detengo 
en una encrucijada modernista, en una calle arbolada, 

en una astilla de muro —ya estoy en el confín 
de la ciudad sobre la ondulada llanura 
que se abre ante el mar. Y renace 

en mi alma —inerte y oscura 
como la noche abandonada a su perfume
— una simiente ya demasiado madura 

como para ser capaz de dar fruto, en el cúmulo 
de una vida que se ha vuelto cansada y brutal... 
Aquí está Villa Pamphili, y en la luz 

que tranquila reverbera 
en los muros nuevos, la calle donde vivo. 
Junto a mi casa, sobre la hierba 

reducida a una baba oscura, 
una huella en las zanjas recién 
excavadas, en la toba —abatida toda rabia 

de destrucción— trepa contra ralos edificios 
y pedazos de cielo, inanimada, 
una excavadora... 

¿Qué pena me invade ante estas herramientas rendidas, dispersas 
aquí y allá en el fango, 
ante ese paño rojo 

que pende de un caballete, en el rincón 
donde la noche parece más triste? 
¿Por qué, ante esta apagada pintura de sangre 

mi conciencia resiste tan ciegamente, 
se esconde, casi por un obsesivo 
remordimiento que en el fondo por completo la aflige?

¿Por qué dentro de mí existe el mismo sentimiento de días para 
siempre incumplidos 
que hay en el muerto firmamento 

en que palidece esta excavadora? 

Me desvisto en una de las mil habitaciones 
en que la gente duerme en Via Fonteiana. 
Puedes excavar en todo, tiempo: esperanzas, 

pasiones. Pero no en estas formas 
puras de la vida. Se reduce 
a eso el hombre, cuando se colman 

la experiencia y la fe 
en el mundo... ¡Ah, días de Rebibbia, 
que creía perdidos en una luz 

de necesidad, y que ahora son tan libres! 

Junto al corazón, entonces, por los difíciles 
azares que habían extraviado 
mi camino hacia un destino humano, 

alcanzando ardorosamente la claridad 
negada, e ingenuamente 
el negado equilibrio —a la claridad 

y el equilibrio añadía también, 
por aquel entonces, la mente—. Y el ciego 
remordimiento, señal de toda mi 

lucha con el mundo, lo rechazaban 
adultas aunque inexpertas ideologías... 
El mundo se volvía sujeto 

no ya de misterio, sino de historia. 
Se multiplicaba por mil la alegría 
de conocerlo —como 

todo hombre, humildemente, lo conoce—. 
Marx o Gobetti, Gramsci o Croce 
estuvieron vivos en vivas experiencias.

Cambió la materia de una década de oscura 
vocación cuando di todo lo que tenía para aclarar 
lo que parecía la figura ideal 

de una generación ideal; 
en cada página, en cada línea 
que escribía, en el exilio de Rebibbia 

estaban aquel fervor, aquella presunción, 
aquella gratitud. Nuevo 
en mi nueva condición 

de viejo trabajo y vieja miseria, 
los pocos amigos que venían 
a verme, en las mañanas o en las tardes 

olvidadas cerca del Penal, 
me vieron inmerso en una luz viva: 
dócil, violento revolucionario 

de corazón y de lengua. Un hombre florecía.


IV 

Me aprieta contra su vello viejo 
que huele a bosque y me posa 
el hocico con sus colmillos de semental 

o errante oso con aliento a rosas 
en la boca: y en torno a mí la habitación 
es un calvero, la capa corroída 

de los últimos sudores juveniles danza 
como un velo de polen... Y de hecho 
camino por una carretera que avanza 

entre los primeros prados primaverales, 
marchitos bajo una luz paradisíaca... 
Transportado en la ola de mis pasos, 

esta que dejo a mis espaldas, leve y miserable, 
no es la periferia de Roma: «¡Viva 
México!» está escrito con cal o rayado

en las ruinas de los templos sobre los muros 
bajos en las encrucijadas, decrépitos, ligeros como huesos, 
en los confines de un ardiente cielo sin un escalofrío. 

He aquí, en lo alto de una colina 
entre las ondulaciones, que se alternan con las nubes, 
de una vieja cordillera de los Apeninos, 

la ciudad medio vacía, aunque es la hora 
de la mañana en que las mujeres van 
a hacer la compra —o de la tarde que dora 

a los niños que corren con sus madres 
fuera del patio de la escuela—. 
Un gran silencio ha invadido las calles: 

desaparecen los adoquines un poco sueltos, 
viejos como el tiempo, grises como el tiempo, 
y dos largos listones de piedra 

corren a lo largo de las calles, lustrosos y apagados. 
Alguien, en ese silencio, se mueve: 
alguna vieja, algún muchacho 

perdido en sus juegos, donde 
los portales de un dulce siglo XVI 
se abren serenos, o una fuente 

con bestezuelas taraceadas en los bordes 
que vigila la pobre hierba 
en algún cruce o rincón olvidado. 

Se abre sobre la cima de la colina la yerma 
plaza del municipio, y entre casa 
y casa, más allá de un muro y el verde 

de un gran castaño, se ve 
el espacio del valle: pero no el valle. 
Un espacio que tiembla, azul celeste 

o apenas céreo... Pero la calle continúa 
más allá de aquella familiar plazuela 
suspendida en el cielo de los Apeninos:

se interna entre casas más apiñadas, baja 
un poco a media ladera: y más abajo 
—cuando las barrocas chabolas ralean— 

entonces aparece el valle —y el desierto—. 
Unos pocos pasos más allá 
hacia la curva, donde la calle 

va ya entre desnudos pradillos empinados 
y rizados. A la izquierda, contra la pendiente, 
como si se hubiera desplomado la iglesia, 

se alza abarrotada de frescos, azules, 
rojos, un ábside, surcado por volutas 
a lo largo de las borradas cicatrices 

del derrumbe —al que solo 
la inmensa concha ha sobrevivido, 
abierta de par en par hacia el cielo—. 

Es allí, allende el valle, allende el desierto, 
donde comienza a soplar un aire ligero, desesperado, 
que incendia la piel de dulzura... 

Es como esos aromas que desde los campos 
de hierba mojada o de las orillas de un río 
soplan hacia la ciudad en los primeros 

días del buen tiempo: y tú 
no los reconoces, pero enloquecido, 
casi con remordimiento, intentas entender 

si son de un fuego encendido sobre la escarcha, 
o bien de uvas o nísperos perdidos 
en algún granero templado 

por el sol de la mañana magnífica. 
Yo grito de alegría, tan herido 
en el fondo de los pulmones por ese aire 

que como una tibieza o una luz respiro mientras 
contemplo el valle.



Basta un poco de paz para descubrir 
dentro del corazón la angustia, 
límpida como el fondo marino 

en un día soleado. Reconoces, 
sin probarlo, el mal 
ahí en tu lecho, pecho, muslos 

y pies abandonados, como 
un crucificado —o como Noé 
borracho, que sueña, ingenuamente ignorante 

de la alegría de sus hijos, los 
fuertes, los puros, que de él se burlan...—. 
El día está ya sobre ti, 

en la habitación, como un león durmiente. 

¿Por qué carreteras el corazón 
se descubre pleno, perfecto incluso en esta 
mezcla de beatitud y dolor? 

Un poco de paz. Y en ti despierta de nuevo 
está la guerra, está Dios. Apenas se han relajado las pasiones, 
apenas se ha cerrado la fresca 

herida y tú ya estás gastando 
el alma, que parecía derrochada, 
en acciones de sueño que no rentan 

nada... Y encendido 
por la esperanza —que, viejo león 
hediondo de vodka, desde su ofendida 

Rusia jura Jrushchov al mundo— 
te das cuenta de que sueñas. 
Parece arder en el feliz agosto 

en paz toda pasión tuya, todo 
interior tormento tuyo, 
toda ingenua vergüenza tuya

de no estar —en el sentimiento— 
en ese punto en el que el mundo se renueva. 
En lugar de ello, ese nuevo soplo de viento 

te empuja de nuevo hacia atrás, hacia donde 
todo viento decae: y allí, tumor 
que se recrea, reencuentras 

el viejo crisol de amor, 
el sentido, el terror, la alegría. 
E incluso en ese sopor 

la luz se encuentra... en esa inconsciencia 
de infante, de animal o ingenuo libertino 
está la pureza... cuanto más heroicos 

los furores en esa fuga, más divino 
es el sentimiento de ese bajo acto humano 
que se consuma durante el sueño matutino. 


VI 

En la abandonada llama 
del sol matutino —que arde de nuevo 
acariciando las obras, caldeando 

los marcos de las ventanas— desesperadas 
vibraciones arañan el silencio 
con su lejano sabor a leche vieja, 

a plazuelas vacías, a inocencia. 
Al menos desde las siete esa vibración 
crece con el sol. Pobre presencia 

de una docena de viejos obreros 
con harapos y camisetas abrasadas 
por el sudor cuyas voces raras, 

cuyas luchas contra los diseminados 
bloques de fango, las coladas de tierra, 
parecen deshacerse en ese estremecimiento.

Pero entre las tenaces explosiones de la 
excavadora, que ciega desmembra, ciega 
disgrega, ciega ase, 

como sin objeto, 
un grito improviso, humano 
nace y a intervalos se repite 

tan loco de dolor que humano 
de pronto deja de parecerlo y se reconvierte 
en muerto chirrido. Después despacio 

renace en la luz violenta 
entre los edificios cegados, nuevo, igual, 
grito que solo el moribundo 

en el instante último puede proferir 
bajo este sol que cruel brilla todavía 
endulzado ya por un poco de brisa marina... 

Quien grita es, desgarrada 
por meses y años de matutinos 
sudores —acompañada 

por la muda multitud de sus canteros—, 
la vieja excavadora: pero, a la vez, el fresco
 hoyo asolado, o, en el breve confín 

del horizonte del siglo XX, 
todo el barrio... es la ciudad, 
arrojada a un resplandor festivo, 

—es el mundo—. Llora cuanto tiene 
fin y recomienza. Cuanto era 
área herbosa, espacio abierto, y se ha convertido 

en patio, blanco como cera, 
encerrado en un decoro que es rencor; 
cuanto era casi una vieja feria 

de frescos enlucidos retorcidos al sol 
y se ha convertido en un nuevo aislado enjambre, 
en un orden que es dolor apagado.

Llora cuanto cambia, por más 
que sea para mejorar. La luz 
del futuro no deja ni por un instante 

de herirnos: es aquí donde nos quema 
en cada uno de nuestros actos cotidianos, 
con angustia incluso en la confianza 

que nos da la vida, en el impulso gobettiano 
hacia estos obreros que en silencio izan, 
en el barrio del otro frente humano, 

su andrajo rojo de esperanza. 


jueves, 28 de marzo de 2019

barbearia campos, lisboa

Fundada en 1886 por la sociedad Campos & Costa, es la más antigua barbería en activo de Portugal. En 1910, pasó el negocio en exclusiva a uno de los socios: José Augusto Campos, que murió en 1922, pasando posteriormente a su familia. Aquí se han pelado, afeitado o simplemente arreglado pelo, bigote o barba, grandes personalidades del país, y gente sin fama como yo mismo. Es un claro ejemplo de un país que sabe y gusta de cuidar su pasado (solo hay que visitar la guantería Ulises, a unos metros, o ese montón de preciosas cafeterías repartidas por Portugal).

Hace pocos años, nos dio un gran susto con su cierre debido a la rehabilitación del edificio; pero todo acabó satisfactoriamente cuando en 2016, un año y medio después, abrió otra vez sus puertas con una apariencia parecida. Solo notamos unos cambios en los muebles y luces; pero se mantuvieron su clásicos sillones, encimeras y los lavabos de mármol de carrara; y los viejos archeles pasaron a a un lugar especial para ser expuestos. Incluso luce su primer rótulo de Cabelleireiro, con esa vieja grafía que incluye dos eles.


miércoles, 27 de marzo de 2019

elena de mestanza, la difícil mujer del paulino tomás

Una vez indultados por la reina Isabel II, todos los componentes de la partida de los Paulinos que ocuparon Sierra Morena abandonaron su cobijo, trasladando todos los enseres que tenían al caserón de la familia de Pedro el arriero, para que hicieran buen uso de ellos. Aunque la vida que llevaron en la sierra fue extremadamente dura y de muchas privaciones, todos sentían nostalgia de esos buenos y malos momentos vividos en buena hermandad, ya que todo lo compartieron durante los nueve años que duró esa andadura. Josico y su partida de bandoleros no fueron nunca jinetes de quimérica montura, por lo que, llegado este momento, entre la alegría y la nostalgia todos eligieron la libertad, que para todos los hombres es el mayor bien que se debe tener.

A su regreso a Bolaños, Calixto rehusó la propuesta de Josico de acompañarlo para ejercer de hombre de confianza suyo, tras serle concedido el puesto de Administrador Mayor del Valle de la Alcudia, y se dedicó a la compraventa de caballerías y la de vender a plazos a las gentes más necesitadas.

Tomás volvió a Torralba, donde pasó una corta temporada, desplazándose de nuevo a un pequeño pueblo situado a los pies de sierra Madrona, llamado Mestanza, a donde tiempo atrás conoció a una mujer de mediana edad, de nombre Elena. Su cometido era pedirle una relación estable, pero ella no estaba preparada para prometerse en matrimonio con Tomás, ya que apenas conocía nada de su pasado ni de su presente. Entonces Tomás se vio en la necesidad de esperar y explicarle todo lo duro que había sido el trabajo ejercido en las casas de labranza, durmiendo al lado de las caballerías, labrando todos los días las tierras y cómo últimamente lo habían contratado en las minas de Puertollano para el acarreo del carbón de piedra. Así pasó un tiempo bastante razonable antes de darle el sí y pasarse por la vicaría, para rehacer de nuevo su vida con Elena.

Agustín Sobrino Aranda en Vida de Josico. Indultado por la reina. Editado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Bolaños, 2018

lunes, 25 de marzo de 2019

domingo, 24 de marzo de 2019

bares y cafeterías de ciudad real (26)

















Enfrente del Hotel Cumbria, al otro lado de la carretera de Toledo, está el bar de barrio dormitorio La Vereda, con cerveza Alhambra y tapas de cocina reguleras por 1,50 euros; destacar su terraza al sol en invierno, el futbolín y que los domingos siguen la tradición culiparda de hacer migas, gachas y arroz. El Kiosko, en el bulevar de la Avda, de los Reyes Católicos, es un sitio agradable a la sombra de los pinos; pero con un camarero desagradable y sin tapas. El bar dominicano Punta Cana, en la calle Palma, tiene una surtida carta de tapas generosas de fritos que, con una caña de San Miguel, cuestan dos euros. Casa Candi, en la calle José de Ribera, es el bar más concurrido de Pio XII; su dueño, Candi, de El Risco, un pueblo de la siberia pacense, pone cañas de Mahou con tapas de cocina por 1,20 euros. El Rinconcito, junto a Leclerc, es un bar enorme y feo, pero con billar, futbolín, máquinas flipper y de marcianos; y además buenas tapas a 1,20euros la consumición. La nueva cafetería Helados Morán va ampliando su salón haciéndose cada vez más cafetería, y cada vez más parecida a todas las cafeterías, la pena es su café tan torrefacto. La pequeña taberna Enre2, en el pasaje de San Isidro, es la mínima expresión, ocho metros cuadrados, de bar con cocina; ambiente joven de colegueo, regetón, y tapas generosas no muy curradas por 1,80 euros la consumición. El Pan Real de Tablas de Daimiel lo lleva Jabi con toda la amabilidad y simpatía del mundo, las torrijas, a las que nos invita por el dibujo, están riquísimas. La pequeña pastelería bombonería La Deliciosa, en la Plaza Mayor, tiene una mesa para tomarse un café con cualquiera de sus numerosos pasteles, tartas o pastas, en un decorado retro modernista.

sábado, 23 de marzo de 2019

la muerte del palentino


El nuevo Palentino






El de "El Palentino" es el último caso sonado de los desmesurados precios que se están pagando por locales comerciales en Madrid. Y es un caso peculiar, porque es pequeño y está en la calle Pez, en el centro-centro, pero que no es especialmente transitada. "El Palentino" era propiedad de Casto Herrezuelo y Dolores López, que lo tuvieron abierto 42 años, desde que en 1977 falleció el padre del primero y se lo pasó.

El interior del nuevo Palentino"Recibimos muchas ofertas de compra. Venían los captadores, gente que viene a ver qué se vende. Todo fondos de inversión", cuenta Dolores. "8.500 euros de alquiler es carísimo, van a tener que trabajar mucho. Nosotros solo pagábamos la comunidad porque era nuestro". El café estaba a 1,10 euros, la caña a 1,20 y no había menú, porque era todo plancha. "Nosotros podíamos, pero entiendo que si este chico paga este alquiler no pueda. Y lo respeto", dice, añadiendo que el nuevo local no le gusta por ser "demasiado moderno".

Sobre la pared, cuatro estanterías llenas de botellas –todas iguales– con líquidos de color pastel. En la barra, ahora de mármol, varios grifos de cerveza y ninguna plancha para preparar bocadillos de ternera. En la carta, unos huevos rotos a 16 euros, una pizza a 17 y medio aguacate cubierto de canónigos a 10. Son 10.285 con IVA de alquiler, más lo que ha costado la reforma, que dependiendo de cómo vaya el local tardará "cuatro o cinco años" en rentabilizarse.
Un dibujo del antiguo Palentino

Presumido, el nuevo inquilino, es argentino, antiguo directivo de Inditex y empresario de hostelería desde 2013, cuando abrió, con ayuda de su padre, su primera pizzería en A Coruña. Cuatro años más tarde dio el salto y abrió otra con la misma marca, Mamá Chicó, en Madrid. Es un local en la calle Recoletos (perpendicular al Paseo) de 311 metros cuadrados. "Es más del doble que El Palentino. Y cuesta mucho menos", indica.
"El Palentino" tiene 103 metros cuadrados, que dan para las quince mesas que ha puesto, incluyendo la planta baja. Con aforo de 90 personas y un tique medio que aún es bajo ("la gente está compartiendo platos y tomando cañas en barra") , el empresario calcula que en seis meses conseguirá que el alquiler suponga solo el 10% de su facturación. Eso significa que debe ingresar 85.000 euros al mes. Y es un cálculo optimista: tendría que estar lleno siempre.
Inaugurado a principios de los años cuarenta del pasado siglo, Palentino había modificado poco su diseño: fachada de negro mármol, frisos plásticos en las paredes, lámparas y techos de un retardado art dèco, grandes lunas de espejo por todas partes y un largo mostrador situado a la derecha de la entrada. Sus grandes ventanales mostraban el interior de este bar, quizá demostrando que en él no había trampa ni cartón.

El edificio anterior al actual, situado en el mismo lugar de la calle del Pez y esquina con la plaza de Carlos Cambronero, también contuvo un bar. Hay noticias, en el año 1935, del traspaso de este local para tal uso. Negocio efímero fue este bar, debido a que después de la Guerra Civil Española hubo que derruir la construcción, tras los terribles bombardeos de esta zona de Madrid.

viernes, 22 de marzo de 2019

algunos lugares interesantes de elche

La Basílica de Santa María, el Museo de la Festa y el claustro del Convento de la Merced
La Plaça de Baix, Calahorra y el Raval

La Glorieta actualmente (con su chopo ilicitano) y en tiempos pasados (con su circo)

El Museo Palenteológico (MUPE),  el cauce del río Vinalopé y el Convento de San José

El Puente de Santa Teresa, el Museo Arqueológico y de Historia (MAHE) y el Huerto del Cura

El Museo del Palmeral y el Palacio de Altamira

El Parque Municipal (con su Molí del Real) y las playas del municipio (en el dibujo: las dunas de Carabassí)

La Torre de los Vaíllo, el yacimiento de L'Alcúdia y el Pantano de Elche

El Cau (con las eculturas y relieves de Mariano Ros) y los chopos ilicitanos

El Museo escolar de Pusol y el Canal de Desviación
Parque Natural Municipal de Clot de Galvany y el de Fondo d'Elx-Crevillent

jueves, 21 de marzo de 2019

poetas de bar

Sigo pensando que los bares son el corazón de la vida. Mientras haya bares y libros hay esperanza. Si faltan, el mundo ya no me interesará demasiado. -Carmelo C. Iribarren, poeta.

miércoles, 20 de marzo de 2019

coches de juguete 01


Coche teledinámico Shuco 3000. Años 30.
Coche alemán por control remoto, de metal pintado de rojo,fondo negro y
detalles plateados. Con mecanismo de cuerda y palanca superior con cuatro velocidades
y posición de stop, lleva un sistema patentado con una quinta rueda-guía que le permite
circular por pistas o trabajar por libre en línea recta o en círculos concéntricos.
Colección propia.
Coche Hlinedy Steamlined. Años 30.
Vehículo metálico futurista de Hubley, Estados Unidos.
Colección de Geoffrey Peeters.

Coche Aerodinámico Taxi 668. Payá año 1940.
Auto aerodinámico taxi de Barcelona fabricado en hojalata litografiada por Payá.
28 centímetros de longitud. Se fabricaron varias versiones decorados con los
colores de los taxis de Barcelona. La parrilla del radiador y la rueda de repuesto
son simulados. Colección Museo Cartago.

Coche modelo nº247 de Gyesa. Años 40.
Vehículo niquelado de 13 cm. de largo x 4,50 cm. de ancho y por 4,50 cm. de alto,
el mecanismo es a cuerda y se distribuían para los comercios en cajas individuales litografiadas.
Tenía, en catálogo, varias terminaciones y colores surtidos.
De la colección de Carlos Fuentes.


Coche Rico. Años 40.
Coche de hojalata con mecanismo de arrastre. 10x4x3,5 centímetros.
Un coche pequeño, llamado pennytoy, que se suministraba en cajasde 12 unidades,
de modelos iguales o surtidos. Colección de Carlos Fuentes.

Coche de hojalata litografiada. Alemania años 50.
Fabricado en Alemania Occidental de hojalata litografiada y mecanismo
de cuerda. El Coleccionista Ecléctico. TouTube.
Porsche 356 Cabrio. VTG Distler Electromática Alemania años 50.
Raro coche eléctrico alemán, color crema. De venta en ebay.

Autosedán Pontiac 238 Rico. Años 50.
Coche metálico con mecanismo a cuerda en funcionamiento
de 24,5 cm. de largo x 10 cm. de ancho x 7 cm. de alto.
Sin volante y parabrisas roto. Todocolección.
HP-001 de H. Prottengeier Zirndorf. Años 50.
Coche de la alemana Hpz de hojalata litografiada con mecanismo
a resorte (cuerda). La puerta del conductor se abre y de ella
sale un personaje. Colección Museo Cartago.
Ford Ranchera TV Camera Car Joustra. 1957.
JOUSTRA de hojalata 1957 Ford Ranchera TV Cámara.
Funciona con cuerda. Colección tvisthething.

Automóvil Citroën 2cv. Anguplas 1960.
Citroën 2cv fabricado en plástico a escala 1/86 por la española Anguplas.
Perteneciente a la división Turismo de la serie E con el numero 9
de la colección Minicars. Colección Museo Cartago.
Beatnik Bandit de Hot Wheels. Años 60.
Coche futurista de fibra de vidrio y techo transparente tipo burbuja de plexiglás.
Se fabricó en varios colores, el fucsia para las chicas, pero no funcionó
y se dejó de fabricar. Hay muy pocos y está muy valorado.
Coche De Tomaso Mangusta. Autos Pilen nº313. Años 70.
Coche de 1969 diseñado por Giorgetto Giugiaro con motor Ford GT40.
Se abre la capota del motor y puertas de alas de mariposa. Escala 1/43.
Colección Tesoros del Ayer.

Renault 12S de Karpan. Años 70.
Vehículo de plástico, con referencia 0594, fabricado por la empresa juguetera 
zaragozana KARPAN, a escala 1:20, y con 22 cms de longitud, reproduce con todo detalle 
este modelo del año 1972. De plástico flexible, irrompible, sin cristales y sin fricción.
Se vendían sueltos, pero en su blister, básicamente en quioscos a un precio muy asequible.

Wos Vagen rallye. VAM años 70.
Modelo escudería fórmula rallye Wolkswagen Beetle de plástico inyectado,
empaquetado en bolsas de 10 unidades de diferentes colores. Fabricado por la empresa
zaragozana  de baratijas y juguetes VAM. Colección de Carlos Fuentes.

Coche modelo serie 300 época. Román años 70.
Coche de metal, chapa litografiada y plástico de la serie coches antiguos
de la empresa española Román.  Interior de chapa litografiada.
15x12x11 cms. A pilas. Todocolección.

Taxi Renault4 artesano. Años 2000.
Juguete senegalés hecho reciclando latas comerciales. 
Los cristales del parabrisas y el trasero son de plástico. El frontal 
del radiador y faros están pintados. Colección propia.
Citröen 2CV, coche del año 1952. Mestre años 2010.
Color gris y escala 1:18. Del catálogo de Mestre.


Antes de mediados del siglo XIX, los automóviles y camionetas de juguete se fabricaban generalmente a mano con madera o cartulina gruesa. A medida que la tecnología de la chapa y las capacidades de la fábrica mejoraron, los fabricantes de juguetes comenzaron a utilizar varios tipos de metal para producir sus productos de una manera más rápida y asequible. Los fabricantes europeos preferían las láminas de acero delgadas recubiertas con estaño, conocidas como hojalata, mientras que los estadounidenses confiaban en el acero no recubierto , que generalmente se presionaba en formas para piezas específicas utilizadas en combinación con hierro fundido. La hojalata o la lata, como se acorta con frecuencia, tiene numerosas ventajas sobre el acero. La hojalata era más ligera, lo que hacía que el envío fuera más barato. Además, su acabado proporcionó una superficie brillante y confiable para la impresión en color utilizando los procesos litográficos estándar del día. Las hojas de hojalata se corrieron simplemente a través de una imprenta para decorar los juguetes de manera rápida y eficiente.

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