lunes, 5 de diciembre de 2016

el bolañego andrés lópez, muerto en 1942 en la prisión de valnoceda

El viernes por la noche fue localizada la familia de Andrés López Olmo. Nacido en Bolaños, provincia de Ciudad Real, Andrés estaba casado. Tenía un hijo y una hija. El hijo todavía vive y su muestra de saliva servirá para la posible identificación de los restos de Andrés.

Esta localización se precipitó el viernes por la tarde. Un familiar de los nietos de Andrés estaba realizando el árbol genealógico de la familia. Y, al meter en internet el nombre y apellidos del abuelo, dió con nuestra página web, en donde figuran los datos de Andrés López Olmo. Inmediatamente, esta persona contactó con los nietos de Andrés (Elvira y Agustín), que se pusieron en contacto con nosotros a través del formulario que tenemos en la web. Nos dejaron un teléfono y nos comunicamos al rato con ellos.

La nieta de Andrés estaba muy emocionada. Ella sabía, por su abuela y por su madre, que el abuelo Andrés había muerto en alguna cárcel de Burgos. Pero nunca supieron dónde. Tampoco lo sabía el hijo vivo de Andrés. Así que la conversación giró en torno a eso, a la falta de información sobre el paradero del abuelo durante 73 años. Ya localizado y si la identificación es posible, los nietos de Andrés han manifestado claramente su deseo de recuperar sus restos para poder enterrarlos con la abuela, en el pueblo.

Andrés murió en la prisión de Valdenoceda el 31 de mayo de 1942. Hoy, 73 años después, su familia sabe por fin dónde murió y los pasos que pueden dar para conseguir su identificación. Ojalá podamos hacerlo realidad pronto, aunque en este momento estamos absolutamente paralizados y nos es imposible continuar haciendo algo tan humano como es exhumar restos enterrados (creemos que aún nos quedan 25 por exhumar), identificarlos y entregarlos a sus familias para que éstos puedan darles, por fin, una sepultura digna.

Este trabajo no es abrir heridas. Este trabajo es, en realidad, cerrar heridas. Y es absolutamente necesario. O las heridas seguirán abiertas.




2014 ha sido un año de éxitos para la Agrupación de Familiares de Represaliados en Valdenoceda (Burgos), un grupo de familias que lleva una década intentando identificar los 154 restos humanos hallados en el penal burgalés para entregarlos a sus descendientes y darles sepultura. En todo el país, han localizado a 41 familias de las 83 que faltaban; de las localizadas, 23 eran procedentes de la provincia de Ciudad Real y aún quedan siete pendientes, una cifra muy baja en comparación con las 30 iniciales. Así, es el periodo en que más familias se han encontrado en Ciudad Real desde que se fundó la asociación. Esta labor se ha realizado mediante voluntarios, los medios, el blog de la asociación (https://exhumacionvaldenoceda.wordpress.com/) y las redes sociales.

Tal y como detalla el presidente de la asociación, José María González, una vez localizados sus familiares, se les envía el kit para las pruebas de ADN, si bien reconoce que el procedimiento es «muy lento» por falta de recursos y que los donantes de muestras se ponen directamente en contacto con el laboratorio. «Hemos llegado al punto en que son muchas las pruebas que hay que realizar para sacar un positivo», reconoce.

La entrega de los restos está prevista para abril, en un acto anual que se realiza en la prisión, con motivo del aniversario de la proclamación de la Segunda República. Aún quedan por localizar siete familias en Ciudad Real y 42 en toda España, por lo que la asociación sigue solicitando colaboración. La búsqueda y la identificación se va haciendo cada vez más difícil. La familia de Eugenio García Quintana fue localizada, pero las muestras no son válidas. Al ser soltero y sin descendencia, solo se le puede buscar a través de hijos de sus hermanos. En cambio, hay casos de solteros en los que sí ha sido posible, como el de Teodoro Sánchez, del que se han localizado nietos de sus hermanas. A veces no hay que ir tan lejos, ya que algunos hijos aún viven, como el de Andrés López Olmo, en Bolaños de Calatrava. Destaca asimismo la historia de Juan Alcalde, que La Tribuna publicó el 2 de noviembre, que compartió prisión con su hermano Isidoro, quien sí sobrevivió.

La Tribuna de Ciudad Real, 16 de febrero de 2015



Lo que fuera una fábrica de sedas se convirtió en una de las más temibles prisiones del régimen franqusita, desde 1938 hasta 1943. Según relatan los supervivientes, allí eran trasladados presos de toda España condenados en la mayor parte de los casos, por “adhesión a la rebelión”. Por la cárcel pasaron varios miles de personas y el edificio de tres plantas y con capacidad para menos de 300 personas, llegó a albergar a casi 1.600 presos de una sola vez.

Un caldo aderezado con una sola alubia se convertía en el primer y único plato del día. “La alubia siempre estaba podrida y alojaba un gorgojo en su interior”, han recordado años después algunos presos. Uno de ellos recuerda en sus memorias que, cuando dormía, sus mejores sueños estaban protagonizados “por un simple trozo de pan”. El hambre y las malas condiciones del agua provocaban enfermedades entre los penados. La práctica totalidad de los presos de los que se tiene noticia fallecieron de “colitis epidémica”,  que no era sino hambre y frío, o “tuberculosis”.

A las malas condiciones de vida y al hambre se unían los castigos físicos. Cualquier mal comportamiento era merecedor de un traslado a la celda de castigo. Ésta estaba situada en los sótanos de la cárcel, junto al canal del río Ebro, que antaño sirviera para mover las aspas de la maquinaria de la fábrica textil. La celda siempre tenía agua, y se inundaba cuando el río se desbordaba. El preso debía permanecer quieto, helado de frío y con el agua al cuello, sin ni siquiera poder dormir.

También eran habituales los insectos. “Los presos que sobrevivieron han recordado siempre las manchas oscuras sobre el techo durante el día. Al inicio de la noche, las manchas comenzaban a descender por las columnas y se dirigían en masa hacia los presos. Eran chinches”, relatan.

Según la Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en el Penal de Valdenoceda, “muchos penados fueron sacados de madrugada de su interior y nunca más fueron encontrados”. “En los alrededores se encuentran numerosas cuevas y se cree que muchos presos fueron asesinados y arrojados a su interior, sin dejar rastro para nadie y sin que su ejecución fuera comunicada siquiera a la familia”, aseguran.

En el caso de los fallecidos por hambre o enfermedades, eran los propios presos los que los enterraban. “Durante años, la Agrupación creyó que las condiciones del enterramiento eran muy precarias. Sin embargo, los estudios antropológicos y los trabajos realizados durante la exhumación han confirmado que los presos construían, con sus propios medios, ataúdes de madera. Metían en cada uno de ellos al preso fallecido”, explica la asociación. Tras el cierre de la cárcel, el solar fue abandonado. En 1989, la parroquia se hizo con la propiedad del solar, que fue cedido por Instituciones Penitenciarias para ampliar el cementerio parroquial original.

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