martes, 13 de septiembre de 2011

piedras y playas








Hoy vamos por la LZ39 directos de Yaiza hasta Teguise atravesando la Geria, esa forma extraña de cultivar la vid en gravilla negra rodeadas cada cepa con un murete semicircular. Majuelos en Marte. Nos cruzamos las bodegas de Rubicón, Stratvs y El Grifo. De Teguise vamos a Teseguise (se piensa que la T pudo ser el artículo en una antigua lengua). Pasado Teseguise, a la izquierda, encontramos formaciones geológicas extrañas que parecen templos chamanes, de color azulados y con estratos intermedios más resistentes que le dan un carácter especial, fantástico. Este material gris azulado es de gravilla mal compactada que se deshace fácilmente. Nos damos una buena vuelta sintiendo miradas y sombras en la sagrada ciudad petrificada.

Nos ponemos en la cola de la Cueva de los Verdes. La cueva está bien, pero la guía es una petarda. Nos chulea sabiendo que somos público obligado. ¡Qué hermoso sería encontrarse de golpe esta cueva y en qué espanto se convierte cuando es un negocio turístico! De acuerdo, no insistiré más en el tema. Impresiona ver el funcionamiento de un río de lava. Maravillas naturales.
Comemos en un chilanque en una playa de Arrieta. Hay un puente de madera desde el que se tiran los chavales. Las olas son fuertes y hay surferos. De allí bajamos a ver las playas de Costa Teguise. Son artificiales, bahías cerradas con malecones de piedra negra basáltica y rellenas de arena fina de color cantoso. No mola que el sol se ponga a la espalda. Extrañamente, ya que es una zona turística de grandes hoteles y campos de golf, está lleno de lanzaroteños. No nos sentimos en la gloria y nos vamos a buscarla.
Quizás ande por casa. Entre la alegría generosa con que mi sobrino vuelve de la lidia con adictos ingleses y desconfiados alemanes y la de Beni bailando en la cocina. En la charla que se escurre con la pasta y las burbujas de Dorada. En los sueños que aún persisten de una plácida casa, un viaje entre timba y marimba, y un amor por Chile. O sólo un sillón, un cuaderno y un amor. O sólo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

tinajo, la santa y la montaña roja

 Siempre asombrados al atravesar el malpaís bestialmente arado, las montañas rojizas truncadas en el cráter, esas violentas agujas como puntas de tijeras, la carretera recta y lisa entre este revuelto maremagnum.
En Manchablanca, fiesta de la espuma para niños. El viento levanta la espuma formando nubes pequeñas que se añaden a las reales. Con el fondo de las risas, una forma de bienestar. Tinajo es grande, ondulado y hermoso. Casas blancas y palmeras. En la Vegueta, vemos la Virgen de los Volcanes (o de los Dolores). El 15 es la romería, la más importante de la isla, y están montando el ferial. Hermosa vista en el barranco. Agradables parques con dragos.


















La Santa tiene un ambiente especial. Sol de domingo entre los barcos. Niños jugando con el agua, charlando con las madres. Han puesto las toallas sobre el cemento del puerto y se tiran como si fuera una piscina. El agua está transparente. Cogen una medusa con una botella de plástico. Y es que la costa por aquí es muy abrupta, no hay playas cercanas y las olas son muy grandes y agresivas. Pregunto en una tasca por el coral fósil  declarado Bien de Interés Cultural, pues es una formación fechada en el Pleistoceo, la llamada fauna senegalesa.
-Yo nací aquí, me crié aquí y aquí me quemé, dice el dueño-camarero con antiguas quemaduras en la cara y el cuerpo, y no he visto nunca, ni conozco a nadie que haya visto eso que usted me dise.
No quiero hacerme el jodido godón petulante. Nos bebemos una cerveza y una tapa de estofado de garbanzos riquísimo. La hija cuchichea con el padre y finalmente nos clavan por godos.
-Por la tarde, la cocinera hace una paella muy rica.
Con este precio va a venir tu tía. Iremos al Stop de Yaiza, que no nos tratan como idiotas.
Cuando salgo me chistea un cliente del bar. Me acerco y me dice:
-He preguntado a los pescadores y aquí nadie conoce eso.
 Aquí no hay turismo y todo es muy tranquilo. Los turistas van a un club, una especie de hotel a lo bestia que hay detrás de La Isleta. A ella vamos a ver a los surfistas. Han dejado una franja de agua como lago artificial, con arena color albero para bañarse sin olas. También hay pescadores de caña para pillar boguitas, sarguitos, peses comunes con pan y gancho. Nos damos un chapuzón y vamos a las rocas a contemplar los atrevidos surferos paseando por encima y por debajo de estas grandes olas que dan miedo. El ambiente alrededor es alegre y un poco hippie. Tiendas de campaña, rubios saludándose, perros sueltos, tablas oblongas, alegría en general.


 Un malvasía fresquito con papas y filetes de pescado con mojo (la tapa) en el Stop, que no falla. El camarero de hoy tiene cara de enfadado, pero es simpático como todos los canarios.
Cuando llega Miguel Ángel, subimos caminando hacia la Montaña Roja, un volcán junto a la Punta Pechiguera, mientras atardece. Tiene un cráter alucinante que puede rodearse. Lo mejor es la luz que lo pone todo todavía más rojo. Vista impresionante: las costas oeste y sur, los Ajaches, los volcanes de Timanfaya, la cadena que empieza en Yaiza y Femés. Nos volvemos ya de noche, con buena vista con la luz de la luna llena.
Una de lágrimas negras, suavesito de Arsenio y algo de Polito Montañez con el muyayo del súper, que se llama Ariel, y que hoy acompaña al cubano Jorge. Café, vino, ron, crema de whisky, una familia cubana y un vampiro fisgón y alemán que Miguel Ángel espanta con evasivas.

domingo, 11 de septiembre de 2011

una playa blanca y una playa negra





Por la mañana los materiales se dilatan y empieza a haber ruidos extraños en la casa. Ya nos hemos acostumbrado. Desayuno opíparo con mucha fruta, chorizos untables Chacón, tostadas con tomate y aceite de oliva. Surge el eterno comentario no hemos venido aquí a adelgazar.
Hoy toca baño. Puerto del Carmen. Buscamos una cala pequeña, poco concurrida, entre rocas. Entre Los Pocillos y Playa Grande. Agua transparente. Me entretengo dibujando a la vecina, que se ha muerto de sol. Baño dibujo baño bocatas baño hasta la hora de entrada de Miguel Ángel. Después un café en el porche-balcón de Don Emiliano, junto al filo del Pico de la Aceituna. Muy a gusto con el relente mirando al fondo la Montaña Roja y una señora que sale a su minihuerto con el mandil, el pañolico y las gafas de sol. La camarera me dice como se llama cada cosa. ¿Y esto te lo acabas de dibujar ahora mismo?
Playa Quemada hasta la hora tao, cuando el mar se pone como un espejo blanco y las barcas parecen flotar en la nada. Muy fácil de dibujar porque la playa es un dibujo en sí. Como no hay arena, sino cantos picudos (sin tiempo para ser rodados) y chinas negras, no hay turismo; sólo un lugar tranquilo y apacible con unas cuantas casas blancas esparcidas. Un cierto recuerdo a lo que debió ser Aguamarga o San José en los primeros tiempos.
Ya de noche vamos a Puerto Calero. Puerto deportivo, restaurantes caros en plan Puerto Banús, inglesas y alemanas con vestidos de gasas y cholas doradas, cenas con velas y tono bajo servidas por colombianos(¡con la lata que daban de críos y mira ahora qué formalitos!). Salimos a la uña capiro (que vienen los del Moral). Rebonitos decorados para el turismo. Mucha margarita y mucho cerdo.
Una de lágrimas negras por las playas blancas, acompañados por el ritmo sonero de el muyayo del súper, que hoy trae a su mujer con las maracas y su hijo bailongo. Negro café de roca negra para blancos de playa blanca. En el café de los sueños.

sábado, 10 de septiembre de 2011

paseo en coche

Hoy nos dedicamos a recorrer pueblos. No quisiera aburrir pormenorizando. En general, no hay casa que no sea blanca. Las antiguas con piedras de lava negra en las esquinas y algún friso. Los techos a dos aguas, con tejas las más nobles, e incluso una serie de tejados seguidos a cuatro aguas, a la manera portuguesa. Muchas analogías con el urbanismo del sur de Portugal (Vila Real de Santo Antonio, Tavira, Faro...): este tipo de tejados, ventanas de madera pintada con mucho cristal y sin rejas, adoquines negros (aquí hechos de piedra volcánica) y muchas palmeras (también el árbol de la pimienta y algún eucalipto). Las iglesias sin tejas, acaban en la simple bóveda de cañón, de las que bajan grandes arbotantes. Blancas también, con piedra volcánica negra haciendo bandas en las esquinas y roja en los adornos de las puertas y fachada. Dentro, las bóvedas están tapadas con artesonados de madera importada, pues aquí no hay árboles. Suelos también de piedra volcánica negra, entreverada con terrazo. Dada la fuerza del sol, la gente mayor sigue usando sombrero de fieltro oscuro (también los jóvenes en el campo) y las señoras pañuelo, costumbres perdidas en los jóvenes y las ciudades en general. Plazas y casas tienen poyos, donde se sientan los mayores a la sombra y aún queda alguna taberna de esas de barra de obra, suelo de cemento y techo de madera donde huele a vino y hay tapas de cocina (el bar Stop, muy recomendable, junto al Ayuntamiento de Yaiza, es estanco y quiosco de prensa también y tiene unos precios más que asequibles). Cada ciudad pinta sus taxis de diferentes colores, siendo los más chulos los rojos con techo gris de Playa Blanca.




Nos llama la atención: la plaza escalonada de San Bartolomé, llena de palmeras y setos de plantas crasas con muchos años, hermosa iglesia y casas sencillas; el Museo de Recuerdos de Mario Mago Baranco, de lágrima dulse, a la entrada de Teguise, con alguna que otra joya pero demasiado parecido a un cementerio plagado de magia negra a la cubana; Teguise en general, antigua capital, casas e iglesias antiguas, la Cilla, suelos y bancos de piedra volcánica, bonitas casas con tiendas y bares para los turistas que no llegan, un pueblo vacío con muchos servicios, fantasmal; iglesia de Los Valles, blanca de arriba a abajo, y el propio valle lleno de terrazas de cultivo visto desde arriba, al salir del pueblo; espectacular vista del cortado en el balcón del Restaurante Los Helechos; bajada espectacular por el Valle de Malpaso hasta ese inmenso palmeral donde menudean las casitas blancas de Haría y Magués, dos pueblos donde apetece vivir, los más rebonitos; el cortado del Mirador del Río por donde suben las nubes a toda velocidad y puede verse La Graciosa cuando ellas te lo permiten; el Club de Bolos de Tehiche y la pequeña iglesia enfrente de la dulcería, sus contrafuertes se extienden alejándose de la nave, entre ellos las jóvenes parejas se besan; y el Jardín de los Cactus en medio de los criaderos de cochinillas (la grana cochinilla: un parásito de un tipo de cactus del que se saca el colorante natural carmín y que fué importado de México).

Entre nubes y sol, me pillo un constipado. Nos tomamos un café caliente oyendo cantar las lágrimas negras en el Coffe Dreams de Playa Blanca, donde gusta de descansar Miguel Ángel. Cenamos y me acuesto con los vahos del Respibién y la dulce compañía de Ibuprofeno.

Sólo veréis finas líneas desde ahora. Me olvido el bolso con todo el material Dios sabe dónde. Me agrada pensar en la cara alucinada de un jovenzuelo que empezará a probar y probar pinceles y colores. El bonito principio de toda una carrera.

viernes, 9 de septiembre de 2011

montañas del fuego




Hoy dedicamos el día a visitar el Parque Nacional de Timanfaya, cuyo logotipo es un diablo dibujado por César Manrique, que en los años sesenta acepta la dirección de arte de la isla. La impresión general es la de estar en otro planeta, en un planeta sin vida. Campos que parecen de alquitrán o una boñiga gigante que se reseca y se abre, del que se levantan montañas como escombreras, muchas de ellas truncadas y con un cráter en la parte superior. Asistimos como increíbles hombres menguantes a la petrificación del mundo de una forma instantánea, violenta. Esto se debe a que todo ocurrió antes de ayer (siglos XVIII y XIX) y la dulce lima del tiempo aún no ha empezado a trabajar.
Lo más interesante es que, al ser tan reciente, estamos justo en el momento de las primeras formaciones de flora y fauna a partir de la destrucción total y en unas pésimas condiciones de agua y temperatura. Un espectáculo casi microscópico (esporas que se agarran a las rocas, insectos diminutos que sobreviven de lo que el viento transporta, líquenes) que ya sube de nivel en forma de plantas marcianas carnosas  y espinosas (escarchada, bejeque, verol) o el lagarto Haria y el perenquén rugoso.
El parque tiene muchas visitas que como ríos canalizan a los buses, donde escuchan una dramatización de las erupciones y su impacto mientras pasean por un Marte con banda sonora. Sin embargo casi nadie visita el centro de visitantes del Parque, donde se recibe la base geológica y biológica que lo justifica. Está en la entrada norte y es muy recomendable, Además es un espacio subterráneo muy bien ventilado con una temperatura mucho más baja y agradable que en el exterior.
También hay una pequeña visita en camello por las montañas rojizas. Todos hemos visto la postal. Esta visión será toda mi relación con semejante actividad. Lo curioso es que el camello no se ha introducido recientemente para las visitas turísticas, sino que se trajo del norte de África en el siglo XVI y ha sido animal de tiro y carga de los agricultores. Con ellos se ha arado y se han movido las norias para sacar agua. Actualmente apenas si queda agricultura. Algo de vid, cebollas y papas.
Cuando volvemos a casa, un italiano despistado en un golf, pierde su salida en la carretera y decide parar en mis narices, en mitad. A pesar de que freno, acabo tragándomelo. Me cargo la parte delantera pero, sobre todo, el radiador. Tenemos que esperar una grúa con un coche nuevo. Dibujo las vistas. Beni estaba despistada y se ha llevado un gran susto.
La Montaña Roja está envuelta en nubes y decidimos sólo visitar los faros de la Punta Pechiguera. Un altísimo faro de hormigón blanco se ríe del viejo destartalado, con los hierros comidos del salitre, los cristales apedreados y los muros llenos de pintadas y meadas.
Cenamos en plena feria de Yaiza. Aquí somos godillos despistados. Nos tratan de maravilla, con esa dulzura subyugante. Junto a la mesa de autoridades, caen unas papas y chorizo mientras, en el escenario, jóvenes bailarinas locales, aburren hasta al más aplatanado conejero.

jueves, 8 de septiembre de 2011

papagayo, playa blanca y la verbena de yaiza


 Me levanto y salgo derecho a una peluquería, me resulta incómodo el pelo largo con el viento. Mientras espero, dibujo las peluqueras y las clientes. La jefa está preocupada por su papada (de cómo la dibujo) y la ayudante se abrocha un botón del escote. Mucha gente piensa que por dibujarla saldrá en la tele. Me meten la máquina mientras una cliente graciosa y simpática pone verdes a políticos y famosos de las islas. Me he levantado agresiva, dice con esa dulzura canaria.



Me asomo a la playa. Muy poca gente. Me siento en la camilla rodante del socorrista. Mientras voy dibujando, van entrando nuevos personajes a escena que voy colocando aquí y allá según me parece. Dos chavales marroquíes se divierten a mi costa. Alguno lo coloco dos veces. Es divertido, como un juego.
 Desayuno continental: café con leche, tostadas con aceite y tomate, frutas con yogur y zumos. Con el coche cogemos el tortuoso camino del Papagayo. En frente la sierra afilada de Los Ajaches, monumento natural. En medio de la nada y el polvo, una barrera. Pagamos tres euros porque mi sobrino no trajo la tarjeta de residente. No se paga por pasar, se paga por el coche.
Playa Papagayo es un trocito de arena fina color albero encajonada entre paredes basálticas magento-violetas y con muchas rocas picudas al borde del agua, muy al estilo del Cabo de Gata pero con una arena más fina y amarillenta, y con más gente. Me meto en el hueco de una pared de roca que tiene buen asiento y me pongo a dibujar. Creo que sin un cuaderno sólo podría estar recogiendo piedras a lo Molloy. Aquí al fondo, a la derecha, con coleta y bikini negro, podéis ver a Beni y un poquito más atrás, dentro del agua, a Miguel Ángel.
Por la tarde siesta y caminata por el puerto (grandes barcos llegan de Fuerteventura), el jardín marciano de cáctus y otra playa entre palmeras, llena de hamacas de las urbanizaciones cercanas. El sol pierde fuerza entre la bruma del horizonte y se queda como un disco rojo. Luego se acuesta.
 Después de cenar, decidimos ir a las fiestas de Yaiza. Llegamos a los últimos temas de un concierto de música folclórica canaria. Hay mogollón de músicos con guitarras, bandurrias, guitarras enanas y percusión. La gente ha abandonado las sillas y se ha puesto a bailar. Hay un ambiente provinciano que me gusta, sin guiris, muy en su salsa, divirtiéndose para nadie. Beni y mi sobrino se ponen a bailar y yo me siento en el respaldo de un banco a dibujar al ritmo de la banda. La plaza es bonita, hay palmeras y árboles de la pimienta con las ramas caídas como guirnaldas. Cuando cambian de grupo, me bebo unos digestones de limón mientras ellos comen pulpo. Hoy no conduzco. Charlamos en una mesa. Miguel Ángel nos cuenta cosas de Senegal y sus proyectos de futuro. Es un menda muy agradable y se está a gusto con él, sin vueltas, sin problemas, fácil.
A las dos pensamos que ya son horas si quiere currar domani matina. Salimos malamente retirando vallas. Puede que el viernes volvamos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

la fragua de vulcano



Desayunamos plácidamente en el patio de la casa, como sólo se desayuna de vacaciones. Tostadas con tomate y aceite de oliva. Hace un día espléndido. Cogemos el coche y nos recorremos la costa oeste. En la primera desviación, una hermosa casa con un pez espada hecho con las tablas redondeadas que el mar devuelve, una enorme raspa de pescado de hierro soldado en el porche. Después las Salinas del Janubio. Vulcano andaba por aquí cuando le dieron la desagradable noticia. Enfurecido pataleó la fragua y llenó todo de mocos de herrero. Quizás cogió aquel tractor tan grande como un dios y lo levantó todo profundamente cabreado. Una idea de desorden, de caos, acostumbrados a que el viento y el agua de milenios lo ablanden todo.
La Punta del Volcán. Los hervideros llenos de turistas ingleses horteras. Curritos que vinieron en Ryan Air, las señoras con chanclas llenas de brillantes. Rojos de sol y cerveza. Playa Montaña Bermeja. Lago de los Clicos, verde rodeado de esas rocas marcianas veteadas y al otro lado la montaña roja roja. El Golfo. Una terraza frente al mar con una cerveza de medio litro y unos cigarrillos que aquí son tan baratos. Paseo por la playa negra más negra mojada. Otra vez coche y solomillo con patatas y pimiento con Miguel Ángel, que viene con hambre y sueño del curro
La Geria con sus vides camino de Femés, donde nos tomamos un café en una bonita y agradable terraza. Al subir al norte, nublado y bruma. Impresionante Playa de Famara. Las nubes agarradas a las picudas y cortantes montañas. Una línea de luz en las crestas. Banderas rojas. Surfistas de negro en esas olas que dan miedo. Algunos bañistas a la gallega en la explanada. Se reflejan boca abajo en la zona húmeda. Me subo en un sillón amarillo de socorrista a dibujar. Las bañistas se ríen. He olvidado las acuarelas. Dibujo con tinta china aguada. Difícil pillar esta atmósfera romántica de cumbres borrascosas y a la vez plácida y feliz. Beni y Miguel Ángel se tumban en la arena.
Arrecife. Calle José Antonio y luego el paseo marítimo hasta el Charco. Un bar al borde, al fresquito con las pequeñas barcas de pescadores. Croquetas de pescado y puntillas regadas con Dorada de Tenerife. Gente agradable y simpática. Algunas casas antiguas entre palmeras. Me agrada ver algo que no es reciente, que tiene un poco de historia. Algún drago y muchas palmeras. En la noche, sólo luces y las siluetas atormentadas de los surcos caóticos de Vulcano.

martes, 6 de septiembre de 2011

viaje a lanzarote






Ya está bien de viajes en el pasado. Hoy me levanto hoy, y tempranito para dibujarme el mapa de mi destino y así empezar a conocer los pueblos, las playas y otras curiosidades de la isla. Luego nos vamos a pillar el bus a Atocha. En 35 minutos estamos en el aeropuerto. Unos bocatas y derechos al avión. Leo una guía del 95. Esto es un mercadillo, se vende de todo. Deseando llegar para ver los volcanes desde arriba. Son como guás hechos arriba de unos montículos. Todo terroso, como oxidado. Atravesamos la isla y luego se pica al mar océano para dar la vuelta. Impresiona, y es que el aeropuerto está a nivel del agua.
Nos espera el del coche. Por 105 euros lo tienes para ocho días y te ahorras el bus. Todo pelado. Cactus y palmeras como mucho. Lava reciente, abrupta como en la carretera que sube al Etna. Gravilla color óxido o negruzca de la que salen viñas. La Geria le llaman. Cepas entre vallas de piedra volcánica, rectas o en semicírculos. De perfil, estas montañas peladas y puntiagudas parecen pirámides en medio del desierto.
Llegamos a Playa Blanca. Vemos a Miguel Ángel en la farmacia. Nos deja las llaves de su casa. Paseo por las playas. Enfrente, Fuerteventura entre la niebla. Un poco más alta y más definida, la Isla de los Lobos, Parque Natural. Esperamos para cenar todos juntos. Ceviche y alambre, Perú y México, con un poco de Chile.
Café y paseo por el pueblo mientras Miguel Ángel nos cuenta de la vida en esta pequeña isla.

domingo, 4 de septiembre de 2011

más mestanza














Hace un día fresco y nublado. Subo al cerro de las antenas, que aquí llaman castillo porque lo hubo. Dibujo sentado en una caja de botellines. No hay nadie por las calles excepto la Rosa que tiene la tienda abierta y se sienta en la terraza del bar. Están todos en el paseo. Han hecho una fiesta recaudatoria para el mantenimiento de la agrupación musical local y todo el mundo participa, fundamentalmente comiendo y bebiendo. La Mari, la Isabel, la Orosia y la Antonia se han sentado en mi mesa, donde, invisible, dibujo. Marce me saluda, y Matías. Fernando me invita a un pomillo. La Jesi me pone un tumbalobos. A las tres, sacan unas migas. Espachao.

sábado, 3 de septiembre de 2011

31may09 hanoi-madrid



Me desvelo, hoy es el fin. Pillo una moto a la Ópera. En la fachada están haciendo una promoción de yogures (en Vietnam no se venden productos lácteos) y han disfrazado de vacas a los pobres chavales con unos trajes felpudos con prótesis engordosas. Creo que morirán deshidratados. A las chicas les hacen enseñar sus piernas blancas como la leche y se sienten ridículas.
Paseo por el barrio francés. Anchas calles arboladas con bonitas casas. Una casa con un inmenso árbol. En lo que fuera jardín, unos abuelos juegan al cricket. Giro al Oeste y luego al Norte para entrar en la Catedral. Un hombre solo leyendo el periódico delante de San Antonio. Techos altísimos con arcos neogóticos y vitrales. Flores de lis en los frisos. Al lado La Salsa, un bar a la española con barra y taburetes. Le pido fuego al camarero y me regala una caja de cerillas.
Vamos hacia el Museo Ho Chi Minh. Un polo en una heladería. Las clientas ya se han descalzado. En el bus 32 vamos hacia el zoo. Es un parque pensado para los niños, con muchos quioscos de chuches entre árboles y animales. No hay muchas medidas de seguridad y uno casi puede tocar los animales. Vemos el oso negro asiático, el leopardo de las montañas de Vietnam, el tigre de Indochina y el de siberia, el elefante asiático meando en cascada, el gibbon blanco y el negro, el culí, el gato asiático, el puerco espín malayo, el macaco, culebras, cocodrilos y más reptiles, monos, perdices de siberia y aves de la jungla...y muchos animales desconocidos para mí.
Descansamos en una cafetería, junto al lago repleto de patinetes-cisnes, con mobiliario de los cuarenta, aire acondicionado y vistas. Bocadillo de atún y rollito de pollo con salsa bechamel dulce con Ha Noi Bia y jugo de papaya.
En la calle, fuman sentados sobre sus propios talones. Compramos cuatro chorradas. Caigo en la tentación de un reloj de cuerda y tabaco. Beni en la de un precioso y elegante vestido vietnamita. Recogemos las mochilas y pillamos el minibús de Vietnam Airlines. En el mostrador, la siguiente está completamente pegada a nosotros. Ellos viven juntos en poco espacio, sin eso que llamamos intimidad. En el tren no les importa tocarse si hay un pequeño hueco donde dormir, como una manada. A nosotros nos molesta que nos toquen, a ellos no.
A pesar de que son once horas, el viaje resulta mejor de lo esperado. Hay una cámara en la cola del avión que retransmite en directo el despegue y el aterrizaje. Engancha. Los vietnamitas desconocen las normas y van al retrete mientras aterrizamos. Las azafatas no se imponen, son unas crías.
Frankfurt ya es otra historia. Un tanatorio congelado lleno de policías que hablan alemán. Controles y controles. Enseño toda la ropa sucia que llevo. Pasillos para rebaños. Las azafatas hablan un extraño español subidas en un púlpito. La vuelta va a ser difícil.


Cuaderno de Vietnam: francés, de 16x24 centímetros, apaisado.  64 páginas de cartulina blanca cosidas y pegadas con guardas blancas a portada de cartón duro forrado de negro con estampado en seco donde he puesto un adhesivo con la bandera vietnamita. Lomo reforzado, a la vuelta, con esparadrapo de tela negra.

Para los que piensen en viajar por su cuenta a Vietnam: La media de gastos diarios, sin contar los billetes de avión de ida y vuelta desde y a Madrid, ha sido de 45 euros, todo incluido, dos personas.