viernes, 28 de enero de 2022

autorretrato de un muerto






En la obra "David con la cabeza de Goliat", Caravaggio tematiza sin rodeos la muerte del rostro en el autorretrato. Se trata probablemente del único de la Historia del arte en que un artista representa su rostro en el momento en que la vida escapa de él. El marco narrativo lo ofrecía la historia bíblica de David y Goliat. Ya en el siglo XVII se sabía que la pintura  de la Gallería Borghese en Roma incluía un autorretrato. La cabeza cortada del gigante, en la que los ojos se apagan y comienza a manifestarse la rigidez cadavérica, tiene los rasgos del pintor. Prácticamente vemos cómo el rostro se transforma en una máscara mortuoria. Según la Biblia, David mató al filisteo con una honda, cuya herida se muestra en la frente del gigante. No obstante, el pintor represnta la posterior decapitación y, por tanto, la ejecución de Goliat. En 1613, pocos años después de la muerte de Cravaggio, el cuadro ya está documentado en poder del cardenal Scipione Borghese, uno de sus principales mecenas. Posiblemente hace alusión a un asesinato ocurrido el 31 de mayo de 1606 fruto de una reyerta a cuchilladas tras un juego de pelota en las cercanías de Villa Médici, que también dejó al pintor malherido en la cabeza. Caravaggio tuvo que huir de Roma y hasta su muerte esperó en vano una absolución. Se puso precio a su cabeza en el llamado bando della testa, que lo convertía en un bandido o desterrado oficial. Si la pintura vio la luz tras huir de Roma, con la referencia autobiográfica Caravaggio tal vez quería evitar la amenaza de una ejecución, animando al mecenas a conseguir el indulto para su artista más importante.

Pero en este autorretrato hay otro sentido, al sugerirnos el autor que, al ejecutar el acto pictórico, él ya se ha dado muerte. Cierto que estaba la tradición del "retrato encubierto", en la que el representado podía desempeñar un papel bíblico. Sin embargo, en este caso Caravaggio no se nos muestra como el joven David, que, con una expresión inesperadamente (e inexplicablemente) triste, sostiene ante nuestros ojos la cabeza cortada. La mirada de David, así como la posición de su brazo, nos obligan a dirigir la nuestra hacia el insólito autorretrato, que ha sido separado del cuerpo. La sangre parece gotear aún fresca del cuello, mas en realidad el pintor la ha dejado correr densa por el lienzo, que ha utilizado como si quisiera hacernos testigos de la solidificación y secado de los colores. La decapitación se convierte en una metáfora del acto pictórico, privando de vida al rostro al transformarlo en pintura. En este autorretrato, decapitación y descorporización se remiten la una a la otra especularmente. En el acto pictórico, un rostro se congela en máscara.

Un retrato interrumpe o bloquea el curso del tiempo, ese tiempo que transforma continuamente la expresión del rostro. También para la vida gestual que tiene lugar en las facciones vivas. Todo retrato suscita la doble pretensión de reproducir un rostro individual y, además, representar el rostro, aunque para ello lo único que pueda ofrecer es una superficie muerta. Por eso el autorretrato se rebela contra la máscara. Todos nosotros experimentamos esa máscara cuando, al mirar al espejo, nos vemos congelados en él. Por eso el espejo nos invita con tanta frecuencia a ignorar el rostro, para huir de la máscara que nos devuelve.  Un sujeto que se busca en el espejo, encuentra en él a otro. Sólo se puede identificar con él cuando el rostro empieza a moverse en el propio espejo.

Hans Belting en Faces, una historia del rostro. Ediciones Akal. Madrid 2021

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